Enero de 1976
¡Cuán hermosos los pies de los que traen las buenas nuevas!
por Derek Dixon
“¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación…!» Isaías 52:7
Por lo tanto —me dijo el presidente de mi rama— lo hemos llamado para que sea el coordinador misional de la rama. Su tarea será no sólo coordinar entre los miembros y los misioneros, sino promover y encauzar el entusiasmo por la obra para la salvación de las almas. Esperamos que encabece esta gran tarea.
—No puede estar hablándome en serio —le respondí—. Soy de los que no se atreven a preguntar la hora a un desconocido. No he logrado mi salvación todavía, ¿cómo podré lograr la de mi prójimo?
—No creo que tenga dificultad —me contestó el presidente con su amabilidad acostumbrada: —. Lo único que le falta es la experiencia necesaria, y el tiempo se encargará de dársela. Para comenzar, quisiéramos que preparara una presentación especial de la obra misional para la reunión del sacerdocio que se realizará el próximo domingo por la mañana; algo que entusiasme a los hermanos y les proporcione algunas ideas para interesar a sus vecinos en el evangelio.
Aunque traté de sonreírle sólo escuché el palpitar acelerado de mi corazón y todos mis temores me obscurecieron la mente; sin embargo, inexplicablemente, me oí responderle:
—Bueno, presidente, si usted cree que puedo hacerlo, por lo menos lo intentaré.
Esa semana, cuando los demás dormían, yo empapaba la almohada con mis lágrimas mientras le imploraba a mi Padre Celestial que me librara de alguna manera milagrosa de la temida asignación. Pero el techo era tan impenetrable como si fuera de bronce, y un malestar indefinible comenzó a extenderse por todo mi ser. Por lo tanto, opté por pedir ayuda.
Recibí la respuesta a mi súplica tan pronto, que no puede haber sido otra cosa que una revelación. Las ideas se sucedían tan rápidamente que apenas tuve tiempo de tomar un lápiz y anotar algunas. Y cuando llegó el domingo por lo menos me encontraba preparado para decirles a los demás cómo podían interesar a sus vecinos y conocidos en el evangelio.
En la reunión de sacerdocio presenté seis principios a los hermanos:
Es necesario:
1) hacer amistad.
2) introducir el tema,
3) brindar ayuda.
4) ser valiente.
5) ver el éxito.
6) estar inspirado.
Y para mí, establecí en silencio un séptimo principio: Es necesario que des el ejemplo.
Al principio, no tuve mucho éxito al tratar de interesar a los demás en el evangelio, principalmente porque no lograba vencer mi timidez. Pero la primera oportunidad buena se me presentó un día en la oficina. Acababan de emplear a un joven soltero y se me dio la asignación de mostrarle el edificio. Mientras caminábamos, reuní todo el valor que tenía y le pregunté;
—A propósito, ¿conoció a algunos miembros de la Iglesia Mormona cuando estuvo en Canadá?
El me lanzó una mirada aguda y me respondió con otra pregunta:
— ¿Por qué? ¿Es usted mormón?
—Sí, soy mormón.
—Ah, qué bien. No he tratado personalmente a ningún mormón, pero en una oportunidad vi por televisión cierto tipo de conferencia que había en Salt Lake City un fin de semana, Era bastante aburrida, pero recuerdo una cosa: uno de los oradores, un anciano de pelo canoso, es una de las personas más dulces que yo he visto. Estuvo grandioso.
En ese momento supe que el espíritu de un Profeta de Dios había abierto la puerta al corazón de un hombre y a algunas conversaciones interesantes sobre el evangelio para las semanas subsiguientes.
La segunda experiencia misional que tuve fue muy amarga para mí, pero recibí una lección que recordaré toda mi vida:
Una noche, de regreso a mi casa, me encontraba sentado en un ómnibus lleno de gente, leyendo Enseñanzas del Profeta fosé Smith. Sentada junto a mí, con una canasta de mercancía sobre las rodillas, iba una señora de mediana edad. Tan absorto estaba yo en la lectura, que durante el viaje no me había dado vuelta ni una sola vez para ver quién era el pasajero que iba sentado a mi lado. Cuando ya estaba por llegar a casa, cerré el libro al mismo tiempo que esa persona me preguntaba:
— ¿Fué un gran hombre?
Sorprendido por la pregunta, contesté extrañado:
— ¿Quién?
—El hombre sobre quien ha estado leyendo, José Smith.
—Fue un gran hombre verdaderamente. . . un Profeta de Dios.
— ¿Tan grande como Jesucristo?
—No. Pero fue uno de sus siervos más admirables.
Momentos después el ómnibus se detenía en mi parada y tuve que bajarme y alejarme de ella, ignorando qué rumbo llevaba. Al continuar el vehículo su camino nuestros ojos se cruzaron a través de la ventanilla y capté una ansiedad en su mirada que me ha hecho lamentar no haber seguido el viaje con ella hasta su destino. Desde entonces la he buscado muchas veces en los ómnibus pero sin ningún éxito.
Lentamente, por medio de la experiencia, fui progresando. Algunas veces iba cuesta arriba, otras cuesta abajo, pero nunca dudé de que fuese la obra del Señor. Un día de agosto de 1969 aprendí sobre la ayuda que da El a aquel que desea colaborar en su obra. La mayoría de las veces pasaba la hora de la comida en mi oficina, comiendo algún bocadillo y leyendo algún libro; pero ese día, experimentaba una vaga inquietud, me encontraba deprimido y muy lejos de sentir paz. En ese estado de ánimo engullí mis emparedados mucho más rápido de lo aconsejable para una buena digestión y después busqué alivio a mi opresión saliendo a la calle.
Deambulé por la calle por un rato, mirando los escaparates; hasta entré en una librería y estuve hojeando algunos libros. Pero el sentimiento persistía y decidí caminar un poco más. Poco después me detuve frente a uno de mis lugares predilectos, una librería de segunda mano, que vende saldos en el sótano y que desde hacía varios meses no visitaba, porque mi atracción por las gangas me dejaba frecuentemente sin dinero.
Entré en la tienda y descendí por las escaleras al sótano, que estaba desierto. Empecé a curiosear por entre los estantes buscando tesoros que estuvieran a mi alcance, pero apenas había comenzado mi búsqueda escuché ruido de pasos por las escaleras y vi que dos ministros religiosos, con trajes negros y cuellos clericales, entraban y se ponían a buscar en los estantes. Apenas me había fijado en ellos y ellos en mí, pero de pronto oí que uno dirigiéndose al otro comentaba:
—Claro que lo que realmente ando buscando es una copia del Libro de Mormón.
Agucé el oído y el corazón comenzó a latirme aceleradamente.
— ¿De veras? —contestó el otro con indiferencia—. Son una gente muy interesante, realmente. Una de sus capillas nuevas se encuentra cerca de la nuestra en Southampton, pero nunca he asistido a sus reuniones. Bueno, tengo que irme ya. Le prometí a Betty que me reuniría con ella a la una, Tal vez pronto podamos vernos nuevamente.
—Ojalá —contestó el otro ministro—. Hasta la vista.
Su compañero partió mientras él continuaba buscando.
Sentí el Espíritu del Señor casi tan tangible como el fuego.
—Perdone —dije, dirigiéndome al ministro— pero, ¿qué clase de Libro de Mormón anda buscando? ¿una de las primeras ediciones?
—Oh, no, simplemente una copia.
—Bueno, si desea darme su tarjeta, tendré mucho gusto en enviarle uno.
— ¿Es usted mormón?
—Sí.
— ¡Qué interesante!
— ¿Por qué está usted interesado en el Libro de Mormón? —le pregunté.
—Pues, verá: soy ministro de una iglesia en Essex y con mi congregación hemos estado estudiando varias denominaciones religiosas. El sábado pasado, algunos vimos por televisión una película intitulada «Brigham Young», y nos impresionó tanto que decidimos que nuestro próximo estudio sería sobre el mormonismo. Esta es la razón por la que ando buscando un Libro de Mormón.
—Pues lo tendrá —le aseguré.
Me dio su tarjeta y nos despedimos, ambos considerablemente asombrados por la naturaleza de lo que parecía una coincidencia —yo sabía que no lo era— que había significado para él un recorrido de ciento sesenta kilómetros y para mí una caminata al mediodía, sólo para que pudiéramos conocernos y hablar sobre el Libro de Mormón en aquella librería.
En seguida envié su tarjeta con una breve explicación a las oficinas de la misión. Ignoro cuál fue el final de todo esto, pero no tengo la menor duda de la inspiración del Señor en aquel momento.
Más en todos mis esfuerzos misionales siempre se destacaba un detalle: hasta entonces el Señor había hecho todo el trabajo; yo no había hecho nada para estimular el interés de nadie en el evangelio y esa, era una situación que tenía que enfrentar y vencer. La sola idea de acercarme a personas desconocidas para hablar del evangelio continuaba provocándome terrible nerviosismo. Pero, al mismo tiempo, tenía la determinación de triunfar sobre mi debilidad y mis temores.
En la «noche de brujas» hicimos una fiesta en el centro de reuniones; nuestra hija, Susana, se disfrazó de «bruja» y llevaba una gran marmita negra de cartón, que de cuando en cuando depositaba en el suelo, haciendo como que revolvía un brebaje.
A la mañana siguiente me dirigí como siempre a la parada del ómnibus al pie de la colina para ir al trabajo. Había allí varias personas que esperaban, incluyendo un hombre robusto de mediana edad, parcialmente calvo y con una expresión poco amigable.
Al mirarlo, comenzó en mi interior una lucha en la que establecía las diferentes razones por las cuales un hombre así jamás aceptaría el evangelio y por las que jamás tendría yo el valor de hablarle. Además, ¿qué podía decirle? Pero una voz interior me alentó: «Tienes que ser valiente.» Por lo tanto, reuniendo todas mis fuerzas le pregunté:
—Perdóneme, pero. . . ¿conoce a alguien que pudiera estar interesado en comprar una marmita de brujas?
El hizo un gesto de incredulidad y me echó una larga mirada de sospecha, ¡con toda razón!
— ¿Qué dice? —me preguntó.
—Le pregunté si conoce a alguien que quisiera comprar una marmita de brujas. Le explicaré: anoche tuvimos una «fiesta de las brujas» en el centro de reuniones de nuestra Iglesia y vestimos de bruja a una de nuestras hijas. La marmita de cartón, que formaba parte del disfraz, es grande y nos molesta en la casa. —Y agregué riendo—: Ahora no sabemos qué hacer con ella.
Dicho esto, esperaba que él me preguntara:» y ¿qué Iglesia es la suya?» Pero no lo hizo, sino que comentó:
—Tiene usted un sentido del humor un poco raro, ¿verdad, amigo?
Súbitamente soltamos los dos la risa, después de lo cual él sugirió que en lugar de esperar el ómnibus, nos fuéramos caminando juntos hasta el centro. Mientras bajábamos la colina, se puso a mirarme con expresión pensativa y me dijo:
—Mire, cualquiera que hace un comentario tan extraño como el suyo a un absoluto desconocido en la calle, o está totalmente loco o se ha propuesto algo. Dígame, ¿qué clase de iglesia es la suya?. . .
Derek Dixon sirve como Presidente de la Rama de Brighton en la Misión de Inglaterra-Londres Sur.
























