Conferencia General Abril 1978
¿Qué quiere el Salvador de mí?
élder Derek A. Cuthbert
del Primer Quórum de los Setenta
Mis queridos hermanos, me siento muy emocionado y lleno de amor y gratitud. Quiero agradecemos desde el fondo de mi corazón, por el poder sostenedor de vuestro amor, fe y oraciones, que se ha puesto en evidencia en el sostenimiento de oficiales.
Estamos muy agradecidos por el evangelio. En el presente, estamos sirviendo en el campo misional y sentimos que estamos pagando en pequeña medida la gran obra llevada a cabo hace muchos años por unos jóvenes misioneros. Ellos llegaron a nuestro hogar en el verano de 1950, golpearon a la puerta y abrieron los ojos de nuestro entendimiento a la plenitud del evangelio.
He escuchado a muchos misioneros expresar su aprecio por sus compañeros Y en este momento quiero yo expresar mi agradecimiento por mi maravillosa compañera de misión, que es también mi compañera eterna, devota esposa y madre, que siempre me facilitó el camino para que pudiera servir al Señor. Estoy agradecido por mis buenos hijos, algunos de ellos con su propia familia, que fueron criados en la Iglesia y casados en el templo; todo ello porque unos misioneros llamaron a nuestra puerta. Sé que por las sagradas ordenanzas que se realizan en los templos podremos estar todos juntos y lo estaremos eternamente. ¡Cuán grandes son las bendiciones que recibimos cuando escuchamos y aceptamos el evangelio! Fervientemente suplico que todos escuchen a los misioneros, que los miembros mismos los escuchen cuando éstos enseñan a sus amigos, para que todos aquellos que no hayan aceptado todavía el evangelio, abran su corazón a este gran mensaje.
La plenitud del Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en estos últimos días; yo sé que esto es verdad, y que nos ha traído toda la felicidad de que gozamos. Hemos aprendido a orar en familia, como esposos; y en secreto, volcando nuestro corazón al Señor para recibir Su guía. ¡Qué agradecidos estamos por esas bendiciones eternas!
¡Qué agradecido estoy por nuestro amante Padre en los cielos, que envió a su Unigénito, Jesucristo, para guiarnos de regreso a El! Testifico que el Señor Jesucristo vive, y que vivió en la mortalidad para darnos un ejemplo perfecto.
El nos mostró el camino de vida y siempre debemos preguntarnos (yo ciertamente lo hago muchas veces al día): «¿Qué quiere el Salvador de mí? ¿Qué haría El en mi caso?» El pagó nuestro rescate con el supremo sacrificio y la expiación, que solamente el Hijo de Dios podía realizar. Yo sé que El vive, que ha restaurado su Evangelio en su plenitud en estos últimos días, que ha restaurado su Iglesia y las ordenanzas de salvación.
Restauró el poder del Sacerdocio una vez más, a fin de que el hombre se prepare por medio de un gran Profeta, el presidente Spencer W. Kimball, cuya fe y obras son grandes, aun milagrosas, como lo es la de abrir las puertas de las naciones al evangelio. También nuestro amor por la hermana Kimball es grande y oramos por ella, esta maravillosa compañera eterna del Profeta.
Rogamos por el éxito de los misioneros y estamos agradecidos por participar en esta gran obra. Amamos a las Autoridades Generales y estamos agradecidos porque ellos nos aman y sostienen. Mi copa rebosa al dedicarme al servicio del Señor una vez más, junto con mi familia, por el resto de nuestra vida, y a seguir a su Profeta. Y digo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.
























