Marzo de 1984
Creemos en ser honrados
Por el élder Marvin J. Ashton
Del Quórum de los Doce
¡Cuán satisfactorio es que otros vean nuestra forma de actuar, nuestra conducta, y se sientan elevados y dirigidos por el modelo que establecemos ante ellos!
AI proyectarme hacia el futuro, pienso que nuestra mayor oportunidad y reto consiste en aceptar la responsabilidad de fomentar, mediante nuestros actos y enseñanzas, el concepto de que debemos conocer la verdad y vivir según la misma. Las Escrituras nos dicen:
«Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:31-32.)
Esto se aplica a nosotros hoy tanto como se aplicó en la época en que fue escrito. Para alcanzar esta meta, debemos ser honrados en nuestra propia vida y enseñar a los demás a serlo también. Creo que es significativo que el décimotercero Artículo de Fe comience con estas palabras: “Creemos en ser honrados».
Muchas veces he cavilado respecto al enorme mensaje contenido en una declaración del Salvador en la que indica por qué amaba a Hyrum Smith: «Y además, de cierto te digo, bendito es mi siervo Hyrum Smith, porque yo, el Señor, lo amo a causa de la integridad de su corazón”. Y entonces añade, “y porque él ama lo que es justo ante mí, dice el Señor” (D. y C. 124:15).
¿Qué haría cada uno de nosotros, individualmente, para que nuestro Salvador Jesucristo diga eso de nosotros?
¿En qué forma enseñamos mejor y compartimos lo que es justo delante de Él? Me gustaría sugerir que podemos hacer esto enseñando la honradez absoluta. Permitidme dividir este tema en algunas categorías para explicar más plenamente lo que quiero decir.
Ante todo, tenemos que ser honrados en nuestra vida personal.
Qué bueno es tomar la resolución de que vamos a ser totalmente honrados con nosotros mismos, que tendremos verdadera integridad. No actuéis en una forma más baja; sentíos orgullosos de vosotros mismos, verdaderamente satisfechos. Desarrollad auto respeto, aplomo, personalidad y especialmente honradez en vuestra conducta personal. Vosotros no sabéis cuántas personas os están mirando e imitándoos. Es necesario que cada uno sea honrado en su vida personal a fin de que otros puedan seguir a alguien que es sincero, que enseña bien a través de sus hechos. Otros dependen de vosotros para tener satisfacción personal y paciencia, y para poder actuar. Hay otros que os observan —a menudo desapercibidamente— y no quieren que vosotros les falléis. Cuentan con vosotros y con vuestro ejemplo a fin de poder ir adelante y esparcir su influencia sobre otras personas. Para hacer esto, debéis ser honrados con vosotros mismos.
¡Cuán satisfactorio es que otros vean nuestra forma de actuar, nuestra conducta, y se sientan elevados y dirigidos por el modelo que establecemos ante ellos!
Cierta vez hablé en una reunión sacramental que recordaré por mucho tiempo. El oficial que dirigía, miembro del obispado que me presentó como el orador de la noche, dio una introducción un tanto larga y fuera de lo común, que más o menos se desarrolló así:
“Hermanos, el élder Ashton indudablemente se sentirá desilusionado cuando oiga lo que yo voy a decir acerca de él y de mí mismo. Cierta vez le oí decir a unos hombres que estaban presos:
‘Cuando ustedes salgan de esta prisión y vuelvan al medio corriente, no se disculpen ni alardeen de ser ex presidiarios. Solamente limítense a seguir adelante desde donde se encuentran.’ Bien, muchos de ustedes en la congregación no lo saben, pero yo soy un ex presidiario de la cárcel del Estado de Utah. Hace seis años, cuando conocí al élder Ashton, él estaba a cargo del programa de la Iglesia que atiende las cárceles, bajo el Departamento de Servicios Sociales. Unas semanas más tarde, cuando llegué a conocerlo mejor, le dije que yo era un corredor especializado en largas distancias. Le pregunté si podría tener la oportunidad de correr en la maratón anual que se realiza en Salí Lake City el 24 de julio. El élder Ashton me animó y me dijo que hablaría con el director de la cárcel en cuanto al permiso para salir en la fecha mencionada a fin de participar en la carrera. Más tarde me dijo que el director estaba de acuerdo si el élder Ashton se responsabilizaba de mí. Así lo hizo y me dijo que confiaba en mí y esperaba que me fuera bien en la prueba.
“Nunca olvidaré aquella maratón de julio de 1971. Hacía calor; el recorrido era todo un reto y yo no estaba en la mejor condición física. Mi única preparación había consistido en correr alrededor de los patios de la cárcel cuando tuve permiso para salir a recreo. En la mitad de la carrera me sentí exhausto; me dolían las piernas y tenía ampollas en las plantas de los pies. Tenía ganas de abandonar la carrera, tenía la sensación de no poder seguir. Cuando estaba a punto de darme por vencido, por mi mente pasó la idea de que no podía defraudar al élder Ashton, pues él confiaba en mí. Entré en la parte final del recorrido y sentía el imperioso deseo de detenerme. Y nuevamente pensé: ‘No debes hacerlo; quieres que el élder Ashton se sienta orgulloso de ti, ¿no es así?’
“Bien, terminé la carrera, no entre los veinticinco que llegaron primero, pero llegué. Después de la carrera fui directamente a la cárcel, de acuerdo con lo que se había dispuesto. El élder Ashton me dijo que se sentía orgulloso de mí porque había terminado la carrera y orgulloso de tenerme como amigo. No me incomoda decir a ustedes que yo estaba también un poco complacido conmigo mismo por casi la primera vez en toda mi vida.
«No mucho después de la maratón, se me dio la libertad. Un año más tarde conocí a una joven encantadora; tuvimos un buen noviazgo y al poco tiempo el élder Ashton nos acompañó al templo y efectuó nuestro casamiento, sellándonos por tiempo y eternidad. Esta noche, seis años después de todo aquello, me siento orgulloso de estar sirviendo en este obispado.»
Espero que cada uno de nosotros, en nuestra vida, tenga frente a sí mismo, a su lado y detrás, gente a la que no defraudará.
He pasado bastante tiempo como visitante de la prisión del Estado de Utah. Algunos de los mejores amigos que he conquistado en la vida vinieron de allí. Me gusta ir a ese lugar porque cada vez que voy, aprendo algo; aprendo en cuanto a la satisfacción personal, algo respecto a la forma de actuar de los individuos, algo en cuanto a la gente.
Cierto día en el que me encontraba conversando con el director de la cárcel, le pregunté: “¿Cuántos presos tiene en este establecimiento que podrían ser catalogados como ‘imposibles’?” Yo sabía que la cárcel estaba superpoblada con 800 detenidos en edificios suficientemente grandes para dar cabida sólo a 600, y sabía también que había muchos presos que causaban problemas a los oficiales de la prisión. Recuerdo que un día, encontrándome en el patio con algunos de ellos, leí un tatuaje que un hombre tenía en el pecho que decía: “Nací perdedor”. Y parecía que él estaba dispuesto a demostrar que era cierto. De manera que me sentí impresionado cuando el director me respondió que, de todos los presos de la cárcel del Estado de Utah, había solamente uno al que él clasificaría como realmente imposible o irreformable.
Le pedí que me hablara de ese hombre. Dijo que ese preso debía permanecer en su celda 23 horas y 40 minutos por día; no podía reunirse con nadie. No era un loco; solamente un hombre endurecido. “No podemos darle libertad alguna”, me dijo el director. ‘“La comida se le sirve en la celda a través de los barrotes; tiene en la celda facilidades sanitarias y una cama, y ahí es donde siempre está con excepción de 20 minutos por día, cuando se le saca de allí para bañarse. La última vez que se le permitió estar con los otros prisioneros atravesó a uno de una puñalada. Volvería a hacer lo mismo si se le diera algo de libertad.»
Un hombre sin satisfacción personal; un hombre sin rendimiento alguno, sin paciencia. Lo único que está alcanzando en la vida es ser el número uno — número uno en calidad imposible.
Nosotros podemos aprender de esto y establecer la estructura de nuestra vida de tal forma que podamos ser clasificados como número uno en las virtudes tan importantes de satisfacción, rendimiento y paciencia —en honradez total con nosotros y con las demás personas.
Segundo: tenemos que desarrollarla honradez y ponerla en práctica en nuestra asociación con los demás. Tenemos necesidad de ser honrados en nuestra relación con nuestros amigos y con otras personas con quienes tenemos algún contacto. Honrados en palabra y acción y no con una honradez artificial. Cuando damos nuestra palabra de honor, ella representa todo lo bueno que hay en nosotros.
Un gran líder en la Iglesia, Karl G. Maeser (primer presidente de la Academia Brigham Young) creía que cada uno de nosotros, en alguna ocasión, debe enfrentarse a sí mismo y escoger entre los intereses personales y lo que sabe que es lo correcto. Al elegir lo correcto somos honrados con nosotros mismos y con los demás. Una vez se le preguntó qué quería decir con la expresión «palabra de honor”. Esta fue su respuesta: “Ponedme atrás de los muros de la prisión—muros de piedra tan altos, tan gruesos, tan profundos en el suelo… y existe la posibilidad de que de alguna manera pueda escapar. Pero dejadme sobre este piso y dibujad un círculo de tiza a mí alrededor y pedidme que os dé mi palabra de honor que no saldré de él. ¿Podré salir de él si doy mi palabra de honor? No, jamás. Antes preferiría morir.»
Nosotros, los que representamos a la Iglesia, tenemos que prestar mucha atención a esto. No debemos engañar a ninguno de nuestros asociados; no debemos actuar como lo que no somos. Si tenemos satisfacción personal y somos honrados con nosotros mismos, la honradez para con nuestros asociados se producirá naturalmente.
Tercero, debemos ser honrados en nuestro trabajo. La vieja frase “un día de trabajo honrado” nunca quedará fuera de moda. Me gusta llegar temprano al trabajo porque me gusta lo que hago. Todos deberíamos sentirnos así. La mala actitud hacia nuestro trabajo puede afectar la calidad de lo que hacemos. Una mala actitud que podemos llamar “mentalidad de trabajo temporario” probablemente nos ha afectado a todos en algún momento. Tal vez pensamos que solamente estaremos empleados en un lugar por corto tiempo, en el transcurso de una pequeña etapa de nuestra vida —durante el verano, por ejemplo, o mientras ganamos algo de dinero para algún proyecto personal como los estudios, etc., o mientras esperamos la oportunidad de un empleo mejor. Es posible que estemos trabajando sólo para salir de deudas o para ayudar a un hijo que está en el campo misional. Existen muchas razones por las que una persona puede desarrollar una actitud de trabajo temporario, y las razones no son malas en sí mismas. Lo peligroso y deshonrado es la actitud que resulta. Esa es la clase de actitud que nos lleva a decir: «No tengo que tratar con cuidado, cortesía y honradez a este cliente porque no voy a estar aquí para siempre.»
O que nos impulsa a pensar: “No tengo que completar esta tarea porque nadie lo sabrá, y no voy a estar aquí toda mi vida.” Esta clase de pensamientos es ociosa en sí misma. Nos lleva a una forma de vida peligrosa que puede afectar a nuestras posibilidades de éxito en el futuro.
En Doctrina y Convenios 51:16-17, el profeta José Smith recibió una revelación a solicitud del obispo Edward Partridge. Parece ser que los Santos, después de ir de un lugar a otro, se preguntaban si debían edificar casas en lugar de vivir en tiendas durante esta parte temporaria de su migración hacia el oeste.
“Y les consagro esta tierra por una corta temporada, hasta que yo, el Señor, les disponga lo contrario, y les mande ir allá;
“Y no les es señalada la hora ni el día, por tanto, establézcanse en esta tierra como si fueran a vivir en ella por muchos años, y redundará en provecho de ellos” (cursiva agregada).
En toda posición que aceptamos, ofrecemos nuestra honradez, nuestra integridad y nuestro buen nombre. Siempre debemos trabajar, tal como el Señor ha sugerido, como si fuera por muchos años. Las obras que efectuamos son las que finalmente nos llevan a ser lo que llegamos a ser.
Es posible enseñar la importancia de la honradez en el trabajo mediante nuestro propio ejemplo. Los días parecen largos para quienes no trabajan o para quienes pierden tiempo en sus días de trabajo. Uno encuentra verdadera satisfacción si actúa honradamente.
Se cuenta de un hombre ímprobo que se allegó a un empleado en que confiaba y le invitó a robar una importante suma de dinero a la compañía. El empleado rehusó muchas veces hasta que finalmente, después de que el otro le ofreciera un millón de dólares, cedió.
Después de que ambos cometieron el delito, el primero le entregó al empleado solamente cien dólares por su ayuda. El empleado estaba furioso. Con la voz llena de ira dijo: “¿Qué crees que soy, un delincuente?” El que había ideado el robo dijo con la voz llena de desprecio:
“Ya sabemos lo que eres; en este momento solamente discutimos cuánto se te pagará.»
Cuarto, debemos, ante todo, ser honrados con Dios. Tenemos que llegar a conocerlo, a saber que vive, saber que nos ayudará. A través de los años he aprendido que cuando necesito respuesta para resolver crisis, para tratar con la gente y otros asuntos, debo dirigirme a Dios. Dios nos ayudará en todo lo que hagamos si nos mantenemos en armonía con su Espíritu. Cada uno debe planificar su futuro con Él en nuestros hogares, en nuestras familias y en nuestra relación con las demás personas. Si lo convertimos a Él en nuestro principal socio, nuestra vida puede conocer el éxito.
Un joven, José Smith, nos dio uno de los más grandes ejemplos de honradez con Dios cuando en una mañana primaveral, en el año 1820, expresó los sentimientos más sinceros de su corazón ante su Padre Celestial. La respuesta resultante, “Este es mi Hijo Amado, escúchalo!”, introducía la plenitud del Evangelio en esta dispensación. La honradez total de un joven de 14 años ha tenido más impacto en nuestra época que cualquier otro acontecimiento moderno.
La honradez es una forma de vida. No es un anuncio, ni una declaración; es una virtud que alcanzamos paso a paso, con nuestros asociados, en nuestro trabajo y con Dios. El ser honrados no está por encima ni más allá del llamado al deber. Nuestro es el deber de ser honrados.
























