El espíritu de la Navidad.
por el élder Thomas S. Monson
del Consejo de los Doce Apóstoles
Como joven élder fui al viejo Hospital de la Primaria para dar bendiciones de salud a los niños enfermos. Al entrar, notamos las brillantes y características decoraciones de Navidad; atravesamos los corredores acompañados por las sonrisas de los niños que nos miraban al pasar. Parecía que la Navidad les había hecho olvidar que tenían yeso sobre los brazos o piernas, o que padecían de enfermedades no siempre fáciles de curar.
Me dirigí hacia la cama de un pequeño niño. «¿Cómo se llama, señor?» me preguntó. Le dije mi nombre e hizo otra pregunta. «¿Me dará una bendición?» Le dimos una bendición y mientras nos alejábamos de su cama él dijo: «Muchas gracias».
Caminamos un poco más y oí su voz, llamándome «Hermano Monson.» Me di vuelta para mirarlo y entonces me dijo:
«¡Feliz Navidad!» Y una dulce y fresca sonrisa afloró a su semblante. Ese niño tenía un verdadero espíritu de Navidad.
Espero que todo joven tenga en su corazón y en su vida un verdadero espíritu de Navidad, no solamente en esta época del año sino en todo momento. Cuando guardamos el espíritu de la Navidad, guardamos el Espíritu de Cristo.
Un autor que tenía un sentimiento muy especial hacia la Navidad escribió:
«Yo soy el espíritu de la Navidad. Entro a las casas de los pobres y hago sonreír las inocentes y sorprendidas caritas pálidas de los niños. Alivio el peso de la pobreza, dándole un toque de brillo vivificador.
Hago que los ancianos recuerden su juventud y recobren parte de las alegrías pasadas. Traigo aventura para los niños y pongo brillo en sus sueños entrelazados de magia.
Yo soy quien eleva los sentimientos humanos a las mayores alturas de magnanimidad, dejando tras de sí miradas sorprendidas por la generosidad del mundo.
Yo hago que el dilapidador se detenga en su disipado camino y entregue conmovedora dádiva a los ansiosos de amor, mitigando así su sufrimiento.
Yo entro a las oscuras celdas, y hago ver a los condenados lo que pudo haber sido, haciéndoles vislumbrar un futuro mejor.
Entro a los tristes hospitales donde reina el dolor y hago que labios que no pueden moverse para hablar, tiemblen en silenciosa y elocuente gratitud.
Yo hago, en miles de distintas formas, que este cansado mundo dirija la mirada a Dios y por unos pocos momentos olvide todo lo bajo y miserable. Como podéis ver, yo soy el Espíritu de la Navidad.» (Anónimo)
Oro para que todos tengamos este espíritu, porque cuando lo tenemos recordamos a Cristo cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año.
Recordamos aquella primera Navidad, día que había sido anunciado por los profetas de la antigüedad. Recordemos las palabras de Isaías: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14). Y más adelante: «Porque un niño nos es nacido. . . y se llamará su nombre. . . Príncipe de paz» (Isaías 9:6).
Y uno de los profetas del continente americano declaró:
«Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente. . . morará en un tabernáculo terrenal. . .
. . . sufrirá tentaciones, y dolor. . .
Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios.» (Mosíah 3:5, 7-8.)
Y así liego aquella noche, cuando los pastores estaban en sus campos y un ángel del Señor apareció entre ellos, anunciando:
«No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo,. . . que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.» (Lucas 2:10-11.)
Los pastores fueron de prisa al pesebre a rendir honores a Jesucristo, el Señor.
Los tres reyes viajaron desde el este a Jerusalén, preguntando al llegar:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.» (Mateo 2:2, 10-11.)
Desde ese momento, al celebrar la Navidad, el deseo de ofrecer regalos ha estado presente en cada cristiano. Pienso que a cada uno de nosotros le beneficiaría preguntarse: «¿qué regalo desearía el Señor que yo le hiciera, a Él o a otros en esta preciosa época del año?»
Permitidme contestar esa pregunta declarando con toda solemnidad que nuestro Padre Celestial desea que cada uno de sus hijos le rinda un regalo de obediencia, para que todos amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerza. Tampoco me cabe la menor duda de que El espera que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Si el Señor estuviera aquí hoy, no me extrañaría que nos enseñara a dar generosamente de nosotros mismos y a no ser egoístas ni codiciosos, ni contenciosos ni pendencieros, recordando sus palabras registradas en 2 Nefi cuando dice:
«Y no habrá disputas entre vosotros. . .
Porque en verdad, en verdad os digo. . . contención no es mía, sino del diablo que irrita los corazones de los hombres, para que contiendan unos contra otros con ira.
He aquí, no es mi doctrina agitar con ira el corazón de los hombres, uno contra el otro; sino ésta es mi doctrina: que tales cosas cesen.» (3 Nefi 11:28-30.)
Os suplico que os liberéis de cualquier espíritu de contención, de cualquier espíritu que os haga pugnar los unos con los otros por los despojos de la vida, y que en vez de esto, trabajéis en armonía con vuestros hermanos para lograr los frutos del evangelio de Jesucristo.
Espero que en la Navidad no olvidemos el espíritu de gratitud que debemos tener en nuestro corazón y el deseo anhelante de poder expresarlo. Espero que ninguno de nosotros, no solamente no olvide a sus padres, sino que sepa honrarlos como ellos merecen. ¿Qué mejor regalo podrían ellos recibir que ver que sus hijos los honran obedeciendo a Dios y cumpliendo con sus mandamientos?
Una vez, un orgulloso padre se acercó a mí y me deslizó en la mano una carta de su hijo que estaba cumpliendo una misión en Australia. Me gustaría compartir esta carta con vosotros ya que puede daros una idea para demostrar gratitud a vuestros padres de un modo muy especial y por medio de un regalo de Navidad imperecedero; dice así:
«Queridos papá y mamá:
Quiero agradecerles desde lo más profundo de mi corazón todo lo que han hecho por mí. Quiero agradecerles por haber escuchado el mensaje que los misioneros llevaban cuando golpearon a nuestra puerta, y por la manera en que ustedes aceptaron el evangelio, convirtiéndolo en un molde por el cual dieron forma a su vida y a la de sus hijos. Los quiero mucho a los dos,
Gracias por las enseñanzas que me dieron, por el amor que me expresaron en tantas diferentes, formas; gracias por guiarme por la senda correcta, por demostrar interés en que me esforzara por seguir adelante. Estoy agradecido por su testimonio y por el comprensivo y paciente amor que me ayudó a lograr el mío; las experiencias que he tenido aquí me han ayudado a fortalecerlo. Sé que el evangelio es verdadero. Espero vivir de acuerdo a lo que ustedes esperan de mí y que el Señor me ayude a lograrlo.
Mamá, papá, gracias otra vez.
Los quiere mucho, David.»
¿Qué obsequio mejor puede un hijo dar a sus padres que un regalo de gratitud?
Espero que no brindéis este regalo solamente a vuestros padres, sino a todos vuestros seres queridos, vuestros hermanos, parientes, amigos, todos aquellos con quienes os relacionáis de un modo u otro. Ellos pueden beneficiarse si hacéis un esfuerzo para ayudarles a ver la verdad y a evitar las trampas mortales de la vida. Quizás sólo vosotros podáis encender en la vida de otros, una chispa de luz y amor que les ayude a ver las posibilidades que tienen en lugar de los problemas que los acosan día a día.
Dar de sí es siempre importante; siempre hay algún espíritu que alegrar y bendiciones que podemos brindar a nuestro prójimo. El verdadero significado del espíritu de la Navidad se encierra en las palabras del Maestro:
«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mateo 25:40).
Liahona Diciembre 1995
























