Qué significa conocer a Cristo

Marzo de 1975
Qué significa conocer a Cristo
por George W. Pace

George W. PaceCuando tenía 19 años, comencé a sentirme cautivado por el Libro de Mormón. Andaba constantemente con una copia en el bolsillo, y siempre que podía, leía un poco.

Sólo el pensar en comenzar el tema de lo que significa conocer a Cristo, es de por sí algo que infunde profundo respeto. En realidad, ni siquiera hubiera pensado en ello, si no fuera que sé que Él vive, que es un Dios de infinito poder y que puede cambiar nuestra vida de una manera maravillosa.

La Iglesia, con todos sus programas, puede influir en nosotros en forma extraordinaria. Aprecio profundamente el entrenamiento y las experiencias preparatorias que tuve, que me llevaron al conocimiento de que uno de los propósitos de la Iglesia y de todas sus ordenanzas y principios es capacitarnos para conocer a Cristo y relacionarnos con El íntimamente.

Aunque era activo en la Iglesia, nunca sentí intensamente el deseo de buscar las cosas del Espíritu en los primeros años de mi vida; no obstante, tenía el presentimiento de que la Iglesia debía ser verdadera. ¡Y cómo deseaba que lo fuera! Pero nunca sentí esa verdad en la forma en que deseaba sentirla.

Cuando tenía 19 años, comencé a sentirme cautivado con él, Libro de Mormón. Aquel verano andaba constantemente con una copia en el bolsillo y, siempre que podía, entre un trabajo y otro, lo leía atentamente. Mis oraciones cambiaron y se hicieron más intensas; muy a menudo oraba varias veces al día pidiendo un testimonio revelado del libro.

Después de unas pocas semanas de intensiva lectura, me encontré en medio de un mundo completamente nuevo para mí. Las cosas del espíritu comenzaron a interesarme y empecé a tener el sentimiento de que mi vida tenía una poderosa razón de ser, que había una obra para la cual debía prepararme.

Recuerdo particularmente un día en que sentía circular por todo mi cuerpo la silenciosa seguridad de las verdades que había estado leyendo. Me encontraba sentado en el borde de un puente y, al levantar la vista hacia el cielo, sentí íntimamente el espíritu de aquellas palabras. El Espíritu Santo me dio el testimonio de que lo que los profetas habían escrito en aquel libro era verdad; supe que Nefi había visto al Señor y hablado con Él, que había probado la bondad y el amor divinos y que su vida había cambiado bajo la influencia del Salvador. Pero el gozo mayor fue sentir en todo mi cuerpo la ardiente seguridad de que yo también podía llegar a conocer a Cristo, entender las grandes verdades del evangelio y, al igual que Nefi, ser espiritualmente fortalecido por el poder del Salvador.

Comprender que se puede recibir la maravillosa seguridad que da el Espíritu, y llegar así a conocer al Maestro. ¡Qué pensamiento electrizante! Y más emocionante aún es saber que se puede conocerlo en una forma personal y directa.

Unos meses más tarde me encontraba en la Casa de la Misión, donde tuve el privilegio de escuchar a muchos de los siervos escogidos del Señor, Uno de ellos habló sobre sus sentimientos personales por El e hizo que la expiación fuera para mí algo muy real, Aquel día volví a sentir el fuego del Espíritu en mi corazón y renové mi intento de lograr aquella ansiada relación con El.

Después de casado, un día mi esposa y yo nos dedicamos a escuchar los discursos de la Conferencia General. Al oír el testimonio del presidente J. Reuben Clark Jr., tuve la seguridad de que él también conocía al Salvador en forma completamente personal.

Esas experiencias fueron, en cierto modo, indicaciones de que estaba aprendiendo además algo muy importante: el concepto de que el sacerdocio y los principios y ordenanzas del evangelio cobrarían un significado especial para mí, al verlos simbolizados en la persona viviente de nuestro Redentor.

Creo que podemos decir que uno de los principales propósitos del sacerdocio, el evangelio y la Iglesia, es ayudarnos a conocer al Salvador a fin de que podamos desarrollar nuestra fe en El. Centrando nuestra actividad en la Iglesia, nuestro estudio .de las escrituras y nuestras oraciones en ese deseo, estaremos, mejor preparados para recibir su guía diariamente.

Como Iglesia y como pueblo una de nuestras misiones es ser una luz para el mundo. Y ¿qué significado tiene esto? El Salvador mismo lo explicó: «Así pues alzad vuestra luz para que brille ante el mundo. He aquí, yo soy la luz que debéis levantar en alto. . .» (3 Nefi 18:24).

Todos nuestros programas de la Iglesia están dirigidos a lograr que las personas se acerquen a Él en perfección. ¿Acaso no es ése el significado de estas palabras de Pablo? «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Cor. 2:2). Y el testimonio de José Smith sobre la importancia de conocer a Cristo siempre me ha impresionado: «Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios. ..» (D. y C. 76:22-23).

Me emociona el testimonio de todos los profetas, siempre centrado en la figura del Salvador, y encuentro en ese testimonio un desafío para que lo conozcamos tan profundamente, que en nuestras enseñanzas y nuestro modo de vida, otros puedan sentir el deseo de seguir a Cristo por el mensaje que de Él les dejamos con nuestras acciones.

Brigham Young extendió una invitación para que lo hagamos, con estas palabras:

«. . . el mayor y más importante de todos los requisitos que nos imponen nuestro Padre Celestial y su Hijo. . . es que creamos en Jesucristo, lo busquemos, nos tomemos de su mano, seamos sus amigos. Que abramos un canal de comunicación con nuestro Hermano mayor, nuestro Salvador.» (Journal of Discourses, vol. 8 pág. 339.)

Por lo tanto, la Iglesia es una institución divina, cuyo propósito es dirigirnos hacia Él. No es suficiente con que tengamos un testimonio de su existencia. Es necesario que lo conozcamos. «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3.)

Me gustaría citar a continuación seis puntos que creo son cruciales en alcanzar dicho conocimiento:

Primero: Conocer al Señor significa saber que Él es literalmente el Hijo de Dios. Hay muchas personas que no aceptan la verdad declarada en las escrituras de que Jesucristo es el Unigénito del Padre en la carne.

«. . . Es necesario que comprendamos el simple hecho de que el Dios Todopoderoso es el Padre de Jesucristo, y que María, la joven virgen «que no había conocido varón», era su madre. Por medio de ella

Dios engendró a su Hijo, y El nació en el mundo con el poder y la inteligencia que heredaba de su Padre.» (Messages of the First Presidency, por Joseph F. Smith. Vol 4, págs 29-30.) Dios, el Eterno Padre, es literalmente el padre de Jesucristo.

Mientras era director de instituto en una universidad, tuve una interesante experiencia que demuestra cuán importante es aceptar a Cristo como Hijo de Dios. Durante una semana dedicada a dar énfasis a la religión, tuvimos como invitado especial y conferenciante a un ministro prominente y nacionalmente conocido. En sus conferencias, que eran excelentes, evidenciaba un gran conocimiento de las escrituras y parecía apreciar al Salvador. Al finalizar la última, tuvimos la oportunidad de reunirnos en una sesión especial en la que podríamos manifestar diferentes puntos de vista a los expresados durante aquella semana. Varios ministros locales y yo nos reunimos con nuestro invitado para formar un panel que defendería las creencias del cristianismo.

Muy poco después de haber comenzado, me di cuenta de que la mayoría de los miembros que componían el panel, no estaban interesados en defender al cristianismo, sino más bien en desplegar sus conocimientos bíblicos y en dar énfasis al aspecto social del evangelio. En realidad, muchos de ellos hacían una crítica negativa de lo que se suponía debíamos defender, y particularmente de la idea de que Jesús fuera Hijo de Dios. Su actitud era similar a la de los que formaban el panel contrario. Yo los escuchaba en silencio, creo que en cierto modo basándome en el refrán «en boca cerrada no entran moscas».

Finalmente sin embargo, como la situación comenzó a empeorar, me puse de pie, tomé un micrófono en cada mano, y durante diez o quince minutos expliqué a la audiencia mis sentimientos hacia el Señor. Hablé sobre verdades absolutas, sobre lo importante que es reconocer que hay un Dios ante quien somos responsables por nuestras acciones; les di mi testimonio de que sé que Jesucristo vive, que es el Hijo de Dios, que vendrá nuevamente y que tendremos que darle cuenta demuestra vida.

Fue una hermosa experiencia. Nunca en mi vida había sentido tanto el Espíritu del Señor.

Les hablé también de la apostasía, de que el cristianismo del cual ellos hablaban, no es el mismo que Cristo dejó en la tierra.

Cuando terminé, todos aplaudieron con entusiasmo. Yo casi no podía dar crédito a lo que veía; durante dos horas aquellas personas se habían dedicado a criticar sin lástima al cristianismo, y de pronto con su aplauso, parecían agradecidos de que alguien, por fin, se hubiese dispuesto a ofrecer su testimonio de que Dios vive.

Pero apenas unos minutos más tarde, un estudiante le preguntó a nuestro distinguido invitado: «¿Cree usted en la divinidad de Jesús?». Después de meditar por un momento, él respondió: «Prefiero no creer en la divinidad de Jesucristo, pues si así lo hiciera, le estaría dando a Él una ventaja sobre mí. ¡Quién sabe! Puede que en los próximos veinte años surja otro hombre que viva mejor de lo que Cristo vivió, y tenga yo que reverenciarlo como mi redentor.»

Al oírlo pensé que no es extraño que el Cristo resucitado le dijera a José Smith que las iglesias del mundo «con los labios me honran, mas su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas mandamientos de hombre, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella» (José Smith 2:19).

Segundo: Conocer al Señor es saber que al orar, podemos conversar con El cómo conversamos los unos con los otros. Mientras me preparaba para un discurso especial, oré pidiendo más comprensión sobre el significado de conocer al Señor. Entonces una idea me iluminó, en forma de pregunta: ¿A quiénes conozco realmente en esta vida mortal?

Al meditar en el asunto, pensé que una de las personas a quienes conozco mejor es mi padre; por lo tanto, comencé a recordar las experiencias que me han permitido conocerlo bien. Recordé las muchas horas que ambos dedicamos a la conversación cuando yo era un muchacho y vivíamos en la granja; aun cuando muchas de las cosas de las que yo quería hablar eran triviales, mi padre siempre me escuchaba con atención y alentaba aquellas charlas. A medida que los años pasaban, las conversaciones se volvieron más serias y profundas y eran un gozo diario que yo deseaba prolongar, aunque fuera por unos minutos solamente.

En una oportunidad, fui de visita por dos días a la casa de mis padres; poco antes de partir, le conté a mi padre algunas de las cosas que me preocupaban, y él compartió conmigo una hermosa experiencia espiritual que me dejó sumamente reconfortado. Al alejarme de allí aquel día, me fui pensando que el único motivo por el cual me había contado aquello tan íntimo y sagrado era porque, a través de los años y por medio de nuestras profundas conversaciones, habíamos establecido una firme base de confianza…

Apenas una semana más tarde, mientras iba solo en el auto viajando hacia una ciudad distante, elevé una ferviente oración a mi Padre Celestial; a los pocos minutos, bajo la influencia del Espíritu Santo, reviví muchos de los hermosos momentos compartidos con mi padre terrenal, tan vívidamente como si estuviera pasando por las experiencias nuevamente; sentí otra vez su amor, y su presencia era algo tan real que vertí lágrimas de emoción al comprender cuán preciosa era la relación que existía entre nosotros.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba con unos amigos, me llamaron por teléfono para avisarme que mi padre había muerto durante la noche.

Al recordar las muchas experiencias y las selectas conversaciones que desarrollaron entre mi padre y yo tan fuertes lazos de amor, pude comprender que se puede aplicar el mismo principio al desarrollo de una relación especial con el Señor: cuanto más nos acerquemos a Él por medio de la oración, cuanto más cabida le demos en nuestra vida y más obedezcamos los principios del evangelio, más profundo será nuestro conocimiento mutuo con Él. La relación que podamos llegar a tener con nuestro padre terrenal, es un símbolo de la que podemos lograr con el Señor.

Tercero: Conocer al Señor es saber en forma personal que El sufrió por nosotros. ¿Os habéis preguntado alguna vez porqué hablan los profetas de »un corazón quebrantado y un espíritu contrito»? Nefi testificó que el sacrificio del Salvador fue para satisfacer las demandas de la ley sólo por aquellos «quebrantados de corazón y contritos de espíritu» (2 Nefi 2:7). Pero, ¿cómo se hace para tener un corazón quebrantado y un espíritu contrito por los pecados cometidos? ¿Se logrará esto quizás al comprender lo que el Salvador hizo para liberarnos de esos pecados?

Cuando decimos que el primer principio del evangelio es «fe en el Señor Jesucristo», se sobreentiende que uno de los aspectos de su vida que requiere mayor fe, es su sacrificio expiatorio; (véase D. y C. 76:41). Comprendemos el verdadero significado de ser miembros de la Iglesia cuando, por medio del poder del Espíritu, llegamos a entender lo que pasó en Getsemaní y en el Gólgota y a imaginar el dolor y la agonía del Salvador cuando sufrió por nosotros. Entonces es cuando puede quebrantarse nuestro corazón por nuestras faltas y debilidades y sobrecogernos el sentimiento de su inmenso amor por el hombre.

El sacrificio de Cristo es el acontecimiento central en la historia de nuestro mundo terrenal. No hay ninguna otra cosa que nos dé la posibilidad de arrepentimos de nuestros pecados y de alcanzar la divinidad, ni que nos aliente a la edificación de Sión, como la comprensión total de la majestad de este hecho.

Tanto Alma como su pueblo testificaron haber alcanzado ese tipo de relación personal con el Salvador. Y el presidente Harold B. Lee declaró:

«. . . cuando me preparaba para un discurso sobre la vida del Salvador, al volver a leer la historia de su vida, su crucifixión y resurrección, la realidad de esa historia me impresionó profundamente. Iba más allá de las palabras que leía, porque en verdad, me encontré contemplando las escenas con una certeza tal que parecía que las hubiese vivido. Y sé que estos conocimientos sólo vienen por revelación del Dios viviente.» (Speeches of the Year, Harold B. Lee. BYU, oct. 15 de 1952, pág. 10)

Imaginemos que, al estudiar las escrituras, descubrimos que no estamos sin pecado como desearíamos o deberíamos; entonces comprendemos que la razón por la cual no recibimos más revelación, no somos más felices o no cumplimos con nuestra mayordomía como debiéramos, es que no tenemos el suficiente poder del Espíritu Santo. Por lo tanto, como Enós, sentimos con ansiedad nunca experimentada la necesidad de una completa remisión de nuestros pecados. Claro que hemos sido bautizados; pero no hay duda alguna que ni la promesa ni la imposición de las manos son la misma cosa que el bautismo del Espíritu. Entonces nos humillamos ante el Señor en oración y le rogamos esa remisión total de pecados.

Para que la expiación se haga algo más real para nosotros, no tenemos más que imaginar que nos vemos obligados en la presencia del Salvador a pasar revista a nuestros pecados, a todas las ocasiones en que quebrantamos un mandamiento. Esa sería una experiencia profundamente dolorosa y a vergonzante, en especial al comprender que no hay forma en que podamos enmendar nuestros propios pecados. Y al pensar en el Señor en Getsemaní, y en la tremenda carga de sufrimiento y dolor que Él tuvo que soportar, tan intensa que hizo brotar sangre de sus poros, nos damos cuenta de que el objeto de esa agonía fue pagar por esos pecados.

Cuando después del arrepentimiento pensamos en todo eso, sentimos una paz y un gozo diferentes; nos sentimos limpios, cambiados, renovados totalmente. Y, ¡cuán grande es el regocijo por tal bendición!

Cuarto: Conocer al Señor es saber que podemos llegar a ser como Él es. Este es quizás, el mensaje fundamental del evangelio: la misión de Jesucristo es darnos la oportunidad de volver a nacer y convertirnos en sus hijos.

Cuanto más estudio el evangelio, más me convenzo de que el proceso de volver a nacer es sinónimo de recibir a Cristo en nuestro propio ser (véase 2 Pe. 1:4). Es el proceso de fusionar en nosotros sus cualidades y características por medio del Espíritu Santo. Al hacerse el Espíritu más intenso, nos volvemos más como Cristo, su imagen y apariencia se graban en nuestro ser (véase Al. 5:14), y sentimos una nueva capacidad para amar, bondad y paciencia renovadas y un nuevo sentido del valor de los demás.

Debemos darnos cuenta de que, no obstante nuestras debilidades, nuestras costumbres y a veces, el desafortunado ambiente en que nos desarrollemos, el mensaje del evangelio es que podemos cambiar, en forma total y absoluta. El poder de llegar a ser como Cristo está disponible para todo el que logre obtener una fe en El, dinámica y viviente.

Quinto: Conocer al Señor es saber que por intermedio de Él se pueden resolver todos los problemas de la vida. En su extraordinario testimonio Nefi dice: «iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que Ies ha mandado» (1 Nefi 3:7).

Vivir el evangelio en nuestra época es un gran desafío. Los conocimientos, del hombre han llegado a saturar de tal modo nuestra vida, que hay muchas personas que se niegan a creer que mediante el evangelio se puede lograr lo que de otro modo sería imposible. Y llegará el día en que el Señor nos pida que hagamos cosas que son imposibles. . . a menos que se hagan por medio de Él. Y cuando lo hagamos así, sabremos quién es Él y conoceremos su gran poder.

Sabemos que si le tenemos confianza Él nos ayudará a llevar a cabo su obra, ya sea por los medios más simples1 o por milagros.

Sexto: Conocer al Señor es saber que Él nos quiere porque es un padre amante. La gran realidad de nuestra vida es saber que Jesucristo es un padre amoroso y que desea que tengamos con Él una relación filial. En las escrituras El habla de esa relación en forma cálida y personal. En el Monte de los Olivos dijo: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas. . . cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mat. 23: 37). Pienso que lo que quiso decir fue que le gustaría rodearnos con sus brazos y consolarnos y fortalecernos; querría quitarnos la ansiedad, el pesar, las preocupaciones e infiltrar en nosotros gozo, paz, y la comprensión de que le somos infinitamente preciosos.

Cuando tenemos esa clase de relación con nuestro padre terrenal, es reconfortante sentir sus brazos rodeándonos y dándonos fortaleza; aunque a veces no pronunciemos palabra alguna, esa simple acción cimenta y refuerza nuestro amor mutuo.

El amor de un padre es una fuerza vital. El presidente Harold B. Lee dijo: «Si el amor de un padre por sus hijos es fuerte, y si desde la infancia les ha hecho sentir el calor de su afecto, la camaradería entre ellos madurará con el tiempo y los acercará, al llegar momentos en la vida del muchacho en que necesita la mano firme de un padre comprensivo.» (Church News, julio 17 de 1971, pág. 2.)

Uno de los grandes dones del Espíritu, además del de la vida eterna, es la caridad, o el amor puro de Cristo. Conocerlo a Él es saber que nos ama con un amor infinito, y para probar ese amor todo lo que tenemos que hacer es amar a otras personas como El las ama. Brigham Young dijo en una oportunidad: «La más insignificante e inferior de las personas acá en la tierra. . . tiene el valor de mundos». (Journal of Discourses, vol. 9, pág. 124.)

Conocer al Señor es comprender el .valor que tiene nuestra vida ante El, y hacer todo lo posible por llevarle almas al Padre por medio de su amado Hijo.

Me siento agradecido por la Iglesia restaurada, y por el poder que tenemos de sobreponernos a nuestras debilidades y llegar a ser como el Salvador. Me siento agradecido a los profetas del pasado y el presente, que han testificado de Cristo con tal poder que nos han hecho conocer el significado de la declaración del Maestro: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3).

El eslabón que nos une con el Padre Celestial, es Jesucristo. El Padre nos sellará a Él para que seamos suyos, si llegamos a conocer al Señor y le damos la ofrenda de nuestra vida.

«Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa; creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.» (Rom. 8:38-39.)

El hermano George W. Pace es profesor auxiliar de historia y doctrina de la Iglesia en la Universidad de Brigham Young.

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