Conferencia General Octubre 1971
La luz resplandece

Por el élder Marion G. Romney
Del Consejo de los Doce
Mis queridos hermanos, miembros de la Iglesia y los que no son, si hemos de ser edificados mientras os dirijo la palabra, todos necesitaremos tener la guía del Espíritu del Señor, porque tengo pensado citar lo que El dijo mientras les hablaba a sus discípulos acerca de nuestra época, las condiciones en las cuales nos encontramos, y el futuro inmediato que habría de seguir.
«La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Juan 1:5). De tal manera escribió el discípulo a quien Jesús amaba.
Este versículo acudió a mi mente no hace mucho, mientras leía una declaración atribuida al doctor Charles H. Malik, ex presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas. En ella, dijo que lo que necesita en la actualidad es «el desafío de un mensaje verdaderamente universal, una visión de algo grandioso y tremendo, el llamado a una misión heroica… La situación inmediata —dijo—, presenta el aspecto de un juicio final y total, todo se está sopesando: nuestra vida, nuestros valores, nuestra cultura, la vitalidad total de la civilización a la cual uno pertenece.
«Es entonces muy semejante al día postrero. Y los que creen dirán que Dios está ahí y que muy ciertamente vigila a 108 suyos, aun cuando tenga que castigarlos severamente». (Citado en Public Speakers Treasure Chest, página 42.)
Al contemplar este análisis de la triste condición de nuestra sociedad, uno llega a la conclusión de que no se ha llegado al estado en que nos encontramos actualmente por la falta de una guía adecuada, sino por la de un oído atento.
Al conversar con vosotros esta mañana, quisiera recalcar el hecho de que en nuestro mundo lleno de tribulaciones, hay ahora y ha habido por aproximadamente ciento cuarenta años, una luz segura y guiadora; una luz destinada a traer gozo, paz y felicidad a toda nación, tribu, lengua y pueblo que la siga.
Os testifico que nuestro amado Salvador, Jesucristo, mientras estuvo en la tierra, previó y predijo las circunstancias en las cuales nos encontramos hoy en día. Así mismo, en aquel tiempo reveló las ahora inminentes consecuencias de nuestro curso actual y prescribió los medios disponibles para evitarlas.
Lo que entonces dijo fue y es, en su punto de vista, de tal importancia para nosotros que hizo que se preservara un registro de ello en tres Escrituras por separados. La Biblia (Mateo 24), la Perla de Gran Precio (José Smith l), y Doctrinas y Convenios.
Las circunstancias bajo las cuales habló la palabra son muy impresionantes. Al salir por última vez de Jerusalén hacia Betania, estuvo con sus apóstoles en el Monte de los Olivos. Preocupados por la predicción de que de los edificios del templo no quedaría piedra sobre piedra, le pidieron una explicación. «Dinos» dijeron, «¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?» (Mateo 24:3).
No relataré lo que dijo acerca de la destrucción inminente de Jerusalén; no obstante, a causa de su aplicabilidad para nuestro bienestar actual y futuro, os invito a considerar seriamente lo que diré acerca de las señales de su Segunda Venida «y del fin del siglo». En cuanto a estos acontecimientos empezó, diciendo: «… cuando viniere el tiempo de los gentiles resplandecerá una luz entre los que se encuentran en las tinieblas, y será la plenitud de mi evangelio; (D. y C. 45:28),
Queda establecido que esta predicción se refería a nuestros días, por el hecho de que esa «luz» surgió en la primavera de 1820 cuando el Padre y el Hijo le aparecieron al joven profeta José Smith. Durante los años inmediatos «la plenitud del evangelio» de Cristo fue restaurada a la tierra por medio del profeta José Smith.
Estos grandiosos acontecimientos habrían de introducir, e introdujeron «el tiempo de los gentiles», o sea, la era en la cual en esta última dispensación, el evangelio puede ser predicado principalmente a los que no son judíos y luego a los gentiles.
Pero volvamos a lo que dijo el Salvador:
«. . . cuando viniere el tiempo de los gentiles, resplandecerá una luz entre los que se encuentran en las tinieblas, y será la plenitud de mi evangelio;
«Más no lo reciben, porque no perciben la luz, y vuelven sus corazones en mi contra a causa de los preceptos de los hombres». (D. Y C. 45:28-29).
El cumplimiento de esta predicción es dolorosamente evidente en la actualidad. La gran mayoría a la que se le ha llevado el evangelio lo rechazan; y es a causa de este rechazo, y no porque no hay una luz guiadora, que esta generación ha sido y, a menos que cambie su rumbo, continuará siendo incapaz de evitar las calamidades previstas y predichas por Jesús. Porque, según El, en esa generación —o sea aquella, en la cual el evangelio fuera predicado— «no perciben la luz (el evangelio de Jesucristo) y vuelven sus corazones en mi contra.
«… habrá hombres en esa generación que no pasarán hasta no ver una plaga arrolladora, porque una enfermedad desoladora cubrirá la tierra.
«Pero mis discípulos estarán en lugares santos (pensé en esto hace unos momentos, cuando el presidente Lee os dirigía la palabra), y no serán movidos; pero entre los inicuos, los hombres levantarán su voz y maldecirán a Dios, y morirán.
«Y también habrá terremotos en diversos lugares, y muchas desolaciones; aún así, los hombres endurecerán sus corazones contra mí, y empuñarán la espada el uno contra el otro, y se matarán el uno al otro,
«Y ahora, (dijo el Salvador, al repetirle esta profecía al profeta José Smith) cuando yo el Señor hube hablado estas palabras a mis discípulos, ellos se turbaron.
«Y les dije: No os turbéis, porque cuando todas estas cosas acontezcan, sabréis que serán cumplidas las promesas que os han sido hechas» (D. y C. 45:31-35).
Luego, refiriéndose nuevamente a la aparición de la luz, Jesús continuó sus palabras proféticas a sus discípulos diciendo:
«Y cuando la luz empezare a asomar, les será semejante a una parábola que os engañaré:
«Miráis y observáis la higuera, y la veis con vuestros ojos; y cuando empieza a retoñar, y sus hojas todavía están tiernas, decís que el verano se acerca.
«Así será en aquel día, cuando vean todas estas cosas, entonces sabrán que la hora se acerca.
‘Y acontecerá que el que me teme estará esperando la venida del gran día del Señor, aun las señales de la venida del Hijo del Hombre.
«Y verán señales y maravillas, porque se mostrarán arriba en los cielos y abajo en la tierra;
«y verán sangre y fuego, y vapores de humo» (D. y C. 45:36-41).
Ya hemos presenciado algunas de estas señales, y otras las veremos más tarde. Porque, continuó Jesús: «… antes que venga el día del Señor, el sol se obscurecerá, y la luna se tornará en sangre, y las estrellas caerán del cielo.
«Y el resto será juntado en este lugar. (Se encontraba en el Monte de los Olivos.)
«Y entonces me buscarán, y, he aquí, vendré; y me verán en las nubes del cielo, investido con poder y gran gloria, con todos los santos ángeles; y el que no me esté esperando, será desarraigado» (D. y C. 45:4244).
No obstante, los justos no serán desarraigados. Escuchad las promesas que el Señor hizo a aquellos que reciban el evangelio y lo vivan.
«Pero antes que cayere el brazo del Señor, un ángel sonará su trompeta, y los santos que hubieren dormido saldrán para recibirme en la nube.
«Por lo tanto, si hubierais (dirigiéndose a sus apóstoles) dormido en paz, benditos seréis: porque como ahora me veis, y sabéis que yo soy, aun así vendréis a mí y vivirán vuestras almas, y vuestra redención será perfeccionada; y los santos vendrán de los cuatro cabos de la tierra» (D. y C. 45:45-46).
Por medio de estas palabras se nos asegura que, ya sea que muramos antes de su venida o continuemos en la mortalidad, si hemos sido fieles y dignos, estaremos con El y nos regocijaremos en su venida.
Y luego, después que aquellos que sean resucitados vengan a El, y los justos que estén viviendo al tiempo de su venida se reúnan de los cuatro cabos de la tierra, «… el brazo del Señor caerá sobre las naciones.
«Y entonces el Señor pondrá su pie sobre este monte y se partirá por la mitad, y temblará la tierra y se bamboleará, y los cielos también se estremecerán.
«Y el Señor emitirá su voz, y todos los confines de la tierra la oirán; y las naciones de la tierra se lamentarán, y los que han reído verán su insensatez.
«Y la calamidad cubrirá al burlador, y el mofador será consumido; y los que han buscado la iniquidad serán talados y echados al fuego» (D. y C. 45:47-50).
«Y Satanás será atado, para que no tenga lugar en los corazones de los hijos de los hombres.
«Y en aquel día, cuando venga en mi gloria, se cumplirá la parábola que hablé acerca de las diez vírgenes.
«Porque aquellos que son sensatos y han recibido la verdad, y han tomado al Espíritu Santo por guía, y no han sido engañados— de cierto os digo, éstos no serán talados, ni echados al fuego, sino que aguantarán el día» (D. y C. 45:55-57).
«Porque aquellos que son sensatos y han recibido la verdad» son los que cuando escuchan el evangelio, lo aceptan. Aquellos que «han tomado al Espíritu Santo por guía, y no han sido engañados,” son los que no solamente han tenido el don conferido sobre ellos, sino que han vivido de manera de poder recibir la guía del Espíritu Santo a tal grado que no han sido engañados. Estas personas son las que, ya sea que hayan sido resucitadas al tiempo de su venida o se encuentren viviendo todavía, «aguantarán el gran día» de la segunda venida de Cristo.
«Y les será dada la tierra por heredad; y se multiplicarán y se harán fuertes, y sus hijos crecerán sin pecado hasta salvarse.
«Porque el Señor estará en medio de ellos, y su gloria estará sobre ellos, y él será su rey y su legislador» (D. y C. 45:58-59).
Este gran pronunciamiento profético de Jesús, revela la causa de nuestra condición, la cual presentó una tremenda preocupación para el doctor Malik, por el futuro de nuestra civilización. Confirma el hecho de que el evangelio restaurado de Jesucristo es la luz segura que resplandece en la obscuridad de nuestro afligido mundo. El evangelio, restaurado por medio del profeta José, es la añorada «visión de algo grandioso y tremendo», suena el «llamado a una misión heroica»; es el «desafío de un mensaje verdaderamente universal»; es aquello que el buen doctor dice que se requiere actualmente; confirma su conclusión de que la «situación inmediata presenta el aspecto de un juicio final y total; todo se está sopesando: nuestra vida, nuestros valores, nuestra cultura, la vitalidad de la entera civilización a la cual uno pertenece.» Confirma el hecho de que nuestra época no es solamente «muy semejante al día postrero,» sino que nos asegura que son verdaderamente los postreros días y que Dios está verdaderamente «ahí» vigilando a los suyos.»
Testifico de la veracidad de este pasaje que hemos considerado. Sé que el que hablaba era y es el Hijo de Dios, el Creador y Redentor de la tierra y sus habitantes; que El sabe, y sabia desde el principio todas las cosas; que habló verdades eternas.
Testifico que la plenitud del evangelio eterno se encuentra en la tierra; la luz predicha ha asomado. Se han llevado a cabo muchas otras de las señales predichas acerca de la venida de Cristo. Otras son actualmente visibles, y el resto son inminentes.
Testifico que Dios no está muerto, sino que está a la cabeza. Su poder, su Sacerdocio, se encuentra en la tierra; sus programas son vigentes; sus «eternos designios han de seguir adelante hasta que se cumplan todas sus promesas» (Mormón 8:22).
De esto testifico solemnemente como un testigo especial de Cristo en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
























