Conferencia General Octubre 1970
El juramento y convenio que
corresponden al Sacerdocio
Por el presidente Joseph Fielding Smith
Mis queridos hermanos del sacerdocio; acojo con regocijo esta oportunidad para dirigirme a los poseedores del sacerdocio reunidos en muchos lugares por toda la Iglesia.
Deseo atraer vuestra atención hacia el juramento y convenio del Sacerdocio de Melquisedec. Pienso que si logramos una comprensión clara del convenio que realizamos cuando recibimos nuestros oficios en el sacerdocio, y de la promesa a la que se compromete el Señor si magnificamos nuestros llamamientos, sentiremos entonces mayor incentivo para hacer todas las cosas que son necesarias a la obtención de la vida eterna.
Permitidme expresar, además, que todo lo que se relacione con este sacerdocio mayor, ha sido concebido y destinado para prepararnos y ganar la vida eterna en el reino de Dios.
En la revelación sobre el sacerdocio, dada a José Smith en septiembre de 1832, el Señor declara que el Sacerdocio de Melquisedec es sempiterno; que éste administra el evangelio, existe en la iglesia verdadera en todas sus generaciones y posee las llaves del conocimiento de Dios. Manifiesta que permite al pueblo de Dios llegar a santificarse, ver la faz de Dios e ingresar al reposo del Señor, «el cual reposo es la plenitud de su gloria» (D. y C. 84:17-24).
Luego, refiriéndose a ambos sacerdocios, el Aarónico y el de Melquisedec, el Señor dice: «Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.
«Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón y la simiente de Abraham, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios.
«Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;
«Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;
«Y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre,
«Y el que recibe a mi Padre, recibe al reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.
«Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.
«Así que, todos aquellos que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre que no se puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.»
Se estipula entonces el castigo por la violación del convenio y del abandono total del mismo conjuntamente con este mandamiento: «. . . os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente las palabras de vida eterna.
«Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 84:33-44).
Como todos sabemos, un convenio es un contrato y un acuerdo pactado, por lo menos, entre dos partes. En el caso de los convenios del evangelio, las partes son el Señor en el cielo, y los hombres en la tierra.
Los hombres acuerdan observar los mandamientos, y el Señor promete recompensarlos debidamente. El evangelio mismo es el nuevo y sempiterno convenio, y abarca todos los acuerdos, todas las promesas, y todas las recompensas que el Señor ofrece a su pueblo.
Así pues, cuando recibimos el Sacerdocio de Melquisedec, lo hacemos mediante un convenio. Prometemos solemnemente recibir el sacerdocio, magnificar nuestros llamamientos dentro de él y revivir con cada palabra que procede de la boca de Dios. El Señor por su parte nos promete que si guardamos el convenio, recibiremos todo lo que el Padre tiene, que es la vida eterna. ¿Puede cualquiera de nosotros concebir un acuerdo más excelso o glorioso que éste?
A veces hablamos a la ligera de magnificar nuestro sacerdocio, sin embargo, lo que las revelaciones ordenan es magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio como élderes, setenta, sumos sacerdotes, patriarcas y apóstoles.
El sacerdocio que el hombre posee es el poder y la autoridad de Dios, delegados al Hombre en la tierra para actuar en todas las cosas conducentes a la salvación de la humanidad. Los oficios o llamamientos en el sacerdocio son asignaciones ministeriales para ejecutar un servicio especialmente asignado en el sacerdocio. Y la manera de magnificar estos llamamientos es cumplir con la labor asignada por aquellos que ocupan el oficio correspondiente.
No importa cuál sea el oficio que ocupemos, siempre y cuando seamos leales y fieles a nuestras obligaciones. Un oficio no es superior a otro, aun cuando por razones administrativas, un poseedor del sacerdocio pueda ser llamado a presidir y dirigir las labores de otros.
Mi padre el presidente Joseph F. Smith dijo: «No hay oficio, que se desprenda de este sacerdocio, que sea o pueda ser mayor al sacerdocio mismo. Es precisamente del sacerdocio que el oficio deriva su autoridad y poder. Ningún oficio aumenta el poder del sacerdocio. Sin embargo, todos los oficios en la Iglesia derivan su poder, virtud y autoridad del sacerdocio».
Se nos ha amonestado magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio y desempeñar la labor concomitante al oficio que recibimos. Así pues, el Señor declara en la revelación sobre el sacerdocio: «Por tanto, ocupe cada hombre su propio oficio, y trabaje en su propio llamamiento… para que el sistema se conserve perfecto» (D. y C. 84:109-10).
Esta es una de las grandes miras por las cuales nos esforzamos en el programa del sacerdocio de la Iglesia: Lograr que los élderes desempeñen la labor que a ellos corresponde, que los setentas cumplan con el trabajo de los setentas, que los sumos sacerdotes lleven a cabo la tarea designada para los sumos sacerdotes, y así sucesivamente, de manera que todos los poseedores del sacerdocio puedan magnificar sus propios llamamientos y reciban las pródigas bendiciones prometidas por tal cumplimiento.
Permitidme ahora decir unas cuantas palabras acerca del juramento que acompaña al conferimiento del Sacerdocio de Melquisedec.
El empeñar la palabra con un juramento es la forma más solemne y comprometedora de hablar conocida por la lengua humana. Fue este tipo de expresión, el lenguaje que el Padre escogió para ser empleado en la esplendoroso profecía acerca de Cristo y del Sacerdocio. Esta profecía dice en cuanto a El: «Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Salmos 110:4).
Al explicar esta profecía mesiánica, Pablo manifiesta que Jesús era poseedor de «un sacerdocio inmutable», y que mediante éste se obtenía «el poder de una vida indestructible» (Hebreos 7:24, 16). José Smith declaró que «todos aquellos que son ordenados a este sacerdocio, son transformados a semejanza del Hijo de Dios, permaneciendo siempre sacerdotes», con la condición de que sean fieles y verídicos.
Así pues, Cristo es el gran modelo en lo que al sacerdocio concierne, así como lo es respecto al bautismo y todas las demás cosas. Y, así como el Padre promete con juramento que todos los que magnifiquemos nuestros llamamientos en ese mismo sacerdocio, recibiremos todo lo que el Padre tiene.
Esta es la promesa de exaltación empeñada a cada varón que posee el Sacerdocio de Melquisedec, no obstante, es una promesa sujeta a la condición de que magnifiquemos nuestros llamamientos en el sacerdocio y vivamos con cada palabra que proceda de la boca de Dios.
Es perfectamente claro que no se han hecho ni podrían hacerse promesas más gloriosas que las que recibimos cuando aceptamos el privilegio y asumimos la responsabilidad de poseer el santo sacerdocio y fungir como ministros de Cristo.
El Sacerdocio Aarónico es un sacerdocio preparatorio que nos capacita para pactar el convenio y recibir el juramento que acompaña al sacerdocio mayor.
Es mi oración que todos los que hemos sido llamados para representar al Señor y poseer esta autoridad, podamos recordar quiénes somos y proceder como corresponde.
Permitidme concluir expresando lo agradecido que estoy por poseer el santo sacerdocio. He procurado siempre magnificar mi llamamiento sacerdotal y espero ser fiel hasta el fin en esta vida y poder disfrutar de la fraternidad de los santos fieles en la vida venidera.
Doy mi testimonio de que efectivamente poseemos el santo sacerdocio, que éste es el poder de Dios y que por medio del mismo podemos heredar la plenitud del reino del padre en el futuro, en el nombre de Jesucristo. Amén.

























