Conferencia General Abril 1972
Paz

por el élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia.
En esa habitación superior en Jerusalén, donde se efectuó la última cena, Jesús les impartió a sus discípulos importantes instrucciones; entre muchas de las cosas que les enseñó, dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27).
Y más tarde les dijo: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).
En la actualidad, la palabra paz es un término muy usado, lo oímos en todas partes, lo vemos en cada diario y revista; los hombres están realmente buscando la paz por toda la tierra. La consideramos como una forma moderna de salutación, pero es tan antigua como la humanidad.
Los habitantes de las tierras bíblicas siempre se han saludado mutuamente diciendo «Paz sea con vosotros» o «La paz esté con vosotros.» Sin embargo, bajo una sucesión de gobernantes, esa pequeña sección de la tierra siempre ha estado destruida por las guerras así como por el cautiverio y la esclavitud de la gente. Durante el tiempo de Cristo, se encontraban bajo el gobierno del Imperio Romano.
Naturalmente, los judíos esperaban un «Redentor» y un «Salvador» y pensaban que él los sacaría del cautiverio. Isaías escribió:
«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» (Isaías 9:6).
La paz no llegó a esta tierra llamada la Tierra Santa. Incluso en la actualidad los viejos armatostes y máquinas de guerra yacen enmohecidos a ambos lados de los caminos, y los soldados mantienen una vigilancia continua a lo largo de las fronteras. Ni la paz ha llegado tampoco al resto del mundo. No obstante, en el Sermón del Monte, Cristo enseñó la paz. Dijo: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9).
Dirigiéndose a sus discípulos, Jesús dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27).
¿A qué clase de paz se refería Cristo? Creo que sus propios hechos explican lo que quiso decir.
Juan escribió que después de la Ultima Cena, y de haber terminado de darles instrucciones a sus apóstoles:
«Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos.
«Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces se había reunido allí con sus discípulos.
«Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas.
«Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis?
«Le respondieron: A Jesús Nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba.
«Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra.
«Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús Nazareno.
«Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (Juan 18:1-8).
¿Podéis igualar esa exhibición de tranquilidad y de paz? Aquí vienen para tomar a un hombre que quieren matar, y lo único que dice es: «Aquí estoy, llevadme, pero dejad ir a mis amigos.»
Luego, al estar frente a Pilato, bajo la presión de un riguroso interrogatorio, éste no pudo despertar la ira de Jesús. En una paz perfecta, respondió a sus preguntas y Pilato no encontró ninguna falta en El.
Después de su crucifixión y resurrección, su primer mensaje a sus discípulos fue: «Paz a vosotros» (Juan 20:21). ¿Cómo es que no hemos descubierto el secreto de la paz cuando lo hemos estado buscando a través de las edades? Os lo diré; estamos esperando que alguien lo encuentre, que alguien nos lo traiga. Edna St. Vincent Millay, dijo: «No hay paz en la tierra hoy día, salvo la paz en el corazón del hogar, con Dios . . . ningún hombre que no esté en paz consigo mismo, puede estar en paz con su vecino . . .» (Conversations at Midnight, Collected Poems, Harper & Row).
¿Habéis experimentado esa paz en vuestro interior porque le ayudasteis a vuestro vecino a cuidar el césped? ¿Habéis sentido esa paz al haber ayudado a vuestro prójimo a recoger la fruta o levantar la cosecha? ¿Habéis sentido esa paz al haberle ayudado a alguien a resolver un problema y tener una nueva oportunidad en la vida? ¿Acaso habéis hecho hoy «a alguno favor o bien»? ¿Tuvisteis alguna vez una conciencia intranquila? ¿Sabéis la inquietud y tumulto que esto le puede causar a vuestra alma? Le puede provocar una enfermedad mental, e incluso física. ¿Conocéis el bendecido alivio de rectificar lo que causaba ese sentimiento? Quizás haya sido una palabra áspera, un acto desconsiderado o quizás algo más serio. A menos que hayáis puesto en orden cualquier cosa que os cause una conciencia intranquila, no podéis esperar tenerla tranquila.
¿Tenéis, en este momento, sentimientos poco amables en vuestro corazón hacia un amigo, vecino o cualquiera de los hijos de Dios? Tratad de hacer algo extra especial para esa persona, y mantenerlo así hasta que toda la amargura desaparezca de vuestro corazón.
¿Habéis enseñado una clase de la Escuela Dominical, y habéis experimentado al concluir que realmente habíais enseñado algún principio del evangelio que verdaderamente ayudara o que habíais presentado una mejor perspectiva de la vida? ¿Recordáis el sentimiento de paz y felicidad que siguió a este acontecimiento? ¿Le habéis enseñado alguna vez a alguien el evangelio y recibido ese sentimiento de gozo porque aceptó lo que estuvisteis enseñándole? ¡La emoción de la obra misional!
¿Habéis sentido la emoción, la paz dentro de vuestra alma, que traen el conocimiento del evangelio de Jesucristo y el hecho de aceptarlo y vivir de acuerdo con sus enseñanzas? ¿Habéis sentido la paz que se recibe al hacer la obra vicaria por los muertos en el templo? Por tanto, la clave para la paz es el servicio. Cristo dijo: «El que es mayor de vosotros, sea vuestro siervo» (Mateo 23:11).
¿Os habéis dado cuenta de que todo el uso del sacerdocio es servicio en favor de otra persona? ¿No habéis experimentado siempre un buen sentimiento de paz interior al haber cumplido con vuestro deber del sacerdocio? Entonces, la paz, proviene del servicio.
El Señor ha dicho: «Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).
¿No es esto el máximum del servicio? Por lo tanto, para llegar a ser como Dios es, debemos eliminar la enemistad, la codicia y el egoísmo, y todos nuestros esfuerzos deben ser en servicio de los demás. El Señor dijo: «. . . el que hiciere obras justas recibirá su galardón, aun la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero» (Doc. y Con, 59:23).
José Smith fue un ejemplo de la paz máxima en medio de las tribulaciones. A pesar de que había sido arrestado y absuelto 37 veces, sabía que esa vez no volvería. En el camino de Nauvoo a Carthage, José Smith dijo:
«Voy como un cordero al matadero; pero me siento tan tranquilo como una mañana veraniega; mi conciencia se halla libre de ofensas contra Dios y contra todo hombre. Moriré inocente, y todavía se dirá de mí—fue asesinado a sangre fría» (Doc. y Con. 735:4).
Luego en Carthage, José le escribió a su esposa, Emma, lo siguiente: «Estoy bien resignado a mi suerte, sabiendo que hay justificación para mí, y que he hecho lo mejor que se ha podido. Haz presente mi cariño a mis niños . . . y a todos los que pregunten por mí . . . Dios os bendiga a todos» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 489).
Isaías dice: «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre» (Isaías 32:17), la seguridad de saber que estamos viviendo de acuerdo con la voluntad de Dios.
En una reciente gira por la Tierra Santa, nuestro guía, un árabe miembro de la Iglesia Griega Ortodoxa, que se llama Sari Rabadi, nos enseñó una pequeña canción árabe: «Havano, shalo, malechem,» que traducido significa: «Os traemos paz.»
Sí, Sari, os decimos a ti y a todo el mundo, os traemos paz. Os traemos la paz del evangelio, esa paz a la que Cristo se refirió cuando dijo: «. . . mi paz os dejo; yo no os la doy como el mundo la da . . .» (Juan 14:27).
Si cada persona tuviera paz dentro de su alma, entonces ésta reinaría en la familia. Si hubiese paz en cada familia, entonces la habría en la nación; si hubiera paz en las naciones, habría paz en el mundo.
Cuando el Salvador venga de nuevo, y vendrá, traerá la paz únicamente si aceptamos y seguimos sus enseñanzas de servicio para otros y eliminamos la enemistad e injusticia.
Ese ángel que Juan vio «volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra» (Apocalipsis 14:6) ya ha venido. El evangelio de Jesucristo ha sido establecido en la tierra, para nunca más ser quitado de ella.
Su reino ya se encuentra aquí sobre la tierra y está creciendo rápidamente para prepararse para su venida. Sí, El vendrá con seguridad y traerá paz a la tierra, pero únicamente si estamos dispuestos a seguir sus enseñanzas. Esta es su obra y su reino, el cual es el único camino hacia la paz en el mundo y la paz eterna. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
























