Grandes esperanzas

Grandes esperanzas

Presidente Thomas S. Monson

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 11 de enero de 2009 • Universidad Brigham Young


Mis queridos y jóvenes amigos, el espíritu que llena esta reunión, aquí, en el Centro Marriott de la Universidad Brigham Young y en cientos de otros lugares por todo el mundo, refleja la fortaleza, la devo­ción y la bondad de ustedes. ¡Cuán agradecido estoy por estar con ustedes esta noche! Al verles re­cuerdo las palabras que escribió el poeta Henry Wadsworth Longfellow:

¡Hermosa juventud, de brillante resplandor,
de ilusiones, aspiraciones y sueños de fervor!
Libro de comienzos, de historia sin fin,
¡Una heroína en toda joven, y en todo hombre un ami­go afín![1].

Además de ustedes, me complace estar con integran­tes de mi familia esta noche.

Hace poco, volví a leer uno de mis libros preferidos de hace mucho tiempo, escrito por Charles Dickens, titulado Grandes esperanzas. Los que lo hayan leído recordarán que Dickens habla de un jovencito llamado Philip Pirrip, conocido como “Pip”. El pequeño Pip era huérfano y no recordaba haber visto jamás ni a su padre ni a su madre. Sus deseos eran típicos de un niño: deseaba con toda el alma ser erudito, ser caballero y ser menos ignorante; sin embargo, parecía que lo que ambicionaba y lo que espe­raba estaban condenados al fracaso, hasta que un día un abogado de Londres, de apellido Jaggers, se acercó al pe­queño Pip y le dijo que un benefactor desconocido le hab­ía legado una fortuna. Entonces, el abogado dijo que el pequeño Pip era un “muchacho de grandes esperanzas”[2].

Hoy, al contemplar quiénes son ustedes y lo que son, en quiénes se pueden convertir y lo que pueden llegar a ser, les digo, como el abogado le dijo a Pip: tienen grandes esperanzas —no por causa de un benefactor desconocido, sino merced a Uno conocido, nuestro Padre Celestial, y se esperan grandes cosas de ustedes.

Prepárense para la carrera de la vida

Muchos de ustedes ya casi finalizan su educación for­mal (cuando eso ocurra todos celebraremos); otros todav­ía tienen por delante más períodos de preparación académica, pero todos se encuentran en lo que se podría llamar la carrera de la vida.

El autor del libro Eclesiastés escribió: “Ni es de los lige­ros la carrera, ni la guerra de los fuertes” (Eclesiastés 9:11), sino de los que perseveran hasta el fin. La carrera de la vida es tan importante, el premio tan valioso, que, forzosamente, se debe hacer mucho hincapié en la impor­tancia de prepararse de manera apropiada y exhaustiva.

Cuando meditamos en la naturaleza eterna de nuestras decisiones, la preparación es un elemento indispensable de nuestra vida. Llegará el día en que dirijamos la mirada hacia nuestra época de preparación y estemos agradeci­dos por habernos empeñado debidamente.

Hace muchos años, antes de ser llamado al Quórum de los Doce, tuve la oportunidad de dar un discurso en una convención de negocios en Dallas, Texas, conocida como “la ciudad de las iglesias”. Después de la convención, hice un recorrido turístico en un autobús que iba por las afue­ras de la ciudad. A medida que pasábamos por las hermo­sas iglesias, nuestro conductor comentaba: “A la izquierda pueden ver la iglesia metodista” o “Allí, a la derecha, se encuentra la catedral católica”. Cuando pasamos por un hermoso edificio de ladrillo rojo, situado sobre una colina, el conductor nos informó: “En ese edificio se reúnen los mormones”.

Se escuchó la voz de una mujer que, desde el fondo del autobús, preguntó: “Señor, ¿puede decirnos algo acerca de los mormones?”. El conductor detuvo el autobús cerca de la acera, se dio vuelta y respondió: “Señora, todo lo que sé acerca de los mormones es que se reúnen en ese edificio de ladrillo rojo. ¿Hay alguien en este autobús que sepa algo acerca de los mormones?”.

Busqué en las expresiones de cada persona alguna se­ñal de que supieran algo, que tuvieran algún deseo de comentar. No encontré nada, ni una sola señal. Entonces descubrí cuán ciertas son las siguientes palabras: “Cuando llega el momento de decidir, el tiempo de prepararse ya pasó”. Durante los quince minutos que siguieron, tuve el privilegio de dar, como dijo Pedro, una “razón de la espe­ranza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). En aquel mo­mento, llegué a valorar mucho más la preparación.

De hecho, mis jóvenes amigos, el período de prepara­ción de ustedes no comenzó el día en que entraron en su primera clase de educación superior. Comenzó mucho antes de que vinieran a esta tierra, cuando vivíamos como hijos espirituales de nuestro Padre Celestial. Estoy tan agradecido de que, en Su sabiduría, Él nos haya dado un registro, en el libro de Abraham, en el cual se nos dice algo acerca de esa época de nuestra existencia:

“Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inte­ligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;

“y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.

“Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar;

“y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

“y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás” (Abraham 3:22–26).

Después, en la sabiduría de nuestro Padre Celestial, us­tedes y yo nacimos en esta tierra, donde nos recibieron familias amorosas.

Hago una pausa para comunicarles cuánto oran sus familias por ustedes. Ellos se preocupan por ustedes y se preguntan cómo les va. Les aman tanto. No los desilusio­nen.

El Señor nos dice en Doctrina y Convenios que durante los primeros ocho años de nuestra vida, no le es dado poder a Satanás para tentarnos por ser niños pequeños (véase D. y C. 29:46–47). Tuvimos una ventaja de ocho años sobre Lucifer.

El Señor le dio esta información al profeta José Smith allá por el año 1830. En nuestra época, un erudito y cientí­fico social de renombre, el doctor Glenn Doman —quien casi por seguro nunca escuchó la revelación citada—, ha llegado a la conclusión, mediante su investigación, de que “un niño recién nacido es casi exactamente igual que [una] computadora, aunque superior a ella en casi todos los sentidos.

“Lo que se introduce en la mente de un niño durante los primeros ocho años de vida es muy probable que nun­ca se borre. Si ingresan información errónea en su cerebro durante ese período, es sumamente difícil borrarla”. Él creía que el período más receptivo de la vida de una per­sona es la edad de dos o tres años[3].

Ustedes podrían preguntarse: “¿Por qué pone énfasis en esto el presidente Monson? El período de los primeros ocho años de aprendizaje hace tiempo que se nos ter­minó”. Sin embargo, ustedes, mis hermanos y hermanas, serán padres algún día y querrán enseñarles a sus hijos y a las generaciones futuras sobre la importancia de esos primeros ocho años.

Cuando pienso en algunas de las cosas que seguramen­te ustedes y yo hicimos de niños, de adolescentes y de jóvenes adultos, a veces considero que es una maravilla que nuestros padres hayan sobrevivido; ni hablar de que hayan conservado la cordura. Una mujer que había tenido una mañana muy difícil mientras trataba de mantener a sus hijos bajo control sintió que estaba a punto de perder sus cabales.

Su hijo pequeño, Matthew, se le acercó y, con una acti­tud alegre, dijo: “Mamá, ¿te acuerdas de ese jarrón que tu abuela le dio a tu madre y que ella te dio a ti, y que siem­pre estás preocupada pensando que lo voy a romper?”

“Sí”, dijo ella.

“Bueno”, dijo Matthew, “¡ya puedes dejar de preocu­parte!” 2

Prepárense en lo académico

Ustedes, mis hermanos y hermanas, han comenzado otro gran período de preparación para que puedan capaci­tarse para la carrera de la vida. Me refiero a la prepara­ción académica. Es importante, porque es aquí donde aprendemos las lecciones que nos ayudarán a estar a la altura de las dificultades de este mundo cambiante en el que vivimos.

Tan sólo algunas generaciones atrás, si alguien aspira­ba a un puesto de responsabilidad en el mundo de los negocios, probablemente el jefe de personal le pregunta­ra: “¿Está dispuesto a trabajar mucho? ¿Goza de buena salud?”. Y si las respuestas a esas preguntas eran afirmati­vas, lo más probable era que lo contrataran.

Éste, por supuesto, no es el caso en la actualidad. Su­poniendo que elijan nuestro currículum —que, por lo ge­neral, se envía por Internet— para una entrevista en per­sona, el director de recursos humanos de esta época hará preguntas como: ¿Qué clase de título recibió? ¿Qué puede aportar a nuestra compañía? ¿Qué programas informáti­cos conoce bien?

Hagan el esfuerzo

Hace muchos años, tuve la oportunidad de enseñar a nivel universitario y recuerdo que algunos alumnos parec­ían saber bien hacia dónde iban. Eran aplicados, tenían objetivos, tenían metas y se esforzaban por avanzar para lograrlos, pero otros no tenían ningún interés. Parecían estar a la deriva en un mar de posibilidades arriesgadas, donde las olas del fracaso amenazaban con sepultarlos. Primero, se volvían perezosos; luego, se desanimaban; más tarde, se volvían indiferentes; y, por último, no com­pletaban los estudios.

Uno de los alumnos que abandonó los estudios regresó a casa para hablar con su madre y le dijo: “Mamá, dejé la escuela. Voy a salir al mundo y me las voy a arreglar yo solo”. Armó su maleta y salió a enfrentar la vida. Cuando ya llevaba tres semanas enfrentando la vida, llamó a su madre. “Mamá”, dijo, “¿te acuerdas que cuando me fui me dijiste que si dejaba los estudios no podría conseguir un empleo? Bueno, estabas equivocada; apenas hace tres semanas que me fui ¡y ya he tenido seis trabajos!”.

Para la búsqueda de la excelencia, es indispensable hacer un esfuerzo genuino. Recuerden que “el que siem­bra escasamente, segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente segará” (2 Corintios 9:6).

La vida es un mar en el cual se humilla al orgulloso, queda expuesto el haragán y se descubre al líder. Para navegar por él a salvo y llegar al puerto deseado, deben mantener sus cartas de navegación a mano y actualizadas. Deben aprender mediante la experiencia de otras perso­nas, ser firmes en sus principios, ampliar sus intereses, comprender el derecho que tienen los demás de navegar por el mismo mar y ser confiables en el cumplimiento de sus deberes.

El esfuerzo que dediquen a los estudios tendrá un efec­to notable en las oportunidades que se les presenten cuando terminen de estudiar. Al esforzarse por lograr una buena nota, no subestimen la importancia de realmente aprender a pensar. Henry Ford, el gran empresario indus­trial, dijo: “Un hombre culto no es el que ha adiestrado su memoria para recordar algunas fechas de la historia, sino aquel que puede lograr resultados. El hombre que no sabe pensar no es un hombre culto, no importa cuántos títulos haya obtenido. Pensar es la tarea más difícil que cualquier persona pueda realizar; probablemente sea ésa la razón por la cual tenemos tan pocos pensadores”[4].

Prepárense espiritualmente

Mucho más importante que el período de preparación académica es el tema de la preparación espiritual. Debe­mos obtener nuestro propio testimonio del evangelio de Jesucristo, el cual será un ancla para nuestra alma.

Durante esta época inquisitiva e incierta de su vida, al­gunos de ustedes quizá se pregunten lo mismo que Pilato, el gobernador de Judea en los tiempos de Cristo: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). Y, una vez más, acudimos a la guía que nos dan las revelaciones:

“Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.
“Lo que es de Dios es luz” (D. y C. 50:23–24).

Miles de almas honradas e inquisitivas siguen enfren­tando la pregunta que tenía José Smith cuando analizaba las declaraciones de las Iglesias de su comunidad en cuan­to a quién está en lo cierto y quién está en el error. José dijo:

“En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se pue­de hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?…

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios” (José Smith—Historia 1:10, 13).

Y oró. La mejor descripción de los resultados de esa oración es la que ofrecen las propias palabras de José. Ustedes las conocen: “Vi en el aire arriba de mí a dos Per­sonajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17). José escuchó y aprendió. La pregunta había sido contestada.

Para quienes busquen con humildad, no será necesario tropezar ni flaquear en el camino que conduce hacia la verdad, ya que está bien señalado por nuestro Padre Ce­lestial. Primero, debemos tener el deseo de saber por nosotros mismos. Debemos estudiar y orar. Debemos hacer la voluntad del Padre. Y entonces sabremos la ver­dad, y la verdad nos hará libres. Los que la busquen con humildad recibirán la ayuda de los cielos. Esa es una pro­mesa que yo les hago. Piensen en eso.

Recuerden que la duda y la fe no pueden existir en la mente al mismo tiempo, ya que una disipará la otra. En tanto que la duda destruye, la fe satisface. El tener una actitud de fe nos acerca más a Dios y a Sus propósitos. 3

El presidente David O. McKay a menudo mencionaba que “la experiencia terrenal del hombre no es más que una prueba para ver si concentra sus esfuerzos, su mente y su alma en las cosas que contribuyan a la comodidad y la satisfacción de su naturaleza física, o si dedica su vida a la adquisición de cualidades espirituales”5.

La fe, en cierta forma, implica confiar en la palabra de nuestro Creador, incluso depender de ella.

Si tuvieren dudas, sigan el consejo del presidente Step- hen L. Richards, quien fue consejero de la Primera Presi­dencia y declaró: “Simplemente digan a esos pensamien­tos escépticos, molestos y rebeldes: ‘Me propongo que­darme con mi fe, con la fe de mi pueblo. Sé que es allí donde se encuentran la felicidad y la alegría y les prohíbo, pensamientos agnósticos y dubitativos, que destruyan la casa de mi fe. Reconozco que no comprendo los procesos de la Creación, pero acepto el hecho de que ocurrió. Acep­to que no puedo explicar los milagros de la Biblia, ni tam­poco intento hacerlo, pero acepto la palabra de Dios. No estuve con José pero le creo. Mi fe no es fruto de la cien­cia y no permitiré que la ciencia la destruya'”6.

Al llegar a su fin el período de preparación académica y al embarcarse en la gran carrera de la vida, permítanme darles algunos consejos que los ayudarán a alcanzar sus grandes esperanzas.

Eviten las trampas de la vida

En primer lugar, eviten las trampas que encuentren en el camino. Eviten los desvíos que los privarán de su re­compensa celestial. Pueden reconocerlos, si desean hacer­lo. Es probable que esas desviaciones se identifiquen con frases como “Si lo hago una sola vez, no tiene importancia” o “Mis padres son tan anticuados”.

Los malos hábitos también pueden ser trampas. En un principio, podemos deshacernos de ellos si queremos; más tarde, nos deshacemos de ellos si podemos. John Dryden, influyente poeta y escritor de obras de teatro inglés del siglo 17, escribió:

Los malos hábitos aumentan sin que nos demos cuen­ta, del mismo modo que los arroyos forman ríos y los ríos desembocan en la mar abierta7.

Por el contrario, los buenos hábitos son los músculos del alma: cuanto más los usemos, más fuertes llegarán a ser.

Nuestro Padre Celestial nos ha aconsejado que bus­quemos todo lo “virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13). El ser permisi­vos, la inmoralidad, la pornografía y el poder de la presión social pueden hacer que muchos se zarandeen en un mar de pecado y que choquen contra los dentados escollos de oportunidades perdidas, bendiciones inmerecidas y sue­ños destrozados.

Cualquier cosa que lean, que escuchen o que miren de­jará una huella en ustedes.

Eviten cualquier cosa que se parezca a la pornografía; es peligrosa y adictiva. Si siguen viendo pornografía, su espíritu se volverá insensible y se les corroerá la concien­cia.

No tengan miedo de salir del cine, de apagar la televi­sión ni de cambiar la estación de radio cuando lo que se esté transmitiendo no cumpla con las normas del Padre Celestial. En pocas palabras, si no están seguros de que una película, un libro u otra forma de entretenimiento sea apropiado, no lo miren, no lo lean, no participen de ello.

Perseveren hacia sus metas

Segundo, cuidado con los comienzos ostentosos y las terminaciones que pierden intensidad. Me encanta la sabiduría sencilla que encontramos en este poema senci­llo, escrito por un escritor anónimo. En el mundo literario, no creo que sea una obra maestra, pero se entiende el mensaje:

Sé constante en tu tarea hasta que la domines;

Muchos comienzan, pero pocos terminan.

El honor, el poder, la posición y el elogio
Son siempre de aquel que persevera.
Permanece en tu labor hasta que la domines;
Esfuérzate, suda y sonríe ante ella,
Porque del esfuerzo, el sudor y la risa,
recibirás al fin tu victoria8.

Esta rima es interesante: “El trabajo ganará y el soñar despierto no trascenderá”. Si estamos dispuestos a traba­jar, como resultado obtendremos la capacidad de realizar un esfuerzo continuo para lograr una meta determinada.

Siempre he sido fanático de los deportes. Por mucho tiempo recordaré a un relator en el momento en que ala­baba el increíble desempeño de Yelberton Abraham Tittle, uno de los grandes mariscales de campo profesionales del fútbol americano de todos los tiempos. Él dijo:

“Ésta será la jugada clave del partido. Tittle va a lanzar el balón desde el centro; se desvía para lanzar, pero su equipo no puede respaldarlo. Parece que el partido ha terminado.

“¡Esperen! ¡Esperen! Tittle ha esquivado a sus oponen­tes y ha pasado la mitad del campo. Lanza la pelota y ésta llega a la zona de gol; la atrapan y anotan un tanto.

“¡Ése fue un gran esfuerzo extra de Tittle!”.

En el juego de la vida, a menudo se requiere que hagamos un esfuerzo extra. Una vida feliz no hace su en­trada con trompetas y redoblantes a ninguna edad. Va creciendo dentro de nosotros año tras año, poco a poco, hasta que, finalmente, nos damos cuenta de que es nues­tra. Se logra por medio de mucho trabajo, tan bien hecho que podemos levantar la cabeza, seguros de nosotros mismos, y mirar al mundo a los ojos.

Sigan el ejemplo de Cristóbal Colón. Tomen como ejemplo una hoja del diario que llevó durante su primer viaje. Día tras día, con la esperanza de encontrar una tie­rra que no encontraban, simplemente escribió: “Hoy se­guimos navegando”9. La perseverancia se recompensa con ricos frutos.

Ayuden a otros

Tercero, ayuden a otros en su propia carrera de la vida.Recuerden que cuando ayudan a otra persona a subir una montaña, ustedes también se están acercando un 4 poco más a la cima. Traten de ver a su hermano o a su hermana con la perspectiva correcta. Un hombre dijo: “Miré a mi hermano con el microscopio de la crítica y pensé: ‘¡Qué tosco es mi hermano!’.Luego, miré a mi hermano con el telescopio del desdén y dije: ‘¡Qué pe­queño es mi hermano!’.Luego, miré el espejo de la verdad y dije: ‘¡Cuán parecido a mí es mi hermano!'”.

La misión del Maestro se caracterizó por su actitud de amor. Él le dio vista al ciego, piernas al cojo y vida a los muertos. Quizá cuando estemos frente a nuestro Hacedor, no nos preguntará: “¿Cuántos puestos tuviste?”, sino “¿A cuántas personas ayudaste?”. En realidad, nunca podrán amar al Señor hasta que no lo sirvan al servir a Su pueblo.

Procuren la ayuda del señor

Cuarto y último, busquen la ayuda del Señor.Las almas son de muchísimo valor: tanto las de ustedes como la mía. El mismo Padre Celestial lo ha dicho.

Recuerden que no estamos corriendo solos en esta gran carrera de la vida; tenemos derecho a la ayuda del Señor. El apóstol Pablo exhortó a los hebreos de la si­guiente manera:

“Despojémonos… del pecado…, corramos con pacien­cia la carrera que tenemos por delante,
“puestos los ojos [en un ejemplo, o sea,] en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1–2).

Antes de que podamos tomarlo como compañero, an­tes de que podamos seguirlo como guía, debemos encon­trarlo, y para ello me gustaría sugerir que antes que nada debemos hacerle un espacio en nuestra vida. Él dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Ma­teo 8:20).

El médico Lucas describió así la escena del nacimiento de Cristo: “”Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7).

La invitación del Señor es para cada uno de nosotros. Piensen que el Señor se está dirigiendo a ustedes perso­nalmente: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él [y yo agregaría, a ella]” (Apocalipsis 3:20).

Mis jóvenes hermanos y hermanas, hagan un espacio para el Señor en su hogar y en su corazón, y Él será su compañero. Él estará a su lado. Él les enseñará el camino de la verdad. Con Su ayuda, y con la preparación de la que he hablado, pueden seguir adelante en esta carrera de la vida y alcanzar sus grandes esperanzas. Entonces, cuando todo termine, podrán decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Si lo hacen, recibirán las bendiciones del cielo. Aquél que está al tanto de la caída de un pajarillo reconocerá, a Su manera, nuestro servicio.

Permítanme compartir con ustedes una experiencia que refleja esta promesa.

El hermano Edwin Q. Cannon, hijo —le llamamos Ted— fue misionero en Alemania en 1938. Amó a la gente y sir­vió fielmente. Al terminar su misión, regresó a casa en Salt

Lake City, contrajo matrimonio y comenzó su propio ne­gocio.

Pasaron cuarenta años. Un día, el hermano Cannon vi­no a mi oficina y me dijo que había estado deshaciéndose de algunas de las fotos de su misión. (Deshacerse es una buena palabra, puesto que uno las revisa, se desprende de dos o tres fotografías y guarda el resto.) Entre las fotos que había guardado desde el tiempo de su misión, había varias que no sabía exactamente de qué eran. Cada vez que se proponía desecharlas, recibía la impresión de guardarlas, aunque no sabía por qué. Eran fotografías que había tomado el hermano Cannon durante su misión, cuando sirvió en Stettin, Alemania, y eran de una familia compuesta por una madre, un padre y dos pequeños: una niña y un niño. Sabía que su apellido era Berndt, pero no recordaba nada más acerca de ellos. Me dijo que tenía entendido que había un hermano Berndt que era líder de la Iglesia en Alemania, y pensó, aunque la posibilidad era remota, que este Berndt podía tener algún parentesco con los Berndt que habían vivido en Stettin y que aparecían en la fotografía. Antes de deshacerse de las fotos, pensó en preguntarme a mí.

Le dije al hermano Cannon que en poco tiempo iría a Berlín, donde pensaba ver a Dieter Berndt, el mencionado líder de la Iglesia, y que le mostraría las fotografías para averiguar si había algún parentesco y preguntarle si las quería. También existía la probabilidad de que viera a la hermana del hermano Berndt, que estaba casada con Dietmar Matern, un presidente de estaca de Hamburgo.

El Señor no permitió siquiera que llegara a Berlín para hacer cumplir Sus propósitos. Me encontraba en Zúrich, Suiza, tomando el vuelo hacia Berlín, cuando Dieter Berndt subió al avión. Se sentó a mi lado y le dije que ten­ía algunas fotografías viejas de algunas personas de ape­llido Berndt, de Stettin. Se las entregué y le pregunté si se daba cuenta de quiénes eran las personas que aparecían en las fotografías. Mientras las miraba atentamente, co­menzó a derramar lágrimas. Él dijo: “Nuestra familia vivía en Stettin durante la guerra. Mi padre murió cuando una bomba de los aliados explotó en la planta donde él traba­jaba. Poco tiempo después, los rusos invadieron Polonia y la zona de Stettin. Mi madre nos tomó a mi hermana y a mí y huimos del enemigo que avanzaba. Tuvimos que de­jar nuestras pertenencias, entre ellas todas las fotografías que teníamos. Hermano Monson, yo soy el pequeñito que aparece en estas fotos y mi hermana es la niñita. El hom­bre y la mujer son nuestros queridos padres. Hasta el día de hoy, no tenía fotografías de nuestra infancia en Stettin, ni de mi padre”.

Enjugando mis propias lágrimas, le dije al hermano Berndt que las fotografías eran suyas. Él las puso en su portafolio con mucho cuidado y cariño.

Durante la conferencia general que siguió a ese acon­tecimiento, Dieter Berndt viajó a Salt Lake City y fue a visitar al hermano Edwin Cannon, hijo, y a su esposa, para expresarles en persona su agradecimiento por lo inspirado que había sido el hermano Cannon al guardar esas foto­grafías tan preciadas y por seguir la inspiración de no des­hacerse de ellas durante cuarenta años.

William Cowper escribió estas líneas:

Con maravillas obra Dios, en la profundidad; calma la fiera tempestad y pasa por la mar…

Pues no debéis a Dios juzgar. mas sí, confiad en Él; tras sombras de oscuridad, sonríe con amor .

Este testimonio les doy: que Dios vive, que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Viviente, que Él es nuestro Herma­no Mayor; Él es nuestro Redentor y nuestro Salvador; Él es el autor de las grandes esperanzas de ustedes.

Les dejo mi bendición; les expreso mi amor. Ustedes son una generación escogida con grandes esperanzas. Que el Padre Celestial los guíe y los bendiga siempre, y que ustedes siempre se esfuercen por alcanzar esas grandes esperanzas, es mi ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

  1. Henry Wadsworth Longfellow, Moritus Salatamus, 1875, en The Complete Poetical Works of Longfellow, 1922, pág. 311.
  2. Charles Dickens, Grandes esperanzas, Nueva York: Alfred A. Knopf, 1992, pág. 130.
  3. Glenn Doman, citado en “Too Young to Read?”, Life, 27 de noviembre de 1964, pág. 111; véase también pág. 107.
  4. Henry Ford y Samuel Crowther, My Life and Work, 1922, pág. 247.
  5. David O. McKay, en Conference Report, octubre de 1963, pág. 89; o Improvement Era,diciembre de 1963, pág. 1096.
  6. Stephen L. Richards, en Conference Report, octubre de 1937, pág. 39.
  7. John Dryden, “Of the Pythagorean Philosophy”, 1700, tomado de Ovid, Metamorphoses, libro XV, en The Poetical Works of Dryden, 1950, pág. 881.
  8. “Stick to Your Task”, en Jack M. Lyon y otros, ed., Best-Loved Poems of the LDS People, 1996, págs. 255–256.
  9. Véase Lillian Eichler Watson, ed., Light from Many Lamps, 1979, pág. 138.
  10. William Cowper, “Light Shining out of Darkness”, Olney Hymns, 1779, núm. 35, en Masterpieces of Religious Verse, ed. por James Dalton Morrison, 1948, págs. 10–11.

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