Confía en Jehova

Conferencia General Abril 1978logo pdf
Confía en Jehová
élder L. Tom Perry
Del Consejo de los Doce

L. Tom PerryEn el libro de Salmos leemos:
«Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad.

Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.

Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía.» (Sal. 37:36.)

Las Escrituras establecen una similaridad entre la vida justa y una luz especial, un espíritu, gozo y felicidad que hay en aquellos que así viven.

Hace unos años, cuando trabajaba para el comercio, en una de nuestras tiendas teníamos un guardia nocturno cuya joven hija se había unido a la Iglesia. El comentaba a menudo el cambio que había ocurrido en la vida de su hija: su bautismo había llevado un nuevo espíritu al hogar. Yo quería hacer uso de lo ocurrido como base para enseñarle el evangelio.

Una noche, al salir de la tienda, lo vi en la puerta observando a los clientes que habían terminado sus compras después de cerrarse la tienda. Me detuve un momento a conversar con él. Inmediatamente, comenzó a hablarme de su hija. Me dijo: «¿Sabe? parece que brillara desde que se unió a la Iglesia».

Procedí a decirle que el tener confianza en el Señor y conformar nuestra vida al plan del evangelio, hace que se efectúe un cambio hasta en nuestra apariencia. En aquel momento vi dos damas que se acercaban a la puerta con otros clientes. Estaban bien vestidas y sus rostros reflejaban un brillo especial. Inmediatamente noté un broche de «Mi deber a Dios» que usaba una de ellas, el cual es presentado a su madre por muchos de nuestros jóvenes cuando han conseguido este premio especial. Me volví hacia mi amigo y le dije: «Fíjese en esas dos señoras que vienen en esta dirección. Tienen un aspecto diferente; ellas también son miembros de la Iglesia».

El se quedó tan interesado, que se apresuró a acercárseles y preguntarles: «¿Son ustedes mormonas?» Y luego de recibir la confirmación, volvió hacia mí sacudiendo la cabeza y diciendo: «¿Sabe? Se nota que son diferentes». Yo estoy de acuerdo con él. Hay una diferencia en aquellos que confían en el Señor y hacen el bien.

La historia nos ha dado evidencia de ellos desde el principio. Cuando leo las Escrituras, trato de que éstas cobren vida; trato de establecer una relación con las grandes personalidades que se describen en ellas.

Quisiera ilustrar esto con un ejemplo. En el capítulo 37 del libro de Génesis, leemos una extraordinaria historia sobre una familia que tenía gran cantidad de varones. Uno de los hijos, José, era más amado por su padre que sus otros hermanos. Para demostrar su amor y aprecio por este hijo, su padre le hizo una túnica de diversos colores.

«Y viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente.» (Gén. 37:4.)

La personalidad de José no ayudaba mucho; tenía sueños y luego se los contaba a sus hermanos, quienes lo aborrecían aún más. ¿Podéis imaginar cómo se sentirían al oír un sueño como éste?:

«Y él les dijo: Oíd ahora este sueño que he soñado: He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban al mío.

Le respondieron sus hermanos: ¿Reinarás tú sobre nosotros, o señorearás sobre nosotros? Y le aborrecieron aún más a causa de sus sueños y sus palabras.» (Gén. 37:6-8.)

Para complicar la situación, el padre le permitía a José quedarse con él, y enviaba a sus hermanos a los campos para que cuidaran los rebaños. Algunas veces mandaba a José también para ver cómo estaban sus hermanos. Un día éstos, al verlo venir desde lejos, sintieron como si ya no pudieran soportarlo más y conspiraron para matarlo. Concibieron un plan por el cual lo matarían y lo echarían en un foso, y luego le dirían a su padre que una mala bestia lo había devorado.

Un hermano vio que se acercaba una caravana que iba camino a Egipto, y les dijo:

«¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él porque él es nuestro hermano nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él.» (Gén. 37:26-27.)

Así que tomaron a su hermano de diecisiete años y lo vendieron como esclavo a la caravana que iba a Egipto, un país extraño, donde se hablaba un idioma extraño, y había costumbres extrañas. Pero el Señor estaba con aquel joven extraordinario, y él nunca se dejó desalentar. Aunque era forastero y esclavo, su semblante debía irradiar un espíritu especial. Cuando fue ofrecido para la venta, fue adquirido por un capitán de la guardia del rey. Poco tiempo después, José se había distinguido de tal forma ante el capitán, que éste lo hizo mayordomo de su casa. El tenía toda la autoridad sobre los demás sirvientes, y era guardián de todas las posesiones del capitán; éste había puesto en las manos de José, toda su confianza, sus propiedades, sus ingresos.

José era de «bella presencia» y logró una posición de prominencia mediante la ayuda del Señor. Pero los problemas comenzaron de nuevo. Aquel apuesto joven atrajo el interés de la esposa del capitán de la guardia. Un día, mientras él trabajaba solo en la casa, oyéndolo ella fue a tentarlo y lo tomó de la ropa; mas José, siendo un joven recto, sabía que no debía hacer aquello, y corrió, dejando su ropa en manos de ella, y huyó. La mujer se quedó allí, con la ropa del joven en la mano. Cuando volvió su marido, ella le contó una gran mentira sobre José, y el capitán se enojó tanto que lo hizo poner en la cárcel. Una vez más en su corta vida, se encontraba en grandes dificultades, esta vez en la cárcel.

Pero él no se desalentaba fácilmente, y decidió ser el mejor prisionero en la prisión, ganándose el favor del jefe de la cárcel. Las Escrituras registran lo siguiente:

«Y el jefe de la cárcel entregó en mano de José el cuidado de todos los presos que había en aquella prisión; todo lo que se hacía allí, él lo hacía.» (Génesis 39:22.)

Como veis, se le dio la posición más alta en la prisión, y pusieron a todos los prisioneros a su cargo. Otra vez en circunstancias difíciles, José se convirtió en el mejor, aun siendo prisionero.

Poco después que él fuera encarcelado, pusieron también a dos servidores del rey, el copero y el panadero; muy pronto José los conoció. Ambos tuvieron un sueño. Como veían que José era un hombre justo, le pidieron que les interpretara los sueños y él así lo hizo; a uno le dijo que no saldría de la cárcel, sino que perdería allí la vida; al otro le dijo que pronto tendría la oportunidad de retornar a su posición de honor junto al Faraón. Entonces le pidió al que tendría la oportunidad de ser restaurado a su antiguo cargo, que tuviera en cuenta recordarlo en presencia del Faraón, para que pudiera salir de la prisión.

El copero fue restituido a su posición de prominencia al servicio del rey, pero se olvidó de José, que estuvo en prisión por dos años más. Un día, el Faraón tuvo un sueño que ninguno de los magos pudo interpretar. Cuando el copero recordó a José, habló con el rey y le dijo que había en la cárcel un hombre que podría interpretar su sueño; el Faraón mandó a buscar a José, y, con la inspiración del Señor, éste interpretó el sueño del rey, quien quedó tan impresionado con el joven, que lo sacó de la prisión y lo hizo su siervo. Este volvió a distinguirse tanto, que se convirtió en. principal sobre toda la tierra; sólo Faraón estaba por encima de él. (Gén. 4041.)

Por los servicios que José le había rendido, el Faraón les dijo a sus sirvientes:

» ¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien está el espíritu de Dios?» (Gén. 41:38.)

El Faraón reconoció que José era, de cierto, dirigido por el Señor, y le dijo: «Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú.» (Gén. 41:39.)

Cuando seguimos el curso indicado por las guías del Evangelio de Jesucristo, y ponemos nuestra confianza en el Señor, su influencia es tal que se manifiesta no sólo en nuestras acciones, sino también un cambio marcado y visible dentro de nuestro ser. Hay entonces una luz y un espíritu especial que irradian de nuestra alma eterna, y que puede describirse con adjetivos tales como brillante, luminoso, gozoso, feliz, sereno, puro, satisfecho, espiritual, entusiasta, etc.

Brigham Young dijo:

«La persona que disfruta de la experiencia de conocer el reino de Dios en la tierra, y al mismo tiempo tiene el amor de Dios dentro de sí, es la persona más feliz de todas sobre la tierra.

Nunca habréis visto ni podríais encontrar en el mundo, un verdadero santo que se sintiera desgraciado. Si las personas se ven destituidas de la fuente de aguas vivas o de los principios de vida eterna, entonces sí son desgraciadas. Si las palabras de vida moran dentro de nosotros, si tenemos la esperanza de la vida eterna y la gloria, y dejamos que la chispa que llevamos dentro encienda una llama que consuma hasta el mínimo y último de los restos de egoísmo, jamás podremos caminar en tinieblas, y la duda y el temor han de sernos desconocidos…

Esto encoleriza al diablo; también lo encoleriza que no puede afligir a este pueblo hasta hacerlos tener apariencia de desgraciados.

¿Dónde hay felicidad, real felicidad? Solamente la hay en Dios. Al poseer el espíritu de nuestra santa religión, somos felices en la mañana, en la tarde y en la noche; porque el espíritu de amor y unidad está dentro de nosotros, y nos regocijamos en él, porque es de Dios, y nos regocijamos en Dios porque es el Dador de toda cosa buena. Todo Santo de los Últimos Días que haya sentido el amor de Dios en su corazón, después de recibir la remisión de sus pecados mediante el bautismo, y la imposición de manos, se siente lleno de gozo, felicidad y consuelo. Quizás sienta dolor sufra, sea pobre o esté en prisión si así fuera necesario, pero todavía siente gozo. Esto hemos experimentado, y cada Santo de los Últimos Días, puede dar testimonio de ello.

Realmente feliz es el hombre o la mujer. o el pueblo que disfruta de los privilegios del Evangelio del Hijo de Dios, y que sabe apreciar sus bendiciones.» (Discursos de Brigham Young. págs. 235-6.)

Si este sistema funciona, es la mayor fuente de felicidad que se pueda encontrar. Permitidme citar otro ejemplo que apareció recientemente en la revista Ensigne:

«En el verano de 1953 yo tenía dieciséis años y era aspirante a actriz. Nuestra actriz principal era una joven muy hermosa, que había obtenido el papel en un concurso, según creo en Nueva York. Ambas compartíamos un apartamento, y cada mañana al despertar, yo la veía sentada en la cama, leyendo. Me presentó aquel cuadro, día tras día, por cuatro meses.

Pronto se corrió la noticia de que era mormona: en un ambiente donde la  moral simplemente no existe, ella era tan pura como la nieve: no bebía, no fumaba ni siquiera en la escena, y no recibía hombres en su cuarto. Amaba a todos. Era muy amable y amistosa, aun cuando era la estrella, y en las mañanas siempre estaba leyendo y leyendo. No leía los libretos, sino otros libros y revistas que había llevado consigo.

Nunca me habló de su religión, y yo tampoco le pregunté. Pero jamás la olvidé.

Muchos años después de haberme casado y cuando ya tenía dos hijos, mi esposo y yo nos sentíamos insatisfechos con nuestra vida espiritual. Habíamos asistido a cursos de religión y visitado diversas iglesias, pero todavía no estábamos contentos.

Entonces yo recordé a mi amiga: recordé que decían que era mormona. No teníamos ni idea lo que era un mormón, ni recordábamos, haber oído hablar de ellos nunca. Así que fui a la biblioteca pública del pequeño pueblito donde vivíamos, y saqué lo único que encontré: el Libro de Mormón. En la cubierta posterior había una lista de casas de misión y escribí a la más cercana, que estaba en Georgia, preguntándoles si aceptaban conversos. El resto es parte de nuestra historia familiar.

Nunca más he encontrado a aquella joven para decirle que, porque ella vivía su religión en una forma que nunca pude olvidar, treinta y siete personas de ambos lados de nuestra familia, son ahora miembros de la Iglesia, e innumerables almas en el mundo espiritual han tenido la misma oportunidad.» (Ensign, dic. 1977″. pág. 62.)

¡Cuánto necesita el mundo el ejemplo de aquellos que dejan que la luz del Evangelio de Jesucristo irradie de su espíritu eterno! ¡Cómo necesitamos demostrar que una vida correcta brinda gozo eterno!

A vosotros, los que habéis abrazado el Evangelio de nuestro Señor y Salvador, ¡cuánto os necesita el mundo para que seáis como un faro en la colina para atraer a los que buscan el camino hacia una vida más feliz y satisfactoria! Y a vosotros, los que no habéis descubierto éste, el más grande de todos los dones, uníos a nosotros y permitidnos ayudaros a edificar una vida mejor. Si laboramos juntos, podremos traer un gozo mayor a este atribulado mundo.

Ruego humildemente que pongamos nuestra confianza en el Señor y hagamos el bien, para que al vivir como ejemplos del Evangelio de Jesucristo se pueda decir de nosotros como se dijo de José: «¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?» (Gén. 41:38).

Dios vive. Jesús es el Cristo, ésta es su Iglesia. En este día os dejo mi humilde testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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