Julio de 1972
El Profeta del Señor
por Arthur R. Bassett
“El Profeta del Señor”. El título nos trae toda clase de reminiscencias, desde la de los barbados hombres del desierto con sus largas y fluctuantes túnicas, hasta los modernos presidentes de la Iglesia.
Nos recuerda a reverendos patriarcas tales como Adán y Abraham; almas sensibles como las de Enoc, Juan el Amado y Lorenzo Snow; dinámicos y fuertes caudillos como lo fueron Moisés y Brigham Young; abanderados como Pablo y Alma; hombres que desplegaron el futuro en proféticas visiones, como Isaías y José Smith.
Cada profeta es diferente; cada cual tiene su propia y especial personalidad. No obstante, todos ellos son similares en lo concerniente a un importante aspecto, su relación con el foco central de su vida, su fe, creencia y confianza en Jesucristo, el Hijo de Dios,
El término profeta puede tener varias connotaciones, pero ninguna de ellas es más adecuada que la que dice: “Aquel que posee el espíritu de profecía’’. Y de acuerdo con Juan el Amado: “. . . porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” (Apocalipsis 19:10).
Como consecuencia de esto, podemos suponer que unos profetas reflejarán algunas de las facetas de la personalidad de Jesucristo, otros reflejarán otra, Pero considerados en su totalidad, presentan un inspirador y altamente motivante estudio de vida y variadas costumbres.
Numerosos han sido los hombres que en nuestros tiempos hemos llamado profetas. Aquellos que sirven en la Primera Presidencia y en el Consejo de los Doce, del mismo modo que el Patriarca de la Iglesia, son sostenidos como tales; pero pocos hombres han sido “el Profeta”.
El presidente José Fielding Smith ha escrito:
“Cuando un apóstol es ordenado, se le confieren todas las llaves y autoridades que fueron dadas por José Smith a los apóstoles antes de su muerte. Estos hermanos, sin embargo, no pueden hacer uso de esas autoridades excepto cuando llega la oportunidad en que se encuentren en la presidencia. Antes de esa oportunidad, los poderes yacen en estado latente. Este es el motivo por el cual son sostenidos como profetas, videntes y reveladores en la Iglesia, pero puede haber solamente un revelador para la Iglesia a un tiempo (el Presidente de la Iglesia). Todas las llaves del sacerdocio residen en su persona y son delegadas en su dirección.”
Lógicamente, tal persona tiene que tener calificaciones muy especiales y debe ser un hombre que haya encontrado favor ante la vista del Señor. Esto es así porque este llamamiento depende en forma especial del Señor. La vida del profeta tiene que ser preservada por nuestro Padre Celestial para que de esta forma él pueda llegar a ser el apóstol más antiguo y consecuentemente, el presidente de la Iglesia.
Cuando el presidente de la Iglesia fallece, la Primera Presidencia se desintegra y el Consejo de los Doce se convierte automáticamente en el cuerpo presidente de la misma. El presidente del Consejo de los Doce se convierte entonces en presidente de la Iglesia. Brigham Young presidió la Iglesia como presidente del Consejo de los Doce por más de tres años, antes de que la nueva Primera Presidencia fuera organizada. Del mismo modo actuaron tanto John Taylor como Wilford Woodruff; el primero por espacio de tres años, y el segundo por dos años. En este llamamiento, fueron tanto profetas como portavoces del Señor, del mismo modo que lo fueron cuando presidieron con dos consejeros como miembros de la Primera Presidencia. Se nos dice que es necesaria una revelación especial al presidente del Consejo de los Doce para que cualquier otro apóstol aparte de él mismo, sea nombrado presidente de la Iglesia. Así lo expresó el presidente Woodruff en su carta a Heber J. Grant el 28 de marzo de 1887:
“En lo que a mí respecta, requeriría. . . una revelación del mismo Dios que ha organizado la Iglesia y la ha guiado por inspiración durante 47 años, antes de que yo concediera mi voto o influencia para apartarme de los senderos seguidos por los apóstoles desde la organización de la Iglesia. . . ”
Por lo tanto, el pasaje del manto de profeta a profeta constituye un acontecimiento de orden, el cual se lleva a cabo “por un procedimiento único y mediante un ordenado plan que evita. . . la posibilidad de utilizar elementos políticos o métodos revolucionarios que podrían causar gran confusión y frustración en la obra del Señor.”
Los diez hombres que han presidido la Iglesia en esta dispensación, fueron hombres de gran estatura, tanto espiritual como en muchos otros aspectos. Cada uno de ellos hizo una contribución especial; cada uno era un individuo muy peculiar; cada uno de ellos fue llamado y preparado desde los primeros años de su vida para desempeñar esta responsabilidad sin par. Cada uno de ellos se hizo querer por la juventud de su propia generación y cada uno tiene algo que decirle a la juventud de todas las generaciones.
Este es el motivo por el cual en los números sucesivos de Liahona, se publicarán artículos relacionados con cada uno de los diez profetas de esta dispensación, artículos que enfocarán aquellos aspectos de su vida que más se hayan asemejado con la vida de nuestra juventud actual. Ellos enfrentaron la vida en su total intensidad, luchando a brazo partido con los problemas y desafíos; y en muchos aspectos, su vida fue mucho más difícil que la nuestra, porque todos, en cierto sentido, eran producto del ambiente típico del oeste norteamericano, incluyendo al presidente José Fielding Smith, que nació en el tiempo correspondiente a la administración del presidente Brigham Young.
Todos ellos pasaron penalidades, conocieron la pobreza y libraron duras batallas para combatirla; sufrieron tentaciones del mismo modo que nosotros, pero cada uno constituía un tipo especial de hombre, y Dios les hizo comprender la importancia de los sacrificios cuando aún se encontraban en la juventud. El conocía sus corazones y sus aspiraciones; y lo que tal vez es más importante, ellos conocían a Dios. Jesucristo se convirtió en el foco de su vida, y como consecuencia de esto y de su deseo de recordarlo siempre y guardar sus mandamientos, se prepararon gradualmente hasta convertirse en sus voceros en la tierra.
Cuando José Smith acababa de pasar los catorce años, durante esa época tan difícil de la vida cuando se comienza el pasaje hacia la faz adulta del ser humano y se enfrentan los muchos problemas propios de esa edad, el Padre y el Hijo se le aparecieron, valorando su presencia delante de ellos y aconsejándole que permaneciera fiel.
Recibió, junto con otras instrucciones, la de no unirse a Iglesia alguna, y le fue dicho lo que sea que pueda entenderse por: “. . . y muchas otras cosas me dijo que no puedo escribir en esta ocasión”. Como consecuencia de este acontecimiento en una edad temprana de su vida, José Smith es denominado a veces como “el niño profeta,” pero hay que tener cuidado de no insistir en esta denominación. José tenía veinticuatro años cuando recibió el sacerdocio; la edad de un ex misionero o de un graduado universitario. En realidad, fue llamado muy temprano en su vida para prepararse, pero sólo el tiempo o la experiencia pueden brindar el tipo de madurez necesaria para presidir en los concilios de la Iglesia.
Aun así, José era increíblemente joven para tal llamamiento. Tenía veinticinco años cuando se convirtió en el primer élder de la Iglesia y veintiocho cuando se organizó la Primera Presidencia. Brigham Young tenía cuarenta y tres años cuando se convirtió en el vocero del Señor, Desde el tiempo de
John Taylor hasta David O. McKay, las edades de los presidentes variaron entre los sesenta y dos hasta los ochenta y cuatro años, falleciendo entre las edades de setenta y nueve a noventa y seis años. La edad promedio del profeta viviente ha sido alrededor de setenta y nueve años. Por lo tanto, como lo dijera el presidente Spencer W. Kimball:
“Es probable que el presidente de la Iglesia siempre sea un hombre de edad; los jóvenes tienen acción, vigor, iniciativa; los hombres mayores, estabilidad, poder y la sabiduría que se logra, a través de la experiencia y la larga comunión con Dios. ’’
José Smith fue una rara excepción a esa regla, como consecuencia de su posición tan especial al ser el Profeta elegido por Dios para comenzar esta dispensación.
Brigham Young asimismo se identificó por ser un director del Señor a una edad bastante temprana de su vida. Habiéndose convertido a la Iglesia a los treinta y un años de edad, fue a visitar al profeta José Smith en Kirtland, Ohio. Brigham conoció a José en un bosque cercano a Kirtland, cuando el Profeta se encontraba cortando y acarreando leña. Esa tarde se llevó a cabo una reunión especial de estos famosos hombres de la historia. Recordaba Brigham Young más tarde;
“Durante la tarde llegaron varios hermanos, y conversamos sobre temas relacionados con el reino. El (el Profeta) me pidió que orara; en mi oración hablé en lenguas. Tan pronto como finalizamos la oración, los hermanos se reunieron alrededor de él y le preguntaron su opinión con relación al don de lenguas que yo poseía, Él les dijo que se trataba del más puro idioma adámico. Algunos le dijeron que esperaban que condenara el don que el hermano Brigham tenía, pero él dijo: ‘No, es de Dios, y llegará el día en que el hermano Brigham Young presidirá sobre esta Iglesia’. El resto de esta conversación se llevó a cabo en mi ausencia.»
El Señor había mostrado su mano doce años antes del acontecimiento, y sus ojos se encontraban desde entonces sobre Brigham, cuidándolo y guiándolo en su vida. Pero Brigham Young tenía muchas lecciones que aprender, y los doce años siguientes fueron llenos de tribulaciones y difíciles decisiones, que condujeron hacia un propósito definido.
John Taylor fue también elegido a una temprana edad de la vida, y aun cuando todo un océano lo separaba de los otros directores de la Iglesia, el Señor trabajó silenciosamente con él, y de tal forma, que finalmente se puso en contacto con los apóstoles de la Iglesia. Cuando tenía solamente dieciséis años de edad, John Taylor dedicó mucho tiempo en su búsqueda del Señor; y su proximidad al Salvador le fue muchas veces manifestada. El escribió: “A menudo estando solo, y a veces en compañía de otras personas, oía una dulce, suave y melodiosa música, tal como si fuera interpretada por seres angelicales o sobrenaturales.»
Siendo niño, vio un ángel en los cielos con una trompeta en la boca, proclamando un mensaje a las naciones. (El significado de esta visión debe ser evidente a todos los miembros de la Iglesia.) A los diecisiete años era uno de los predicadores locales de la Iglesia Metodista. Un día, mientras se dirigía con un amigo hacia una reunión metodista, sintió la impresión muy fuerte de que debía viajar a América para predicar allí. Cerca de siete años más tarde, a la edad de veinticuatro años, el presidente Taylor se convirtió a la Iglesia por intermedio de Parley P. Pratt, quien había sido llamado por revelación especial, para llevar el evangelio a Toronto, Canadá, donde John Taylor se encontraba residiendo.
Wilford Woodruff recibió la advertencia de un hombre que ni siquiera era miembro de la Iglesia, un amigo cercano que se llamaba Robert Mason. Antes de la restauración del evangelio, varios individuos recibieron manifestaciones en las cuales se les informaba de la inminente restauración; Robert Masón fue uno de esos individuos y fue él quien le informó a Wilford Woodruff que sería un «destacado participante del nuevo reino”, aun cuando el mismo señor Mason no alcanzara a vivir para conocer a aquellos que recibieron el sacerdocio y participar de sus ordenanzas. Este acontecimiento tuvo lugar cuando Wilford Woodruff tenía solamente veintitrés años; en menos de cuatro años se encontraba en las aguas del bautismo, y desde ese momento en adelante fue el recipiente de incontable número de confirmaciones espirituales que lo fueron preparando para su destacado futuro.
En el caso de Lorenzo Snow, el Señor habló primero en forma de una bendición patriarcal pronunciada sobre su cabeza por el Patriarca de la Iglesia, José Smith padre, cuando Lorenzo tenía veintidós años de edad. La bendición es significativa y poderosamente sencilla:
«Tú vas a llevar a cabo una gran obra en tu día y generación. Dios te ha llamado para el ministerio. Debes predicar el evangelio de tu Salvador a los habitantes de la tierra. Tendrás fe similar a la del hermano de Jared (lo cual a la luz de la experiencia de este hombre resulta significativo). . .no habrá hombre más poderoso que tú sobre la tierra. . . los enfermos te mandarán sus delantales y pañuelos; y sólo con que los toques, sus dueños sanarán. Tendrás poder sobre los espíritus inmundos; al dar tú la orden, los poderes de las tinieblas se apartarán y los demonios huirán. Si fuera oportuno, los muertos se levantarán al oír tu mandato. . . tendrás larga vida. El vigor de tu mente no será abatido y el vigor de tu cuerpo será preservado.»
Y efectivamente, la vida del presidente Snow fue preservada en más de una ocasión. Vivió una larga existencia, llegando a la presidencia a los ochenta y cuatro años de edad; pero el Señor le habló a través del Patriarca siendo todavía joven, y su preparación estuvo de acuerdo con las responsabilidades que tuvo que desempeñar años más tarde.
El presidente Snow a su vez fue uno de los primeros en profetizar directamente el futuro llamamiento profético de Joseph F. Smith, pero la mano del Señor se hizo evidente en la vida de Joseph F. Smith mucho antes de que el presidente Snow hiciera la profecía.
El joven Joseph F. Smith tal vez haya tenido el entrenamiento más intenso de todos los profetas que le precedieron, con la posible excepción de su tío José Smith.
Teniendo solamente quince años, fue llamado a servir en una misión en las islas hawaianas. Nueve años después de su regreso de Flawaii, fue enviado por los directores de la Iglesia en una importante misión, junto con Lorenzo Snow y otros. Cuando se encontraban rumbo a la playa de la isla, el bote que transportaba al presidente Snow naufragó y él estuvo a punto de ahogarse. Pero fue revivido por medio de la ayuda del sacerdocio e inmediatamente después declaró que Jesucristo le había revelado que Joseph F. Smith llegaría a ser Profeta del Señor; esto aconteció treinta y siete años antes de que la profecía se llevara a cabo. En ese entonces Joseph F. Smith tenía veintiséis años, y desde ese entonces conocía su futuro.
Pero el futuro de ninguno de los profetas fue señalado más claramente que el de Heber J. Grant. Siendo él niño, a menudo asistía a la Sociedad de Socorro con su madre. En una de esas oportunidades, luego de finalizada la reunión regular, Eliza R. Snow, la hermana del presidente Lorenzo Snow, bendijo a todas las presentes mediante el poder de lenguas y la traducción de Zina D. Young. La hermana Snow predijo en esa reunión que Heber J. Grant llegaría algún día a ser un apóstol del Señor. En otra ocasión el presidente Heber C. Kimball, buen amigo del padre del presidente Grant, levantó al niño, lo sentó en una silla y habló con él. De acuerdo con lo que más tarde contó la madre del presidente Grant, “profetizó en el nombre del Señor Jesucristo que tú (Heber) llegarías a ser un apóstol del Señor Jesucristo y un hombre más grande en la Iglesia que tu propio padre; y como sabes, tu padre fue consejero de Brigham Young.”
No obstante, ninguna de estas profecías impresionaron tanto al presidente Grant como la visión que él tuvo casi en seguida de haber sido llamado al apostolado, en 1883. En ella vio a su padre, Jedediah Grant, al profeta José Smith y al Salvador, y también vio el momento en el cual se llevaba a cabo la decisión de enviar la revelación para que él fuera llamado al Consejo de los Doce; esto ocurrió cuando tenía veintiséis años de edad.
Una bendición patriarcal fue una vez más el método utilizado por el Señor para advertir a George Albert Smith. Et presidente Smith tenía solamente catorce años cuando el patriarca le puso las manos sobre la cabeza y pronunció, esta bendición: “. . . tú llegarás a ser un profeta poderoso entre los hijos de Sión. Y los ángeles del Señor te administrarán, y recibirás las más ricas bendiciones de los cielos. . .
“Y serás envuelto en las visiones de los cielos y vestido con salvación como si fuera una prenda de ropa, porque estás destinado a convertirte en un hombre poderoso delante del Señor, porque llegarás a ser un poderoso apóstol en la Iglesia y en el reino de Dios sobre la tierra, y nadie de la familia de tu padre tendrá más poder de Dios que el que tú tendrás, porque nadie te excederá . . . y te convertirás en un hombre de poderosa fe delante del Señor, aun como la fe del hermano de Jared (nótese la similitud con la promesa dada a Lorenzo Snow), y permanecerás sobre la tierra hasta que te encuentres satisfecho de vida, y te contarás entre los ungidos del Señor llegando a ser rey y sacerdote del Altísimo …»
Esta bendición aumenta en importancia cuando se conoce a los antepasados del presidente Smith, Su padre, John Henry Smith, fue apóstol y consejero de Joseph F. Smith en la Primera Presidencia; su abuelo, George A. Smith, fue también apóstol y sirvió en la Primera Presidencia junto con el presidente Brigham Young. Su bisabuelo, John Smith, era hermano de José Smith padre; y fue patriarca de la Iglesia por varios años hasta que el hijo de Hyrum Smith llegó a la madurez. Recordando esto, una de las partes de la bendición se convierte en algo especialmente interesante: «… y nadie de la familia de tu padre tendrá más poder de Dios que el que tú tendrás, porque nadie te excederá’’. Y es de destacar que esta advertencia fue recibida por George Albert Smith cuando tenía catorce años; era la misma edad que tenía José Smith cuando tuvo la Primera Visión.
David O. McKay también recibió una advertencia en su juventud, relacionada con sus futuras responsabilidades. En una oportunidad, encontrándose en Inglaterra como misionero, se sentía sumamente abatido y extrañaba el hogar; estaba a punto de ser dominado por el desaliento cuando se produjo aquel acontecimiento que cambiaría totalmente su vida. Durante una reunión de misioneros en la cual se experimentó la plenitud del Espíritu del Señor y el presidente de la misión detectó la presencia de ángeles en el cuarto, él mismo le testificó al élder McKay, por el espíritu de profecía: “Hermano David, Satanás desea poner grandes tribulaciones en tu vida, pero Dios se acuerda de ti.” Y a continuación agregó: “Si te mantienes fiel, llegarás a sentarte en los consejos presidentes de la Iglesia.”
Eso fue todo, pero fue la culminación de una larga y vital investigación por parte del joven David, y constituyó suficiente advertencia para el misionero, como para alentarlo y ayudarle en sus períodos de desaliento en la vida. Más: tarde, como sucedió con los otros, él fue elegido como vocero del Señor.
Y finalmente, el presidente José Fielding Smith fue también recipiente de una poderosa bendición patriarcal que le brindó su abuelo, el Patriarca de la Iglesia, John Smith, hijo de Hyrum Smith:
“Te encuentras entre los hijos de Sión, de quienes mucho se espera. Tu nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero y será registrado en las crónicas de tus padres con tus hermanos. Tendrás el privilegio de vivir una larga y buena vida y es el deseo del Señor que llegues a ser un hombre poderoso en Israel. . . si logras sabiduría por las experiencias del pasado, te darás cuenta de que la mano del Señor te ha protegido y te protege para bien, y de que tu vida ha sido preservada para un sabio propósito. También te darás cuenta de que mucho es lo que debes hacer para llevar a cabo tu misión sobre la tierra. Será tu responsabilidad sentarte en consejo con tus hermanos y presidir sobre la gente. Será también tu deber viajar extensamente tanto en tu país como en el extranjero, por tierra y por mar, laborando en el ministerio.”
Durante sesenta años, nuestro extraordinario Presidente sirvió fielmente como miembro del Consejo de los Doce, apoyando y defendiendo a los profetas, hasta que llegó su turno, para entonces tomar su posición como Presidente del Sumo Sacerdocio y Profeta del Señor.
Cada uno de estos hombres es diferente de los otros en muchos aspectos, y así es como debe ser, de acuerdo con lo que destacara el élder Orson Whitney1:
“. . . Cada sucesivo presidente de la Iglesia debe variar en algunos aspectos de todos los que le precedieron en tal afta y sagrada posición, por el siguiente motivo: la obra del Señor se encuentra en continuo progreso y en consecuencia en constante cambio; no sucede así con sus principios, ni sus metas, sino con sus planes, los instrumentos o herramientas que se utilicen, y sus métodos de procedimiento. Estos son los que cambian, con el fin de adaptarse lo mejor posible a las nuevas condiciones. Hoy no es ayer, ni mañana será hoy. El Señor provee los hombres y los medios con los cuales puede trabajar mejor, en cualquier momento dado, para lograr sus sabios y sublimes propósitos. El hombre adecuado se encontrará listo cuando llegue el momento apropiado.”
Cada uno de los profetas ha agregado su propio y particular tipo de fortaleza al crecimiento y desarrollo de la Iglesia. Durante la administración de cada uno de ellos la Iglesia se ha desarrollado en forma significativa. El hecho de atribuir todos los progresos de la Iglesia solamente al profeta constituiría un error, ya que descartaría a todos los individuos capaces que se encuentran al servicio de la obra del Señor. Pero en un sentido bien realista, cada uno de los profetas puede asociarse fácilmente con el progreso de la Iglesia durante su propia administración, ya que el Señor los eligió para llevar a cabo un propósito especial.
Durante la administración del profeta José, se pusieron los cimientos y la superestructura del reino de Dios sobre la tierra. José dirigió la atención de los miembros de la Iglesia hacia el Salvador, señalando su retorno como el acontecimiento futuro más importante que habría de realizarse en la historia. A través de José, el Maestro instruyó a su pueblo sobre lo que podría hacer para establecer un núcleo de gente preparada para su regreso. En los catorce años de su administración, José puso los cimientos del establecimiento de su reino, culminando con la edificación de Nauvoo, en Illinois, una “ciudad-estado” basada en principios celestiales.
Brigham Young condujo a la Iglesia hacia el oeste de los Estados Unidos y extendió las fronteras de Sión, haciendo todo lo posible por alentar a los santos a que hicieran del reino de Cristo el elemento principal de su vida.
Durante la administración de John Taylor, la organización del sacerdocio fue refinada; las estacas fueron organizadas con una base mejor, con más responsabilidad delegada sobre cada presidente de estaca. El presidente Taylor, con su indomable espíritu, fue la promesa ideal para presidir sobre la Iglesia durante los tiempos más difíciles de su historia, cuando el gobierno de los Estados Unidos dirigió una guerra política contra Utah y contra la práctica del matrimonio plural.
Con el Manifiesto y la cesación del matrimonio plural, la paz retornó a las montañas. Se completó el Templo de Salt Lake, trabajo que llevó cuarenta años, siguiendo un tiempo de dedicación espiritual.
Wilford Woodruff, quien dedicó mucho tiempo al trabajo genealógico y del templo, fue ideal para presidir sobre ese período de la Iglesia.
Lorenzo Snow fue Presidente por solamente tres años, pero los mismos fueron los importantes años a fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Los litigios así como una depresión nacional, habían afectado seriamente las finanzas de la Iglesia. Durante toda su vida, Lorenzo Snow había sido figura central en muchas de las soluciones financieras de la Iglesia. En Monte Pisga2 sorprendió a Brigham Young al levantar económicamente a la pequeña comunidad. Más tarde, en Brigham City, nuevamente llamó la atención del presidente Young por sus excelentes condiciones como constructor de comunidades. Finalmente, su último gran logro fue el restablecimiento de la ley de diezmos, acontecimiento que fue representado en la película de la Iglesia “Las ventanas de los cielos”. Pero el presidente Snow era algo más que un excelente edificador de comunidades; fue un hombre de gran visión, un educado caballero del más alto orden. Enfrentado al comienzo del nuevo siglo, dirigió los ojos de la Iglesia al futuro potencial del hombre del siglo veinte, guiado por el tipo de vida establecido por Cristo.
La era de Joseph F. Smith debe ser recordada como un tiempo de exploraciones y experimentación. En realidad, representa el primer intento de llevar a cabo el programa de correlación de nuestros días. La noche de hogar, la responsabilidad del sacerdocio, el refinamiento de las organizaciones auxiliares de la Iglesia, son todas parte de esta era que comenzó en 1901 y finalizó hacia fines de la primera guerra mundial, en 1918.
Los años subsiguientes a la primera guerra mundial fueron muy difíciles. La prohibición alcohólica con los conflictos resultantes, la gran depresión económica y otra guerra mundial, eran todas partes constituyentes de la escena nacional en los Estados Unidos, donde la Iglesia se encontraba organizada en su mayoría. Con su inflexible deseo de triunfar, Heber J. Grant fue un excelente director de la Iglesia de Jesucristo en aquellos días. El programa del Plan de Bienestar junto con sus programas relacionados, tuvieron su origen en esa era de la Iglesia,
Con la finalización de la segunda guerra mundial, mejoraron grandemente las oportunidades de la Iglesia de esparcirse en el mundo. Nuevamente, un hombre había sido preparado para representar la posición de la Iglesia durante ese tiempo en la persona de George Albert Smith, hombre poseído de amor por “todos los hijos de Dios” dondequiera que éstos se encontraran sobre la tierra. El presidente Smith atrajo el pasado con su gran sentimiento por las tradiciones norteamericanas y el desarrollo de los sitios históricos de la Iglesia, y se introdujo hacia el futuro, señalándonos el camino hacia el mundo.
El presidente McKay, el primer apóstol enviado en una gira mundial de naciones, fue el hombre ideal para presidir sobre la Iglesia cuando ésta comenzó a transitar por los caminos del mundo. Este hombre de gran cultura y caballerosidad, se mezcló fácilmente con los estadistas del mundo, irradiando un sentimiento de bienestar y dignidad sobre los miembros de la Iglesia en todas partes, Al señalar hacia los comienzos del comité de correlación de la Iglesia y su gran trabajo con los programas del sacerdocio, debemos referirnos también a la administración de David O, McKay, un hombre preocupado por la erudición y el progreso, en un espíritu netamente cristiano
Y ahora, el presidente Smith se encuentra al frente de la Iglesia en uno de los períodos más dramáticos; casi semanalmente surgen nuevos programas y nuevas estacas comienzan a cubrir literalmente la tierra; con gran felicidad vemos a muchos millares de personas que se convierten a la Iglesia y disfrutan de las bendiciones del evangelio. Pero en todo nuestro crecimiento, nuestra meta final es atraer a la gente hacia una relación personal con nuestro Salvador. Esta se logra solamente mediante el esfuerzo individual, la orientación continua, el ayuno periódico, y el constante estudio. El presidente Smith se encuentra al frente de todos nosotros como un discípulo de Salvador, y nos sirve como constante recuerdo de la necesidad que tenemos de esforzarnos para lograr nuestro cometido.
En conclusión, cada uno de los presidentes imprimió en su llamamiento su propio y especial tipo de preparación. El presidente J, Reuben Clark, hijo, declaró en una oportunidad: “Dios. . . ha moldeado a cada hombre que ha llamado para guiar a su pueblo, aun desde Moisés en la antigüedad hasta la actualidad. Ningún hombre guía jamás al pueblo de Dios sin que haya recibido del Señor el entrenamiento para cumplir con su cometido».
Se dedicarán subsiguientes artículos a la memoria de estos hombres, imprimiendo un énfasis especial en su juventud y preparación, y sus confrontaciones con los problemas que a todos nos aquejan.
Y al igual que todos estos presidentes que pasaron por sus períodos de preparación, cada uno de nosotros se encuentra haciendo lo mismo en la actualidad. No hay uno solo de los que se encuentran leyendo estas palabras que no haya sido llamado para una misión especial sobre la tierra. Vosotros sois futuros padres, futuros maestros de la Escuela Dominical y oficiales de la AMM, futuros maestros orientadores y obispos, futuras presidentas de la Sociedad de Socorro y maestras de la Primaria, eruditos y hombres de negocio, científicos y muchas otras cosas que todavía no conocemos.
A través de nuestras bendiciones patriarcales y de muchas otras formas, el Señor nos guía para que lleguemos a convertirnos en lo que podemos ser, lo que debemos ser y lo que llegaremos a ser mediante sus bendiciones.
Esforcémonos todos por lograr la preparación y ser como estos diez presidentes, quienes se esforzaron en cumplir sus llamamientos y misiones. Mucho es lo que debemos aprender de ellos.
- Whitney, Orson F. (1055-1931), ordenado apóstol en 1906, .historiador, poeta, orador.
- Monte Pisga: Cerca del Grand fliver en lowa.
























