Entrad por la puerta estrecha

“Entrad por la puerta estrecha”

J. Reuben Clark, Jr.por J. Rubén Clark Jr.
de la primera presidencia
Conferencia general 130ª  1960

Mis hermanos y hermanas, estoy agradecido por hallarme con vosotros, aun cuando es difícil tratar de hablaros. Doy las gracias al Señor por las bendiciones que me ha concedido durante los meses pasados y los más recientes, aun hasta el día de hoy. Os doy las gracias, como lo expresé a los miembros del sacerdocio anoche, por vuestra fe y oraciones que me han habilitado para estar con vosotros hoy. Espero que tengáis la bondad de orar conmigo para que las cosas que yo diga puedan ser de algún beneficio para todos nosotros.

Al estar pensando en lo que podría decir o tratar de decir, mis pensamientos evocan lo que los anti­guos jactanciosamente expresaban: “Todos los caminos conducen a Roma.” Y he pensado—y quisiera añadir que reitero todo lo que se ha dicho hasta este punto sobre la época en que vivimos y sus tendencias—he pensado en la importancia qué ha alcanzado entre nosotros la idea fundamental comprendida en el afo­rismo anterior.

No sé si estamos al principio, en medio o cerca del fin de una época en que veremos lo que los historia­dores de lo futuro podrían llamar una revolución. Y quisiera añadir—y esto se aplica frecuentemente a todos nosotros en cuanto a principio—que nosotros los de la actualidad hacemos la historia y nuestros sucesores le­janos la; escriben; y en esta historia ellos perciben cosas que nosotros en la actualidad no vemos. Y temo, mien­tras yo he hablado y oído a otros hablar, que puede haber un sentir, y por cierto, sé que lo hay entre algunos, de que poco importa a cuál iglesia pertenezca­mos o qué credo tengamos, y que no tiene mucha importancia. dentro de límites muy amplios, lo que hagamos: Parece que hasta cierto punto nos hallamos ante un concepto nacional, de hecho, mundial, que quiere hacernos creer que todo esto tiene poca impor­tancia, porque al fin y al cabo todos iremos al cielo, pese a lo que hagamos, lo que pensemos, lo que crea­mos, la fe que tengamos.

Esto me parece un grave error, y con respecto a esta idea, hallé unos pasajes en las Escrituras sobre los cuales he pensado hablar un poco. Son del Sermón del Monte, y el Salvador los repitió cuando apareció en este continente después de su resurrección. Las palabras son casi idénticas. Recordaréis que al venir a este continente, dijo que venía para enseñarles las cosas que había enseñado en Palestina. Estas fueron sus palabras:

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a perdición, y muchos son los que entran por ella.

Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la hallan. (Mateo 7:13, 14; 3 Nefi 14:13, 14)

AI leer esto, me acordé del sueño de Lehí en el Libro de Mormón, en los primeros días de su vida migratoria, donde se hace referencia en la última parte de su narración, de que eran pocos los que llegaban al camino angosto y estrecho, porque vió que se apli­caba a su propia familia, la cual se dividió y ocasionó la historia sangrienta de los nefitas y lamanitas sobre este continente.

Esto me hizo pensar en algunas cosas acerca de Cristo. A Nicodemo le declaró que no había venido para condenar al mundo sino para salvarlo. (Juan 3:17) En su bella oración en el jardín, pronunció este impor­tante principio: “Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero y a Jesucristo, al cual has enviado.” (Juan 17:3)

Entonces recordé también lo que Pedro respondió al Sanedrín en su categoría judicial, ante el cual com­pareció después del primer milagro, según se dice, efectuado por los apóstoles en los primeros días de la iglesia cristiana. Cuando le fué preguntado en qué nombre había hecho el milagro, Pedro contestó: “En el nombre de Jesucristo. . . porque no hay otro nombre debajo del cielo dado por los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:10 a 12)

Entonces recordé que el propio Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” Y a los de este continente, añadió: “Yo soy la ley.” Por supuesto, esto indica, según nosotros lo entendemos, lo que debemos creer, pensar y hacer, y en qué hemos de tener fe.

Como sabéis, el Salvador vino en el Meridiano de los Tiempos para cumplir la Ley de Moisés, y en más de una ocasión dijo: “No estoy interesado en los sacri­ficios y holocaustos, lo que quiero es misericordia.” Y recordaréis que en otras ocasiones, al hacer referencia a los sacrificios que deseaba, declaró: “Un corazón que­brantado y un espíritu contrito.”

AI reflexionar esto, pensé dónde podría recurrir para hallar las palabras verdaderas del Señor. Sabía que no podía recurrir a la Biblia. No creemos que la Biblia sea absolutamente correcta. Los eruditos nos dicen que hay cuatro mil quinientos manuscritos dife­rentes de la Biblia, y hace unos cuantos años se calcu­laba que existían 120,000 variaciones. Entonces me vino al pensamiento casi como revelación, ¿por qué no recurrir; al Libro de Mormón? De modo que tomé el libro de Tercer Nefi y lo estudié con mucho cuidado. Lo escribí en columnas paralelas con las partes del Nuevo Testamento que se refieren al Sermón del Monte. .

Del Antiguo Testamento observé las instrucciones de Malaquías que el Señor comunicó, porque no tenían en este continente los escritos de Malaquías, que vivió después que éstos partieron de Jerusalén.

Hallé algunas diferencias, algunas omisiones, en las palabras que, según lo que está escrito, El habló en Palestina. Mas yo recurrí al Libro de Mormón y a los escritos de Tercer Nefi, con la impresión de que estaba leyendo lo que el Salvador realmente dijo. Re­comiendo un estudio semejante por parte de vosotros, mis hermanos, de esos importantes libios del Libro de Mormón, y en lo que concierne a la misión del Sal­vador, el libro de Tercer Nefi. Podemos creer que allí encontraremos las enseñanzas verdaderas, porque la historia se escribió por hombres inspirados, fué com­pendiada por otro hombre inspirado y traducida me­dian te; la inspiración y revelación del propio Señor. Hermanos, os recomiendo que los estudiéis; si hasta ahora no lo habéis hecho, derivaréis grande gozo al realizarlo.

“Estrecha es la puerta, y angosto el camino. . . y pocos son los que la hallan.”

Vuelvo a repetir, el Salvador dijo: “Yo soy la luz, la vida, el camino y la verdad—y en este continente— yo soy la ley.» Si estudiáis el libro de Tercer Nefi con cuidado, así como las obras anteriores, descubriréis una discusión muy completa de la forma en que El cumplió la ley de Moisés.

De manera que, mis hermanos y hermanas, vengo a vosotros con este mensaje sencillo: “No hay muchos caminos que conducen al cielo. No hay más que uno y solamente uno, y ése es el camino que profesamos seguir y deberíamos estar siguiendo. Es el camino que nos ha sido restaurado mediante el restablecimiento del evangelio y la restauración del sacerdocio. No os dejéis desviar por las opiniones de los hombres.

A los versículos que ya he leído, deseo añadir otro que viene hacia el fin de lo que declaró en el Sermón del Monte, así como a la gente en el País de Abundancia, y el cual dice:

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; más el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Muchos me dirán en aquel día; Señor, Señor ¿no profeti­zamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?

Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad, (Mateo 7:21, 23; 3 Nefi 14:21, 23)

Las primeras partes del Sermón del Monte no contienen enseñanzas que se refieran particularmente a esta última, “apartaos de mí”, ni que aquellos que decían haber hecho grandezas, no serían suyos. No obstante, hallaréis una discusión completa de lo que esto probablemente significa, en el Libro de Alma, capítulo 34, donde Amulek enumera las cosas que dis­tinguen a aquellos que adoran a nuestro Señor y Sal­vador y a nuestro Padre Celestial. Leedlas. Os valdrá la pena.

Hermanos, cuidaos de los profesores de religión que pretenden ser progenie del evangelio y los princi­pios de nuestro Padre Celestial; que pretenden tener la verdad. Guardaos del concepto de que no tenéis que vivir de acuerdo con el evangelio a fin de obtener la salvación y exaltación prometidas. No porque Dios haya decretado un castigo para el que fracasa, sino por­que, como os lo he expresado en alguna otra ocasión, creo que el espíritu crece o se marchita, como sucede con éste cuerpo físico, como se tuvo por objeto que sucediera. Creo que los hechos malos, los malos pensa­mientos, las creencias erróneas no desarrollan el espí­ritu, sino al contrario, pueden estorbar su progreso y hacerlo menguar. Creo que todas las cosas buenas que hacemos nos edifican, y nos ayudan a “probarnos” a nosotros mismos, pues verdaderamente estamos vivien­do en nuestro segundo estado.

Hermanos y hermanas, no os dejéis desviar, no os extraviéis, no participéis de la tendencia de esta época, de que no tiene importancia lo que uno hace. Significa una diferencia en este mundo y en el venidero. Signi­fica la diferencia entre salvación y exaltación y con­denación. Examiné los libros para ver si hallaba donde el Salvador hubiera hecho un cambio en sus palabras a los de este continente, en cuanto a preceptos y doctrinas fundamentales. Como ya os dije, existen algunas omisiones, algunos cambios, y algunos de éstos son de grave importancia. Comparadlos como yo lo he hecho y descubridlos por vosotros mismos. Sin embargo, no hallé absolutamente nada donde se cambie el principio fundamental declarado por el Salvador en Palestina y en este hemisferio:

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere será condenado. (Marcos 16:16)

Hermanos y hermanas, no os extraviéis; no permi­táis que os desvíen, no os engañéis creyendo que podéis hacer esta o aquella cosa prohibida, y que al fin y al cabo esto no significará nada. Deseo testificaros una vez más que todos vuestros pensamientos, todos vues­tros hechos, todas vuestras acciones, cualesquiera que fueren, surtirán un efecto, benéfico o perjudicial, en vuestras almas; y no os conviene poner en peligro vuestro futuro de esa manera.

El Señor nos acompañe. Os reitero mi testimonio de que Dios vive; que Jesús es el Cristo; que por medio de José Smith fueron restaurados el evangelio y el sacerdocio; que también recibió ciertos grandes poderes adicionales; que todo lo que él poseyó ha quedado con los que lo han sucedido, el Último de los cuales es el presidente David O, McKay.

Dios lo bendiga en su hora de tribulación; Dios bendiga a su esposa y le restablezca su salud y fuerza completas. Siga El guiándolo y dirigiéndolo, a fin de que a su vez él nos guíe y dirija, humildemente ruego en el nombre de Jesús. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario