Conferencia General Abril 1994
Te mando… Velar especialmente por tu familia
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles
«Padres y abuelos, por favor examinen concienzudamente sus horarios y sus preferencias a fin de poder asegurarse de dedicar su tiempo principal a sus relaciones principales.
En estos últimos días cuando «todas las cosas estarán en conmoción,» el Evangelio restaurado de Jesucristo nos ofrece muchos elementos fundamentales, incluso la preciada perspectiva de ver «las cosas como realmente son» (Jacob 4:13).
El distinguido historiador Will Durant se ha referido a la necesidad que el hombre tiene de comprender el valor de los acontecimientos y la relación que tienen entre sí… Necesitamos saber que las pequeñeces son pequeñeces y que lo grande es grande, antes de que sea demasiado tarde; queremos ver ahora las cosas tal como habrán de parecer siempre: «a la luz de la eternidad» (Will Durant, The Story of Philosophy, Nueva York: Simon and Schuster, 1927, pág 1).
La luz del Evangelio nos da una, perspectiva mucho más clara de la función de la familia.
Antes de referirnos a varias dificultades que confronta la familia, consideremos primero como el hecho de vivir sin Dios en el mundo causa la falta de una perspectiva uniforme. Si no existieran las verdades eternas, ¿a qué principios acudiría la gente en procura de orientación? Si no fuéramos responsables ante Dios, ¿ante quien al fin, lo seríamos? Más aún, si nada es realmente malo, entonces nadie es verdaderamente responsable. Si no existieran los límites, ¿cómo podría haber abusos? ¿Por qué han de sorprendernos tantas noticias alarmantes, incluso la falta de interés comunitario, cuando las personas hacen lo que bien les parezca y «no buscan al Señor», «antes todo hombre anda por su propio camino»? (D. y C. 1:16; Jueces 17:26; 21:25).
Pensemos en la escasa influencia que tienen los Diez Mandamientos en la vida de muchas personas. En la actualidad, matar, robar, y dar falso testimonio se consideran un tanto inaceptables en la sociedad y son penados por la ley; pero no hay penalidad cabal en cuanto a la inmoralidad sexual, a guardar santo el día del Señor, a honrar padre y madre ni a tomar el nombre del Señor en vano. Parte de esta decadencia es la triste consecuencia del relativismo en la conducta humana, filosofía preferida de muchos, que no manifiesta ninguna verdad divina establecida, sino las tendencias del momento. Sin embargo, como sabiamente lo advirtió Ortega y Gasset: «Si la verdad no existe, el relativismo no puede tomarse en serio» (The Modern Theme, Nueva York: Harper and Row, 1961; citado en Duncan Williams, Trousered Apes, New Rochelle, N. Y., Arlington House, 1971, pág. 69).
Consideremos estas alarmantes tendencias que, si no se corrigen, causarán una combinación peor de consecuencias:
- Dentro de diez años, la mitad de los niños nacidos en los Estados Unidos serán ilegítimos. (Véase del presidente Bill Clinton, «State of the Union Address», CNN Specials, 25 de enero de 1994, pág. 3.)
- Un número cada vez mayor de niños carecen de padre en el hogar y, lo que es peor aún, el setenta por ciento de los delincuentes juveniles no tienen padre consigo. (Governor Michael Leavitt, State of the State Address, 17 de enero de 1994, pág. 8.)
- Menos de la mitad de los niños nacidos en la actualidad vivirán en compañía de ambos padres durante su niñez. (Bárbara Dafoe Whitehead, Atlantic Monthly, Volúmen 271, # 4, abril de 1993, pág. 47.)
- La cuarta parte de todos los adolescentes contraen enfermedades contagiadas sexualmente antes de graduarse en la escuela secundaria. (Research Briefs from Utah Foundation, #933, 16 de julio de 1993, pág. 1.)
- El cincuenta y cinco por ciento de los niños menores de seis años en Estados Unidos tienen ambos padres (o el único que vive con ellos) trabajando fuera del hogar. (Research Briefs, pág. 1.)
Lehi se refirió una vez a sí mismo como «un padre tembloroso» (2 Nefi 1: 14). Hay en la actualidad muchos padres y abuelos temblorosos. Algunas familias viven hoy en un desierto peor que el que recorrió la de Lehi. La familia feliz y tradicional está en peligro de extinción, como algunas especies. Quizás uno de estos días pueda compararse con las especies que peligran desaparecer y reciba algo más de atención.
En la misma proporción en que disminuye la responsabilidad paternal aumenta la necesidad de que haya más policías. Y habrá siempre escasez de policías en tanto haya escasez de padres responsables. Del mismo modo, nunca alcanzaran las prisiones si no hay suficientes buenos hogares.
Se habla mucho hoy de los valores de la familia pero, de por sí, las arengas no producen reformas. Muchos añoran la vida familiar de antaño, pero aunque consideran que el deterioro de la familia es lamentable, también piensan que es irreparable. Otros, seriamente preocupados por las peligrosas consecuencias sociales, se desviven por colocar barreras represivas que detengan la intimidación, aun cuando muchas veces esas barreras destruyen lo poco que queda en pie del jardín familiar. Unos cuantos conceptúan a la familia como algo que debe volver a definirse drásticamente o incluso anularse.
No existe la familia perfecta, ni en el mundo ni en la Iglesia, pero hay muchas que son excelentes. Brindo también mi aplauso espiritual a esos padres valerosos que, desamparados por la muerte o el divorcio, están honrada y «anhelosamente consagrados» (D. y C. 58:27) a sustentar y mantener a sus familias, a pesar de luchar, con frecuencia, contra enormes dificultades.
Es lamentable que haya familias cuya situación es lastimosa, pero ello no es razón para denigrar la naturaleza de la familia debemos rectificar nuestro rumbo, contener las filtraciones y no abandonar la nave!
Gran parte de la desmoralización y la violencia en la actualidad emanan de una actitud malsana hacia toda autoridad, incluso la que gobierna la familia. Hace treinta y cinco años, un comentarista de la BBC, con gran agudeza, dijo lo siguiente:
«…Estamos engendrando adultos que tienen un concepto menos preciso y uniforme que nosotros mismos acerca de la autoridad, y que serán menos capaces aun que sus padres de educar a sus hijos con una saludable actitud hacia la autoridad; como resultado, quizás se esté formando una insidiosa avalancha que ira cobrando terrible ímpetu de generación en generación» (Cita en «The Listener», 12 de febrero de 1959).
Este «terrible ímpetu» va produciéndose al paso de los profundos cambios sociales y políticos que ocurren ahora «en pocos años» (Moroni 9:12).
Desafortunadamente, es más fácil alabar a la familia que crear una familia feliz; es más fácil hablar, como lo estoy haciendo yo, de los valores familiares, que ponerlos en práctica. Es más fácil deleitarnos en nuestros buenos recuerdos de la felicidad familiar que gozamos que proveer a la nueva generación sus propios recuerdos valiosos.
Las doctrinas difíciles exigen que formulemos preguntas difíciles. ¿Cómo puede una nación defender los valores de la familia sin valorar y proteger a la familia mediante sus normas civiles? ¿Cómo podemos valorar a la familia sin valorar las funciones de los padres? ¿Cómo podemos valorar las funciones de los padres si no valoramos el matrimonio? ¿Cómo es posible que haya amor en el hogar sin que haya amor en el matrimonio? ¡Son innumerables las influencias que separan uno del otro a los padres y a estos de sus hijos!
Por contraste, gran parte de la Restauración se concentra en los principios fundamentales de la familia, incluso el sellamiento para que sea eterna. A los Santos de los Últimos Días no nos queda otra alternativa sino defender y testificar cada vez que se trate de la institución familiar, aunque no nos comprendan, se resientan con nosotros o no nos presten atención.
Al fin y al cabo, la familia existe desde antes de la fundación de las naciones y existirá aún después que el Todopoderoso «haya destruido por completo a todas las naciones» (DyC. 87:6). Para todo Santo de los Últimos Días, cada año debiera ser— pero según la manera de Dios— «El Año de la Familia». Sin embargo, los miembros de la Iglesia debemos esforzarnos por mejorar nuestra propia familia. Deberíamos retorcernos menos las manos y extender más los brazos rodeando a nuestros familiares en un abrazo amoroso.
De entre todo lo que hacemos para «perfeccionar a los santos», nada se compara con lo que se hace en una familia feliz. El presidente David O. McKay enseñó que «el hogar es la base para una vida recta y no hay nada que pueda suplantarlo ni cumplir sus funciones esenciales» (Encyclopedia of Mormonism, pág. 486).
A veces, aun sin intención, algunas actividades no programadas de la Iglesia, cuando no son debidamente organizadas, pueden perjudicar a la familia.
Aprendemos que, después de resucitar, Jesús enseñó esto a los nefitas: «Id a vuestras casas, y meditad las cosas que os he dicho», y les dijo que oraran y se prepararan ‘para mañana» (3 Nefi 17:3). ¡Jesús no les dijo que fueran a sus clubes sociales, cívicos, ni siquiera a sus centros de estaca!
Cumplir con todos los deberes familiares, en realidad, incluye el enseñar a nuestros hijos «a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente» (DyC. 68:25). ¡Cuán diferente este punto de vista acerca de la familia del que el mundo tiene! En su libro «Niños sin niñez», Marie Winn lamenta la tendencia cada vez más común pero injustificada de tratar a los niños como si tuvieran la capacidad de tener experiencias de adultos sin restricción» (Marie Winn, Children Without Childhood, Nueva York, N. Y.: Penguin, 1983, pág. 5).
Hermanos y hermanas: quizás no podamos corregir tales tendencias, pero si podemos rehusarnos a ser parte de ellas.
Cuando los padres no se preocupan por enseñar el testimonio y la teología junto con la decencia, esa familia estará sujeta, una generación después, a un serio deterioro moral al perder sus inquietudes espirituales.
Como medicinas disponibles —aparte de fomentar una amorosa «sociabilidad» familiar que, un día. «la acompañará una gloria eterna— recomendamos la oración familiar, la Noche de Hogar y el estudio de las Escrituras en familia (D. y C. 130:2). Más aún, la revelación personal con respecto a las funciones paternales puede proveernos orientación y confianza específicas.
La aplicación de las medicinas (los principios) fundamentales habrá de requerir algún tiempo y no solucionará todo de inmediato. Mas, ¿que podría ser más fundamental que el amor en el hogar, cuando todos los años se registran cuatro millones de casos de violencia doméstica, casi tantos como hay nacimientos en los Estados Unidos? (Deseret News, 20 de enero de 1994, pág. A1). La violencia en los Estados Unidos mata «cada dos días el equivalente a un salón de clases lleno de niños» (Deseret News, 20 de enero de 1994, pág. A1).
Necesitamos un mayor número de madres que conozcan la verdad y cuyos hijos no duden de que sus madres la conocen (Alma 56:48). Necesitamos más padres bondadosos y considerados que también ejerzan la autoridad que el buen ejemplo confiere. Debiera haber más hijos que recuerden a sus padres como Helen Lee Goates, la hija de un Profeta, recuerda a los suyos cuando dice: «Un padre que era tierno a pesar de ser firme y una madre que era firme a pesar de ser tierna» (My Family Should Partake, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974, pág. 56).
En una familia feliz, lo primero y más importante es que aprendemos a escuchar, a perdonar, a elogiar y a regocijarnos por el éxito de los demás; en ella podemos aprender a controlar nuestro egoísmo, a trabajar, a arrepentirnos y a amar. En una familia en la que hay una perspectiva espiritual no hay por qué restringir el futuro a causa del pasado. Si a veces se comete una acción incorrecta, la familia amorosa tendrá buena disposición para ofrecer una oportunidad renovadora.
Quizás para alguna gente estos remedios y otras cosas similares parezcan demasiado simples para curar a una sociedad acosada por tantas aflicciones. En el antiguo Israel afligido también muchos desdeñaron los simples remedios prescritos divinamente, y perecieron (1 Nefi 17 41)
Es obvio que los valores familiares reflejan nuestras preferencias personales. Considerando la grave dad de las actuales circunstancias, ¿escarian dispuestos los padres a renunciar a un simple interés exterior y dedicar, en cambio, ese tiempo y ese talento a su familia? Padres y abuelos, por favor examinen concienzudamente sus horarios y sus preferencias a fin de poder asegurarse de dedicar su tiempo principal a sus relaciones principales. Aun Brigham Young, consagrado y devoto como era, recibió el consejo del Señor de «velar especialmente por tu familia» (D. y C. 126:3). ¡El más esmerado es a veces quien más necesita el consejo!
La sociedad debe consagrarse nuevamente a su propia fuente de origen—la familia—donde los valores se puedan enseñar, vivir, experimentar y perpetuar. De otro modo, presenciaremos al cabo una inundación peor de las aguas del mal que causaran corrupción y violencia aún mayores (Génesis 6:11, 12; véase también Mateo 24:37).
Sin embargo, si la combinación de los que provocan las tormentas persiste, las lluvias seguirán cayendo y causaran inundaciones; las represas y los paredones no bastaran para retener los aluviones. Más y más, las familias, y aun las naciones edificadas sobre la arena secular en vez de la roca del evangelio, sufrirán las consecuencias.
A medida que aumenta el número de familias defectuosas, sus frustraciones irán afectando cada vez más nuestras escuelas y vecindarios, los que en la actualidad presentan ya una triste escena.
Los pueblos en que el idealismo tradicional va siendo reemplazado por el cinismo de moda no habrán de recibir las bendiciones de los cielos y perderán valor aun a los ojos de sus ciudadanos.
En medio de tal confusión de fórmulas sugeridas por «tantos géneros de voces» (1 Corintios 14:10; Juan 10:27), existe una alternativa que libera y redime. Es la de conocer quien es Jesucristo, como existió y por qué sacrificó Su vida. Porque, con Sus mandamientos, Él nos ha comunicado un concepto definido acerca de la familia.
Por lo tanto, al caer la tarde de este día de la Pascua, es oportuno que meditemos acerca de la Expiación de Jesús, imaginándolo allá inclinado y resignado, en Getsemaní. Su cuerpo doblado y sangrante transformo la mecánica gramatical de la muerte. Hasta el momento de Getsemaní y del Calvario, la muerte era un rígido signo de exclamación; después, la muerte se dobló también para transformarse en una simple coma, una pausa.
Alabado sea Jesús por haber cargado sobre Si los pecados y aflicciones de toda «la familia de Adán» (2 Nefi 9:21; 2:20). Procuremos ahora «velar especialmente por [nuestra] familia», tal como Jesús lo hizo por la Suya, «si, la familia de toda la tierra» (2 Nefi 2:20). En el nombre de Jesucristo. Amen.
























