Conferencia General Abril 1993
Hogares y familias espiritualmente fuertes
Elder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles
«Las normas del Señor para la edificación de un templo se aplican también para la edificación de la fortaleza espiritual de los hogares.»
Mis queridos hermanos y hermanas, el tema que elegí para hoy es la edificación de hogares y familias espiritualmente seguras.
Durante la conferencia de la Estaca Manitoba, Canadá, hace algunos años, la hermana Karen Beaumont describió sus sentimientos con respecto a las violentas tormentas de ese invierno en su comunidad, de esta manera:
«Me encantan las tormentas de invierno… Cuando empieza a soplar el viento y a caer la nieve, empieza a nacer dentro de mí un sentimiento de entusiasmo… Cuando ya no puedo ver los árboles de la granja de mi vecino… ¡llamó por teléfono a mi esposo!… El entonces pasa a buscar a los niños a la escuela… Es difícil describir lo que siento cuando nuestra familia se encuentra reunida en el hogar y la tormenta azota afuera… ¡Y me encanta! Todos están a salvo y estamos juntos. Tenemos mucha comida y agua, y mientras más dure la tormenta, mejor… Estamos aislados del mundo… Nos abrigamos en el calor de nuestro hogar y en el calor de nuestro amor. Mi corazón rebosa y estoy en paz. A veces pienso que me gustaría permanecer así para siempre, con mi familia a mi alrededor, protegidos, apartados de las influencias malignas del mundo, pero, desafortunadamente, la tormenta se aleja finalmente, nos abrimos paso al exterior y allí estamos nuevamente enfrentando al mundo».
Quizás todos nosotros a veces deseemos retiramos y aislarnos de las tormentas de la vida y de los dardos encendidos del adversario; sin embargo, debemos permanecer en el mundo pero no ser del mundo, o en otras palabras, caminar en medio del pecado, de la maldad y de la corrupción que existe en el mundo, pero resistirla y rechazarla. Puede intimidamos el estar en el mundo dado que vivimos en una época en que Satanás se ha convertido en mas y más audaz. El Señor dijo: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Juan 17:15).
LA MALDAD EN EL MUNDO
En un informe reciente titulado l crisis de la niñez», se refleja un aspecto de esa maldad. Los editores de una revista norteamericana hicieron un estudio profundo sobre la niñez:
«De los 65 millones de norteamericanos menores de 18 años, [muchos] viven en la pobreza, el 22% vive en un hogar con un solo padre, y casi el 3% vive sin ningún padre. La violencia entre los jóvenes es…desenfrenada… Las peleas en los parques, que solían terminar en sangre de narices, terminan ahora en una desgracia. Las escuelas que una vez consideraron el hablar en clase como una ofensa capital, ahora controlan entre los niños el uso de armas, los interrogan sobre drogas… Una buena educación pública, calles seguras y cenas familiares-con ambos padres- parecen antiguos recuerdos de un distante pasado… Los padres de aproximadamente 2.750 niños se separan o se divorcian cada día… Cada día más de 500 niños de entre los 10 y 14 años empiezan a utilizar drogas ilegales, y más de 1.000 empiezan a beber alcohol. Cerca de la mitad de los estudiantes de enseñanza media abusan de las drogas o [se involucran en acciones inmorales]» (Luis S. Richman, «Struggling to Save Our Kids», Fortune, 10 de agosto de 1992, págs. 34-35). La información de otros países es igualmente alarmante.
Estas como muchas otras enfermedades de la sociedad actual tienen sus raíces en la desintegración de la familia. Si Satanás debilita o destruye la relación de amor entre los miembros de la familia, puede causar más sufrimiento e infelicidad a más gente que lo que podría hacer de cualquier otra forma.
LOS HOGARES PUEDEN PROPORCIONAR LA SEGURIDAD
Es en el hogar donde se pueden curar la mayoría de las enfermedades de la sociedad. El hacer que nuestros hogares sean fortalezas de rectitud para protegernos del mundo requiere de nosotros trabajo y diligencia constantes. El simple hecho de ser miembros de la Iglesia no garantiza una familia fuerte y feliz; a menudo los padres se ven abrumados; muchos deben hacer la tarea completa sin la ayuda de su compañero, mientras siguen enfrentando el dolor emocional del divorcio. El Señor nos ha proporcionado un plan que nos ayudara a tener éxito en el cumplimiento de los cometidos que enfrentemos.
En el plan de salvación, todas las familias son instrumentos preciosos en las manos del Señor para ayudar a los hijos de Dios en su camino hacia un destino celestial. La labor mas importante que podemos hacer es el modelar en rectitud un alma inmortal, y el hogar es el lugar para lograrlo. Con el objeto de alcanzar esta tarea eterna, debemos centrar nuestro hogar en el evangelio. Cuando abunda la paz y la armonía, siempre estará presente el Espíritu Santo. Se pueden detener las tormentas de la maldad a la entrada de nuestros hogares.
Asegurémonos que el fundamento espiritual de todo hogar es la roca de nuestro Redentor, como enseñó Helamán: «Y ahora bien, recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, si, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán» (Helamán 5:12) .
Las normas del Señor para la edificación de un templo se aplican también para la edificación de la fortaleza espiritual de los hogares: «Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, si, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios» (D. y C. 88: 119). ¿Seguimos este consejo del Señor? ¿Hacemos lo que nos pide? Haríamos bien en edificar nuestros hogares de acuerdo con este plan o estarán destinados a caer.
UN MODELO DIVINO PARA LA FORTALEZA ESPIRITUAL
Una casa de oración y ayuno
Para que nuestros hogares sean una casa de oración y ayuno: «Ora siempre para que salgas triunfante; sí, para que puedas vencer a Satanás y te libres de las manos de los siervos de Satanás que apoyan su obra» (D. y C. 10:5).
Nuestras familias se deben reunir por la mañana y también por la noche para la oración familiar y además, debemos ofrecer nuestras oraciones individuales para nuestras necesidades personales.
Una casa de fe
Todo hogar puede ser una casa de fe si los familiares creen en la bondad de Dios y creen que podemos vivir los principios del evangelio, en paz y seguridad. Hay que tener fe para ser obedientes, para seguir tratando y para mantener una perspectiva positiva. A veces nos sentimos desalentados y nos sobreviene el deseo de rendirnos, pero, como lo dijo un viejo vaquero: «Si me tira el caballo, tengo que volver a subir y seguir cabalgando». Nunca podemos rendirnos.
Cuando pienso en la fe, pienso en dos grandes profetas del Libro de Mormón como modelos: Nefi y Alma. Por medio de la fe Nefi regreso a Jerusalén a buscar las planchas de bronce «sin saber de antemano lo que tendría que hacer» (1 Nefi 4:6). Alma oro con fe por el arrepentimiento de su desviado hijo que había llegado a convertirse en «un hombre muy malvado e idolatra» y «se ocupaba en destruir la iglesia de Dios» (Mosíah 27:8, 10).
Una casa de aprendizaje y de gloria
Todo hogar es una casa en donde se puede aprender, ya sea para bien o para mal. Los miembros de la familia aprenden a ser obedientes, honrados, industriosos, autosuficientes y fieles en vivir los principios del evangelio, o aprenden otra cosa. El aprendizaje del evangelio en los hogares de los miembros de la Iglesia debe centrarse en las Escrituras y en las palabras de los profetas de los últimos días.
El Señor ha mandado a los padres que enseñen a sus hijos. El rey Benjamin instruyo a los padres así: «Ni permitiréis que vuestros hijos anden hambrientos ni desnudos, ni consentiréis que quebranten las leyes de Dios, ni que contiendan y riñan unos con otros y sirvan al diablo… Mas les enseñareis a andar por las vías de la verdad y la seriedad; les enseñareis a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro» (Mosíah 4:14-15). Para hacer hincapié en esta tarea, el Señor dijo que si los padres no enseñan a sus hijos «a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos,… el pecado será sobre la cabeza de los padres» (D. y C. 68:25).
Un consejo personal a los padres: Enseñen a orar a sus hijos, a confiar en la guía del Señor y a expresar su agradecimiento por sus bendiciones. Los hijos aprenden de ustedes a diferenciar el bien del mal; aprenden que mentir, engañar, robar y codiciar lo ajeno es malo. Ayúdenles a guardar sagrado el día del Señor y a pagar el diezmo. Enséñenles a aprender y a obedecer los mandamientos de Dios. Enseñen a trabajar a sus hijos desde pequeños y que el trabajo honrado crea la dignidad y el autorrespeto; enséñenles a encontrar placer en el trabajo y a sentir la satisfacción que viene del trabajo bien hecho.
En 1904, el presidente Joseph F. Smith dijo a los padres: «No envíen a sus hijos a los especialistas… sino enséñenles con sus propios preceptos y ejemplos, en su propio hogar. Sean ustedes mismos especialistas en la verdad… Ni un niño entre cien se desviara si el ambiente del hogar, el ejemplo y la capacitación estuvieran en armonía con la verdad del Evangelio de Cristo, de acuerdo con lo que se ha revelado y enseñado a los santos de los últimos días» (Gospel Doctrine, pág. 302).
La forma ideal de transformar su hogar en una casa de aprendizaje es efectuar fielmente las noches de hogar, para cuyo propósito la Iglesia ha reservado el día lunes. En el año 1915, la Primera Presidencia instruyo a los líderes locales y a los padres para que empezaran una noche de hogar, una hora en que los padres deben enseñar a la familia los principios del evangelio. La Primera Presidencia escribió: «Si los santos obedecen este consejo, prometemos que recibirán grandes bendiciones; aumentaran en los hogares el amor y la obediencia a los padres. Se desarrollara la fe en los corazones de los jóvenes de Israel y obtendrán poder para combatir las influencias malignas y las tentaciones que les rodean» (Messages of the First Presidency, tomo 4, pág. 339).
En 1965 el presidente David O. McKay hizo la misma promesa y agregó que la juventud lograría el poder de saber «elegir la rectitud y la paz, y tendrían un lugar eterno en el círculo familiar de nuestro Padre» (Family Home Evening Manual, 1965, pág. iii). En 1976, la Primera Presidencia reafirmó que «la participación en forma regular en la noche de hogar nos servirá para desarrollar una mayor dignidad personal, la unidad familiar, el amor a nuestros semejantes y la confianza en nuestro Padre Celestial» (Family Home Evening, 1976, pág. 3).
Al considerar estas promesas gloriosas, deberíamos esperar que todos los miembros fieles fueran sumamente diligentes en ceñirse a este consejo profético. Pero, por supuesto, todos somos humanos y no siempre se materializan nuestros buenos planes. ¿Por qué no? No permitamos que sea por falta de compromiso. Yo sé que el Señor cumplirá su promesa y sé también que nosotros podemos cumplir con nuestro compromiso si nos organizamos y preparamos «todo lo que fuere necesario».
Estoy agradecido de que mis padres y mis abuelos hayan legado esa gran tradición de aprendizaje a la familia. Mi padre escribió lo siguiente sobre la forma en que sus padres enseñaron a los hijos:
«La alegre y cristalina voz de mi madre llamaba: ‘Vengan niños, es la hora de cantar y contar cuentos’… Se sentaba en una silla mecedora muy usada, nos advertía que debíamos escuchar con atención, que cantáramos bien y que hiciéramos preguntas…
«Aprendíamos de memoria la letra de los himnos y ella nos explicaba el significado de cada uno de los himnos. ‘La oración del Profeta’ nos enseñó la historia de la restauración del evangelio y la historia de su vida se hizo más impresionante. ‘Santos venid’ abrió las puertas a los logros, la fe y la lealtad de los pioneros…
«La hora de los himnos y de las historias familiares trajeron como bendición un testimonio del llamado divino de José Smith, de la autenticidad del Libro de Mormón y, por sobre todo, de la realidad de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, Jesucristo…» Mi padre también escribió: «Mi corazón rebosa de gratitud hacia mi angelical madre… por enseñarme las doctrinas del arrepentimiento, de la fe, del bautismo y del don del Espíritu Santo. Me enseñó el poder y la bendición de la oración, de la existencia real de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, y de que José Smith vio y habló con ellos cuando era un niño de catorce años. Por medio de sus enseñanzas, supimos que nuestro Profeta vio otros mensajeros celestiales… y que por su intermedio se restauró la Iglesia de Jesucristo en la tierra» (Joseph L. Wirthlin, A Heneage of Faith, comp. por Richard B. Wirthlin).
Cuando era niño, la noche de hogar se llevaba a cabo alrededor de la mesa del comedor, y era grata y entretenida. Era una hora en que nuestro padre nos contaba de su vida; a menudo nos relataba las experiencias inspiradoras e interesantes que tuvo mientras predicaba el evangelio como misionero en Alemania. Cada historia parecía mejorar cada vez que la contaba. Yo crecí sabiendo, sin ninguna duda, que algún día seria misionero y jamás perdí el entusiasmo que el inculco en mi corazón. Nuestra madre nos enseñó sobre la nobleza de sus padres pioneros y sobre su gran fe.
El hogar puede transformarse literalmente en una casa de gloria y los recuerdos de la niñez son de suma importancia en nuestro diario vivir.
Una casa de orden
Para inculcar orden en nuestros hogares, los padres deben estar a cargo y ejercer la autoridad paterna, en justo dominio, y establecer normas de comportamiento aceptables para los hijos, estableciendo límites y manteniendo regularidad en ellos. Deben enseñar y guiar a sus hijos «…por la persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad… reprendiendo en la ocasión con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor…» (D. y C. 121:41-43). De esta manera los padres ganaran el respeto de sus hijos y estos los honraran, unificando a la familia.
Para que el hogar sea una casa de orden, es importante también que los hijos sean bendecidos, bautizados y ordenados al sacerdocio. Además, deben ser dignos de entrar en los templos sagrados, de ser misioneros y de recibir la bendición del matrimonio eterno.
Una casa de Dios
Hermanos y hermanas, si hacen de sus hogares una casa de oración y de ayuno, de fe, de aprendizaje y gloria, y de orden, puede llegar a ser una casa de Dios. Si edifican sus hogares en los cimientos de la roca de nuestro Redentor y del evangelio, pueden ser santuarios en los que los miembros de la familia encontraran amparo de las furiosas tormentas de la vida.
Testifico sobre la divinidad del Salvador, Jesucristo, el Hijo de Dios. Somos los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial y Él es consciente de cada uno de nosotros y desea que nuestros hogares y familias sean espiritualmente fuertes. José Smith es un profeta verdadero de Dios, como lo son todos sus sucesores, incluso el presidente Ezra Taft Benson. En el nombre de Jesucristo. Amén.
























