El deber de la Iglesia

Conferencia General Abril 1960

El deber de la Iglesia

David O. McKay

por el presidente David O. McKay

Por parte de la Primera Presidencia, los miembros del Consejo de los Doce Apóstoles y todas las Autoridades Generales de la Iglesia, os doy la bien­venida con todo el corazón, a vosotros que os halláis en este Tabernáculo y el Salón de Asambleas, así como a los que os halláis afuera y los que nos escucháis por radio y televisión. Bienvenidos a esta primera sesión de la 130a. Conferencia General de la Iglesia. Ruego que la súplica proferida en la primera oración se con­ceda, y que el Espíritu, del Señor esté con aquellos que hablen en esta sesión, y en las demás de la conferen­cia, y que inspire a los que escuchan, a fin de que efectivamente sea un ennoblecimiento de nuestros es­píritus, una fiesta espiritual.

“El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3).

“Vivimos en tiempos peligrosos.” Así decían cuan­do yo era joven. Fue lo que la gente pensó y dijo en los días de los apóstoles, después de la muerte y resu­rrección de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Así pensó y dijo la gente tres mil años antes que el Sal­vador viniera a la tierra, sí podemos aceptar los escritos tomados de una tablilla asiria fechada 2,800 años antes de Cristo.

Hayden hace una amonestación parecida: “Hoy, quizá como pocas veces en tiempos pasados, la desinte­gración amenaza a la sociedad humana y tal vez un caos completo. Todas las maldades antiguas de rela­ciones humanas, injusticia, egoísmo y abuso de la fuerza, se tornan siniestras y terribles cuando son refor­zadas por el tremendo aumento de potencia material. El alma del hombre se encoge acobardada, hambrienta y temerosa en medio de una civilización que ha llegado a ser demasiado compleja para que la mente pueda entenderla o gobernarla. El gozo y la belleza desapa­recen de la vida humana. Sin embargo, la vida abun­dante, bella y alegre, ha sido el propósito de nuestro afán por todos los siglos. ¿Que otro valor concebible hay en el dominio del mundo material, la explotación de los recursos de la naturaleza y la producción de las riquezas, sino servir de base para libertar la vida del espíritu? Estamos presenciando el desmoronamiento de la civilización bajo el peso de su propio mecanismo material, o el nacimiento de una organización nueva con un ideal espiritual.”

Los diarios dan amplia evidencia de que parece haber una desconfianza general hacia nuestros jóvenes. La mayoría de ellos desean saber qué es lo correcto. Yo tengo confianza en nuestros jóvenes. Es nuestro deber darles un ejemplo debido. La mayor parte de ellos en la actualidad lo seguirán, a pesar de vivir en una edad llena de misterios y descubrimientos jamás conocidos anteriormente en el mundo. El dominio del hombre se extiende sobre la tierra, el mar y el aire, y ahora tiene la intención de conquistar el espacio.

Hace pocos días Estados Unidos colocó un nuevo satélite entre los planetas, Pionero V, una esfera de cuarenta y tres kilos de peso y un diámetro que solamente mide sesenta y cinco centímetros. Es el primer viajero interplanetario que hablará desde le­jos y por largo tiempo. “Si todo marcha de acuerdo, con los planes, los científicos recibirán noticias de Pionero V, constantemente durante los próximos cinco meses, entonces esporádicamente por muchos años, al acercarse su órbita a la tierra.”

¡Qué sublime vista de los cielos estrellados! Aun­que esto aumenta nuestra admiración por la ingeniosi­dad del hombre, no debería sorprender a los miembros de la Iglesia que han estado cantando por muchos; años el himno del hermano W. W. Phelps:

Si tú al Astro Sirio,
Pudieras hoy volar
Cual vuelan pensamientos
Y siempre continuar,
¿Crees que jamás pudieras,
En la eternidad,
Hallar el gran origen
De Dios en la entidad?
“¿O ver el gran principio,
Do nada existió?
¿O de la creación postrera
De Dios, el término?
La voz de Dios susurra:
Jamás el hombre vió
Los límites postreros,
Do nada existió.
“No tienen fin las obras
De Dios, y mundos son
Creados y progresan
Y nunca cesarán.”

Cuanto más aprende un hombre de lo Infinito, tanto más debía convencerse de la posibilidad de ele­varse sobre una existencia meramente animal.

Wernher Von Braun, quien dirige el Departa­mento del Desarrollo de Operaciones de la Agencia de Proyectiles Balísticos correspondiente al ejército norte­americano, un hombre que ha dedicado su vida a la conquista del espacio, explicó sencilla y claramente en un artículo reciente, lo que el espacio repre­senta para nuestro futuro, y entonces concluye di­ciendo: “No se hace necesario temer que los futuros exploradores del espacio pierdan su humildad en sus viajes por los cielos. Estos los rodearán para recordarles eternamente que hay una fuerza mayor que el impulso de sus naves cohetes, un espíritu más grande que la fría lógica de sus calculadores, una fuerza que sobre­puja la de su propia nación.”

Sí, vivimos en un mundo interesante. También hay otro aspecto. Nos es dicho que cada año les es inculcado a ciento veinte mil jóvenes de Asia y África la falsa ideología del comunismo: ¡ciento veinte mil de ellos! Actualmente se hallan cuatrocientos mil diestros misioneros comunistas en el Sur de Asia y África di­ciendo a las masas hambrientas: “Estamos aquí, para libertaros. En Rusia y China hemos hallado la manera de hacerlo: liquídense las clases ricas; quíteseles lo que tienen; la tierra y la maquinaria serán propiedad del gobierno. Entonces todos tendrán lo suficiente y nadie oprimirá al pobre.” El comunismo es una fasci­nación tremenda para los pueblos analfabetos, ham­brientos, desesperados de Asia y África.

Me interesó mucho, quizá como a algunos de vos­otros, un artículo que se publicó recientemente en el diario acerca de Adeshir Zahedi, nuevo Embajador del Irán cerca de los Estados Unidos, el cual por cinco años, entre 1945 y 1950 estuvo estudiando en la Uni­versidad del Estado de Utah en Logan, para obtener su título. Atribuyó en gran parte al Dr. Franldin S. Harris, en otro tiempo presidente del Colegio de Agri­cultura (hoy Universidad del Estado de Utah) y uno de los fundadores del Proyecto Cuatro en Irán, el éxito logrado en mejorar los vínculos entre los Estados Uni­dos e Irán. El señor Zahedi conserva buenos recuerdos de Utah y sus habitantes, según los informes recibidos del corresponsal del Deseret News en Wáshington.

Pensé al leer la noticia, cuán importante es que los miembros de la Iglesia, particularmente aquellos que son enviados a estas varias misiones, sigan el ejemplo de nuestra fuente única de paz, a saber, el Señor y Salvador Jesucristo. Cuán importante es enseñar a estos pueblos a sostenerse a sí mismos, pero al mismo tiempo indicarles que hay una fuerza más alta que ellos; más elevada y mayor que el hombre; que sobre­puja todo el universo, es decir, que Dios es el Creador de todo.

El deber de la Iglesia es enseñar y llevar a la práctica los principios fundamentales de la vida buena. La obediencia al evangelio de Jesucristo, pese a las condiciones económicas o físicas, traerá la paz al alma. Cuando Nicodemo fué a visitar a Jesús, hará aproximadamente dos mil años, se entabló una conversación notable en la cual indudablemente hablaron de la sal­vación eterna, el desarrollo verdadero del hombre. Las Escrituras dan a entender que el objeto de ser miembro del reino de Dios es para impulsar la vida espiritual y lograr propósitos morales y caritativos.

“El que no naciere otra vez—declaró Jesús—no puede ver el reino de Dios.” Le explicó a Nicodemo que antes de poder resolver la pregunta que inquietaba su mente, tendría que efectuarse un cambió en su visión espiritual mediante una revolución completa de su “hombre interior”. Su manera de pensar, sentir y obrar, con referencia a las cosas espirituales, tendría que sufrir un cambio fundamental y permanente.

Es fácil ver las cosas temporales; es fácil ceder a las cosas lascivas. Ningún esfuerzo se requiere para participar de lo que es físico y de naturaleza animal. Pero salir de ese mundo y nacer en un ambiente espi­ritual es un paso hacia adelante que el Señor requiere de cada uno de nosotros.

Se da a entender en las Escrituras que el objeto de ser miembros del reino de Dios es para impulsar la vida espiritual, vuelvo a repetir, y lograr propósitos morales y caritativos. En otras palabras, para el desa­rrollo del sentido religioso, del espíritu verdaderamente religioso.

Esto se puede hacer de dos maneras: Primera, bus­cando la verdad y viviendo de acuerdo con lo que enseña; y, segunda, resistiendo toda influencia, toda fuerza que tienda a destruir o reducir en cualquier manera el espíritu religioso. Cuando se encontraba al lado del agua, había en el que estaba para bauti­zarse, antes de ser sepultado con Cristo por medio del bautismo, una fe implícita de que la Iglesia de Jesu­cristo se hallaba establecida sobre la tierra y que esta organización es la mejor del mundo en la actualidad para fomentar la vida espiritual, lograr el desarrollo verdaderamente religioso y la salvación del alma.

Repito que había en él esta fe implícita; y por causa de ello, hubo un arrepentimiento verdadero y con ese arrepentimiento, un deseo de abandonar todo lo que de su vida pasada fuera contrario a las enseñanzas del evangelio o la Iglesia. Verdaderamente estaba arre­pentido de su vida anterior y de los pecados, si los había, consiguientes a esa manera de vivir. Esperaba el momento de nacer otra vez en el reino de Dios. Estaba a punto de recibir la ordenanza del bautismo, símbolo de la sepultura de su vida vieja, y con ella to­das las imperfecciones, flaquezas, maldades, pecados que acompañaban esa manera de vivir. Iba a ser sepul­tado por medio del bautismo, para que así como Cristo resucitó de los muertos por el poder y la gloria del Padre, también él pudiese salir a novedad de vida, miembro de la Iglesia de Dios, hijo de nuestro Padre Celestial, ciudadano del reino de Cristo. Mediante el bautismo nació de nuevo y se hizo recipiente apto del Espíritu Santo. Salió su cuerpo a una vida nueva, se le confirió el Espíritu Santo y fué confirmado miembro de la Iglesia de Cristo.

En igual situación nos hallamos todos en un tiem­po. Esos fueron nuestros sentimientos, nuestra fe, nuestra esperanza. Ese día quedamos perdonados de nuestras maldades e imprudencias anteriores. Se des­plegó ante nosotros la misión entera, la vida, por decirlo así, del desarrollo del alma; y nos fué conferida la luz que emana del Padre para que nos guiara a fin de que nuestros pies no tropezaran; para que las ver­dades del evangelio se grabaran en nuestros corazones, esas verdades que nos darán conocimiento, con el fin de que nuestras almas se salven en la inteligencia. El Espíritu Santo nos hará recordar todas las cosas, nos mostrará las cosas que están por venir, nos dará un testimonio del Padre; y al grado que busquemos esa luz y vivamos de acuerdo con los deberes que esa obligación nos impone, estaremos buscando el desa­rrollo verdaderamente religioso, estaremos fomentando el crecimiento verdaderamente religioso.

Pero, ¿cuál es el otro elemento que debemos con­siderar? Junto con esta nueva vida, con esta búsqueda de la verdad, ha de haber una fuerza potente para resistir. Aunque hayamos nacido otra vez y merecido nueva vida, nuevo vigor, nuevas bendiciones, sin em­bargo permanecen con nosotros las debilidades viejas. El maligno está anheloso y listo para lanzar el ata­que y embestir nuestro sitio más débil, y lo ha estado combatiendo desde ese día. ¿Por qué? A fin de derrotar el propósito mismo para el cual entramos en la Iglesia de Cristo.

De manera de que nuestra misión consiste en resistir lo malo así como en buscar lo que es noble.

Nuestro Salvador es nuestro Ejemplo Divino. Des­pués de someterse a la ordenanza del bautismo para “cumplir con toda justicia”, después de haber recibido el encomio de su Padre y el testimonio de lo alto, de que Él era el Hijo de Dios, el “Hijo Amado” en quien el Padre tenía contentamiento, se presentó Satanás, apercibido para frustrar su misión. Jesús se retiró para ayunar y orar, a fin de prepararse para la gran misión que reposaba sobre El, y en su momento de mayor debilidad, según creía Satanás, cuando su cuerpo se hallaba débil y agotado por su largo ayuno, el maligno se presentó en la tentación. ¿Cuál, fué la tentación? La incitación de su debilidad física: “Si eres Hijo de Dios—reparemos cómo se impugnaba el testimonio que había recibido en el Jordán: “Este es mi. Hijo Amado”— si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan.” En ese momento de debilidad y hambre, esta tentación sería la más potente, en igualdad de circuns­tancias, Hubo un momento de resistencia por parte de Jesús. En la oración y el ayuno se había manifestado lo que buscaba. Su resistencia vino en el momento de debilidad corporal. Aunque el cuerpo estaba débil, el espíritu era fuerte, y Cristo respondió: “Escrito está: no con sólo pan vivirá el hombre, más con toda pala­bra que sale de la boca de Dios.”

Recordaréis que entonces Satanás lo puso a prueba con otra cosa. Habiendo fracasado, el Tentador lo incitó en un tercer asunto. Lo tentó, primero, con relación a su amor por la comodidad física; segundo, con relación a la vanidad y tercero, con relación a las riquezas terrenales y poder dominar el mundo. Digo que “lo tentó”, pero Cristo era más fuerte que la tenta­ción. Satanás trató de tentarlo; más Cristo resistió todas esas tentaciones; y la resistencia final fué: “Vete, Satanás, que escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”.

Quizá no oímos con nuestros oídos, a la orilla del agua, las palabras: “Este es mi Hijo Amado, en el cual tengo contentamiento”; pero el Espíritu dió testi­monio a nuestras almas de que Dios tenía contenta­miento con el hecho y se complacería en ayudarnos al grado que buscásemos su orientación por medio del ayuno y la oración. Quizá no hayamos oído con nues­tros oídos: “Si eres miembro de la Iglesia, y miembro de su reino, con el derecho de recibir el Espíritu Santo, haz esto o aquello.” Tal vez nuestra tentación no vino en esa manera. Pudo haber venido a guisa de uno de nuestros deseos anteriores. Pudo haber sido (y no dudo que fué) a modo de alguna tentación cor­poral, algún apetito. Pudo haber sido el deseo del cigarrillo, el cual nos resolvimos—si fuimos sinceros—a descartar, cuando entramos en las aguas del bautismo. Cuando viene ese deseo, después de hacernos miembros de la Iglesia o reino, ¿quién es el que dice: “Aunque pretendiste descartarlo, hazlo una vez más; ningún perjuicio vendrá por hacerlo sólo esta vez.”? ¡Allí es donde se necesita el momento de resistencia! ¿Cuántos de nosotros nos abstuvimos, como lo hizo Cristo, nues­tro ejemplo, y dijimos: “Retírate de aquí”?

Este elemento de resistencia en lo que concierne a nuestros apetitos corporales, la satisfacción de las pasiones, se aplica a todo miembro de la Iglesia de Cristo. En una forma u otra el maligno nos comba­tirá. En alguna manera él quiere debilitarnos. En alguna forma traerá ante nosotros aquello que debili­tará nuestras almas y tenderá a frustrar el desarrollo verdadero del espíritu religioso. Lo que quiero decir con esto es el desarrollo del espíritu que tenemos aden­tro, el fortalecimiento del hombre interior, la vigorización y crecimiento del espíritu que el tiempo no puede matar, antes es tan perdurable y eterno como el Padre Eterno de ese espíritu. Las cosas que tienden a marchitar ese espíritu o impedir su crecimiento son las que se amonesta a los miembros de la Iglesia resistir.

Tenemos en la Sección 89 de Doctrinas y Convenios la palabra del Señor sobre algunas cosas pequeñas— “pequeñas” en la estimación de muchos, y particular­mente los hombres del mundo—las cuales pedimos que los miembros de la Iglesia observen. Es una ley tem­poral, y se relaciona con nuestro bienestar espiritual así como físico. Esperó que tengamos la fuerza para resistir todas las tentaciones que vienen con las rique­zas y la posición terrenal cuando llegan a ser un fin en sí mismas. Hoy solamente tenemos tiempo suficiente para considerar estas pocas cosas pequeñas con las que Satanás nos tienta, en lo que respecta a nuestro cuerpo.

Recordaréis que en esa Sección dice:

He aquí, de cierto así os dice el Señor: Por motivo de las maldades y los designios que existen y que existirán en los corazones de hombres conspiradores en los últimos días, os be amonestado y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación: que si entre vosotros hay quien beba vino o bebidas alcohólicas, be aquí, no es bueno ni propio a la vista de vuestro Padre, sino cuando os juntáis para ofrecerle vuestros sacramentos…

Y además, los licores. . . el tabaco. . . las bebidas calientes no son para el cuerpo.

Estas cosas que se mencionan aquí: bebidas alco­hólicas, tabaco, bebidas calientes (el (té y el café), son algunas de las cosas temporales que deben resistir aquellos miembros de la Iglesia que desean seguir el concepto religioso de esta Iglesia.

Todo joven, al salir de las aguas del bautismo, debe saber que una parte de sus deberes consiste en resistir el cigarrillo, no importa en qué lugar esté. Toda persona joven de la Iglesia debe saber, al salir de las aguas bautismales, que debe resistir las bebidas intoxicantes cuando se ofrecen en las reuniones so­ciales. Todo joven miembro de esta Iglesia debe saber que no ha de usarse el tabaco en ninguna forma. Él o ella debe resistir todos estos hábitos, no sólo por la bendición que nuestro Padre ha prometido, sino por la fuerza que de esta manera se adquiere para resistir tentaciones mayores.

Una palabra más concerniente a esta “resistencia” en circunstancias que parecen difíciles. El joven que se abstiene dé los cigarrillos o licor en casa, y para el cual es fácil hacerlo allí, podrá ceder a la tentación cuando se encuentra con sus amigos o en alguna fiesta social. Cuando los otros participen de estas cosas, puede ser que carezca de la fuerza para resistir la tentación. Ese es el momento preciso en que debe efectuarse e impulsarse el verdadero crecimiento del alma. Ese es el momento, en la hora de la mayor tentación, cuando la resistencia más fuerte logra el mayor beneficio. No es dentro del círculo familiar, donde la influencia de su padre y madre le ayuda a rechazar estas cosas. En este respecto, se espera que todos los padres y las madres den un buen ejemplo. Espero que los padres no pongan malos ejemplos, para que los hijos que cedan a estas debilidades no puedan decir: “Estoy haciendo lo mismo que tú”

Hasta donde sea posible, domínense los padres y madres en todas estas cosas, ¡Venced vuestros apetitos! Qué importa que sintáis deseos de satisfacerlos. Cuanto mayor el deseo, tanto más fuerte debe ser vuestra re­sistencia, y tanto mayor será el desarrollo de vuestra alma. ¿Qué aprovecha el que resistamos algo que no deseamos o apetecemos? El hombre que crece porque resiste es el que resiste lo que desea; es el que dice, con la fuerza del evangelio: “¡Cesaré de hacerlo; lo resistiré!”

Dios conceda que mientras nos esforcemos por ensanchar el establecimiento del reino de Dios, instru­yamos a nuestros jóvenes y a los miembros de la Iglesia en todas partes, a resistir las tentaciones que debilitan el cuerpo, que destruyen el alma, a fin de que verda­deramente nos hallemos arrepentidos como cuando entramos en las aguas del bautismo, para que así podamos nacer de nuevo en todo el sentido de la palabra; para que nuestras almas se bañen en la luz: del Espíritu Santo y continuemos siendo miembros verdaderos de la Iglesia de Cristo hasta que se haya cumplido nuestra misión en la tierra y Dios nos reciba y recompense de acuerdo con nuestros méritos.

Sea esta nuestra parte, yo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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