El convenio del bautismo

Conferencia General Octubre 1984logo 4

El convenio del bautismo

Dwan J. Young
Presidenta General de la Primaria

Dwan J. Young«El bautismo es el comienzo de una nueva vida para cada uno de nosotros, una vida con propósito.»

En julio mi esposo y yo fuimos a Philmont, el centro de capacitación para scouts en el estado de Nuevo México. Allí había 150 líderes del sacerdocio con sus familias, reunidos en aquel hermoso lugar donde la gran planicie se encuentra con las altas montañas cubiertas de pinos.

Jeremías Judd, que se encontraba allí con su familia, celebraba esa semana su octavo cumpleaños. Como quería bautizarse inmediatamente, su padre, de nombre Alma, hizo los arreglos, y ese sábado por la tarde participe en una de las experiencias bautismales más espirituales de mi vida.

Habían conseguido la ropa para el bautismo en un barrio cercano de la Iglesia. A unos quince minutos en auto desde el campamento había un arroyo cuyas aguas tenían la profundidad apropiada para la ordenanza; era un rincón solitario en aquel lugar despoblado. Desde la orilla se podía ver la corriente clara que atravesaba un bosquecillo de álamos. Allí escuchamos atentamente mientras los padres, primero la madre y luego el padre, le hablaban a su hijo de la ordenanza que se llevaría a cabo. Le recordaron la importancia del convenio que estaba por hacer, explicándole que se trataba de una promesa o acuerdo de que obedecería todas las leyes del evangelio. Le dijeron que debía considerar el bautismo como la entrada a una nueva vida en la que el Salvador seria su ejemplo.

Después, el padre tomo a su hijo de la mano y, atravesando la ribera pedregosa, ambos entraron en el agua. Luego de la oración bautismal, lo sumergió en la clara corriente siguiendo el modelo que nos dejó el Señor. La hermana del niño, de dieciséis años, que estaba junto a mí, con lagrimas en los ojos, me dijo: «¡Estoy tan contenta!» Yo también estaba contenta por el bautismo de Jeremías, y recordé la felicidad que sentí el día de mi bautismo.

Después de que el niño se cambió de ropa, su padre y los otros hermanos presentes le pusieron las manos sobre la cabeza y lo confirmaron miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.

Con la luz del sol que se reflejaba en su pelo húmedo, la cara brillante e irradiando reverencia, Jeremías me dijo muy conmovido: «¡Me bautizaron en un río, igual que a Jesús!»

El lugar del río Jordán donde Jesús fue bautizado por Juan debe de haber sido similar a aquel donde estabamos. Casi me parecía oír a Juan, diciéndole: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tu vienes a mí?» Y luego, la serena respuesta del Salvador: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. » (Mat. 3:14-15.)

Así fue Jesús bautizado, para cumplir con la ley y ponernos el ejemplo.

Cuando el padre de Jeremías dijo «Amen» al finalizar la oración con la que confirmó a su hijo, mire al niño y me pregunte si estaría listo para asumir la responsabilidad del convenio que acababa de hacer. ¿Seguiría las enseñanzas de Jesús mediante una renovación de su vida? ¿Comprendería el compromiso que había adquirido de testificar de Jesucristo al mundo?

Pienso mucho sobre todo esto porque los niños son mi principal responsabilidad, y puedo asegurar que ellos son capaces de honrar los convenios que hacen en las aguas bautismales, y que los honran.

De estos se pueden encontrar ejemplos en todo el mundo como Lisa, que tiene once años y vive en Inglaterra. Un día volvió de la escuela muy entusiasmada: Le habían pedido que leyera algo en una asamblea a la mañana siguiente. «Pero», le dijo a su madre, «lo que dice aquí esta equivocado, mama.» El párrafo al que se refería mencionaba a Dios y al Espíritu Santo como una sola persona. Lisa y su madre decidieron que esta le escribiría a la maestra para explicarle que esas palabras eran contrarias a sus creencias religiosas y que la niña estaría más tranquila si se eliminaran del escrito.

Al día siguiente, la mama esperó ansiosamente el regreso de su hijita de la escuela. Cuando esta llegó, tenia una gran sonrisa en la cara. Su maestra no sólo le había permitido eliminar aquellas palabras, sino que también le había hecho preguntas sobre la Iglesia. Además, le había pedido que preparara información al respecto para presentar en otra asamblea Y todo eso pasó porque Lisa vivía de acuerdo con el convenio hecho y estaba dispuesta a testificar de sus creencias al mundo.

Al pensar en Alma Judd y su hijo Jeremías, recordé a otro Alma, el que bajó a «una fuente de agua pura», en la tierra de Mormón, para efectuar el bautismo de otros creyentes.

El Libro de Mormón nos dice que Alma fue uno de los que oyó a Abinadí y creyó en sus enseñanzas. Por eso, intercedió por él con el rey Noé para que no lo matara, y esto enojó al malvado rey. Perseguido. Alma fue a esconderse en un bosque, cerca de un manantial de agua pura.

En ese lugar despoblado donde se refugió, comenzó a predicar las palabras de Abinadí. Los creyentes fueron de la ciudad al lugar de Mormón, junto a una fuente de agua pura, donde Alma les predicó el arrepentimiento, la redención y la fe en el Señor.

Luego les dijo: «Ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, . . . ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante el de que habéis concertado un convenio con el de que lo serviréis y guardareis sus mandamientos, para que el pueda derramar su Espíritu mas abundantemente sobre vosotros?» (Mosíah 18:8-10.)

Después, uno por uno, entraron en el agua y Alma los bautizó.

El bautismo es el comienzo de una nueva vida para cada uno de nosotros, una vida con propósito. El Señor no deja lugar a dudas en cuanto a lo que significa guardar sus mandamientos, entrar en el redil y ser llamados su pueblo. Los de su pueblo están «dispuestos a llevar las cargas de unos y otros para que sean ligeras; sí, y. . . dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo».

«Y. como Lisa, la niña de Inglaterra, «a ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar». (Mosíah 18:89.)

Es voluntad del Señor que a la edad de ocho años los niños empiecen a responsabilizarse por la clase de vida que llevan. Vosotras, las niñas de diez y once años, y todas nosotras debemos asumir esa responsabilidad. Al hacerlo, nos convertiremos en el pueblo de Sión, del que Doctrina y Convenios dice que eran los puros de corazón. (D. y C. 97:21.) Después del bautismo, podemos llevar una vida nueva, más contemplativa, como Cristo lo enseñó.

En nuestra oficina recibimos incontables relatos de la fidelidad de niños que cumplen las promesas que hicieron al bautizarse. Uno de ellos es Cristina. Cuando murió el esposo de su maestra de la Primaria, tan pronto como se enteró de la noticia, Cristina fue a visitarla y le prometió que todos los días iría a verla para asegurarse de que estuviera bien. Así lo hizo, y también le llevaba verduras frescas del huerto de su casa para alegrarla y demostrarle que su interés era sincero. Esa niña verdaderamente consoló a quien necesitaba consuelo.

Del estado de Idaho nos llegó una historia sobre Jonathan, que en un día muy frío fue a la escuela con un abrigado gorro. Al llegar allí, se fijó en otro niño que tenía las orejas casi congeladas por haber tenido que esperar largo rato a la intemperie hasta que llegara el autobús escolar. Sin que nadie le dijera nada, Jonathan fue a llamar por teléfono a su mama para preguntarle si podía darle su gorro al compañero, que lo necesitaba más que él. Al llevarnos las cargas unos a los otros, como lo hizo Jonathan, también cumplimos el convenio que hicimos en el bautismo.

Elena es una niña que llegó a comprender muy bien el arrepentimiento. Un día se llevó de la tienda algo sin pagarlo; pero al llegar a su casa, se sintió muy desgraciada y le confió a su mama:

-¡Estoy arrepentida, mama! ¿Puedes tu llevarlo a la tienda?

La madre le contestó:

-Yo no puedo arrepentirme por ti, Elena; es algo que tu tienes que hacer. Así que tu misma tendrás que llevarlo y explicarles.

Fue difícil para Elena, pero lo hizo. Y luego dijo:

-Es la primera vez que me arrepiento. Y me alegro de haber aprendido a hacer lo correcto.

El arrepentimiento hace posible que regresemos al sendero recto y estrecho y nos volvamos tan puros como lo éramos en el bautismo.

Todos podemos hacer lo que Cristo nos pide; Él tiene para nosotros un plan que nos traerá la felicidad y, al inspirarnos por medio del Espíritu, nos indica como seguir su plan.

El plan de Dios puedo seguir
Mi vida es un don, un plan se le dio,
allá en el cielo fue donde empezó.
Opté por venir a este mundo terrenal
y procurar siempre la luz celestial.
Puedo el plan de Dios seguir,
confiando en su amor que me da.
Obraré y oraré, en sus sendas yo andaré;
y ser feliz aquí podré, y con Él mas allá.
(Manual de Mini Mozas A.)

En esta canción, las niñas de diez y once años nos han dicho que podemos ser felices para siempre si seguimos el plan de Dios, que comienza con el bautismo. Este es la puerta al reino celestial (2 Ne. 31: 18).

Como seguidores de Cristo, debemos fijar la «vista hacia adelante con una sola mirada, teniendo fe y un bautismo, teniendo entrelazados [nuestros] corazones con unidad y amor el uno para con el otro». (Mos. 18:21.)

Cada uno de nosotros al bautizarnos hemos hecho convenio con el Señor de servirlo y guardar sus mandamientos. Como Lisa, debemos ser testigos de Dios; como Cristina, debemos consolar a los que lloran; como Jonathan, debemos llevar los unos las cargas de los otros; como Elena, debemos arrepentirnos.

Ruego que haya amor y unión entre nosotras al «combatir unánimes» para cumplir el convenio que hicimos en el bautismo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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