El Señor en primer lugar

Conferencia General Abril 1988logo 4
El Señor en primer lugar
por el presidente Ezra Taft Benson
Presidente de la Iglesia

Ezra Taft BensonCuando damos a Dios el lugar de preferencia, todos los demás aspectos de nuestra vida pasan a tener la posición que les corresponde o, de lo contrario, dejan de tener valor.

Mis queridos hermanos y hermanas, le agradezco al Señor porque en Su bondad Él me ha permitido unirme con vosotros en otra gloriosa conferencia general de la Iglesia. ¡Cuántas bendiciones he recibido durante estos últimos meses como resultado de vuestra fe y oraciones en mi favor!

Me he sentido sumamente conmovido al saber de los muchos niños, jóvenes y adultos cuya vida esta experimentando un cambio positivo por el estudio del Libro de Mormón. De esa manera, vosotros estáis limpiando «lo interior del vaso» Que Dios os bendiga por hacerlo así.

La gran prueba de la vida es la obediencia a Dios. «. . . los probaremos», dijo el Señor, «para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare» (Abraham 3:25).

La gran labor de la vida es averiguar cual es la voluntad del Señor y luego obedecerla.

El gran mandamiento de la vida es amar al Señor.

«. . . venid a Cristo», nos exhorta Moroni en su testimonio final, «y [amad] a Dios con todo vuestro poder, alma y fuerza» (Moroni 10:32).

Este es, entonces, el primero y grande mandamiento:

«Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» (Marcos 12:30; véase también Mateo 22:37; Deuteronomio 6:5; Lucas 10:27; D. y C. 59:5).

El Libro de Mormón testifica que el amor puro de Cristo, al que se le llama caridad, es el más grande de todos: que jamas deja de existir, que todo lo soporta, que toda persona debe sentir ese tipo de amor y que sin el no somos nada (véase Moroni 7:44-47; 2 Nefi 26:30).

«Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que la ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesucristo; que lleguéis a ser hijos de Dios; que cuando él aparezca, seamos semejantes a él . . . » (Moroni 7:48.)

Al finalizar los relatos de los jareditas y de los nefitas, Moroni escribió que, a menos que las personas posean ese amor puro de Cristo, llamado caridad, no podrán heredar aquel lugar que La ha preparado en las mansiones de su Padre ni podrán ser salvos en el reino de Dios (Eter 12:34; Moroni 10:21).

El fruto del que Lehi comió en su visión, y que llenó su alma de un gozo extremadamente grande y que era lo más deseable que podía existir, era el amor de Dios.

Amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza es un sentimiento que nos llena por completo y lo comprende todo. Es un empeño en el que no hay punto medio. Es la consagración total de nuestro mismo ser-física, mental, emocional y espiritualmente-al amor que se siente por el Señor.

La extensión, la profundidad y la intensidad de este amor por Dios abarca todos los aspectos de la vida de una persona. Nuestros deseos, ya sean espirituales o temporales, deben estar arraigados en ese amor por el Señor; nuestros pensamientos y nuestros afectos deben estar centrados en el Señor. «Deja que tus pensamientos se dirijan al Señor», dijo Alma; «si, deja que los afectos de tu corazón se funden en el Señor para siempre» (Alma 37:36).

¿Por qué puso Dios en primer lugar el mandamiento de que lo amaramos a Él por encima de todo y de todos? Porque sabia que si verdaderamente lo amábamos, querríamos obedecer todos sus otros mandamientos. «Pues este es el amor a Dios» dijo Juan, «que guardemos sus mandamientos» (I Juan 5:3; 2 Juan 6).

Debemos poner a Dios en el lugar de preeminencia, sobre todo lo demás de nuestra vida. El debe estar primero, tal como El mismo lo declara en el primero de sus Diez Mandamientos: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Exodo 20:3).

Cuando damos a Dios el lugar de preferencia, todos los demás aspectos de nuestra vida pasan a tener la posición que les corresponde o, de lo contrario, dejan de tener valor. Nuestro amor por el Señor dirigirá nuestros afectos, la forma en que empleemos nuestro tiempo, los intereses que tengamos y el orden de prioridad que demos a las cosas.

Debemos poner a Dios por delante de todos los demás en todo lo que hagamos.

Cuando José se encontraba en Egipto, ¿a qué dio el primer lugar en su vida?, ¿a Dios, a su trabajo o a la esposa de Potifar? Cuando ella trató de seducirlo, él le respondió diciendo: » . . . ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios’?» (Génesis 39:9).

José tuvo que ir a la cárcel por haber puesto a Dios en primer lugar. Si tuviéramos que enfrentarnos con una decisión similar, ¿cual seria el primer objeto de nuestra lealtad’? ¿Podemos poner a Dios por delante de la seguridad, la paz, las pasiones, las riquezas y los honores de los hombres?

Cuando José se vio obligado a escoger, estaba más anheloso por complacer a Dios que por agradar a la esposa de su empleador. Cuándo a nosotros se nos exige que escojamos, ¿estamos mas dispuestos a complacer a Dios que al jefe, al maestro, al vecino o al novio?

El Señor dijo: «El que ama a padre o madre mas que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija mas que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10:37). Una de las pruebas más grandes que podemos tener que pasar es vernos obligados a escoger entre complacer a Dios o complacer a alguien a quien amamos o respetamos, particularmente si se trata de una persona de la familia.

Nefi se enfrentó con esa prueba cuando su buen padre se quejó momentáneamente contra el Señor (1 Nefi 16:18-25). Y Job mantuvo su integridad ante el Señor aun cuando su propia esposa le dijo que maldijera a Dios y se dejara morir (Job 2:9-10).

Las Escrituras dicen: «Honra a tu padre y a tu madre» (Exodo 20:12; Mosíah 13:20). Hay veces en que nos vemos obligados a honrar a nuestro Padre Celestial por encima de un progenitor mortal.

Debemos dar a Dios, el Padre de nuestro espíritu, una preeminencia exclusiva en nuestra vida. El derecho paternal que Él tiene en nuestro bienestar eterno es anterior y esta por delante de cualquier otra ligadura que pueda sujetarnos aquí o en el mas allá.

Dios, que es nuestro Padre, Jesús, que es nuestro Hermano Mayor y nuestro Redentor, y el Espíritu Santo, que es quien nos da testimonio, son perfectos. Ellos son quienes nos conocen mejor y quienes más nos aman, y no habrá nada que no hagan en favor de nuestro bienestar eterno, ¿o debemos amarlos por ese motivo y honrarlos antes que a nadie?

Hay muchos miembros heles que, a pesar de las objeciones de sus familiares, se han unido a la Iglesia. Al haber dado al Padre el lugar de preferencia en su vida, muchos de ellos han constituido el medio que ha conducido a esos seres queridos al reino de Dios.

Jesús dijo: «Porque yo hago siempre lo que le agrada [al Padre] (Juan 8:29).

¿En que condiciones se encuentra nuestro hogar? ¿Nos esforzamos por que en el Dios ocupe el lugar de preferencia? ¿Tratamos de complacer al Señor?

Padres, ¿creéis que le complacería al Señor que en vuestro hogar hubiera oraciones familiares y que se leyeran las Escrituras todos los días? ¿Y si tuvierais la noche de hogar semanalmente, y dedicarais a menudo, en forma regular, tiempo para pasar solos con vuestra esposa y con cada uno de vuestros hijos? Y si alguno de vuestros hijos se desviara momentáneamente del camino, ¿creéis que le complacería al Señor que vosotros continuarais viviendo en forma ejemplar, constantemente orando y ayunando por ese hijo, y manteniendo su nombre en la lista de oración del templo’? ¿Creéis que Él respondería a vuestros esfuerzos’?

Vosotras, las madres, que tenéis el cometido especial de criar rectamente a la juventud de Sión, ¿no le dais a Dios el primer lugar cuando honráis vuestro divino llamamiento no abandonando vuestras obligaciones en el hogar para seguir los caminos del mundo? Nuestras madres ponen a Dios en primer lugar cuando cumplen su misión mas elevada entre las paredes de su propio hogar.

Hijos, ¿oráis por vuestros padres’? ¿Tratáis de apoyarlos en sus nobles esfuerzos? Ellos cometerán errores, como vosotros los cometéis, pero, por ser vuestros padres, tienen una misión divina que cumplir en vuestra vida. ¿Estáis dispuestos a ayudarles a cumplirla? ¿Estáis dispuestos a honrar el nombre que ellos os han dado y a brindarles consuelo y apoyo en sus años de vejez’?

Si alguien quiere casarse con vosotros pero no en el templo, ¿a quien os esforzareis por complacer, a Dios o a un ser humano? Si vosotros insistís en que sólo vs casareis en el templo, agradareis al Señor y bendeciréis a la otra persona. ¿Por qué? Porque esa persona estará dispuesta a tratar de hacerse digna de ir al templo, lo cual seria una bendición; o, de lo contrario, se alejara, lo cual podría ser una bendición también, porque ninguno de los dos querría estar unido al otro «en yugo desigual» (véase 2 Corintios 6: 14).

Debéis ser dignos de ir al templo. Y cuando vayáis os daréis cuenta de que no hay nadie con quien valga la pena casarse en otra parte que no sea la Casa del Señor. Cualquier persona que realmente valga la pena se preparara de manera de poder ir al templo a casarse.

Cuando ponemos el primer mandamiento en primer lugar, somos una bendición para nuestros semejantes.

El profeta José Smith dijo: «Todo cuanto Dios requiere es justo, no importa lo que sea» (Enseñanzas del Profeta José Smith pág. 312). Por eso fue que Nefi mató a Labán; y que Dios le mandó a Abraham que sacrificara a su hijo Isaac.

Si Abraham hubiera amado a Isaac mas que a Dios, ¿habría consentido en hacerlo’? Y como lo reveló el Señor en Doctrina y Convenios, tanto Abraham como Isaac tienen ahora el lugar que les corresponde como dioses (D. y C. 132:37). Ellos estuvieron dispuestos a hacer la ofrenda y a ser la ofrenda respectivamente, tal como Dios lo requirió; y tienen un amor y un respeto más profundos el uno por el otro, porque ambos estuvieron dispuestos a poner a Dios en primer lugar.

El Libro de Mormón nos enseña que «es preciso que haya una oposición en todas las cosas» (2 Nefi 2:11), y, efectivamente, esa condición existe. El hecho de que exista la oposición nos obliga a escoger, y el escoger nos trae consecuencias, buenas o malas, según lo que escojamos.

En el Libro de Mormón se explica que los hombres «son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por motivo de la gran mediación para todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo» (2 Nefi 2:27).

Dios nos ama; pero el diablo nos odia. Dios quiere que obtengamos la plenitud del gozo que Él tiene. El diablo quiere que seamos desgraciados y miserables como él. Dios nos da mandamientos para bendecirnos. El diablo quiere hacernos quebrantar esos mandamientos para maldecirnos.

Diaria y constantemente, por medio de nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestras acciones, escogemos si queremos ser bendecidos o maldecidos, felices o desgraciados. Una de las pruebas de la vida es que generalmente no recibimos de inmediato la totalidad de la bendición por seguir la rectitud ni la totalidad de la maldición por seguir la iniquidad. Que la una o la otra llegaran, no hay ninguna duda, pero muchas veces tenemos un periodo de espera antes de que lleguen, como les paso a Job y a José. Durante ese periodo, los inicuos piensan que se han salido con la suya. En el Libro de Mormón se nos enseña que los inicuos «gozaran de su obra por un tiempo, y de aquí a poco viene el fin, y son cortados y echados en el fuego, de donde no se vuelve» (3 Nefi 27:11). Al pasar por ese periodo de prueba, los justos deben continuar amando a Dios, confiando en sus promesas y siendo pacientes, y tendrán la seguridad. como dijo el poeta, de que . . .

Quien para Dios trabaja
tendrá Su recompensa,
por largo que sea el día
y empinada la cuesta.
La mano de Dios no puede
ningún mortal detener;
la recompensa que Él da
diferente de otras es.
No es de tierras ni de oro,
ni piedras preciosas es,
ni bien alguno que el tiempo
pueda un día corromper.
El Señor, sapiente y justo,
estableció una manera,
y quien para El trabqja
obtendrá su recompensa.
(Anónimo)

Os testifico que la recompensa que Dios da es la mejor que pueda conocerse en este o cualquier otro mundo. Y la recibirán en abundancia solamente aquellos que amen al Señor y le den a Él, el lugar de preferencia en su vida. La gran prueba de la vida es la obediencia a Dios. La gran labor de la vida es averiguar cual es la voluntad del Señor y luego obedecerla. El gran mandamiento de la vida es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Marcos 12:30). Que Dios nos bendiga a hn de que podamos poner el primer mandamiento en primer lugar y, como resultado de ello, lograr la paz en este mundo y la vida eterna con la plenitud de gozo en la vida venidera, ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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2 respuestas a El Señor en primer lugar

  1. Anónimo dijo:

    Usare por primera vez por favor ayuda

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  2. Jose Maria Iguaran Martinez dijo:

    Dios en primer lugar siempre. Cuando amamos a Dios con todo nuestro corazón, Alma, mente y fuerza, él, su hijo Jesús, el Cristo y su iglesia siempre estará en primer lugar

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