Los principios de la ley de consagración

Los principios de la ley de consagración

Marion G. Romneypor el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona Febrero de 1980


La ley de consagración fue revelada al comenzar esta última dispensación. Cuando la Iglesia todavía no tenía un año de organizada, el 2 de enero de 1831, el Señor reveló lo siguiente mediante el profeta José Smith:

“Y de nuevo os digo, estime cada hombre a su hermano como a sí mismo.

¿Qué hombre de entre vosotros, si teniendo doce hijos que le sirven obedientemente, y no hace acepción de ellos, dijere a uno: Vístete de lujo y siéntate aquí; y al otro: vístete de harapos y siéntate allí, podrá luego mirarlos y decir soy justo?

He aquí, esto os lo he dado por parábola, y es aun como yo soy. Yo os digo: Sed uno; y si no sois uno, no sois míos.” (D. y C. 38:25-27.)

Treinta y ocho días después, el 9 de febrero de 1831, el Señor reveló la ley de consagración para que por medio de ésta se pudieran erradicar las diferencias que existían entre los ricos y los pobres. Estas son sus palabras:

“Si me amas, me servirás, y guardarás todos mis mandamientos.

Y, he aquí, te acordarás de los pobres, y mediante un convenio y título que no puede ser revocado, consagrarás lo que puedes darles de tus bienes, para su sostén,

Y al dar esos bienes a los pobres, lo harás para mí; y se depositarán con el obispo de mi Iglesia y sus consejeros, dos de los élderes o sumos sacerdotes, a quienes él nombrará, o haya nombrado y apartado para ese propósito.

Y una vez depositados con el obispo de mi Iglesia, y después que él haya recibido estos testimonios referentes a la consagración de los bienes de mi Iglesia, de que no pueden ser retirados de ella, según mis mandamientos, acontecerá que todo hombre será responsable ante mí, administrador de sus propios bienes o de los que haya recibido por consagración, cuanto sea suficiente para él y su familia.” (D. y C. 42:29-32.)

El principio básico y la razón por la que fue dada la ley de consagración “es que todo lo que tenemos le pertenece al Señor; por lo tanto, el Señor puede pedimos toda parte de la propiedad que tenemos, porque toda ella le pertenece…” (D. y C. 104; 14-17, 54-57); citado por J. Reuben Clark, hijo, Conference Report, octubre de 1942, pág. 55).

El propósito de esta ley era que todos los hombres fueran iguales “según su familia, conforme a sus circunstancias y sus necesidades” (D. y C. 51:3). Así, cada persona, incluyendo a las que eran pobres, había de recibir una porción que la haría igual a las otras de acuerdo con sus circunstancias, su familia y sus necesidades.

“La tierra que el obispo ha escriturado a vuestro nombre, así fuera la parte de tierra que vosotros mismos habéis consagrado a la Iglesia, o si fuera la parte que simplemente se os había otorgado… y los demás bienes materiales que recibisteis, formaban un conjunto que en las escrituras a veces era llamado ‘porción’ (véase D. y C. 51:4-6), a veces ‘mayordomea’ (D. y C. 104:11-12), y a veces ‘heredades’ (véase D. y C. 83:3).” (J. Reuben Clark, hijo, Conference Report, octubre de 1942, pág. 56.)

Los miembros de la Iglesia en el Distrito de Jackson, Missouri, organizaron lo que llamaron “la Orden Unida”, y procuraron poner en práctica la ley de consagración. Sin embargo, fallaron, y fueron echados de ese lugar.

El Señor explicó la razón de sus fracasos y tribulaciones de esta manera:

“De cierto os digo a vosotros, los que os habéis congregado para que podáis saber mi voluntad en cuanto a la redención de mi pueblo afligido.

He aquí, os digo que si no fuera por las transgresiones de mi pueblo, hablando de la Iglesia y no de individuos, bien podrían haber sido redimidos ya.

Pero, he aquí, no han aprendido a obedecer las cosas que requerí de sus manos, sino que están llenos de toda clase de iniquidad, y no imparten de su substancia a los pobres y a los afligidos entre ellos como conviene a los santos;

Ni están unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial;

Y no se puede edificar a Sión sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial; de otra manera, no la puedo recibir.

Si fuera necesario, mi pueblo ha de ser castigado hasta que aprenda la obediencia, por las cosas que sufre.

Por tanto, a causa de las transgresiones de mi pueblo, me parece conveniente que mis élderes esperen un corto tiempo la redención de Sión,

Para que ellos mismos se preparen; para que mi pueblo sea instruido más perfectamente y adquiera experiencia, y para que sepa más cabalmente su deber y las cosas que de sus manos requiero.” (D. y C. 105:1-6, 9-10.)

Así terminó la primera tentativa de poner en práctica la ley de consagración.

Alrededor de cien años después de esta experiencia, en octubre de 1936, la Primera Presidencia de la Iglesia anunció la organización del programa de bienestar.

El presidente J. Reuben Clark, hijo, el principal organizador de este proyecto dijo concerniente a este nuevo programa de la Iglesia, comparándolo con la Orden Unida:

“Todos hemos dicho que el Plan de Bienestar no es la Orden Unida y no tenía intención de serlo. Sin embargo, quisiera sugeriros que tal vez cuando el Plan de Bienestar se ponga en práctica en su totalidad, no estaremos muy lejos de cumplir con el gran fundamento de la Orden Unida.

En primer lugar, esta Orden estaba basada en el principio de la propiedad privada; en esta forma todo lo que cada uno de los miembros tenía y usaba le pertenecía. Es obvio que nuestro sistema de vida actual se basa también en la propiedad privada.

Segundo, en lugar de los excedentes que se acumulaban bajo el régimen de la Orden Unida, nosotros tenemos hoy las ofrendas de ayuno, las donaciones al Plan de Bienestar, y nuestros diezmos, todo lo cual puede ser destinado a la ayuda de los pobres, como también para financiar las actividades y los negocios de la Iglesia. Después de todo, la Orden Unida fue dada con el propósito principal de eliminar la pobreza de entre nosotros, y éste también es el propósito del Plan de Bienestar.

Vemos con claridad a través de estas primeras revelaciones así como también estudiando nuestra historia, que desde el principio el Señor le dijo al pueblo que cesara de ser haragán, avaro e inicuo, porque los hermanos que tenían mucho no daban suficiente, y los que carecían de bienes materiales tenían intenciones de vivir sin trabajar a costa de los más afortunados…

También en el Plan de Bienestar tenemos un almacén del obispo tal como el que existía en aquella época bajo la Orden Unida, y se usa con el mismo propósito con que se usaba antes, el de almacenar las cosas que posteriormente son distribuidas entre los pobres.

Como ya lo he indicado, el sobrante que obtenía la Iglesia como resultado del cumplimiento de la ley de consagración, bajo el sistema de la Orden Unida, se consideraba propiedad común de la Iglesia y se utilizaba para beneficio de los pobres. En toda la Iglesia y bajo el Plan de Bienestar, existen actualmente terrenos que son utilizados por los distintos barrios para proyectos de cultivo; en algunos casos son propiedad de los barrios; en otros, la Iglesia los arrienda o los recibe en calidad de préstamo. Esta tierra se cultiva para el beneficio de los pobres y a su vez se espera que éstos ayuden a trabajarla siempre que sea posible.

Como podéis notar en todos estos puntos, el Plan de Bienestar ha puesto en práctica los principios básicos de la Orden Unida. Además, teniendo en cuenta la ayuda que se les da a los miembros según sus propias necesidades para que emprendan un negocio o trabajen la tierra, tenemos un plan que no es muy distinto que el que tenían bajo la Orden Unida, cuando los pobres recibían su porción del fondo común.” (Conference Report, octubre de 1942, págs. 57-58.)

Teniendo en cuenta el hecho de que ahora no se nos pide que cumplamos con la ley de consagración, y considerando que en la actualidad tenemos el programa de bienestar, el cual el presidente Clark describió como muy similar al sistema de la Orden Unida, pienso que la mejor manera de vivir los principios de la ley de consagración, es cumpliendo con los principios y prácticas del programa de bienestar.

Estos principios y prácticas se han establecido para evitar la holgazanería y la avaricia; se nos invita a contribuir generosamente a las ofrendas de ayuno y a hacer otras donaciones al plan de bienestar, a pagar un diezmo completo, y ajustamos a los propósitos para los cuales la Presidencia de la Iglesia organizó el programa:

“Nuestro propósito principal fue establecer, hasta donde fuera posible, un sistema bajo el cual la maldición del ocio fuera suprimida, se abolieran las limosnas y se establecieran nuevamente en nuestro pueblo la industria, el ahorro y el autorrespeto. El propósito de la Iglesia es ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas. El trabajo debe ser nuevamente el principio imperante en la vida de los miembros de nuestra Iglesia.” (Conference Report,, octubre de 1936, pág. 3.)

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