Sobrepongámonos a la adversidad

Conferencia General Octubre 1989logo 4
Sobrepongámonos a la adversidad
Por el Elder Carlos H. Amado
Del Segundo Quorum De Los Setenta

Carlos H. Amado«No hay una respuesta para todas las adversidades de la vi da. Cuando las pruebas llegan es el momento de volver nuestra alma a Dios, quien es el autor de la vida y la única fuente de consuelo.»

El mismo día que llegue con mi familia a la Ciudad de México, recibí una llamada telefónica de un compañero de misión de hace 23 años pidiendo hablar conmigo esa noche. Su hijo mayor, que recién empezaba su primer semestre en la universidad, había fallecido en un trágico accidente. Un muchacho de 17 años con gran entusiasmo por la vida, fiel en la Iglesia, graduado de Seminario. Tan sólo dos semanas atrás había hablado con sus padres de sus deseos y metas y ahora ya no estaba. Aun cuando ellos entienden bien el plan de salvación, y están sellados por la eternidad, la separación física les afecta.

Los que han pasado por esa prueba reconocen que hay tragedias tan difíciles que la mente humana no puede darles una explicación racional; no hay una respuesta para todas las adversidades de la vida. Cuando las pruebas llegan, es el momento de volver nuestra alma a Dios, quien es el autor de la vida y la única fuente de consuelo. «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.» (Juan 14:27)

Hace algunos meses supe que la esposa de un amigo que estaba nuevamente embarazada estaba en peligro de abortar; por lo tanto, me junte con otras personas que también estaban interesadas en hacer algo para que el embarazo llegara a su termino y poder salvar la vida del bebe. Mientras se tomaban las medidas necesarias, se nos informó que la causa ya estaba perdida; esta era la tercera vez que sufría la misma dolorosa experiencia. Las primeras preguntas que vinieron a mi mente fueron: ¿Que les digo ahora para consolarlos? ¿Cómo les ayudara el Señor a sobrellevar este nuevo golpe?

El día que ella salió del hospital, se enteró de que otra hermana de su estaca estaba pasando por la misma experiencia; así es que, llena de confianza en Dios, se apresuró a visitarla y darle apoyo, convirtiendo su tragedia en una bendición de consuelo para otros.

Al pensar en esa actitud, recordé la lección que aprendí hace muchos años con la muerte de mi padre. Él murió repentinamente dejando a mi madre viuda y con quince hijos, a diez de los cuales todavía tenia que mantener. Esta fue una gran tragedia en la vida de ella. Por supuesto el evangelio de Cristo, la hermandad de la Iglesia y nuestros testimonios personales nos dieron, como familia, una base sólida para mantenernos con dignidad y consolarnos de esa gran perdida; pero ella, a pesar de que físicamente no la dejamos sola, era la mas afectada. Aunque aceptaba la voluntad de Dios, no hallaba el consuelo que necesitaba para su alma.

Una mañana mientras ella y yo viajábamos por el centro de la ciudad en ómnibus, se sumió en sus pensamientos de soledad. Yo la observaba, pero reconocía que era incapaz de darle el alivio que necesitaba. Ella lloraba en silencio, con dignidad. Una pasajera se acercó y le dijo: «Esta usted muy triste, ¿verdad?» Mi madre replicó, «Acabo de perder a mi esposo.» «¿Tiene usted hijos?»,  preguntó de nuevo la señora, a lo que mi madre le contestó: «Tengo quince y cada uno de ellos tiene alguna característica que me recuerda a su padre, así es que me acuerdo de él constantemente». Al escuchar esto, la señora exclamó: «Que bendecida es usted que sólo perdió a su esposo; yo perdí al mío y a mis dos hijas en un accidente automovilístico, y me he quedado sola, de modo que comprendo su dolor y su tristeza». Y agregó:  «Sólo Dios puede ayudarnos a sobreponernos a esas pruebas». Aquellos que han experimentado grandes sufrimientos y adversidad, y siguen adelante tratando de servir a su prójimo, desarrollan una gran capacidad de comprensión hacia los demás pues, al igual que los profetas, adquieren un entendimiento mas elevado de los pensamientos y la voluntad de Cristo. Esta señora para mí fue como un ángel, pues cumplió con la misión de dar consuelo y elevar la mente de mi madre hacia Dios en esa época de tribulación. Desde ese día, cada vez que mi madre se sentía sola o desamparada me decía: «Hijo, me da mucha pena aquella señora que perdió a toda su familia. Yo me siento muy agradecida que el Señor me haya bendecido con 15 hijos como compañeros en esta vida». Esta experiencia familiar me ayudó a entender el significado de lo revelado a José Smith en Doctrina y Convenios: «Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar. Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres» (D. y C .19:18-19).

Cristo ha sufrido mas que cualquiera de nosotros; Él conoce la intensidad de nuestras aflicciones; no hay padecimiento que hayamos tenido que el no tuviera en Getsemaní y en el Calvario, y es por eso que nos comprende y nos ayuda.

Cristo expresó: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi, aunque este muerto, vivirá» (Juan 11:25). La mayor tragedia que le puede acontecer a una persona no es perder sus posesiones, su intelecto o la vida en esta tierra, sino perder la vida eterna, que es un don gratuito de Dios.

Las Escrituras son un testimonio histórico de varios profetas, «personas ordinarias con llamamientos extraordinarios, los cuales tuvieron que enfrentar grandes tribulaciones y oposición. Al padre Lehi se le mandó abandonar su oro, su plata, y su país. A los hijos de Mosíah les fue necesario renunciar a un reino. Job perdió sus tierras, su ganado, y aun su esposa e hijos; mientras Abinadí, Esteban y los Apóstoles de Cristo encontraron la muerte mientras se hallaban a Su servicio.

Para algunos, la verdadera prueba de nuestra fe consiste en mantenernos fieles, sin murmurar contra el Señor cuando perdemos nuestra posición terrenal, nuestros seres queridos, o aun cuando nos sea menester entregar  nuestra propia vida.

Hay evidencia en las Escrituras de que estos grandes hombres confiaron totalmente en el Salvador, aunque sin un conocimiento completo de Sus propósito. El profeta José Smith aprendió, mientras establecía el Reino de Dios en esta ultima dispensación, que cuanto más luchaba por bendecir la vida de otros, más grande era la oposición; por lo tanto, recurrió al Señor clamando justicia. Jesus lo comprendió, pero aun así le indicó que quizás tendría que sufrir mas aun. Luego el Señor le dijo: «El hijo del Hombre se ha sometido a todas estas cosas.  «¿Eres tu mayor que él?» (D. y C. 122:8).

Entonces José, con mayor comprensión de la voluntad y designios de su Salvador, aceptó su glorioso destino ofreciendo su vida. No es tan importante saber que pruebas se nos requiere pasar en este estado mortal, pero si es vital la actitud con que nos enfrentemos a estas y las lecciones y experiencias que de ellas aprendamos, las cuales nos ayudaran a refinar nuestro entendimiento y a aumentar nuestra espiritualidad.

Mayormente limitamos nuestra visión de los acontecimientos que suceden en esta tierra, con un mayor énfasis en el presente. Sólo cuando elevamos y enfocamos nuestra visión en las cosas celestiales empezamos a comprender lo eterno. Sólo con la ayuda de Cristo podemos sobreponernos a las tragedias permanentemente. Es necesario desarrollar nuestra fe en El cómo el Redentor del mundo. Él nos enseñó: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Es mi oración que cuando tengamos aflicciones sigamos el modelo que Él nos mostró cuando pasaba la amarga experiencia en Getsemaní, diciendo: «Si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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