La reverencia por la vida

Conferencia General Abril 1985

La reverencia por la vida

élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles

«La vida proviene de la vida; es un don de nuestro Padre Celestial; es eterna, tal como Él es eterno. ¡EI no envía una vida inocente para que sea destruida!»

Unidos, agradecemos al Omnipotente la prodigiosa prolongación de la vida del élder Bruce R. McConkie, que nos ha dado tan poderoso discurso. Nuestra gratitud es inmensa.

Ruego que el Espíritu del Señor me ayude a comunicar su intención y su voluntad sobre un tema vital y muy delicado. Pido disculpas por las palabras repulsivas e impropias que empleare desde este santificado púlpito sólo para aclarar lo que expondré referente al respeto por la vida humana.

Como hijos e hijas de Dios, atesoramos la vida como uno de sus dones.

Innumerables vidas se pierden en las guerras; las cifras de todas las naciones son pasmosas. En los Estados Unidos de América murieron 100.000 en la Primera Guerra Mundial y más de 400.000 en la segunda. En sus primeros doscientos años como nación independiente, perdieron la vida en guerras más de un millón de estadounidenses.

Aunque la pérdida de vidas debido a las guerras es lamentable, estas cifras se ven empequeñecidas junto a las de una nueva guerra que anualmente cobra más víctimas que el número total de muertes de todas las guerras de este país.

Es la guerra al indefenso, al que no puede hablar; es la guerra al que aún no ha nacido.

Esa guerra, que se llama aborto, ha alcanzado proporciones gigantescas en todo el mundo. Más de cincuenta y cinco millones de abortos se registraron sólo en el año 1974. 1 El sesenta y cuatro por ciento de la población mundial vive actualmente en países que aprueban legalmente esta práctica. 2 En los Estados Unidos de América, se efectúan más de un millón y medio de abortos al año. 3 Casi el veinticinco por ciento del total de embarazos termina ahora en aborto. 4 En algunas grandes metrópolis, hay más abortos que nacimientos. 5 En otras naciones, las cifras son semejantes.

  1. sin embargo, la sociedad profesa reverencia por la vida humana. Lloramos por los que mueren; oramos y hacemos cualquier cosa por aquellos cuyas vidas corren peligro. Durante años, he trabajado con otros médicos aquí y en el extranjero, luchando por prolongar la vida. Es imposible describir el pesar que siente un facultativo cuando se le muere un paciente. ¿Puede alguien imaginar lo que sentimos cuando la vida se destruye en su principio, como si no fuera nada?

¿Qué sentido contradictorio hace a la gente sentir pesar por sus muertos y al mismo tiempo ser insensible a esta maléfica guerra a la vida en su silencioso desarrollo? ¿Qué lógica alienta los esfuerzos por conservar la vida de un niño de doce semanas gravemente enfermo y aprueba a la vez poner fin a otra vida doce semanas después de su principio? Evidentemente se presta más atención a la suerte de un condenado a muerte en una cárcel que a los millones a quienes se priva totalmente de la oportunidad de vivir antes del nacimiento por medio de tal abominable matanza.

El Señor ha declarado repetidas veces el divino mandato: «No matarás».6 Actualmente ha añadido: «ni harás ninguna cosa semejante». (D. y C 59:6.)

Aun antes de que se restaurara la plenitud del evangelio, por medio de la inspiración, muchos comprendieron la santidad de la vida. Juan Calvino, reformador del siglo dieciséis, escribió:

«Si es más ignominioso que se mate a un hombre en su propia casa que en sus sembrados puesto que para cada hombre su casa es su santuario cuanto más abominable es . . . matar a un feto . . . que no ha salido aún a la luz».7

¿Qué discordancia podría legalizar ahora lo que ha sido prohibido por las leyes de Dios desde la alborada de los tiempos? ¿Qué maquiavélico razonamiento ha transformado conceptos ficticios en malignas premisas que permiten una práctica totalmente equivocada?

Estas consignas empiezan con el debido interés por la salud de la madre. Raras veces ocurren casos en los que la continuación de un embarazo podría hacer peligrar la vida de la madre. Cuando los médicos estiman que se debe poner fin a la vida de una persona para salvar la de la otra, muchos convienen en que se salve a la madre. Pero esos casos son pocos, en particular donde se dispone de atención médica moderna.

Otro caso es el que tiene que ver con los embarazos producidos por violación o incesto. La tragedia de esa mancilla es combinada dado que en esas circunstancias la libertad de elección le es negada a la mujer que ha sido víctima inocente.

Pero menos del tres por ciento de los abortos se hacen por esas dos razones 8 Las del otro 97 por ciento son las que podríamos calificar de razones de conveniencia.

Algunos proponen el aborto para que no nazca una criatura deforme. Los efectos dañinos de algunos agentes infecciosos o tóxicos en el primer trimestre del embarazo son reales.

La experiencia de un matrimonio al que denominare los hermanos Brown es instructiva. La hermana Brown tenía sólo veintiún años de edad: bella mujer y amante esposa. En el primer trimestre del embarazo contrajo la temible rubéola.

Se le aconsejó que abortara dado que el daño causado a la criatura era casi seguro. Algunos de sus familiares, preocupados, también le aconsejaron que abortara. «No te encadenes económicamente con un hijo lisiado» la instaron. «Eres muy joven y muy pobre para eso».

El matrimonio fue a consultar a su obispo. Este les envió al presidente de la estaca, quien se interesó en sus preocupaciones y les aconsejó no dar fin a la vida de ese bebe aun cuando este tuviera algún problema. Les cito de las Escrituras:

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y el enderezara tus veredas». (Proverbios 3:5-6.)

Decidieron seguir su consejo y permitir que el niño naciera. Fue una hermosa niñita, normal en todo sentido, excepto por la pérdida de la audición, la cual se manifestó posteriormente. Tras una evaluación académica a niños sordos, le informaron al matrimonio Brown que la niña tenía un intelecto de genio. Ahora, unos veinte años después, ella estudia en una prestigiosa universidad con una beca.

Cuando hace poco se les preguntó que opinaban de aquella decisión que hubieron de tomar, la madre se apresuró a decir: » ¡Ella es una de las grandes alegrías de mi vida! ¡Es un espíritu selecto! Aunque esta privada del sentido de la audición, lo ha compensado con grandes talentos. Su mirada es vivaz, siempre alerta. Se destaca en baile aun cuando percibe los sonidos de la música sólo por las vibraciones. Ha tenido cargos importantes donde estudia, pero lo más importante es su sincero y puro espíritu, su amor incondicional. Nos ha enseñado a compartir y a servir. Sus percepciones espirituales nos han ayudado a conocer a Dios y Sus propósitos. Grande es el agradecimiento de mi marido y el mío por contarla entre nuestros hijos».

Veamos el caso de otra mujer que tuvo que medir las consecuencias de su embarazo. Ya había pasado la edad normal de tener hijos y le explico a su médico que su marido era alcohólico además de que padecía una infección sifilítica. Uno de sus hijos había nacido muerto; otro era ciego; otro tenía tuberculosis; en la familia de ella había un historial de sordera. Por último, le aclaró que vivían en la más abyecta pobreza. Si ese caso de la vida real se planteara hoy, muchos recomendarían el aborto. El fruto de ese embarazo llegó a ser el afamado compositor, Ludwig van Beethoven.

Pero el principio expuesto no abarca sólo a los que pueden llegar a ser notables. Si alguno ha de ser privado de la vida por motivo de que podría tener defectos físicos, la uniformidad dictaminaría que a los que ya padecen de tales defectos se les exterminara; que los enfermizos, los ineptos y los que resultaran inconvenientes fuesen eliminados por los que están en el poder. ¡Tal irreverencia por la vida es inconcebible!

Otra justificación que ha surgido es la de que la mujer es libre de escoger hacer lo que quiera con su propio cuerpo. Hasta cierto punto, eso es la verdad para todos. Somos libres de pensar, libres de proyectar y libres de actuar; pero una vez que la acción se ha realizado, ya no nos libramos más de sus consecuencias. Quienes consideran el aborto ya han tomado ciertas disposiciones.

Para aclarar este concepto, aprendamos del astronauta. En cualquier momento durante el proceso de selección, planificación y preparación, es libre de retirarse. Pero una vez que el combustible de la poderosa nave se pone en ignición, ya no queda libre de decidir, puesto que está atado a las consecuencias de su elección. Aunque surjan dificultades y desee no estar allí, la decisión esta sellada por la acción.

Así es con los que juegan con el poder de la procreación dado por Dios: son libres de pensar y disponer de otro modo, pero su decisión queda sellada por la acción misma.

La elección de la mujer de hacer lo que le plazca con su cuerpo no hace valido lo que elija hacer al cuerpo de otra persona. Si bien la expresión «poner fin al embarazo» se aplica literalmente sólo a la mujer, la consecuencia del dar fin al feto de su vientre recae en el cuerpo y la vida misma de otra persona. Ellos dos tienen cerebros separados, corazones separados y aparatos circulatorios separados. Suponer que no hay criatura ni vida en ella es negar la realidad.

Esto no es asunto de cuando comienza la «vida en sí’, ni de cuando el espíritu «anima» al cuerpo. En la ciencia biológica, se sabe que la vida empieza cuando dos células embrionarias se unen y forman una sola célula, uniendo veintitrés cromosomas tanto del padre como de la madre. Esos cromosomas contienen miles de genes. En el admirable proceso de la combinación de los códigos genéticos, mediante los cuales se establecen todas las características básicas humanas de la persona que no ha nacido aun, se organiza un nuevo complejo de ADN (ácido desoxirribonucleico). Un medio continuo de crecimiento resulta en un nuevo ser humano. El comienzo de la vida no es un tema de discusión sino una realidad científica.

Aproximadamente veintidós días después de la unión de las células, comienza a palpitar un pequeño corazón. A los veintiséis días, comienza la circulación de la sangre.9

En las Escrituras dice: «Porque la vida de la carne en la sangre esta» (Lev . 1 7: 11). El aborto derrama esa sangre inocente.

Otra excusa es la del control de la población. En los países en desarrollo, muchos, sin saber, atribuyen la falta de prosperidad al exceso de población. Envilecidos por su ignorancia de Dios y los mandamientos divinos, acaso adoren objetos de su propia creación (o nada en absoluto) al intentar infructuosamente limitar su población mediante la atroz práctica del aborto. Viven en el fango, olvidados de la divina enseñanza que destacan las Escrituras no una, sino treinta y cuatro veces, de que la gente prosperara en la tierra solamente si obedecen los mandamientos de Dios. 10

¿Cómo puede Dios cumplir su promesa de hacer prosperar a sus hijos por su obediencia si adoran ídolos o destruyen la vida creada por El y destinada a ser a su propia imagen?

Prosperaran únicamente si aprenden a tener fe y si son obedientes al Dios de este mundo, que ha dicho:

«Yo, el Señor. . . forme la tierra, hechura de mis propias manos; y todas las cosas que en [ella] hay son mías. Y es mi propósito abastecer. . . Pero debe hacerse según mi propia manera. . . Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra». (D. y C. 104:14-17; cursiva agregada.)

Y bien, en calidad de siervo del Señor, debidamente advierto a quienes apoyan y practican el aborto, que incurren en la ira del Todopoderoso, que dijo: «Si algunos. . . hirieren a mujer embarazada, y esta abortare,. . . serán penados» (Éxodo 21:22).

De los que derraman sangre inocente, el profeta dijo:

«Los juicios que [Dios] en su ira envíe. . . [serán] justos; y la sangre del inocente será un testimonio en su contra, si, y clamara fuertemente contra ellos en el postrer día» (Alma 14:11).

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días siempre se ha opuesto a la práctica del aborto. Hace cien años, la Primera Presidencia declaró:

«De nuevo aprovechamos esta ocasión para prevenir a los Santos de los Últimos Días contra las. . . prácticas del aborto y el infanticidio».11

A principios de su presidencia, nuestro amado presidente Spencer W. Kimball dijo: «Condenamos el aborto y pedimos a nuestra gente que se abstenga de esta seria transgresión». 12

¿Por qué destruir una vida que podría traer tanta alegría?

Ahora, ¿hay esperanza para aquellos que han pecado en esto sin un conocimiento cabal del acto y que ahora padecen angustia atroz? Claro que sí. De lo que yo sé, el Señor no considera esta transgresión un asesinato y: «Conforme a lo que ha sido revelado, una persona puede arrepentirse y ser perdonada por el pecado del aborto.»13 Felizmente, sabemos que el Señor perdonara a todos los que en verdad se arrepientan.

Sí, ¡la vida es valiosísima! Nadie puede acariciar a un recién nacido, mirar en sus bellos ojos, palpar sus deditos y abrazar esa maravillosa creación sin que se intensifique su reverencia por la vida y por nuestro Creador.

La vida proviene de la vida; es un don de nuestro Padre Celestial; es eterna, tal como Él es eterno. ¡Él no envía una vida inocente para que sea destruida! Esta doctrina no es mía sino del Dios viviente y de su Divino Hijo, de lo cual testifico, en el nombre de Jesucristo. Amen.

NOTAS

  1. (ChristopherTietze,/nducedAbortion: A World Review, 4ta ed. [New York: Population Council, 1981],pág. 19).
  2. Ibid., pags. 7, 19-37.
  3. Stanley K. Henshaw, Jacqueline Darroch Forrest, Ellen Sullivan, y Christopher Tietze, «Abortion Services in thc United States, 1979 and 1980», Family Planning Perspectives, enero/febrero de 1982, págs. 1, 7. 4. Ibid., pág. 6
  4. Center for Disease Control, Annual Summary: Abortion Surveillance, 1979-1980, U.S. Department of Health Education, and Welfare, pág. 130.
  5. Ex. 20:13; Deut. 5:17; Mat. 5:21; Mar. 10:19; Luc. 18:20; Rom. 13:9; Stg. 2:11; Mos. 13;21; 3Ne. 12:21; D.y C. 42:18-19, 132:36.
  6. Juan Calvino, Commentaries on the Four Last Books of Moses Arranged in the Form of a Harmony (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans Publishing Company, 1950), 3:42 (Ex. 21 :22).
  7. U.S. Senate Committee on the Judiciary, The Human Life Bill: Hearings on S. 158, Congreso 97, 1 a sesión, 1981.
  8. J. Willis Hurst, R. Bruce Logue, Robert C. Schlaut y Nanette Kass Wenger, The Heart, 4a ed. (New York: McGraw-Hill, 1978).
  9. Lev. 26:3-15; Jos. 1:7-8; I Re. 2:3; 2 Re. 18:7; 2 Crón. 24:20; 26:5; 31 :21; Esd. 6: 14; Job 36:11; I Ne. 2:20; 4:14; 2Ne. 1:9; 1:20; 1:31; 4:4; 5:10-11; Jar. 9; Om. 6; Mos. 1:7; 2:22; 2:31; Al. 9:13; 36:1; 36:30; 37:13; 38:1; 45:6-8; 48: 15; 48:25; 50:20; Hel. 3:20; 3 Ne. 5:22 D.y C.9:13.
  10. En Messages of the First Presidency of The Church of Jesús Christ of Latter-day Saints, comp. James R. Clark, 6 vols. (Salt Lake City: Bookcraft, 1965-1975), 3:11.
  11. Ensign, nov. de 1975, pág 6.
  12. Manual general de instrucciones, 1983, Pág. 82.
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3 respuestas a La reverencia por la vida

  1. jose Luis trucco dijo:

    Es una lástima que no pueda acceder al discurso en video,lo compraría, de ser posible,tal vez en algún lugar de Boneville distribution puede estar,extraño ese video,lo vi y me impactó… Es para aprender palabra por palabra y discursar en cualquier lugar

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  2. Anónimo dijo:

    Hola.. Donde puedo descargarlo en pdf, o la liahona que tenga el discurso?? gracias

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  3. Anónimo dijo:

    Quizá se pueda copiar y pegar en un documento de Word. Saludos.

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