C. G. Abril 1977
Una virtud esencial
Por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Mientras conversaba con un amigo el otro día, uno de sus empleados pasó por allí y mi amigo me dijo: «Ahí va un hombre de plena integridad. Ha trabajado con mi compañía durante treinta años, y jamás en ocasión alguna he observado ningún gesto o acto de improbidad o deslealtad. Siento una agradable sensación de confianza teniendo a esta persona como empleado».
Desde esa ocasión, he pensado mucho en la palabra «integridad», como a menudo lo he hecho previamente; y sólo deseo que no tuviéramos que leer ni oír, presenciar, ni ver tanta evidencia de la falta de ella por todas partes, sino que pudiéramos tener la seguridad consoladora de que nosotros y aquellos con quienes tratamos somos completamente honrados y dignos de confianza, ya sea en asuntos pertenecientes a la religión, la ciencia, la economía o la política. Particularmente en el hogar, se debería enseñar y practicar la integridad como fundamento para que se extendiera hasta la vida de la comunidad y todo otro aspecto del diario vivir.
Sabiendo la necesidad de revivir esta virtud «de antaño», decidí dirigir mis palabras a este tema. La integridad, o la falta de ella, tiene que ver con casi todo aspecto de nuestra vida: todo lo que decimos, todo lo que pensamos y deseamos.
Precisamente desde este púlpito, y de algunos de los líderes religiosos más destacados de la época moderna, hemos escuchado sermones y exhortaciones sobre honradez, confianza, rectitud, veracidad, justicia, misericordia, amor, fidelidad y muchos otros principios de una vida recta.
Cuando una persona ha integrado todos estos atributos dentro de su ser, cuando se convierten en la fuerza motriz de todos sus pensamientos, actos y deseos, entonces se puede decir de ella que posee integridad, la cual se ha definido como algo a lo que no le «falta ninguna de sus partes. Dícese del recto, probo, intachable».
Continuemos este concepto de un hombre que es íntegro dentro de sí mismo, o indiviso. Tal hombre nunca se hallaría en guerra contra sí mismo en cuanto al curso que debe seguir o la determinación que debe tomar; habría en él una constante unidad de propósito; no habría, como alguien ha dicho, «una entidad para la iglesia, otra entidad para los negocios, otra para los recreos, el hogar, viajes, etc.» Este punto queda bien expresado en el siguiente verso de Edward Sanford Martin:
Dentro de mi templo terrenal gran multitud existe;
Hay uno de nosotros que es humilde,
hay uno que es soberbio.
Hay uno que dolor le causan sus pecados;
Y hay uno que sonríe impenitente;
Hay uno que ama al prójimo, como a sí mismo;
Y uno que en honra y fama sólo está interesado.
De mucha corrosiva inquietud me vería libre,
Si cuál de todos ellos soy, determinar pudiera.
«My Name is Legion»—Mi nombre es Legión—por Edward Sanford Martin, (Masterpieces of Religious Verse, copyrighted by Harper & Brothers, 1948, p. 274.)
Precisamente lo contrario de tal vacilación, son la vida y el carácter de Aquel a quien debemos asirnos fuertemente, el ideal mismo de integridad, Jesucristo, nuestro Salvador, quien enseñó que el hombre no puede tener dualidad en su vida; que no puede servir a Dios así como a las riquezas, y que no puede servir a dos señores. Las enseñanzas de Cristo no sólo tenían como objeto una unidad de propósito, sino que su propia vida fue la personificación de la integridad. Esta virtud es la más grande necesidad de nuestros días.
Necesitamos más integridad en el gobierno. Hay necesidad de que seamos gobernados par hombres y mujeres que son indivisibles en cuanto a propósitos honrados, cuyos votos y decisiones no se venden al mejor postor. Necesitamos en nuestros oficiales elegidos y nombrados aquellos cuyo carácter se encuentre sin mancha, cuya vida sea moralmente limpia y manifiesta, que no sean astutos, egoístas ni débiles. Necesitamos hombres y mujeres de valor y convicciones rectas, que siempre puedan ser reconocidos por su integridad, que no transijan por conveniencia o ansia de poder ni se dejen llevar por la avaricia; y necesitamos un pueblo que estime representantes de este calibre.
Se cuenta de un agricultor en Inglaterra que estaba trabajando un día en sus campos, cuando vio que un grupo de cazadores se acercaba a sus tierras. Temiendo que entraran en un sembrado donde los caballos pudieran hollar las cosechas, envió a uno de sus trabajadores para que cerrara los portones, luego los vigilara y por ningún motivo los abriera. Apenas éste había llegado a su puesto, cuando se presentaron los cazadores y le mandaron que abriera las puertas. El se negó a hacerlo, repitiendo las órdenes que había recibido y rehusando firmemente, a pesar de las amenazas y sobornos de cada uno de los cazadores que se acercaron a él. Entonces uno de los jinetes avanzó y dijo con voz de mando:
«Jovencito, ¿sabes quién soy? Soy el Duque de Wellington, y no estoy acostumbrado a que se me desobedezca; te mando a que abras esas puertas para que yo y mis amigos pasemos.»
El jovencito se quitó el sombrero, y delante del hombre a quien toda Inglaterra se deleitaba en honrar, respondió firmemente:
«Estoy seguro de que el Duque de Wellington no querría que yo desobedeciera las órdenes que me han dado. Tengo que conservar cerrados estos portones y no permitir que nadie pase por aquí, sino con el permiso expreso de mi señor.»
Sumamente complacido, el Duque también se descubrió y dijo:
«Honro al hombre o al joven al cual no se le puede sobornar ni acobardar para que haga lo malo. Con un ejército de tales soldados, no sólo podría yo conquistar a los franceses, sino al mundo entero.» (Moral stories for Iittle folks, SLC, 1891. Págs. 112-113. Adaptación.)
Como lo manifestó el Duque, se respeta a las personas que tienen integridad, y estoy seguro que los desacuerdos y contención entre las naciones, podrían resolverse para bendición y satisfacción de todos los interesados, si sus directores pudieran respetarse el uno al otro y tratar sus problemas con toda sinceridad.
¿Y qué decimos de la integridad en el mundo de los negocios? Los negociantes y los financieros deberían ser la imagen misma de esta virtud. Afortunadamente, muchos de ellos lo son; mas cuando nos enteramos del soborno en gran escala, del fraude, las trampas y los monopolios para apoderarse de extensos imperios financieros; cuando tenemos que formular leyes para asegurar la honradez en nuestros tratos y evitar que un grupo se aproveche indebidamente de otro, sabemos que falta la integridad. Si no faltara, los negocios podrían funcionar con mayor éxito, los empleados serían más honrados en sus deberes y los productos de su labor no serían inferiores ni mal hechos.
Si la integridad guiara las decisiones y gestiones de los que encabezan los sindicatos y gremios, ellos jamás ejercerían, como muchos suelen hacer, dominio injusto sobre la industria. Todos trabajarían para la bendición y el beneficio de todos los demás, y así podríamos eliminar la avaricia, la opresión, la pobreza, y la aflicción humana que ocasionan.
Los ámbitos de la educación tampoco pueden quedar eximidos de la necesidad de un cuidadoso examen en cuanto a la integridad de su propósito. En ningún otro sitio, salvo en el hogar, hay mayor oportunidad para adiestrar y educar sobre los principios de integridad. Existe una correlación innegable entre la educación y la integridad. El famoso autor inglés Samuel Johnson, lo comprendió y lo expresó en estas pocas palabras: «La integridad sin conocimiento es débil e inútil, y el conocimiento sin integridad es peligroso y terrible».
En qué mundo tan terrible viviríamos, y cuán temerosos nos sentiríamos, si no hubiera una porción extraordinaria de integridad en las áreas de la ciencia, la física etc. Mas con todo, aún hay algunos cuyo único propósito debería ser, pero no lo es, la bendición del género humano. Es indispensable que tanto los instructores como los alumnos, sean absolutamente honestos en este aspecto.
¡Imaginémonos lo que sería vivir en un mundo donde el crimen no existiera! Esto podría suceder. Nosotros mismos nos acarreamos mucha de la aflicción, congoja y sufrimiento que soportamos, por motivo de la debilidad moral y la falta de honradez que se están insinuando en toda ocupación y campo de actividad. Ya en 1666 Moliére, famoso dramaturgo francés, escribió:
«Si todos estuvieran vestidos de integridad, si todo corazón fuera justo, franco, amable, las otras virtudes serían casi innecesarias ya que su propósito principal es hacernos soportar con paciencia las injusticias de nuestros semejantes.» (El misántropo, acto 5, esc. 1.)
Como hemos dicho, hay mucha degradación en todo aspecto de nuestra manera de vivir por motivo de que no se aplica el principio de la integridad. Además de los que se han mencionado, debemos agregar el hogar y la vida familiar. El fundamento mismo de esta unidad básica de la sociedad se está desmoronando por causa de la infidelidad, el divorcio y el desprecio completo hacia los votos sagrados del matrimonio. Con tal degradación vienen angustias, sufrimientos indecibles y aflicción, debido a los pecados de adulterio, fornicación y libertinaje cuando los esposos son infieles. Los hogares destrozados constituyen una de las tragedias más grandes del país, y cada día van aumentando.
Imaginemos el cambio que se efectuaría si una total integridad gobernara la vida familiar. Habría fidelidad absoluta; los maridos serían fieles a las esposas y viceversa; no habría convivencia en relaciones adúlteras en vez del matrimonio; el amor abundaría en los hogares, los niños y los padres se respetarían unos a otros, y los hijos se criarían en rectitud por medio del ejemplo de los padres, el mayor de todos los maestros.
Nuestros hijos deben estimar la honradez y la integridad, deben saber de antemano qué es lo que determinarán al verse frente a una crisis; deben saber y entender que son hijos de Dios, y que su eterno destino es vivir de tal manera que sean dignos de volver a su presencia cuando hayan terminado su misión en la vida. Los adultos no deben estorbar su progreso, sino siempre ayudarles a que sean fieles a sus ideales y principios.
El cuento de Gerhardt, un pequeño pastor alemán, nos brinda esta clase de ejemplo. Era sumamente pobre, y un día, mientras cuidaba su rebaño, salió de los bosques un cazador y le preguntó dónde quedaba el poblado más cercano. Cuando el jovencito le informó, el cazador le preguntó si podría enseñarle el camino, y él lo recompensaría generosamente. Cuando Gerhardt contestó que no podía abandonar a sus ovejas por temor de que se perdieran, el cazador dijo: «Bien, ¿y qué? No son tus ovejas, y si se perdieran una o dos, tu patrón ni siquiera lo notaría. Te pagaré más de lo que has ganado en todo un año».
Cuando el joven se volvió a negar, el cazador le propuso: «Entonces, ¿por qué no dejas tus ovejas a mi cuidado, mientras tú vas al pueblo y me traes algo para comer y beber, y también un guía?»
El jovencito movió la cabeza de un lado a otro y dijo: «Las ovejas no conocen su voz». Algo irritado, el cazador respondió: «¿No me tienes confianza?» Gerhardt le hizo ver que no podía tenérsela, puesto que había tratado de hacerlo desobedecer a su patrón, y luego le preguntó: «¿Cómo sé que usted cumplirá su palabra?»
No teniendo más que decir, el cazador se rió y dijo: «Veo que eres un jovencito muy fiel. No te olvidaré. Indícame el camino y veré si puedo llegar yo solo». Resultó que el cazador era el gran duque, y tan complacido quedó con la integridad de Gerhardt, que posteriormente lo mandó llamar y lo ayudó a que se educara. Aunque más tarde el muchacho llegó a ser un hombre rico y poderoso, permaneció honrado y fiel. (De un cuento en Mora1 stories for Iittle folks. )
La integridad de que hablamos no es imposible de lograr. De hecho, todos deberíamos estar convencidos de que es mucho más fácil emular el ejemplo de nuestro Salvador que seguir a Satanás, cuyos caminos nos alejan de la integridad para conducirnos a las tinieblas y la miseria. No hay felicidad en el pecado, y cuando nos apartamos del camino de la rectitud, empezamos a hacer aquellas cosas que inevitablemente nos conducirán a la desdicha, a la miseria y a la pérdida de la libertad.
Y bien, ¿qué podemos hacer para mejorar las condiciones de que hemos estado hablando? Empecemos, tratando de ver en nosotros mismos en qué posición nos hallamos concerniente al principio de la integridad; hagamos una evaluación honrada de nuestros sentimientos, nuestra vida, nuestros deseos y metas, incluyendo en ello la admisión de todas nuestras faltas; entonces debemos hacer un esfuerzo serio por corregirlas, cambiar de dirección hacia el ideal de la integridad y las virtudes que la acompañan.
Nuestra salvación y exaltación eternas en el reino de nuestro Padre Celestial se determinarán por la manera en que obedezcamos los principios del Evangelio de Jesucristo. Los primeros líderes de la Iglesia restaurada de Jesucristo, incluso el profeta José Smith y sus colaboradores, entendieron la importancia de la integridad y la aplicaron en su vida; no pudieron transigir de manera alguna con la verdad revelada. Aunque la gente se burló de José Smith y lo persiguió por declarar que había visto una visión del Padre y del Hijo, él dijo que se sentía como Pablo cuando presentó su defensa ante el rey Agripa, y algunos dijeron que era ímprobo, otros que estaba loco, se le ridiculizó y se le ultrajó. Así fue con el profeta José. El dijo:
«Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y se me perseguía por decir que había visto’ una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me censuraban y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios? ¿o por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía y comprendía que Dios lo sabía y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo ofendería a Dios y caería bajo condenación.» (José Smith 2:28.)
José Smith también hizo otra declaración que incluye la integridad. Al escribir los Artículos de Fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nos dio estas palabras en el Artículo Trece:
«Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos.»
Incorporemos, todos y cada uno de nosotros, esta admonición en nuestro diario vivir.
Entre los que más íntimamente se asociaron con el Profeta, se hallaban aquellos que condujeron a los valientes pioneros a través de los llanos al Valle del Gran Lago Salado, para convertirse en un «pueblo grande y poderoso», según la profecía divina; esto no podrían haberlo hecho si hubieran transigido en sus principios. Uno de los que realizó esa larga jornada a través de los llanos, del río Misisipí hasta el Valle del Lago Salado fue Heber C. Kimball, abuelo de nuestro actual Profeta y director, el presidente Spencer W. Kimball. El manifestó completa integridad de propósito, como el fiel, prudente y digno consejero del presidente Brigham Young; a menudo hablaba de nuestra salvación temporal y de las cosas que debemos hacer a fin de prepararnos para la vida eterna. En una ocasión dijo:
«Dios… está resuelto a salvar a aquellos que sigan un curso mediante el cual puedan asegurar su elección y herencia a la vida eterna. Todos éstos prevalecerán; si son negligentes con respecto a la integridad y firmeza que deben a la causa de la rectitud, y no se arrepienten, perderán todo lo que ya hayan logrado,
todo lo que hayan esperado y todo lo que se ha prometido a aquellos que vencen.» (Journal of discourses, 8:89.)
El galardón supremo de la integridad debería ser ganar la aprobación de nuestro Padre Eterno y Jesucristo su Hijo; jamás supongamos que la rectitud pasará desapercibida ni sin ser premiada. Esto se manifiesta en una revelación a José Smith, en enero de 1841, en la que se hacía referencia a su fiel hermano Hyrum, cuya devoción le ocasionó el martirio cuando los dos fueron asesinados en la cárcel de Carthage, en 1844:
«Además, de cierto te digo, bendito es mi siervo Hyrum Smith; porque yo el Señor, lo amo a causa de la integridad de su corazón, y porque él estima lo que es justo ante mí, dice el Señor.» (D. y C. 124:15.)
Esto se aplica igualmente a las multitudes de personas justas por todo el mundo, que tratan a sus semejantes con integridad.
Los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como los del Libro de Mormón lograron la integridad de corazón que les trajo la compañía del Espíritu Santo. En igual manera, aquellos que han presidido y que hoy presiden este reino restaurado de Dios, lo hacen con integridad, con devoción completa. Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días por todo el mundo, pueden sentirse eternamente agradecidos por saber de la fe invariable de estos devotos hombres que hoy se sientan en la tribuna de este gran Tabernáculo. Ellos, con miles de otros líderes de la Iglesia, son honrados, sinceros y dignos de la confianza que se les ha depositado; son abnegados en su servicio, humildes y sumisos al juicio y voluntad de nuestro Señor y Salvador. Su deseo más grande es lograr la salvación y exaltación, no sólo para sí mismos sino para sus semejantes.
Doy testimonio de que Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, está a la cabeza de la Iglesia y dirige sus actividades por conducto de su Profeta, el presidente Spencer W. Kimball.
Con toda el alma quisiera hoy rogar que en el corazón de los hombres en todas partes, entre esa chispa divina que les hará comprender, aceptar y obedecer las enseñanzas de Jesucristo, lo cual los preparará para la vida eterna con Dios, nuestro Padre Celestial. En el nombre de Jesucristo. Amén.
























