Escudriñad las Escrituras

Escudriñad las Escrituras

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball
Liahona Septiembre de 1976


Mis amados hermanos, mi propósito al preparar este mensaje es el de alentaros a que estudiéis las Escrituras. “Escudriñad las escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi’.” (Juan 5:39.)

Tal vez os hayáis percatado de que hace muchos años las Autoridades Generales han estado exhortando con insistente frecuencia a los miembros a adoptar un programa de estudio diario del evangelio, tanto en forma individual como familiar. Asimismo, los libros canónicos han reemplazado a los demás como texto en el programa de estudio para los adultos de la Iglesia, y pocas son las reuniones que finalicen sin la inspirada amonestación de los líderes del sacerdocio, para que los miembros lean y estudien las Escrituras.

Creemos que ha habido un aumento y una mejora notables. Muchos son los miembros de la Iglesia que llevan las Escrituras a las reuniones yendo así preparados, tanto para aprender como para discutir los temas del evangelio. De acuerdo con la inspiración divina, muchos padres están usando las obras canónicas para enseñarles a sus hijos las doctrinas del reino. Consideramos con placer y gran satisfacción estas cosas, sabiendo que muchas serán las bendiciones obtenidas como consecuencia de esa actitud.

Sin embargo, nos entristece saber, a medida que viajamos por las estacas y misiones de la Iglesia, que todavía hay muchos santos que no leen ni meditan las Escrituras en forma regular, y que asimismo tienen poco conocimiento de las instrucciones del Señor para los hijos de los hombres. Muchos han sido bautizados y han fracasado en dar el paso adelante para “deleitarse en la palabra de Cristo perseverando hasta el fin” (2 Nefi 21:19-20).

Solamente los fieles recibirán la recompensa que el Señor prometió, o sea, la vida eterna, ya que nadie puede recibirla sin llegar a ser “hacedor de la palabra” (Sant, 1:22), valeroso y obediente a los mandamientos del Señor;

Y nadie puede ser hacedor de la palabra sin llegar primero a ser oidor. Y no se llega a ser oidor permaneciendo ociosamente a la espera de migajas de información y conocimiento que puedan recibirse por casualidad; hay que investigar, estudiar, orar y comprender. El Señor dijo: “Y aquel que no recibe mi voz, no conoce mi voz, y no es mió” (D. y C. 84:52).

Además del constante aliento y las exhortaciones que recibimos de nuestros actuales líderes de la Iglesia, los profetas antiguos parecen gritarnos desde casi cada una de las páginas de las Escrituras, instándonos a que estudiemos la palabra del Señor que se encuentra en ellas. . .las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.” (2 Tim. 3:15.) Pero no siempre oímos y sería conveniente que nos preguntásemos porqué.

Muchas veces parecería que las tomáramos con ligereza, ya que no apreciamos completamente el raro privilegio que tenemos de poseerlas, y lo bendecidos que somos porque tenemos la oportunidad de leerlas. Parece que nos hemos conformado tan cómodamente a nuestras experiencias mundanas y hemos llegado a acostumbrarnos de tal forma a oír el evangelio, que nos es difícil imaginar que pudiera ser de otra forma.

Pero debemos comprender que hace solamente 15.6 años que el mundo emergió de la larga noche de oscuridad espiritual que llamamos la gran apostasía. Debemos comprender algo de la profundidad de esas tinieblas que prevalecieron antes del día primaveral de 1820, cuando el Padre y el Hijo aparecieron a José Smith; esa oscuridad había sido prevista por el profeta Nefi y él la describe como “ese horrible estado de ceguedad” que sobrevino cuando le fue quitado al hombre el evangelio. (Véase 1 Nefi 13:32.)

Cuando el Libro de Mormón fue publicado en 1830, los restos de los pueblos cuya historia relata, habían permanecido en el continente americano por más de catorce siglos sin ninguna guía divina. El sagrado registro de sus pueblos había sido sellado para aparecer en esta dispensación del evangelio. Me conmuevo profundamente cuando leo el relato del gran profeta Mormón parado en medio de los últimos momentos de la carnicería y destrucción de su pueblo, los nefitas, en una terrible escena de sangre y matanza; y porque aun cuando sabia, al igual que sucedió con todos los profetas del Libro de Mormón, que la oscura edad de la apostasía debía tener lugar tal como se había profetizado, declaró con angustia en su alma:

“Pues he aquí, el Espíritu del Señor ha dejado de contender con sus padres; y están sin Cristo y sin Dios en el mundo; y son arrojados de un lado para otro como paja que lleva el viento. … Mas ahora, he aquí, Satanás los arrastra como el tamo que se lleva el viento; o como el barco que sin vela, ancla o timón con qué dirigirlo, es juguete de las olas; y así como la nave son ellos.” (Mormón 5:16-18.)

También en el Viejo Mundo la gente se encontraba virtualmente sin ancla, ya que la Iglesia primitiva se había sumido en la apostasía con la muerte de los apóstoles, y aun cuando existían los manuscritos de la Biblia, los mismos se encontraban en manos de unos pocos hombres que carecían de inspiración divina. Fue durante estos tiempos que muchas de las partes más preciosas de la Biblia se perdieron. (Véase 2 Nefi 13:28,32.)

Somos peregrinos sobre esta tierra, enviados aquí con la misión de llevar a cabo una gran obra, para la cual necesitamos la guía del Señor. El hecho de que yo no naciera en los tiempos de la oscuridad espiritual en los cuales los cielos estaban silentes y el espíritu retirado, llena mi alma de gratitud. En verdad, el estar sin la palabra del Señor que nos dirija, es como ser vagabundo en un vasto desierto sin contar con señales que nos guíen, o como si nos encontráramos en una oscura caverna sin la luz necesaria para conducirnos al camino de salida.

Durante la guerra de Vietnam, algunos miembros de la Iglesia fueron hechos prisioneros y mantenidos en casi total aislamiento. No disponían de ningún libro de Escrituras, y más adelante dijeron cuán hambrientos de palabras de verdad estuvieron durante aquellos tiempos; más hambrientos que de alimentos y aun que de la libertad misma. ¡Qué no habrían dado por disponer de unos pocos fragmentos de la Biblia o del Libro de Mormón, que mientras tanto se encontraban acumulando polvo en nuestros estantes! Ellos aprendieron por dura experiencia algo de los sentimientos expresados por Nefi cuando dijo: “Porque mi alma se deleita en las escrituras, y las medito en el corazón y las escribo para la instrucción y beneficio de mis hijos.

He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor, y mi corazón medita sin cesar lo que he visto y oído.” (2 Nefi 4:15-16.)

En un pasaje de las Escrituras, cuando el profeta Isaías se refiere a la gran apostasía, dice: “Porque Jehová derramó sobre vosotros espíritu de sueño y cerró los ojos de vuestros profetas, y puso velo sobre las cabezas de vuestros videntes.” (Isaías 29:10.)

Sin embargo, inmediatamente Isaías hace referencia directa al fin del oscurantismo y a la aparición del Libro de Mormón:

“Y os será toda visión como palabras de libro sellado, el cual si dieren al que sabe leer, y le dijeres: Lee ahora esto; él dirá no puedo, porque está sellado.” (Isaías 29:11.)

Y fue así que comenzó la obra maravillosa, una obra maravillosa y un prodigio que el Señor prometió que llevaría a cabo. (Véase Isaías 29:14.)

Desde los comienzos de la restauración del evangelio a través del profeta José Smith, más de dieciséis millones de copias del Libro de Mormón se han impreso y distribuido en veintiséis idiomas; y en la actualidad se están preparando más de quince traducciones a otros idiomas; se han imprimido un sinnúmero de Biblias sobrepasando en cantidad a cualquier otra obra; tenemos también Doctrinas y Convenios y la Perla de Gran Precio. Además de tener acceso a esas preciosas obras de escritura, tenemos la oportunidad llevada a un extremo totalmente desconocido en otros tiempos de la historia del mundo, de recibir educación y habilidad para utilizarlas, si es que lo deseamos.

Los antiguos profetas sabían que después de la oscuridad vendría la luz. Nosotros vivimos ahora en esa luz, ¿pero acaso la comprendemos en su plenitud? Teniendo las doctrinas de salvación a nuestro alcance, me temo que hay muchos que todavía se encuentran dominados por un estupor, teniendo ojos que no ven y oídos que no oyen (Romanos 11:8).

A fin de que no fracasemos en el intento de pensar seriamente en lo que he dicho, quisiera hacer una pausa para destacar un error muy común en la mente humana: cuando alguien habla de fidelidad o éxito tenemos la tendencia a pensar inmediatamente en “nosotros”, y cuando se habla de fracaso o negligencia, desasociarnos mentalmente de la situación pensando en “ellos”, pero pido a todos que honestamente evaluemos nuestra actuación personal en el estudio de las Escrituras. Es bastante común ver casos de personas que dominan varios de sus pasajes, de tal forma que se hacen la ilusión de saber mucho acerca del evangelio. En este sentido, el tener un poco de conocimiento puede presentar en realidad un gran problema. Estoy convencido que cada uno de nosotros en algún período de nuestra vida, tiene que descubrir las Escrituras por sí mismo, y no solamente una vez sino redescubrirlas muchas veces.

Respecto a esto, la historia del rey Josías en el Antiguo Testamento, es una de las más apropiadas y creo que una de las mejores que podemos encontrar, Josias tenía sólo ocho años cuando comenzó a reinar en Judá y aún cuando sus progenitores eran extremadamente inicuos, las Escrituras nos dicen que él “hizo lo recto ante los ojos de Jehová y anduvo todo el camino de David, su padre, sin apartarse a derecha ni izquierda” (2 Reyes 22:2), Esto es aún más sorprendente cuando nos enteramos que por esa época (solo dos generaciones antes de la destrucción de Jerusalén, en el 587 A. de J.) se había perdido la ley escrita de Moisés, que era virtualmente desconocida aun entre los sacerdotes del templo.

Pero en el año decimoctavo de su reinado, Josias dio órdenes para la reconstrucción del templo; en ese tiempo, Hilcías, el sumo sacerdote, encontró el libro de la ley que Moisés había colocado en el arca del convenio y se lo llevó al rey.

Cuando se le leyó el libro de la ley, Josias “desgarró sus ropas” y se lamentó delante del Señor:

“.. .porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.” (2 Reyes 22:13.)

El rey leyó entonces el libro delante de todo el pueblo y en ese momento hicieron el convenio de obedecer todos los mandamientos del Señor, “con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro” (2 Reyes 23:13). Entonces el rey Josias procedió a limpiar el reino de Judá quitando todos los ídolos, destruyendo los bosques sagrados, los altares y todas las abominaciones que se habían acumulado durante los reinados de sus padres, y con los que se habían prostituido su país y su pueblo. Después de esto, observó una solemne pascua, cosa que no se había hecho desde los tiempos de Israel y de los reyes de Judá (2 Reyes 23:22) todo esto para que él “. . .cumpliera las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová. No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual” (2 Reyes 23:24-25).

Creo firmemente que al igual que lo hizo el rey Josias, todos debemos retornar a las Escrituras y permitir que sus enseñanzas obren poderosamente dentro de nosotros, compeliéndonos a una inquebrantable determinación de servir al Señor.

Josias tenía a su disposición solamente la ley de Moisés; en cambio nosotros, contamos con el evangelio de Jesucristo en su plenitud; y cualquier cosa justa que en parte sea buena, en su totalidad produce un gozo perfecto.

El Señor no bromea cuando nos da estas cosas, porque “a quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48). Disfrutar de sus bendiciones pone sobre nuestros hombros una gran responsabilidad. Debemos estudiar las Escrituras de acuerdo con el mandamiento del Señor (véase 3 Nefi 23:1-5), y permitir que sus enseñanzas, gobiernen nuestra vida y la vida de nuestros hijos al poseerlas, debemos asegurarnos de cumplir con la responsabilidad de volver nuestros corazones a nuestros amados antepasados, muchos de los cuales soportaron la larga noche de oscuridad para que nosotros pudiéramos existir, y ahora tal vez con más ansias, aún esperan con impaciencia nuestros esfuerzos en beneficio de ellos.

Las enseñanzas del Señor han sido siempre para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír. La voz es clara e inequívoca, y seguro es el testimonio en contra de aquellos que son negligentes en aprovechar completamente esta gran oportunidad.

Por eso pido a todos hoy, que comencéis a estudiar diligentemente las Escrituras si es que todavía no lo habéis hecho. Tal vez la forma más fácil y eficaz de hacerlo sea participar en el programa de estudio de la Iglesia.

En el programa de estudios para los adultos de la Iglesia, los quórumes del sacerdocio de Melquisedec y las clases de doctrina del evangelio de la Escuela Dominical, se estudian los libros canónicos en forma rotativa. Durante un lapso de ocho años, se estudia completamente el Antiguo Testamento, la Perla de Gran Precio, el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón y Doctrinas y Convenios. Esperamos que todos apoyéis este estudio de las Escrituras para darle un mayor énfasis y asegurar que este bien correlacionado programa de la Iglesia no se vea disminuido con lecturas o asignaciones de estudios que provoquen desconcierto. Cada una de las obras, canónicas debe estudiarse intensamente en el año que le corresponde.

Este mes comenzamos a estudiar el Libro de Mormón; la Escuela Dominical lo presenta en su contenido histórico y cronológico y los quórumes del sacerdocio consideran las mayores obligaciones doctrinales y sacerdotales. Para el mes de agosto ya estudiaremos desde primer Nefi hasta Alma 29, y el resto del libro se estudiará en el período correspondiente a 1977-78.

Os invitamos a uniros a nosotros en esta excelente oportunidad, porque bien lo dijo el profeta José Smith: “El Libro de Mormón es el libro más correcto que se encuentra sobre la tierra y la piedra angular de nuestra religión, y cualquier hombre puede acercarse más a Dios por sus preceptos que por los de ningún otro libro”.

Os aseguro que seréis bendecidos y enriquecidos por su contenido, ya que fue escrito para nuestra época para “los la-manitas, quienes son un resto de la casa de Israel, y también a los judíos y a los gentiles.” Este es un hecho puesto de manifiesto en varias ocasiones por sus autores principales: Nefi, Mormón y Moroni. Aun cuando variadas son las formas en que podemos beneficiarnos con este libro, su principal mensaje y el más valioso que podamos recibir aparte de la historia de guerra y de paz, tal vez continúe siendo el de que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo.

Que con un profundo espíritu de oración podamos leer todos el Libro de Mormón, estudiarlo cuidadosamente, y recibir el testimonio de su divinidad, porque el Salvador mismo dijo de él: “. . . como vive vuestro Señor y vuestro Dios, es verdadero” (D. y C. 17:6).

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