Enero de 1982
Cuando estéis angustiados
Por Jeffrey R. Holland
(Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young.)
Quisiera hablar de un conflicto universal que puede surgir en cualquier momento y sobrevenir en cualquier lugar. Lo considero una faceta de la maldad; al menos, sé que puede surtir efectos perjudiciales que obstaculizan nuestro progreso, nos desalientan, menoscaban nuestras esperanzas y nos dejan indefensos ante otros males de considerable magnitud. Me gustaría tratar este tema, pues no conozco ningún otro recurso que Satanás emplee tan astuta y hábilmente como éste para llevar a cabo su obra maligna; me refiero al desaliento que hace presa de nosotros, derrotándonos hasta el punto en que llegamos a creernos incapaces de salir adelante: en suma, al desánimo y a la desesperación.
Al abordar este tema, no es mi intención descartar el hecho de que, en efecto, existe un buen número de otras cosas en el mundo que nos producen angustia. En la vida, individual y colectivamente, así como a nivel local, nacional e internacional, ciertamente pululan verdaderas amenazas a nuestra felicidad. Sin embargo, lo que me inquieta no son las complejidades y problemas que publican los periódicos y que transmite la radio, sino aquellas cosas que si bien no aparecen en grandes titulares, son importantísimas en nuestro cotidiano vivir, y, por tanto, en la historia de nuestra vida.
A modo de introducción, me gustaría citar un pensamiento del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald (1896-1940), quien dijo que “los conflictos no tienen necesariamente que relacionarse con el desaliento, puesto que éste tiene su propia “bacteria” que lo causa, la cual es tan diferente del conflicto en sí, como la artritis es diferente de la rigidez de las articulaciones” (The Crack-Up, ed. por Edmund Wilson, New York: James Laughlin, 1945, pág. 77). Todos tenemos problemas y conflictos, pero la “bacteria” del desaliento, empleando el término expresado por Fitzgerald, no yace en el conflicto, sino en nosotros, o —para ser más preciso— creo que yace en Satanás, el príncipe de las tinieblas, el padre de la mentira; y él quiere que incubemos esa bacteria en el alma. Las más de las veces es una bacteria aparentemente insignificante, pero el problema es que se multiplica, crece y se propaga. De hecho, puede llegar a convertirse prácticamente en un hábito, o sea, en un modo de vivir y de pensar, que es cuando produce el mayor daño, ya que entonces comienza a ocasionar una devastación cada vez mayor en nuestro espíritu, consumiendo los más grandes cometidos religiosos que podamos fijamos; esto es, los que atañen a la fe, a la esperanza y a la caridad. Nos tomamos introvertidos y volvemos la mirada hacia abajo, deteriorando así —o cuando menos, mermando— esas grandiosas virtudes cristianas. Nos sentimos desdichados y no tardamos en hacer desdichadas a otras personas… y Lucifer se regocija.
Tal como se trata cualquier suerte de bacterias, debiéramos recurrir a la medicina preventiva para contrarrestar los progresos de la bacteria del desaliento que se halla en aquellas cosas que nos deprimen. Recordemos el concepto expresado por Dante Alighieri en su obra La Divina Comedia, en la parte El Paraíso, canto 17, que dice: “Cuando la flecha se ve venir de antemano, el impacto que produce es menos fuerte” (Traducción libre).
Por lo demás, las Escrituras dicen:
“Y ángeles volarán por en medio del cielo, clamando en voz alta. . . Preparaos, preparaos . . .”(D. y C. 88:92.)
“Si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).
El temor forma parte de lo que me propongo refutar en esta ocasión. Vemos que las Escrituras nos enseñan que la preparación o prevención es una de las armas más poderosas de las que podemos echar mano para defendemos del desaliento que puede llevamos progresivamente a la derrota.
Por ejemplo, es probable que nos sintamos abrumados por los problemas económicos; pero debemos tener valor y recordar que no somos los únicos que enfrentamos esta dificultad. Este tipo de problemas puede ser muy penoso, es cierto, pero tenemos la obligación —aunque sea para con nosotros mismos— de velar, de manera que no nos resulte destructivo.
Tal vez vivamos sin algunas cosas que necesitamos, y nos consideremos en la pobreza; pero tengamos en cuenta lo siguiente:
“Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?” (Mateo 6:30.)
Preparémonos, planeemos con anticipación, esforcémonos, sacrifiquémonos. Empleemos nuestro tiempo y el dinero de que dispongamos en cosas de valor. Aprovisionémonos ahora de la tranquilidad y la paz interior que se desprenden del saber a conciencia que se ha hecho lo mejor que se ha podido con lo que se ha tenido. Si trabajamos con ahínco y nos preparamos con perseverancia, será muy difícil que nos dejemos abatir. Si nos esforzamos con fe en Dios, en nosotros mismos y en nuestro futuro, edificaremos sobre una roca; y cuando vengan el viento y la lluvia —como de cierto vendrán—, éstos no nos derribarán.
Ahora bien, si nos esforzamos todo lo que podemos y vivimos rectamente, y aún así, las cosas todavía nos resultan gravosas y difíciles, tengamos valor. Recordemos que otras personas han pasado por las mismas experiencias.
¿Nos consideramos impopulares y diferentes? Leamos nuevamente la historia de Noé y veamos lo que era la popularidad en el año 2500 a. de J. C.
¿Se nos presenta la vida como un camino lleno de interminables obstáculos? Leamos nuevamente sobre Moisés. Tratemos de figuramos cuán pesada debe de haber sido la carga de tener que lidiar con el faraón, y luego, la de vagar cuarenta años por el desierto. Algunas tareas requieren tiempo. Aceptemos este hecho, y tengamos presente que la escritura dice que “todo se cumple”; sí, todo tiene su fin. Llegará el día en que superaremos los problemas que ahora nos acongojan, en que todo quedará atrás. La vida de otras personas nos da la prueba de ello.
¿Nos acosa el temor de que los demás no gusten de nosotros? El profeta José Smith podría hablamos extensamente sobre eso. ¿Tenemos problemas de salud? Ciertamente hallaremos consuelo en el hecho de que un verdadero Job ha guiado esta Iglesia a través de una de las décadas más emocionantes y reveladoras de esta dispensación. En los últimos treinta años, el presidente Kimball ha conocido pocos días libres de dolor, desconsuelo o enfermedad. ¿Es censurable preguntarse si él no habrá, en cierto sentido, llegado a ser lo que es no sólo a pesar de sus problemas de salud sino también en parte por motivo de ellos? No ha de infundirnos valor el sacrificio de este coloso de hombre que ha arrostrado la enfermedad, desafiado a la muerte y a los poderes de las tinieblas, y que, dándole apenas las fuerzas para seguir adelante, ha clamado, como Caleb: “¡Oh Señor, todavía tengo fuerzas! ¡Dame, pues, ahora este monte!” (Véase “Dame, pues, ahora este monte”, Liahona, ene. de 1980, págs. 122-125.)
¿Nos sentimos alguna vez desprovistos de talentos, incapaces o inferiores? ¿Nos ayudaría en algo saber que todas las demás personas sienten lo mismo, inclusive los profetas de Dios? Al principio, Moisés intentó oponerse a su llamamiento, alegando que carecía de elocuencia para dirigir la palabra. Jeremías se consideraba niño y tenía miedo de enfrentarse a la gente.
¿Y de Enoc? Ruego a todos que recordemos a Enoc durante el resto de nuestros días. Él fue el joven que, al ser llamado a llevar a cabo una tarea al parecer imposible, dijo: “¿Cómo es que he hallado gracia en tu vista, si no soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla? . . .»(Moisés6:31.)
Pero Enoc era un hombre creyente; hizo acopio de valor y, aunque tambaleante, siguió el camino que debía seguir. Sí, el sencillo, sin talentos e inferior Enoc. Y he aquí lo que los ángeles llegaron a escribir de él:
“Y tan grande fue la fe de Enoc, que dirigió al pueblo de Dios; y sus enemigos salieron a la batalla contra ellos; y él habló la palabra del Señor, y tembló la tierra, y huyeron las montañas, de acuerdo con su mandato; y los ríos de agua se desviaron de sus cauces, y se oyó el rugido de los leones en el desierto; y todas las naciones temieron en gran manera, por ser tan poderosa la palabra de Enoc, y tan grande el poder de la palabra que Dios le había dado.” (Moisés 7:13.)
¡El sencillo e incapaz Enoc, cuyo nombre es ahora sinónimo de suprema rectitud! La próxima vez que nos sintamos tentados a considerarnos insignificantes e inútiles, recordemos que los mismos temores han acometido a los más espléndidos hombres y mujeres de este reino. Repito lo que Josué dijo a las tribus de Israel al enfrentarse a una de sus pruebas más difíciles: “Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros” (Josué 3:5).
Por otro lado, existe, naturalmente, una fuente de desesperación de mayor gravedad que todas las demás, y que radica en una mala preparación de índole mucho más seria. Es lo contrario de la santificación; es la clase de desaliento más destructivo tanto en esta vida como en la eternidad. Me refiero a la transgresión contra Dios, a la depresión o el abatimiento derivados del pecado.
El punto crítico en este plano, una vez que reconozcamos la seriedad de nuestros errores, será llegar a creer que podemos cambiar, que efectivamente podemos llegar a ser diferentes. El no creerlo es manifiestamente una artimaña satánica para desalentamos y derrotamos. Arrodillémonos y demos gracias a nuestro Padre Celestial porque pertenecemos a su Iglesia y porque hemos aceptado el evangelio que promete el fruto del arrepentimiento a todos aquellos que estén dispuestos a pagar el precio. El arrepentimiento no es una palabra de mal presagio; es, después de la fe, el término más alentador del vocabulario cristiano; es sencillamente la invitación de las Escrituras al crecimiento, al mejoramiento, al progreso y a la renovación. ¡Desde luego que podemos cambiar! Si la rectitud es nuestra constante, podemos ciertamente llegar a ser lo que queramos.
Si hay una lamentación que no puedo tolerar, es la débil, lastimera y mustia excusa: “¡Y qué puedo hacer si así es como soy!” Si hemos de hablar de desaliento, eso me desalienta a mí. Desarraiguemos de nuestros pensamientos eso de: “¡Es que yo soy así!”. He oído esa expresión de labios de muchísimas personas que querían pecar y que hallaron un principio de psicología que lo justificara. Y quiero dejar en claro que empleo la palabra pecado para abarcar una amplísima gama de hábitos, algunos aparentemente inocentes, que, no obstante, traen consigo el desaliento, la derrota y la desesperación.
Podemos cambiar cualquier cosa que queramos, y podemos hacerlo muy rápidamente. Otra superchería satánica es aquello de que el arrepentirse supone una tardanza de años y años. En arrepentimos, tardaremos tanto .como tardemos en decir: “Cambiaré”, y en decirlo con la verdadera intención de hacerlo. Claro que habrá problemas que solucionar y restituciones que hacer. De hecho, bien podríamos pasamos el resto de la vida —y sería preferible que así fuera— probando que nuestro arrepentimiento es verdadero mediante un cambio permanente. En realidad, el cambio, el progreso, la renovación, el arrepentimiento, en fin, pueden llegar a formar parte de nuestra vida de un modo tan súbito como lo fue para Alma y los hijos de Mosíah. Aun cuando tengamos que reparar senos daños, es muy poco probable que merezcamos el calificativo de “los más viles pecadores” (Mosíah 28:4), que es la forma en que Mormón describe a esos jóvenes. Con todo, Alma relata su propia experiencia en el capítulo 36 del libro que lleva su nombre, la cual revela que su arrepentimiento y cambio radical fueron tanto súbitos como asombrosos.
Más no erremos en el entendimiento de esto: El arrepentimiento no es algo fácil que no causa dolor; y no, tampoco, es algo cómodo… es la amarga copa del infierno. Pero únicamente Satanás que allí mora desea que pensemos que la necesaria incomodidad temporaria que nos causa el reconocimiento de nuestros pecados es más desagradable que tener que permanecer allí todo el tiempo. Sólo él podría decimos: “No podrás cambiar. No cambiarás; pues para cambiar se tarda muchísimo y es muy difícil lograrlo. Renuncia a todo empeño por cambiar, ríndete. No te arrepientas. Tú eres cómo eres, y basta”. Esto, amigos míos, es una mentira que proviene de la desesperación. No creáis en ella.
Debemos sumergimos en las Escrituras. Allí veremos descritas nuestras propias Experiencias; en ellas hallaremos espiritualidad y fortaleza, soluciones y consejos referentes a nuestros problemas. Nefi dice: “Las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).
Oremos fervientemente y ayunemos con propósito y devoción. Algunas dificultades, como algunos demonios, no salen “sino con oración y ayuno”. (Véase Mateo 17:21.)
Sirvamos a nuestro prójimo. Por paradójica que parezca la admonición, es real: que sólo al servir a los demás podamos salvamos nosotros mismos.
Tengamos fe.
“¿Ha cesado el día de los milagros? o ¿han cesado los ángeles de aparecer a los hijos de los hombres? o ¿les ha retenido él la potestad del Espíritu Santo? o ¿lo hará, mientras dure el tiempo, o exista la tierra, o haya en el mundo un hombre a quien salvar?
He aquí, os digo que no; porque. . . es por la fe que aparecen ángeles y ejercen su ministerio a favor de los nombres.” (Moroni 7:35-37.)
Eliseo, con un poder que sólo los profetas conocen, había aconsejado al rey de Israel cómo, dónde y cuándo defenderse de los guerreros sirios. Por su parte, el rey de Siria, turbado por el conocimiento profético de Elíseo en cuanto a sus movimientos, deseó librarse del Profeta de Israel, para lo cual envió a sus soldados a prenderlo. A continuación cito el relato de las Escrituras sobre esta expedición:
“Entonces envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un gran ejército, los cuales vinieron de noche, y sitiaron la ciudad.
… y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros.”
Desde luego, aquello sí era como para desalentar el corazón de cualquiera, de hallarse en el lugar de Elíseo. Este, junto con el joven que era su criado, contempló aquel espectáculo: un profeta y un muchacho contra el mundo… y el joven quedó paralizado de miedo al ver al enemigo por todos lados; sí, dificultades y preocupación y desesperación por todos los flancos, y sin modo de escapar. Flaqueándole la fe, el muchacho exclamó:
“¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?”
¿Y qué le respondió Elíseo?
“No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.
Y oró Elíseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Elíseo.” (2 Reyes 6:14-17.)
En el Evangelio de Jesucristo, contamos con ayuda de los dos lados del velo, y esto no debemos olvidarlo jamás. Cuando la decepción y el desaliento nos agobien —y alguna vez de cierto nos agobiarán—, debemos recordar y nunca olvidar que si nuestros ojos fueran abiertos, veríamos, hasta donde llegara el alcance de nuestra vista, gente de a caballo y carros de fuego que vienen con velocidad vertiginosa a brindamos su protección. Sí, las huestes celestiales siempre están a nuestro alrededor, en defensa de la simiente de Abraham.
Deseo terminar, citando la siguiente promesa de los cielos:
“De cierto, de cierto os digo, sois niños pequeños, y todavía no habéis entendido cuán grandes bendiciones el Padre tiene en sus propias manos y ha preparado para vosotros;
y no podéis llevar ahora todas las cosas; no obstante, tened buen ánimo, porque yo os guiaré.”
“Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra… y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros.” “De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las riquezas de la eternidad son vuestras.” (D. y C. 78:17-18; 84:88; 78:18.)
Oh sí, en el sitio “do Dios lo preparó, buscaremos lugar”. Y por el camino, “cantemos, si, en alta voz; dad glorias al Señor y Dios, y más que todas el reirán: ¡Oh, está todo bien!” (Himnos de Sión, 214.)
En el nombre de Jesucristo. Amén.
























