El vivir de acuerdo con nuestras convicciones

El vivir de acuerdo con nuestras convicciones

Gordon B. Hinckleypor el presidente Gordon B. Hinckley
Liahona Septiembre 2001

No hay imagen más conmovedora en toda la historia que la de Jesús en Getsemaní y en la cruz, solo: el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, llevando a cabo la Expiación.


Como miembros de la Iglesia, hemos llegado a ser como una ciudad que se asienta sobre una colina y que no se puede ocultar (véase 3 Nefi 12:14) Nos guste o no, cada uno de nosotros es apartado del mundo. Somos partícipes de la verdad, lo cual conlleva una responsabilidad.Nuestras responsabilidades son personales porque el testimonio es una cuestión personal.

En esta dispensación, cuando el Señor declaró que ésta es “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30), de inmediato se nos situó en una posición ante la que no podemos retroceder y la cual debemos enfrentar todos con humildad y valor. Todo verdadero miembro de la Iglesia del Señor que vive y respira el espíritu del Evangelio del Maestro conoce algo de ese sentimiento al relacionarse con otras personas. Pero una vez que hemos obtenido un testimonio, debemos vivir de conformidad con él; debemos vivir con nuestra conciencia; debemos vivir con nuestro Dios.

No son sólo los conversos los que a veces pasan por momentos de dificultad o los que conocen el desánimo y el pesar cuando explican a sus familiares y a sus amigos que son miembros de la Iglesia. En un sentido general, ésa es la experiencia de todos los que buscan aferrarse a la barra de hierro a medida que caminan por los vapores de tinieblas del mundo; siempre ha sido así. El precio del discipulado es la valentía personal; el precio de aferrarse a la conciencia es la valentía personal.

LA VALENTÍA EN TODAS LAS DISPENSACIONES

No hay imagen más conmovedora en toda la historia que la de Jesús en Getsemaní, en la cruz, solo: el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, llevando a cabo la Expiación.

Recuerdo haber estado con el presidente Harold B. Lee (1899–1973) en el Jardín de Getsemaní, en Jerusalén. Podíamos percibir, aunque a un grado mucho menor, la terrible lucha que tuvo lugar allí, una lucha tan intensa mientras Jesús sufría solo en el espíritu, que la sangre le brotó de cada poro (véase Lucas 22:44; D. y C. 19:18). Recordamos la entrega por parte de uno que había sido llamado a una posición de confianza. Recordamos que hombres malvados pusieron sus crueles manos sobre el Hijo de Dios. Recordamos esa figura solitaria en la cruz, suplicando angustiada: “…Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Aún así, y de forma valerosa, el Salvador del mundo siguió adelante a fin de efectuar la Expiación en favor nuestro.

La valentía interior es una virtud necesaria para los que siguen al Señor. Cuando la tiranía de la opresión religiosa sofocaba Europa en el siglo XVI, surgieron hombres aquí y allí que reaccionaron valerosamente. Creo que los Reformadores fueron inspirados por Dios para poner los cimientos para cuando llegara el momento en que “otro ángel” volara con “el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6). Fue en Alemania donde Martín Lutero, con la valentía personal para actuar solo, proclamó sus 95 tesis, lo que él y sus seguidores soportaron es algo ya histórico. Al señalar el camino hacia una era de mayor luz, caminaron casi a solas en medio del escarnio de los demás.

El gran Profeta de esta dispensación fue igualmente un hombre de convicciones valerosas. El joven de 14 años que salió de la arboleda sufrió pronto la persecución de algunos y fue odiado a través de su vida. Hay pocas imágenes más conmovedoras que la del profeta José Smith caminando valerosamente con sólo un puñado de fieles seguidores. Él dio la vida por el testimonio que tenía de la verdad.

En toda dispensación, los seguidores del Señor han conocido la valentía necesaria para escoger servir a Dios antes que servir a la opinión de la muchedumbre.

LA VALENTÍA DE UN CONVERSO

Pienso en un amigo al que conocí siendo misionero en Londres, hace muchos años. Una noche lluviosa llegó a nuestra puerta; le abrí y lo invité a pasar.

Según recuerdo, nos dijo: “Tengo que hablar con alguien.

Me encuentro solo”.

Le pregunté cuál era el problema.

Él dijo: “Cuando me uní a la Iglesia, mi padre me dijo que me fuera de casa y que no volviera jamás. A los pocos meses fui expulsado del club de atletismo. El mes pasado mi jefe me despidió por ser miembro de esta Iglesia.

Y anoche, la chica a la que amo dijo que nunca se casaría conmigo porque soy mormón”.

Yo le dije: “Si tanto le ha costado, ¿por qué no deja la Iglesia y vuelve a la casa de su padre, a su club, al trabajo que tan importante fue para usted y se casa con la chica a la que cree amar?”.

No dijo nada por lo que pareció largo tiempo, y luego, poniendo la cabeza entre las manos, lloró como si se le fuera a partir el corazón. Finalmente, levantó la vista y dijo en medio de las lágrimas: “No podría. Sé que esto es verdad y aunque me costara la vida, no lo abandonaría”.

Tomó su mojado sombrero, caminó hacia la puerta y salió hacia la lluvia. Mientras lo observaba, pensé en el poder de la conciencia, en la soledad de la fe y en la fortaleza y el poder del testimonio personal.

VALOR Y DETERMINACIÓN

Me gustaría decir a los miembros de la Iglesia, en especial a los jóvenes y a las jovencitas, que espero que como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, lleguen a experimentar la valentía personal interior, dado que esto es lo que el Señor requiere de nosotros al caminar por nuestra probación terrenal, al mostrarle a Él y a nosotros mismos que en verdad “[amamos] al Señor [nuestro] Dios con todo [nuestro] corazón, y con toda [nuestra] alma, y con toda [nuestra] mente”, y que “[amamos] a [nuestro] prójimo como a [nosotros mismos]” (Mateo 22:37, 39).

Se necesita determinación para ser virtuoso cuando los que están a nuestro alrededor se mofan de la virtud.

Se requiere dedicación para abstenerse de las sustancias nocivas cuando a nuestro alrededor se burlan de la abstinencia y del estar libres de las drogas.

Se necesita valentía para ser un hombre o una mujer de integridad cuando los que están a nuestro alrededor renuncian a los principios del Evangelio por interés o conveniencia.

Se necesita amor en nuestro corazón para hablar mediante un pacífico testimonio de la divinidad del Señor Jesucristo con los que se burlan de Él, lo menosprecian o lo denigran.

Habrá ocasiones que exigirán valentía de nuestra parte porque los discípulos del Señor deben vivir con su conciencia; los discípulos del Señor deben vivir de acuerdo con sus principios; los discípulos del Señor deben vivir según sus convicciones. Cada uno de nosotros debe vivir de conformidad con su testimonio; y si no lo hacemos, seremos desdichados y nos encontraremos terriblemente solos.

NO ESTAMOS SOLOS

Y aun cuando haya espinas y decepciones, aun cuando haya penas y congojas, podemos encontrar paz, consuelo y fortaleza del Señor para quienes lo sigan. Pues el Señor mismo ha dicho:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28–29).

Septiembre de 2001

El Señor ha dicho que si guardamos Sus mandamientos, el “Espíritu Santo será [nuestro] compañero constante” (D. y C. 121:46) para animarnos, enseñarnos, guiarnos, consolarnos y sostenernos. Para obtener esa compañía, debemos solicitarla, llevar una vida digna para tenerla y ser leales al Señor.

Creo que Mormón conocía muy bien por experiencia propia la verdad de sus palabras: “…el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto, amor que perdura por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos morarán con Dios” (Moroni 8:26). Aunque a veces nos hallemos solos aun estando rodeados de los del mundo, no tenemos por qué sentirnos solos, pues el Señor nos ha dado el Espíritu Santo para que sea nuestro compañero y camine con nosotros.

Además, el Señor nos ha dado otras personas con las cuales relacionarnos y de esa manera edificar nuestro ánimo y fortalecer nuestro valor; discípulos con idéntica voluntad, corazón y espíritu. Tal como dijo el apóstol Pablo, no tenemos que seguir sintiéndonos “extranjeros… sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Y a los tesalonicenses escribió que debían apoyarse unos a otros:

“Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros…

“Os rogamos que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros …

“y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra” (1 Tesalonicenses 5:11–13).

Aunque el discipulado con el Señor requiera en ocasiones que nos mantengamos humilde y valerosamente al margen, el Señor no nos abandonará. También nos permite relacionarnos con otras personas que nos edifican y nos fortalecen en nuestra labor de bendecir a las demás personas del mundo. Y si le ofrecemos nuestras oraciones y somos leales a Él y a Sus mandamientos, la promesa del Señor se puede aplicar a nosotros: “…iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Ésta es la promesa del Señor y yo creo en ella. Les testifico de su veracidad. Ruego que el Señor bendiga a todos los que salgan de la oscuridad del mundo hacia la luz del Evangelio sempiterno. Ruego que nos bendiga a todos nosotros para que caminemos humilde y valerosamente, y que conozcamos en nuestro corazón la paz que emana de una vida de principios, la “paz que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7).

Regocijémonos en el conocimiento de que aunque debemos ser valerosos al viajar por la vida terrenal y aun al enfrentar nuestras pruebas, Dios no nos dejará sin Su guía ni Su poder vigorizante.

Avancemos firmes en nuestras justas convicciones; caminemos con la verdad, con fe y amor, pues si lo hacemos, el Señor nos sostendrá y fortalecerá: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

 

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s