Los poderes del Sacerdocio Aarónico

Conferencia General Octubre 1982

Los poderes del Sacerdocio Aarónico

Gordon B. Hinckley

por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia


Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca mas será quitado de la tierra hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en justicia.» (D. y C. 13.)

Todos vosotros reconoceréis en estas palabras la sección 13 de Doctrina y Convenios. Son las palabras de Juan el Bautista a José Smith y a Oliverio Cowdery, cuando les puso las manos sobre la cabeza y les confirió el Sacerdocio de Aarón el 15 de mayo de 1829.

Cuando yo tenía doce años de edad e iba a ser ordenado diácono, mi padre me insto a memorizar esas palabras. Las aprendí y las he recordado toda mi vida.

Tenemos muchos jovencitos con nosotros esta noche y quisiera que todos los poseedores del Sacerdocio de Aarón que estén en el Tabernáculo y en cualquier otro lugar escuchando esta reunión, se pusieran de pie y repitieran junto conmigo estas palabras.

«Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca mas será quitado de la tierra hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en justicia.»

Deseo felicitar a los que sabíais estas palabras y las repitieron conmigo. Algunos de vosotros no las repitieron, por lo que os exhorto a que cuando lleguéis a casa, las leáis y las aprendáis de memoria, ya que constituyen los preceptos del sacerdocio que poseéis, la evidencia de que este sacerdocio es valido v autentico en todo respecto.

A continuación quisiera hablaros en particular de algunas de las palabras de esta frase pronunciada por Juan el Bautista cuando restauro dicho sacerdocio. Estimo que debéis conocer, si no los conocéis aun, los poderes con que contáis en el sacerdocio que poseéis.

En primer lugar fijaos en las palabras «mis consiervos». ¿Os dais cuenta de que, al poseer y ejercer este sacerdocio, sois consiervos de Juan el Bautista, el mismo hombre que, cuando estuvo en la tierra, bautizo a Jesús, el Salvador del mundo e Hijo de Dios, en las aguas del río Jordán? A mí me parece interesante que Juan haya llamado consiervos a José y a Oliverio, cuando ambos eran jóvenes y no muy bien vistos por el mundo. No les hablo como un rey pudiera hablar a sus súbditos, ni como un juez hablaría a sus procesados, ni tampoco como un rector de universidad o el director de una institución estudiantil hablaría a sus alumnos. Mas bien, él, que era un ser resucitado, se dirigió a ambos jóvenes llamándoles «consiervos». A mí esto me parece maravilloso, ya que refleja el verdadero espíritu de la gran y magnifica hermandad de la cual todos formamos parte: el Sacerdocio de Dios. Todos servimos juntos, no importa cual sea nuestra posición en la Iglesia o en el mundo, no importa si somos ricos o pobres, no importa cual sea el color de nuestra piel; todos servimos juntos, somos hijos de Dios y hermanos en esta gran entidad del Sagrado Sacerdocio.

Eso debe ser importante para cada uno de nosotros. No nos rebaja ni nos degrada en modo alguno, sino que nos eleva a todos como consiervos del Señor en la responsabilidad de llevar a cabo la obra del ministerio en su Iglesia. Todos vosotros, incluyendo a todos los hermanos que se encuentran sentados en el estrado en este Tabernáculo, y cada uno de vosotros los que os encontráis en las diversas partes de la Iglesia en el mundo, somos consiervos del Señor, poseedores del Santo Sacerdocio y facultados para ejercerlo en la obra de la cual formamos parte. Confío en que nunca olvidéis esto, particularmente vosotros, los jóvenes.

La otra frase en que deseo que os fijéis denota la autoridad con que hablo Juan cuando dijo: «En el nombre del Mesías». Ninguno de nosotros ejerce este sacerdocio con poder o autoridad personal. Siempre que lo ejercemos, lo hacemos con la autoridad del Mesías. ¿Quién es el Mesías? Es Jesucristo, el Hijo de Dios. Juan pudo haber dicho «en el nombre de Jesucristo», como habitualmente lo hacemos. Jóvenes, espero que no olvidéis jamas que cuando ejercéis vuestro sacerdocio, ya sea al repartir la Santa Cena, al servir como maestro orientador, al bendecir la Santa Cena o al bautizar, estáis actuando como siervos del Señor en su santo nombre y por medio de su autoridad divina.

E1 recordar este hecho ejercerá una poderosa influencia en vuestra vida. Si vais a servir en el nombre de Jesucristo, como poseedores del sacerdocio, no podéis ser deshonestos, no podéis maltratar vuestro cuerpo con drogas o alcohol o tabaco, no podéis tomar el nombre del Señor en vano, no podéis ser moralmente impuros. Vosotros poseéis el sacerdocio que os autoriza para actuar en el nombre de Jesucristo. Os suplico que os mantengáis dignos de poder ejercer este sacerdocio en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia.

Luego, mientras confería esta autoridad, Juan el Bautista hablo con respecto a los poderes de este sacerdocio diciendo, entre otras cosas, «el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles».

Cuando Wilford Woodruff, un hombre que vivió muchos años y tuvo muchas experiencias, era Presidente de la Iglesia, dijo a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico:

«Deseo inculcaros el hecho de que cuando un hombre honra su llamamiento, no importa que sea presbítero o Apóstol. El presbítero tiene las llaves del ministerio de ángeles. Nunca en mi vida, ni como Apóstol, ni como setenta, ni como élder, he contado con mas protección del Señor que cuando tenia el oficio de presbítero.» (Millennial Star, 53:629.)

Pensad en ello, mis amados hermanos jóvenes; este sacerdocio que poseéis tiene las llaves del ministerio de ángeles, lo cual significa, según lo interpreto, que si sois dignos del sacerdocio que poseéis, tendréis el derecho de recibir y de gozar del poder de los seres celestiales para guiaros, protegeros, bendeciros. ¿Que muchacho sensato no acogería feliz esta notable bendición?

En el mismo discurso del cual os he citado unas palabras, el presidente Woodruff dijo:

«Tras venir a estos valles v regresar a Winter Quarters (el Invernadero), el presidente Brigham Young me envió a Boston. . . Hallándome en ese lugar, una noche conduje mi carruaje al patio del hermano Williams. El hermano Orson Hyde dejó un carro junto a mi vehículo, en el cual estaban mi esposa y mis hijos. Después de desenganchar los caballos, cenamos y nos fuimos a dormir al carruaje. Hacía sólo unos minutos que estabamos allí cuando el Espíritu me dijo: ‘Quita el carruaje de este lugar’. Le dije a mi esposa que tenía que levantarme y trasladar el carruaje a otro sitio. Ella me preguntó ‘¿Por qué?’ a lo que le conteste, ‘No lo sé’. No me preguntaba nada mas en tales ocasiones; el que yo le dijera que no lo sabía bastaba. Aparte el coche de ese lugar unas cuatro o cinco varas (Vara: Medida de longitud equivalente a unos 5 metros.) y afirme la rueda delantera contra la esquina de la casa; luego mire a mí alrededor y volví a acostarme. Pero entonces el mismo Espíritu me dijo: ‘Ve a sacar tus animales de junto a ese roble’; estos estaban a poco menos de 200 metros de nuestro carruaje. Me levante, desate los caballos, y tras dejarlos en una pequeña arboleda de nogales, me acosté otra vez.

«A los treinta minutos sobrevino un ciclón que arranco el roble de raíz, lo precipitó sobre tres o cuatro vallados y lo hizo caer directamente en el patio, junto al carro del hermano Orson Hyde, y en el preciso lugar donde había estado el mío. ¿Cuales hubieran sido las consecuencias si no hubiera prestado oído al Espíritu? Sin duda, hubiéramos muerto mi esposa, mis hijos y yo. La que me habló fue la voz apacible y delicada, no un terremoto, ni un trueno, ni un rayo, sino la voz apacible y dulce del Espíritu de Dios, v me salvo la vida. O sea, que recibí el Espíritu de revelación.» (Millennial Star, 63: 6423.)

Este es el testimonio de un hombre notable, sabio y piadoso que llegó a ser Presidente de la Iglesia. Contó esa anécdota mientras hablaba de la bendición que tenemos cuando se nos confiere el sacerdocio, o sea, la de tener derecho a contar con «el ministerio de ángeles».

Naturalmente sabéis, como lo sé yo, que no podemos esperar recibir esta gran bendición si nuestra vida no es lo que debe ser en calidad de Santos de los Ultimos Días y poseedores del sacerdocio.

A continuación, Juan dijo a José Smith y a Oliverio Cowdery: «(Las llaves) del evangelio de arrepentimiento».

Muchos de vosotros sois maestros y presbíteros y tenéis asignaciones de orientación familiar. Tenéis la autoridad en este llamamiento para enseñar (predicar) el arrepentimiento, vale decir, para alentar a aquellos Santos de los

Ultimos Días por los cuales sois responsables, a vivir mas fielmente los principios del evangelio. Un muchacho, que es presbítero, va a mi casa con su padre como maestro orientador; él tiene la oportunidad y la responsabilidad de exhortarme a vivir mas cabalmente los principios del Evangelio restaurado de Jesucristo.

La gran obligación de nuestra obra en el ministerio del Señor es enseñar el principio del arrepentimiento, instar a la gente a resistir el pecado y a andar rectamente delante del Señor. Este es el evangelio de arrepentimiento, y vosotros tenéis la responsabilidad y la autoridad, bajo el sacerdocio que poseéis, de enseñar este evangelio de arrepentimiento. Os daréis cuenta de que para realizar esto con eficacia, vuestra propia vida debe ser un ejemplo.

A continuación Juan el Bautista dijo: «(Las llaves) del bautismo por inmersión para la remisión de pecados».

Como lo sabéis todos los que sois presbíteros, tenéis la autoridad para bautizar por inmersión para la remisión de pecados. ¿Habéis pensado en la maravilla de ese poder?

La persona que se ha arrepentido sinceramente de sus pecados puede hacerse merecedora de ser bautizada por inmersión, con el entendimiento de que sus pecados le serán perdonados y de que puede comenzar una nueva vida.

Bautizar a una persona no es tarea de poca importancia. Vosotros, como jóvenes presbíteros, al actuar en el nombre del Señor bajo la autoridad divina, borráis, por el maravilloso proceso del bautismo, los pecados del pasado y origináis un nacimiento a una vida nueva y mejor. De cierto, es una responsabilidad enorme la que tenéis de ser dignos del ejercicio de este sagrado poder.

Para terminar, quisiera repetir a los jóvenes otras palabras pronunciadas por el presidente Wilford Woodruff. Era la tarde del domingo 28 de febrero de 1897 y se celebraba el nonagésimo cumpleaños del presidente Woodruff. Este gran Tabernáculo estaba repleto; todos los asientos estaban ocupados y la gente se apiñaba en los pasillos, cosa que no se nos permite hacer ahora. Se calcula que había mas de 10.000 presentes, una gran congregación compuesta de jóvenes y de señoritas de vuestra edad. E1 presidente Woodruff, que ya se encontraba debilitado por la edad, se puso de pie ante este púlpito, y con voz suave dijo a los jóvenes que estaban presentes:

«He pasado por las etapas de la niñez, de la edad madura y de la vejez. No puedo esperar que mi vida se prolongue mucho más, y quisiera daros algunos consejos.

Ocupáis una posición en la Iglesia y Reino de Dios y habéis recibido el poder del Santo Sacerdocio. El Dios del cielo os ha asignado y llamado en esta época y en esta generación. Os ruego consideréis esto. Varones jóvenes, escuchad el consejo de vuestros lideres; vivid cerca de Dios; orad en vuestra juventud; aprended a orar; aprended a cultivar el Santo Espíritu de Dios; ligadlo a vuestra alma y llegara a ser un Espíritu de revelación para vosotros, en tanto lo alimentéis . . .

«El Dios del cielo me ha concedido ver esta época. Me ha dado poder para rechazar todo testimonio y todo ejemplo que guíen a la maldad. Os digo, hijos míos, no consumáis tabaco, ni alcohol, ni ninguna de las substancias que destruyen el cuerpo y la mente; mas bien, honrad a Dios y tendréis una misión sobre vosotros de la cual el mundo nada sabe. Dios os bendiga. Amen.» (Wilford Woodruff, págs. 602-603.)

Hago eco a ese gran consejo del presidente Wilford Woodruff al testificaros a vosotros, los jóvenes, en esta ocasión, que Dios nuestro Padre Eterno vive y que Jesucristo es su Amado Hijo, que el sacerdocio del cual os he hablado se encuentra ciertamente sobre la tierra y que somos participantes de sus bendiciones, poderes y responsabilidades.

Ruego que Dios bendiga a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, para que puedan obrar con la dignidad del sagrado llamamiento y autoridad que se les ha conferido gracias a la bondad y a la misericordia del Dios del cielo.

En seguida, ante el riesgo que supone el hablar de un tema totalmente diferente, quisiera decir unas pocas palabras a los hermanos mayores, y particularmente a aquellos de vosotros que servís en los obispados. Deseo expresar algunos pensamientos con respecto a las reuniones sacramentales.

Los que tenemos la responsabilidad de estas reuniones negamos a nuestra gente una gran bendición si no nos preocupamos de que sean espirituales, de que en ellas se enseñe el evangelio y sé de testimonio particularmente con respecto al Salvador del mundo.

La reunión sacramental no es una ocasión para entretener a los hermanos, no es para contar historias que en nada se relacionen con el evangelio; mas bien es la hora dedicada al desarrollo espiritual, en la cual podemos aumentar nuestra comprensión de las maravillosas revelaciones del Señor concernientes a su plan eterno, así como de El mismo, del hecho de que es nuestro Salvador y nuestro Redentor.

Es en la reunión sacramental que debemos testificar del Señor y de las enseñanzas de su vida y sus senderos, y particularmente de su sacrificio redentor.

Pienso que el Señor tenia presentes nuestras reuniones sacramentales cuando, en una revelación manifestada a José Smith el 7 de agosto de 1831, dijo lo siguiente para todos los miembros de su Iglesia:

«Y para que más íntegramente puedas conservarte sin mancha del mundo, iras a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo . . .

«Pero recuerda que en este, el día del Señor, ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.» (D. v C. .59:9, 12.)

¿Cómo podrán nuestros hermanos conservarse sin mancha del mundo si no desarrollan dentro de sí la fortaleza espiritual para resistir la tentación que es tan evidente en todas partes en la actualidad? ¿Dónde podrán adquirir tal disciplina? Estimo que el significado de esta revelación es claro: Adquirirán tal disciplina de sí mismos y tal deseo de vivir libres de las manchas del mundo en su comunión con el Señor, al reverenciarle en las reuniones sacramentales.

Cada reunión sacramental debe ser un festín espiritual; debe ser una hora de meditación e introspección, una ocasión para cantar himnos de alabanza al Señor, para renovar nuestros convenios con El y con nuestro Padre Eterno, así como para escuchar la palabra del Señor con reverencia y aprecio.

Os ruego a los que tenéis la responsabilidad de estas reuniones que os esforcéis con un poco mas de diligencia para programarlas de tal manera que cada reunión sacramental sea una hora de alimento espiritual. Os suplico a todos los que participáis en ellas, y os incluyo particularmente a vosotros, los jovencitos, que veléis porque reine allí un espíritu de reverencia.

No es fácil conservarse sin mancha del mundo. Cada uno de nosotros necesita toda la ayuda que pueda obtener. El Señor nos ha indicado en forma clara e inequívoca como podemos lograrlo. Rogando que podamos seguirle, os dejo, mis hermanos del Sagrado Sacerdocio, mi testimonio de la divinidad de esta obra e invoco las bendiciones del Señor sobre vosotros, en el nombre de Aquel a quien servimos, el Señor Jesucristo. Amen.

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Una respuesta a Los poderes del Sacerdocio Aarónico

  1. Dionisio dijo:

    Muchas gracias por la instrucción.

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