Conferencia General Abril 1971
El hombre no
puede perseverar con luz prestada

por el élder Henry D. Taylor
Ayudante del Consejo de los Doce
Cada persona debe adquirir un conocimiento personal de la verdad y ser guiada por la luz que lleve dentro de sí.
Al visitar las estacas de la Iglesia y observar vuestro fiel y devoto servicio, uno se siente impresionado por vuestra diligente voluntad para servir al Señor y ayudar a vuestro prójimo.
Este deseo de servir está basado en una firme convicción de que la obra en la que estáis embarcados es verdaderamente la obra del Señor, Esta convicción se llama testimonio, una fuerza impulsora que resulta en hechos rectos y acciones positivas. Al observar este dedicado servicio, uno se da cuenta de que la fortaleza de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días yace en los testimonios de sus miembros.
Todo miembro de la Iglesia tiene el derecho de saber que Dios, nuestro Padre Celestial, vive; que no está muerto. También tiene el derecho de saber que nuestro hermano mayor, Jesucristo, es el Salvador y Redentor del mundo, que El ha abierto la puerta a fin de que nosotros, medíante nuestras acciones individuales, podamos recibir salvación y exaltación, y morar nuevamente en la presencia de nuestro Padre Celestial. Debemos buscar diligentemente esta seguridad y testimonio. En 1856, Heber C. Kimball, consejero del presidente Brigham Young, amonestó a los Santos de que les sobrevendrían muchas tribulaciones para probar su fe; que llegaría el tiempo en que ningún hombre o mujer podría perseverar con luz prestada. Cada uno debía adquirir un conocimiento personal de la verdad y ser guiado por la luz que llevara dentro de sí.
El presidente McKay aseguró a un grupo de jóvenes que ellos podrían obtener un conocimiento de la verdad y un testimonio del evangelio si durante su juventud aprendían una gran lección: «Que la pureza de corazón, y un corazón sincero que busca la inspiración del Salvador diariamente, llevará a un testimonio de la verdad del evangelio de Cristo . . .» Este consejo indica que los testimonios se pueden obtener por medio de una vida limpia y la oración.
José Smith, pese a que era solamente un joven, tuvo fe y oró a nuestro Padre Celestial para recibir respuesta a un problema que era de suma importancia para él. Fue bendecido con una visitación personal de nuestro Padre Celestial y el Señor Jesucristo.
Saulo de Tarso, que fue un perseguidor de los discípulos de Jesús, llegó a ser Pablo, el Apóstol, defensor de Cristo, después de una dramática experiencia que tuvo en el camino a Damasco. Apareció una luz en los cielos y oyó una voz que decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Y le respondió diciendo: «¿Quién eres, Señor?» Y el Señor dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hechos 9:3-5).
Estos dos incidentes fueron manifestaciones sobresalientes, pero las impresiones hechas por el Espíritu Santo pueden ser igualmente profundas y duraderas. El presidente José Fielding Smith ha dicho: «Por tanto, las visiones, ni aun del Salvador, no dejan en la mente una impresión tan profunda como el testimonio del Espíritu Santo al espíritu . . . Las impresiones en el alma que provienen del Espíritu Santo son mucho más significativas que una visión. Es donde el espíritu le habla al espíritu, y la huella que queda en el alma es mucho más difícil de borrar» (Seek Ye Earnestly, páginas 213-14).
Esta verdad está aún reforzada por las experiencias de los tres testigos del Libro de Mormón. Cada uno de los tres: Oliverio Cowdery, David Whitmer y Martín Harris vio y tuvo entre sus manos las planchas de oro, de las cuales se tradujo el Libro de Mormón, y oyó la voz del Señor declarar que el registro era verídico. No obstante, más tarde, todos ellos sintiéndose disgustados y estando en desacuerdo con los líderes, cayeron en la incredulidad y la apostasía. Pero la huella del Espíritu había sido tan indeleble que ninguno de ellos jamás negó su testimonio, el cual está todavía impreso en cada copia del Libro de Mormón. El testimonio del silbo dulce y apacible que se comunica con lo más íntimo de nuestro ser, es de más valor que las señales o manifestaciones visibles.
Siendo un joven que vivía en Kirtland, Ohio, Lorenzo Snow, quinto Presidente de la Iglesia, fue convertido y bautizado en 1836. Diligente y concienzudamente comparó las enseñanzas de los misioneros con las del Salvador. Convenciéndose de la veracidad del evangelio, buscó el bautismo por inmersión.
Después de ser confirmado, constantemente manifestó una seguridad de que había recibido el Espíritu Santo. Dos o tres semanas después de su bautismo, consideró que todavía no había recibido un testimonio de la verdad; sintiéndose inquieto y dejando sus libros a un lado, salió de la casa y empezó a caminar por entre los campos. Un espíritu tenebroso y una nube de obscuridad indescriptible parecieron envolverlo. Era su costumbre al final del día retirarse a una arboleda cercana donde se ponía a orar, pero esa noche no tenía ningún deseo de hacerlo; el espíritu de oración se había alejado y los cielos sobre su cabeza parecían de acero. Pero resuelto a no dejar pasar esa acostumbrada práctica, buscó su lugar de costumbre y se arrodilló en solemne oración.
«Acababa de abrir mis labios en un esfuerzo para orar,» dijo el presidente Snow, «cuando oí un ruido, precisamente arriba de mi cabeza, como el roce de túnicas de seda, e inmediatamente el Espíritu de Dios descendió sobre mí, envolviendo completamente mi persona, llenando mi ser, desde la cabeza hasta las plantas de los píes y, oh, ¡qué gran gozo y felicidad sentí! Ningún idioma puede describir la transición casi instantánea de una densa nube de obscuridad mental y espiritual a una refulgencia de luz y conocimiento . . . Entonces recibí un conocimiento perfecto de que Dios vive, de que Jesucristo es el Hijo de Dios, y de la restauración del Santo Sacerdocio y la plenitud del evangelio.
Fue un bautismo completo; una inmersión tangible en el principio o elemento celestial, el Espíritu Santo; y aún más real y físico en sus efectos sobre cada parte de mi sistema que la inmersión en el agua» (Eliza R. Snow, Biography and Family Record of Lorenzo Snow, pág. 8).
De esta manera recibió el hermano Snow una consoladora seguridad cuando el Espíritu del Señor descendió sobre él, y el Espíritu Santo lo bendijo con un testimonio que permaneció con él hasta el fin de su existencia terrenal.
Un testimonio es un don de Dios de valor incalculable; pero a pesar de que una persona pueda recibir un testimonio por medio del Espíritu Santo, no es garantía de que dicho testimonio permanecerá firme, a menos que la persona ejerza un constante esfuerzo para mantener vivo ese testimonio. Los testimonios pueden perderse por descuido, indiferencia y/o negligencia.
Los testimonios deben alimentarse y nutrirse. El presidente Lee sabiamente aconsejó: «Si no estamos leyendo las escrituras diariamente, nuestros testimonios se están debilitando, nuestra espiritualidad no está profundizándose» (Seminario para los Representantes Regionales de los Doce, 12 de diciembre de 1970).
Mientras enseñaba en el templo, los maestros judíos le preguntaron al Salvador de dónde provenía su doctrina, la cual les parecía sorprendente. ¿De dónde provenía su sabiduría? le preguntaron. Jesús respondió, diciendo: «. . . mi doctrina no es mía sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:16-17).
La respuesta del Señor fue directa y se aplica a nosotros en la actualidad, así como a la gente con la que estaba hablando. Si hacemos su voluntad y cumplimos sus mandamientos, el Espíritu Santo nos manifestará la verdad; es así de sencillo. Que ésta sea nuestra suerte, lo ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
























