Convirtámonos en puros de corazón

Conferencia General Abril 1978

Convirtámonos en puros de corazón

Presidente Spencer W. Kimball


Mis queridos hermanos y hermanas, ¡qué hermosa vista conformáis!  Lo radiante de vuestros rostros y las bellezas naturales de esta Manzana del Templo hacen que mi corazón rebose de gratitud por las bendiciones del Señor. Al reunirnos en esta conferencia, ruego que el espíritu de gratitud reine en todo lo que hagamos y digamos.  Pues en verdad el Señor se deleita en bendecir a aquellos que le aman y le sirven. (D. y C. 76:5.)

Con la ayuda del Señor, quisiera recordaros varias verdades y obligaciones que no deben ser olvidadas jamás por nosotros, como líderes y miembros en general.  Siguiendo estos recordatorios, quisiera referirme a la edificación de Sión mediante el sacrificio y la consagración.

Primeramente, desearía recordar a los obispos la necesidad tan vital de proveer a quienes reciben ayuda del programa de bienestar, la oportunidad de trabajar o servir, para que de ese modo, puedan mantener su dignidad e independencia y continuar disfrutando del Santo Espíritu, al beneficiarse mediante los esfuerzos de autosuficiencia provistos por los Servicios de Bienestar de la Iglesia.  Nunca sería demasiado recordar constantemente que la ayuda de bienestar de la Iglesia es de naturaleza espiritual, y que estas raíces espirituales se marchitarían si se permitiese que la filosofía de la ociosidad entrara en nuestras ministraciones de los Servicios de Bienestar.  Todo aquel que recibe ayuda puede hacer algo.  Sigamos el orden de la Iglesia en este asunto y asegurémonos de que todo el que recibe da de sí a cambio.

Permanezcamos en guardia contra el aceptar sustitutos mundanos a cambio del plan de cuidar de los pobres.  Al escuchar informes de reformas gubernamentales en los programas de bienestar y sus miles de problemas, recordemos el convenio que hemos hecho de apoyarnos el uno al otro y de socorrer a cada persona conforme a su necesidad. El presidente Romney, nuestro decano en asuntos de Servicios de Bienestar, dio un buen consejo cuando hace varios años declaró lo siguiente:

«En este mundo moderno con plagas que se contraponen al plan del Señor, debemos evitar el ser mal guiados a suponer que podemos librarnos de nuestras obligaciones hacia los pobres y hacia los necesitados, poniendo la responsabilidad sobre los hombros del gobierno u otras agencias públicas. Sólo mediante la dádiva voluntaria de un amor abundante hacia nuestro prójimo, es que podemos desarrollar la caridad definida por Mormón como ‘El amor puro de Cristo’ (Moroni 7:7).  Esto es lo que debemos desarrollar si es que deseamos alcanzar la vida eterna. (Conference Report, octubre de 1972, pág. 1 15.)

Como recordatorio de las normas de la Iglesia con relación a aquellas personas que reciben caridad de parte del gobierno u otros servicios, desearía hacer énfasis en la siguiente declaración:

«La responsabilidad del bienestar espiritual, social, emocional, físico o económico de cada miembro descansa primero, sobre sí mismo, segundo sobre su familia y tercero sobre la Iglesia. Los miembros de la Iglesia son compelidos por el Señor a ser autosuficientes e independientes hasta donde lo permita su capacidad. (Véase D. y C. 78:13-14.)

Ningún verdadero Santo de los Últimos Días, siempre que sea física o emocionalmente apto, pasará voluntariamente el peso del bienestar de su propia familia a otra persona.  Dentro de lo que le resulte posible, bajo la inspiración del Señor y mediante su propio esfuerzo, trabajará hasta el límite de su habilidad para proveer para sí mismo y su familia, las necesidades espirituales y temporales de la vida. (Génesis 3:19, 1 Timoteo 5:8, y Filipenses 2:12.)

Como si fuera guiado por el Espíritu del Señor y mediante la aplicación de estos principios, cada miembro de la Iglesia debe tomar su propia decisión en cuanto a la ayuda que acepte, ya fuere del gobierno o de otra fuente. De este modo, la independencia, el autorrespeto, la dignidad y la autosuficiencia, serán engalanadas y se mantendrá el libre albedrío.» (Ensign, marzo de 1978, pág. 20.)

Como complemento a esta declaración tenemos el repetido tema de la autosuficiencia.  Ninguna cuota de filosofías baratas, excusas ni justificaciones cambiarán jamás la necesidad fundamental de la autosuficiencia.  Esta existe a causa de que:

«Toda verdad, así como toda inteligencia, queda en libertad de obrar por sí misma en aquella esfera en la que Dios la colocó; de otra manera, no hay existencia.» (D. y C. 93:30.)

El Señor declara que en estas líneas descansa el «libre albedrío del hombre» y con el mismo viene la responsabilidad hacia uno mismo.  Con esta libertad podemos alcanzar la gloria o caer en la condenación. Es mi ruego que individualmente y en forma colectiva, seamos siempre autosuficientes.  Esta es nuestra herencia y nuestra obligación.

El principio de autodependencia es el que impulsa a la Iglesia a hacer hincapié en la preparación personal y familiar.  Nuestro progreso en la implantación de las varias facetas de la preparación personal y familiar, impresiona verdaderamente. Pero existen aún muchas familias que deben dar oído al consejo de vivir en forma providente.

Con la llegada de la primavera en vuestros respectivos países, confiamos en que trabajéis en vuestros huertos y os preparéis para disfrutar del producto de los mismos; confiamos en que hagáis de ésta una actividad familiar, asignando a todos una tarea específica, incluyendo a los más pequeños. Existen muchas cosas que aprender y cosechar en los huertos, más allá de la cosecha misma. También confiamos en que estéis cumpliendo con el programa de almacenamiento de comida para un año, así como de ropa, y donde fuere posible, combustible y ahorro de dinero.  Más aún, confiamos en que estéis tomando conciencia de lo importante de una dieta balanceada y los hábitos de salud, de que os mantengáis en buenas condiciones físicas y estéis aptos para hacer frente a las muchas exigencias de la vida. Aseguraos de que en vuestras reuniones de quórum y de la Sociedad de Socorro, se enseñen los principios y las prácticas de la preparación personal y familiar.

Deseamos recordar a todos los santos las bendiciones con que nos vemos favorecidos cuando observamos la ley del ayuno y contribuimos con generosas ofrendas, conforme a nuestras posibilidades. En todos los casos en que podamos, debemos contribuir con una cantidad muchas veces mayor al equivalente de las comidas de las cuales nos abstenemos.

Este principio de promesa, cuando se vive de acuerdo con el verdadero espíritu, bendice tanto al que da como al que recibe.  En la práctica de la ley del ayuno, el individuo encuentra un recurso de poder personal para vencer la autoindulgencia y el egoísmo. Sobre este terna, os aconsejo leer el maravilloso discurso dado por el obispo Victor L. Brown en la última conferencia de bienestar, el que fue publicado en la edición de febrero de 1978 de la revista Liahona, página 118.

Ahora, hermanos y hermanas, olvidaos por un momento de las presiones y demandas de este día y esta semana, y permitidme establecer algunas perspectivas muy importantes relacionadas con los Servicios de Bienestar. Por muchos años se nos ha enseñado que la meta importante resultante de nuestro trabajo, esperanzas y aspiraciones en esta obra, es la edificación de una Sión de los Últimos Días, una Sión caracterizada por el amor, la armonía y la paz, una Sión en la cual los hijos del Señor sean como uno solo.

Debemos tener presente en forma fundamental la visión de lo que tenemos y lo que debemos recibir como producto de nuestro trabajo, al aprender nuestro deber y cumplir con él en la implantación de los Servicios de Bienestar.  Esto se aplica por igual a todas las actividades de la Iglesia.  En la Sección 58 de Doctrinas y Convenios, el Señor comparte con nosotros una imagen de esta Sión de los últimos días:

«Por lo pronto no podéis ver con los ojos naturales el designio de vuestro Dios concerniente a aquellas cosas que vendrán después, y la gloria que seguirá a la mucha tribulación.

Porque tras mucha tribulación vienen las bendiciones.  Por tanto, el día viene en que seréis coronados con gran gloria: la hora no es aún, mas está a la mano.

He aquí, de cierto os digo, que por esta causa os he enviado: para que seáis obedientes y vuestros corazones estén preparados para testificar de las cosas que han de venir;

Y también para que tengáis el honor de poner el fundamento, y dar testimonio de la tierra sobre la cual se hallará la Sión de Dios;

Y después viene el día de mi poder; entonces vendrán a la boda del Cordero los pobres, los cojos, los ciegos y los sordos, preparados para el gran día que ha de venir, y participarán de la cena del Señor.

He aquí, yo, el Señor, lo he hablado.» (D. y C. 58:3-4, 6-7, 11-12.)

Este día vendrá; y es nuestro destino hacer nuestra parte para que así sea. ¿No os motiva acaso a alargar vuestro paso y acelerar la marcha al hacer lo que esté de vuestra parte en la gran obra de santificación del reino?  A mí, sí.  Hace que me regocije en las muchas oportunidades de servicio y sacrificio que hay a mi alcance y al de mi familia al cumplir con nuestra responsabilidad en el establecimiento de Sión.

En los primeros días de esta dispensación el pueblo fracasó en el intento de vivir el plan económico de Sión en su plenitud, la Orden Unida.  A causa de sus transgresiones, el Señor les amonestó severamente con estas palabras:

«Pero, he aquí, no han aprendido a obedecer las cosas que requerí de sus manos, sino que están llenos de toda clase de iniquidad, y no imparten de su sustancia a los pobres y a los afligidos entre ellos como conviene a los santos;

Ni están unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial;

Y no se puede edificar a Sión sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial; de otra manera, no la puedo recibir.» (D. y C. 105:3-5.)

Y el Señor también aconseja que debemos aprender obediencia y ser desarrollados en carácter antes de que El pueda redimir a Sión. (D. y C. 105: 9-10.)

Algunos versículos después en esta misma revelación que se encuentra en la Sección 105 de Doctrinas y Convenios, el Señor ratifica la ley de Sión, en estas palabras y con esta promesa.

«Y que los mandamientos que he dado en cuanto a Sión su ley se ejecuten y se cumplan después de su redención.

Y si obedecen el consejo que reciben, después de muchos días tendrán el poder de hacer todas las cosas que atañen a Sión.» (D. y C. 105: 34, 37.)

El tiempo que se requiere para «hacer todas las cosas que atañen a Sión» queda estrictamente sujeto a la forma en que nosotros lo vivamos, pues la creación de Sión «comienza en el corazón de cada persona» (Journal of Discourses, 9:283).  Los profetas previeron el hecho de que nos llevaría algún tiempo aprender nuestras lecciones 1863, Brigham Young declaró:

«Si este pueblo rechaza su deber vuelve la espalda a los santos mandamientos que Dios les ha dado, riqueza individual y rechazan los intereses del reino de Dios, es posible que permanezcamos en la condición actual por mucho tiempo, quizás período mucho más largo de lo que se ha previsto.» (Journal of discourses, 11:102.)

Desafortunadamente, vivimos en un mundo que rechaza en gran escala los valores de Sión. Babilonia nunca fue ni podrá llegar a ser parte de Sión. El Señor reveló al profeta Mormón, lo concerniente a nuestra época, quedando registrada esta declaración en uno de los capítulos finales del Libro de Mormón:

«He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo no lo estáis.  Pero he aquí, Jesucristo me os ha manifestado, y conozco vuestros hechos.

Porque he aquí, amáis el dinero, vuestros bienes, vuestros costosos vestidos y el adorno de vuestras iglesias, más de lo que amáis a los pobres, a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos.» (Mormón 8:35, 37.)

Esta situación está en directa contraposición a la Sión que el Señor busca establecer mediante su pueblo del convenio. Sión puede ser edificada solamente entre aquellos que son puros de corazón, no entre un pueblo atrapado por la codicia o la ambición, sino por un pueblo puro y generoso. No un pueblo puro en apariencia, sino un pueblo puro de corazón. Sión debe estar en el mundo mas no ser del mundo, ni esclavizada por un sentido de seguridad carnal, ni paralizada por el materialismo.  No, Sión no está comprendida en las cosas del orden inferior, sino en aquellas del orden supremo; cosas que exaltan la mente y santifican el corazón.

Sión es «el buscar cada cual el bienestar de su prójimo, haciendo todas las cosas con el deseo sincero de glorificar a Dios» (D. y C. 82:9.).  Según entiendo yo estos asuntos, Sión puede ser establecida sólo mediante aquellos que son puros de corazón y que se esfuerzan porque esto suceda, pues «el trabajador en Sión trabajará para Sión; porque si trabajaré por dinero, perecerá» (2 Nefi 26:31).

Aun cuando es importante tener esta imagen en la mente, el definir y describir a Sión no la hará realidad; eso puede lograrse solamente mediante el esfuerzo diario y constante de todo miembro de la Iglesia. No importa cuál sea el costo ni el sacrificio, pero debemos hacerlo.  Ese es uno de mis lemas favoritos: «Hazlo».  Quisiera sugerir tres cosas fundamentales que debemos hacer si es que deseamos «edificar nuevamente a Sión», tres cosas en cuanto a las cuales debemos comprometernos aquellos que trabajamos para establecerla.

Primero, debemos eliminar la tendencia al egoísmo el cual atrapa el alma, endurece el corazón y obscurece la mente. El presidente Romney se refirió recientemente al trágico ciclo de la civilización, un ciclo del que es propulsor cualquiera que busque «poder y lucro». ¿No que acaso esto lo que llevó a Caín a cometer el primer asesinato, «con el fin de obtener lucro»? (Moisés 5:50). ¿No es este el espíritu del anticristo en el cual, cada uno prospera según su genio, y cada uno conquista según su fuerza; y cualquiera que fuese la cosa que el hombre hiciera no sería crimen»? (Alma 30:17). ¿No describió Nefi acaso esto como el espíritu que condujo a esta generación a la destrucción?

“Y la causa de esta iniquidad entre el pueblo era que Satanás tenía gran poder para incitarlos a cometer toda clase de iniquidades y a llenarse de orgullo, tentándolos para que ambicionaran el poder, la autoridad, las riquezas y las cosas vanas del mundo.» (3 Nefi 6:15.)

Si es que deseamos evitar sus efectos, debemos ponernos en guardia contra todo aquello que nos conduzca a la caída.  El Señor mismo declaró a nuestros antecesores:

«Y una vez más, os mando no codiciar vuestros propios bienes.» (D. y C. 19:26.)

Más adelante, siguió aconsejando a su joven Iglesia diciendo:

«He aquí, yo, el Señor, no estoy bien complacido con muchos de los de la Iglesia en Kirtland;

Porque no abandonan sus pecados, ni sus malas costumbres, ni el orgullo de sus corazones, ni sus codicias, ni todas sus cosas abominables, para observar las palabras de sabiduría y vida eterna que yo les he dado.» (D. y C. 98:19-20.)

Es imperioso que hagamos el egoísmo a un lado en nuestra familia, nuestro trabajo y en nuestras ocupaciones profesionales, así como en los asuntos de la Iglesia.  Me siento molesto al escuchar de estacas o barrios que tienen dificultades para dividir el producto de proyectos de bienestar o hacer asignaciones parejas en proyectos de producción.  Estas cosas no deberían existir.  Resolvámonos hoy mismo a vencer cualquiera de tales tendencias.

Segundo, debemos cooperar completamente y trabajar en mutua armonía.  Debe haber unanimidad en nuestras decisiones y unidad en nuestras acciones.  Tras instar a los santos a que «amen a su hermano como a sí mismos», el Señor concluye sus instrucciones dadas en una conferencia a los miembros, con estas potentes palabras:

«He aquí, esto os lo he dado por parábola, y es aún como yo soy.  Yo os digo: sed uno; y si no sois uno no sois míos.» (D. y C. 38:27.)

Si el Espíritu del Señor ha de magnificar nuestros esfuerzos, es entonces este espíritu de unidad y cooperación el que debe prevalecer en todo lo que hacemos.

Cuando así actuamos, según nos dice el profeta José Smith:

«Las más importantes bendiciones temporales y espirituales que siempre resultan de la fidelidad y el esfuerzo unidos, nunca vienen por el esfuerzo o empeño individual.» (Enseñanzas del Profeta. . ., pág. 218.)

Hay muy pocas actividades en la Iglesia que requieran más cooperación y esfuerzo constante que los Servicios de Bienestar.  Ya fuere encontrar un empleo para un miembro de quórum desocupado, llevar a cabo un proyecto de producción, trabajar en Industrias Deseret, o aceptar la adopción temporal de niños en el hogar; son la cooperación y el esfuerzo mutuo lo que determina el éxito en general del sistema de recursos.

Tercero, debemos postrarnos ante el altar y sacrificar todo lo que nos sea requerido por el Señor.  Comenzamos por ofrecer un «corazón quebrantado y un espíritu contrito».  Seguidamente, damos lo mejor de nuestros esfuerzos en nuestras áreas de asignación y llamamiento, aprendemos nuestro deber y lo ponemos en práctica plenamente. Por último, consagramos nuestro tiempo, talentos y posibilidades según nos lo pidan nuestros líderes y según nos lo indique la inspiración del Espíritu. En la Iglesia como sucede también en el sistema de bienestar, podemos dar expresión a cada una de nuestras habilidades, a cada uno de nuestros justos deseos, y a cada uno de nuestros impulsos.  Sea que actuemos como voluntarios, padres, maestros orientadores, obispos, vecinos, maestras visitantes, madres, amas de casa o amigas, siempre existe la amplia oportunidad de dar plenamente de nosotros mismos.  Al hacerlo, vemos que el «sacrificio nos trae las bendiciones del cielo» y al final, comprendemos que no se trataba de un sacrificio.

Mis hermanos y hermanas, si podemos hacer esto, nos veremos envueltos por el manto de la caridad «que es mayor que todo, porque todas las cosas han de perecer.  Pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien» (Moroni 7:46-47).

Unámonos y oremos con todas las fuerzas de nuestro corazón, para que podamos ser sellados por este vínculo de caridad; que podamos edificar esta Sión de los últimos días.  Que el reino de Dios pueda seguir su marcha hacia adelante, para que el Reino de los Cielos pueda venir.  Esta es mi oración y testimonio en el nombre de Jesucristo.  Amén.

*Nota de la editora: Al hablar de Babilonia, se refiere al pecado.

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Una respuesta a Convirtámonos en puros de corazón

  1. Hermoso e inspirado mensaje de un profeta de Dios me inspira a ser más dedicado a la obra de mi padre gracias presidente

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