De tal manera amo Dios al mundo

Conferencia General, Abril de 1984

De tal manera amo Dios al mundo

Spencer W. Kimball

Por el presidente Spencer W. Kimball

Antes de llegar a ser Presidente de la Iglesia, en mi calidad de miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, visité algunos países de Sudamérica en los que me reuní con los miembros de la Iglesia. En los diversos países nos acogieron bien tanto los funcionarios públicos y oficiales como los de la prensa.

Estimé interesante el comentario que hizo la representante de uno de los periódicos más importantes de Brasil quien, tras oír el discurso que yo había dado el día antes, un domingo, en el cual había hablado más bien enfáticamente de la restauración del evangelio, me preguntó directamente por qué fue Cristo crucificado.

Le respondí:

—Porque Él dijo: “Soy el Hijo de Dios”.

Lo que opinó en seguida me dejó perplejo:

—No debió haberlo dicho, ¿no le parece? En realidad no lo era, ¿no es así?

Pensé que estaba bromeando. La miré a los ojos un momento, pues creí que se iba a sonreír. Pero no, no se sonrió. Entonces le dije firmemente:

—Él dijo que era el Hijo de Dios porque era el Hijo de Dios.

Después leí un artículo publicado en el número de la Pascua de Resurrección de un periódico de una de las ciudades más grandes de Sudamérica. El autor era un clérigo que tenía muchos títulos académicos. Al leer todo el artículo, pude darme cuenta de que no mencionaba ni una sola vez al Señor de los cielos y de la tierra: el Redentor, el Salvador.

Se refería solamente a “Jesús”; citaba dos o tres pasajes de las Escrituras que señalan a Jesús de Nazaret como algo más que el hijo del carpintero, pero en todo su escrito no daba ningún otro título al Cristo que derramó Su sangre por él.

Durante el mismo viaje, pregunté a cuatrocientos misioneros congregados en una reunión: “¿Qué pensáis vosotros de Cristo y de lo que Él es?” Como respuesta, oí cuatrocientos Inspiradores testimonios de los jóvenes, testimonios firmes, impregnados de convicción.

Eso me trae a la memoria lo que dijo Pablo:

“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.
“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:1-2).

No me Imaginaba cómo se podría efectivamente celebrar la Pascua de Resurrección sin hablar del Señor Jesucristo, puesto que aun los demonios saben que Jesús es el Cristo. Leemos en las Escrituras de aquella vez en que salían demonios dando voces y diciendo: “Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Cristo” (Lucas 4:41). En otra oportunidad, “. . . respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?” (Hechos 19:15). Y en otra ocasión, “clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mateo 8:29.)

Creo que había un grado de convicción considerable en el alma de Pondo Pilato, que se sintió apremiado por su conciencia a dejar libre al Salvador, pero que por sus ambiciones políticas y otras razones, y pese a las súplicas de su esposa, entregó al Salvador para que fuese crucificado. Más aun después de eso, escribió en la cruz, en hebreo, en griego y en latín, el memorable título: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS”. Los judíos, ofendidos, le dijeron:

“No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos.

“Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito” (véase Juan 19:19-22).

Habréis leído de Natanael, un hombre en quien no había engaño, el que, al ver al Cristo, dijo:

“Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Juan 1:49).

Pablo, en seguida después de su conversión, poco después de haber recobrado la vista tras la experiencia extraordinaria que tuvo, fue sin tardanza “a predicar a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20).

¿Por qué razón los clérigos evitan expresamente emplear los nombres del Ser Divino a quien prefieren llamar simplemente Jesús? Hay en el mundo decenas de millares de hombres que tienen el nombre Jesús, especialmente en los países de habla hispana. Pero hubo sólo un Jesús que llegó a ser el Príncipe de Luz, el Autor de nuestra salvación (véase Hebreos 5:9).

José Smith dijo:

“. . . Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me censuraban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios? ¿O por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y comprendía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación.” (José Smith—Historia 1:25.)

Recordaréis lo que dijo Pedro cuando el Señor preguntó a los discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” Y ellos le respondieron diciendo que algunos pensaban que era Elías o alguno de los otros profetas. Entonces el Señor les preguntó otra vez, y me parece ver en mi Imaginación su mirada penetrante, curiosa, indagadora:

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” La respuesta fue una de las afirmaciones más conmovedoras y gloriosas que jamás se haya hecho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Lo que el Señor le dijo en seguida no se debe pasar jamás por alto: “. . . no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (véase Mateo 16:13-17). O sea, que quiso decirle: “Ningún hombre te ha dicho eso, sino que mi Padre te lo ha revelado; has recibido una gran revelación y tú lo sabes”.

Ante cuatrocientos misioneros, hice eco a esa pregunta que hizo el Señor, a la cual se debe enfrentar todo hombre, mujer y niño de esta tierra: “¿Quién decís vosotros que soy yo, el Hijo del Hombre?” Tuve la satisfacción de oír cientos de respuestas que decían al Señor: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Ese es mi testimonio a vosotros, que Jesús es en realidad el Cristo, el Hijo viviente del Dios viviente.

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