Conferencia General Abril 1979
El hogar, la mejor institución educativa
Por el élder G. Homer Durham
del Primer Quórum de los Setenta
Con la ayuda del Señor, quisiera bosquejar un plan de estudio básico para la familia cuya vida se encuentra basada en el Evangelio, y a la cual se refirió ya el presidente Kimball.
Cuando la familia tiene problemas, el mundo se perturba. Como el Profeta dijo, uno de los principales propósitos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es el de fortalecer el hogar. El hogar y la familia son extremadamente importantes como instituciones sociales de mayor influencia educativa, al igual que religiosa. Los maestros, las universidades y las escuelas son importantes, pero más importantes aún son los hogares de donde provienen los maestros profesionales. Los compañeros de clase son una gran influencia sobre los jóvenes, pero de mayor influencia son los hogares de donde provienen esos compañeros. La Iglesia restaurada afirma que la familia puede ser eterna; una vida familiar basada en el evangelio, nos ayudará a lograr esta meta.
La educación que reciben los niños en sus primeros dos años de vida, es importantísima. Las actitudes, la calidad del vocabulario, las expresiones, la reverencia, y la bondad o crueldad que se les demuestre en estos críticos años, influirán grandemente en su futuro.
Puede que en el hogar no haya expertos que formen científicos; esa tarea la dejamos a las universidades. Pero sí tiene que ser el lugar donde haya expertos que enseñen a los niños su verdadera identidad como hijos de Dios. Tenemos un himno que dice:
Simplicidad es oración
De labios infantil…
(Himnos de Sión, No. 129.)
Esos labios pueden, más adelante, cosechar las bendiciones prometidas en el antiguo proverbio que dice:
«El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias.» (Prov. 21:23.)
El testimonio de una buena educación, declarado en las primeras líneas del Libro de Mormón, dice:
«Yo, Nefi, nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciencia de mi padre… … y se compone de la ciencia de los judíos y del idioma de los egipcios.» (1Nefi 1:1—2)
«Recibí, por tanto, alguna instrucción.. .» ¿Podrían escribir algo similar nuestros hijos? La «ciencia de los judíos» exigía que se hiciera un esfuerzo para grabar en la mente y el corazón de los niños, estas proféticas instrucciones de Moisés:
«Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.
Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;
Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. . .» (Deut. 6:5-7.)
En 1775, John Adams, segundo Presidente de los Estados Unidos, que se encontraba en Filadelfia organizando la nueva nación, le escribió a su esposa Abigail una carta, hablándole de su preocupación por los líderes del futuro. Abigail contestó: «Si hemos de tener héroes, estadistas y filósofos… debemos contar con mujeres educadas»
Esto me recuerda las palabras de un poemita que una hermana de Utah escribió, a los noventa y tres años de edad:
Muchas son las cosas buenas Que se han dicho
Sobre lo que los peregrinos hicieron.
¿Quién les haría la comida?,
Me pregunto.
¿Y su sed apagaría?
Y ¿quién el infantil bullicio Acallaría?
Pues, para que los padres peregrinos
En comodidad y silencio
La Patria forjaran,
Tuvo que haber madres peregrinas
Que en el anonimato
Laboriosas, por ellos se afanaran.
¿Qué debemos enseñar a nuestros hijos? El Señor escribió un curso básico de estudios, que ya citó nuestro Profeta, y que aparece en la sección 68, versículos 25 al 30 de Doctrinas y Convenios.
Examinemos esto brevemente:
Primero, enseñar la doctrina del arrepentimiento. Para muchos, la palabra «arrepentimiento» puede sonar nefasta; pero nadie debería dejarse apabullar por ella, puesto que constituye el camino hacia el progreso. Las más gloriosas oportunidades para el gozo y la felicidad, se encuentran en esta doctrina.
Segundo, enseñar la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente. Los niños que aprenden a tener fe en Jesucristo, pueden seguir Su ejemplo en hacer el bien, y así serán capaces de servir a sus semejantes.
En su estudio de diez volúmenes de historia, el historiador inglés Arnold Toynbee, escribió que cuando una sociedad comienza a desintegrarse, se caracteriza por las siguientes formas de conducta: la gente piensa que el mundo está guiado por la casualidad; aparecen la vulgaridad y el barbarismo en los modales; los valores tradicionales son reemplazados por elementos destructores. El hombre recurre entonces a varios «remedios»: al llamado «genio creativo», a la fuerza, el arcaísmo, el futurismo, las filosofías. Todo esto ha fracasado y, según el estudio histórico de Toynbee, «una sola figura se eleva… y cubre todo el horizonte». Esa figura es el Salvador, el Señor Jesucristo.
Las primeras líneas que escribió Cristóbal Colón en el diario de su primer viaje, fueron las siguientes: «En el nombre de nuestro Señor Jesucristo»
Cuando Bartolomé de las Casas, con la ayuda del hijo de Colón, Fernando, compendió el diario de viaje, relató en él que al desembarcar el 12 de octubre de 1492, el Almirante se arrodilló y dio el nombre del Salvador (San Salvador) a la primera tierra de América que pisaron los europeos.
Nosotros proclamamos que la fe en el Señor Jesucristo es el principio salvador para la humanidad, y que la salvación comienza con la instrucción de los niños.
Tercero, enseñar el bautismo y el don del Espíritu Santo por la imposición de años. Esto provee la entrada como miembro de la Iglesia, la cual constituye en sí una gran familia; además, el don del Espíritu Santo que recibimos, es el medio que nos guía a toda verdad.
En los versículos 25 al 28, tenemos un bosquejo de lo que debería ser un curso de estudio obligatorio para todas las familias, porque «si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren» estas cosas, el Señor dice que el pecado recaerá sobre las cabezas de los padres».
Cuarto, para que dichas enseñanzas sean eficaces, el Señor ha dicho a los padres en esta misma escritura:
«Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.
… también observarán el día del Señor para santificarlo.» (28-29)
Y, por último, debe enseñarse la industriosidad diligente e inteligente como clave para lograr todo esto, y cualquier otra meta. En esa sección, se aconseja a los habitantes de Sión a «recordar sus labores con toda fidelidad». Indudablemente, el lugar donde se puede enseñar mejor los hábitos de trabajo, es el hogar.
Ruego que cada padre magnifique su llamamiento como un verdadero líder del Sacerdocio, y con el ejemplo, enseñe en el hogar el amor por estos principios. Madres, amad, alentad e inspirad a vuestros hijos, y enseñadles el respeto como sólo las madres pueden hacerlo.
José Smith fue y continúa siendo un Profeta. El Señor Jesucristo vive como Hijo de nuestro Padre Eterno, y se encuentra a la cabeza de su Iglesia restaurada. El presidente Spencer W. Kimball, preside en la actualidad como Profeta viviente del Señor. De esto doy testimonio, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
























