El hombre: hijo de Dios

Conferencia General Abril 1973

El hombre: hijo de Dios

Por el élder Marion G. Romney

Marion G. RomneyMis amados hermanos, hermanas y amigos, miembros y no miembros, doquiera que estéis: tengo un importante mensaje para vosotros este día, pero lo que os diré no serán más que palabras a menos que disfrutemos del Espíritu del Señor. Por lo tanto os invito a uniros conmigo en una oración para que el Señor nos bendiga mientras yo hablo.

La verdad que deseo recalcar es que nosotros los mortales somos en verdad la progenie literal de Dios. Si los hombres comprendieran, creyeran y aceptaran esta verdad y vivieran según ella, nuestra enferma y moribunda sociedad llegaría a reformarse y redimirse, al paso que los hombres tendrían paz aquí, ahora, y gozo eterno en la vida venidera.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días aceptan este concepto como doctrina fundamental de su teología, aquellos que han meditado suficientemente en esta verdad como para darse cuenta de sus implicaciones, dirigen su vida de acuerdo con ella.

Esto, porque saben que la ley universal de la naturaleza en el mundo de los vegetales, de los animales y de los humanos, es que los vástagos, al madurar, lleguen a tener una semejanza con sus progenitores; por lo tanto, razonan que rige la misma ley con respecto a la progenie de Dios, y por consiguiente, su objetivo es llegar a ser algún día a semejanza de sus padres celestiales.

Esto no es sólo una conclusión para ellos sino que saben que es posible porque Dios ha revelado el hecho de que su obra y su gloria, es llevar a cabo la vida eterna del hombre (Moisés 1:39), que es la vida que lleva Dios.

Adán, el primer hombre, sabía que era hijo de Dios, anduvo y habló con El en el Jardín de Edén antes de la Caída. Después de la Caída, Adán y Eva, su esposa, invocaron el nombre del Señor y oyeron que les habló la voz del Señor en dirección del Jardín de Edén…’ (Moisés 5:4-5).

Después, el Señor envió un ángel que les enseñó el plan del evangelio por lo cual, Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas. Entonces, «Satanás vino entre ellos; diciendo: …No lo creáis; y no lo creyeron y amaron a Satanás más que a Dios. Y desde ese tiempo los hombres empezaron a ser carnales, sensuales y diabólicos» (Moisés 5:12-13).

Desde entonces hasta ahora, la mayoría de los hombres, como la primera generación de la posteridad de Adán que «no lo creyeron», son incrédulos, aunque Dios lo reveló repetidamente a todos los profetas desde Adán hasta Noe. Del mismo modo se lo reveló a Abraham y después a Moisés «en cierta ocasión en que Moisés fue arrebatado a una montaña excesivamente alta.

«Y vio a Dios cara a cara, y habló con él; . . .

Y Dios le habló a Moisés, diciendo’ He aquí soy Dios el Señor Omnipotente. . . He aquí, tu eres mi hijo; . . .

Tengo una obra para ti, Moisés, mi hijo. Eres a semejanza de mi Unigénito y mi Unigénito es y será el Salvador, porque es lleno de gracia y de verdad; . . .

Ahora, he aquí, te revelo sólo esta cosan Moisés hijo mío, porque tú estás en él mundo, y ahora te la muestro» (Moisés 1:1-4, 6-7).

En esta breve escritura el Señor se dirige tres veces a Moisés diciéndole «hijo mío”.

Pablo, en su grandioso discurso en el Areópago, hablando de Dios dijo: …en El vivimos, y nos movemos, y somos; … porque linaje suyo somos» (Hechos 17:28).

José Smith y Oliverio Cowdery declararon: «¡Que vive!»

«Porque lo vimos… y oímos la voz testificar. . .

Que por él, y mediante él, y de él los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios» (D. y C. 22:24).

«Engendrados hijos e hijas para Dios» ¿Puede esto ser cierto a la luz del hecho que todos conocemos de que somos engendrados hijos de nuestros padres terrenales? Sí es cierto, porque las almas humanas son seres binarios, vale decir, espirituales que moran en cuerpos de carne y huesos. La revelación dice: «. . . el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre’ (D. y C. 88:15). Dios es el padre del espíritu del hombre, así como el padre terrenal de éste es el padre de su cuerpo mortal.

La naturaleza del espíritu se encuentra claramente revelada en las Escrituras. En el tercer capítulo de Eter en el Libro de Mormón, hallamos una clara descripción del espíritu en el relato de la aparición de Jesucristo, en su cuerpo espiritual y alrededor de 2200 años antes de que naciera de María en la carne. El registro dice que Jesús se presentó al hermano de Jared con la Forma y semejanza de un hombre, diciéndole:

«He aquí, soy Jesucristo.. .

¿Ves cómo has sido creado a mi propia imagen? Sí, en el principio todos los hombres fueron creados a mi propia imagen.

He aquí, este cuerpo que ves ahora, es el cuerpo de mi Espíritu: y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi Espíritu y así como me aparezco a ti en el espíritu apareceré a mi pueblo en la carne» (Eter 3:14-16).

Corroborando esta verdad Jesús declaró a José Smith en 1833:

“. . . yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito (significando, desde luego, el primogénito en el espíritu);

Vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre; lo que es Espíritu. . .” (D. y C. 93:21,23).

Aprendemos algo más en cuanto a nuestros espíritus en su estado preexistente, del registro que hizo Abraham de una visión en la cual se le mostró una multitud de espíritus en un gran concilio celestial. En este concilio se consideró la creación de esta tierra como un lugar al cual podrían venir los espíritus a recibir cuerpos de carne y hueso llegando de este modo a ser almas humanas; el plan disponía que habrían de morir después de un período de probación en la vida terrenal, vale decir, que sus cuerpos espirituales eternos, se separarían de sus cuerpos mortales corruptibles. Después en la resurrección, volverían a unirse en almas inmortales.

Abraham también aprendió que si durante su permanencia sobre esta tierra probaban ser fieles, se les permitiría volver a la presencia de su Padre Celestial, el Padre de sus espíritus y gozar de progreso eterno. Estas son las palabras de Abraham:

«Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que el mundo fuese…

Y Dios vio estas almas y eran buenas, y estaban en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes-pues estaban entre aquellos que eran espíritus. . . y él me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.

Y estaba entre el los uno que era semejante a Dios y dijo a los que se hallaban con él:

Descenderemos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.

Y a los que guardaren su primer estado. .. (esto se refiere a nosotros, que guardamos nuestro primer estado y nos fue añadido, recibiendo la oportunidad de tener cuerpos mortales); . . . y quienes guardaren su segundo estado, recibirán aumento de gloria sobre sus cabezas para siempre jamás» (Abraham 3:22-26).

Tal es la verdad revelada concerniente al altísimo estado del hombre.

A modo de contraste consideremos la descripción de Alejandro Pope’ de las circunstancias en que ha caído el hombre como resultado de haber rechazado la palabra revelada de Dios en cuanto a su identidad. Pope lo describe como:

«Colocado en el istmo de un estado medio,
un ser obscuramente sabio y rudamente grande:
con mucho conocimiento para el bando escéptico.
con gran debilidad para el orgullo estoico.

Indeciso, vacila, sin saber si actuar o quedarse inmóvil,
sin saber si denominarse dios o denominarse bestia;
sin saber si se inclinará al cuerpo o al intelecto.

Destinado a morir, razona sólo para errar;
e igual en la ignorancia su razonar gira;
piensa mucho o muy poco,
el caos, de pensamientos y de pasiones lo confunde.

Tranquilízase a sí mismo, engañado 0 desengañado.
Creado para elevarse y también para caer,
gran señor de todas las cosas y no obstante víctima,
en infinito error enmarañado;
la gloria, quizás, ¡y enigma del mundo!

Asentado como una planta en su singular lugar,
se alimentará, propagará y consumirá. . .
En el vasto océano de la vida por diversos rumbos navegamos,
juiciosa la intención, más la pasión domina. . .

Y si a una pasión el corazón sucumbe,
como la serpiente de Aarón devora al resto.»
—»An Essay on Man,» Epístola II (Ensayo sobre el hombre) Traducción libre.

Mientras se acepte, y se actúe de acuerdo con la teoría de que el hombre no es de la progenie de Dios, éste seguirá siendo uno de los principales factores que impiden el progreso del hombre y que corrompen su moral.

Que así sería se ha predicho claramente; en la mente del que a esta teoría se adhiere, cualquier alternativa como la duda de Pope en cuanto a si el hombre ha «de denominarse Dios o denominarse bestia», se resuelve en favor de la bestia, al paso que la duda en cuanto a si se «cederá al cuerpo o al intelecto» se resuelve en favor del cuerpo.

El concepto de que el hombre es una bestia, alivia a éste del sentido de responsabilidad animándolo a adoptar la fatalista actitud del «comamos, bebamos y alegrémonos porque mañana moriremos.» En verdad, de este modo llega a ser como dijo Pope:

«Asentado como una planta en su singular lugar,
se alimentará, propagará y consumirá.
En el vasto océano de la vida por diversos rumbos navegamos,
juiciosa la intención, más la pasión domina.

Y si a una pasión el corazón sucumbe,
como la serpiente de Aarón devora al resto.»
La verdad es, mis amados hermanos,
que el hombre es hijo de Dios. . .es un Dios en embrión.

Toda alma justa responde conmovida al canto de los niños:

«Soy un hijo de Dios, por él enviado aquí. . .
si cumplo con su ley aquí, con él podré vivir.
Guiadme, enseñadme por sus vías a marchar,
para que algún día yo con él pueda morar.»
—Naomi W. Randall

El conocimiento más importante que pueden llegar a tener los mortales, es saber que el hombre es hijo de Dios. Tal conocimiento yace más allá del alcance de la mente sin inspiración; ni la lógica, ni la ciencia, ni la filosofía, ni ninguna otra materia de sabiduría mundana ha podido jamás, ni podrá averiguarlo. Aquellos que limitan su búsqueda a tales técnicas de aprendizaje, continuarán siendo lo que siempre han sido, «Estos siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad» (2 Timoteo 3:7).

El único medio por el cual se puede adquirir tal conocimiento es la revelación divina, afortunadamente para nosotros, así ha sido revelado repetidamente desde Adán hasta ahora, como anteriormente lo he demostrado.

Las aspiraciones, los deseos y las motivaciones de aquel que acepta, cree, y mediante el poder del Espíritu Santo, obtiene un testimonio de la verdad de que es hijo engendrado de Dios, se apartan de las aspiraciones del que no cree en estas cosas, como la enredadera que crece se aparta del tronco.

Sabiendo que es hijo de Dios, no cabe en el hombre duda en cuanto a si «denominarse bestia», ni «el caos de pensamientos» dominados por las «pasiones lo confunde.» No se considera asentado como una planta en su singular lugar, para alimentarse, propagarse y consumirse, sino que sabe, como lo enseñan las Escrituras, que posee la habilidad innata, como todos los vástagos de las demás especies, de alcanzar, en la cumbre de su madurez, el estado de sus padres celestiales y recibir «aumento de gloria sobre su cabeza para siempre jamás» (Abraham 3:26). Esta es la meta.

Con este conocimiento cierto, el hombre acepta los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte; La Palabra de Sabiduría y todas las demás instrucciones y mandamientos dados por Dios como declaraciones de ley, la obediencia de las cuales es indispensable para alcanzar su meta, por la que ha dedicado su vida.

Se esfuerza por responder a la invitación del Maestro:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 17:28).

Y también por lograr este cometido:

“…quisiera que fueseis perfectos como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (3 Nefi 12:48).

Sabe que la respuesta sabia y debida es observar el mandamiento del Señor, que dice: «. . .os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos y de atender diligentemente las palabras de vida eterna. Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 84:43-44).

Cree sin reserva alguna en la promesa del Señor de que: «Acontecerá que toda alma que desechare sus pecados y viniere a mí, e invocare mi nombre, obedeciere mi voz y guardare mis mandamientos, verá mi faz, y sabrá que yo soy» (D. y C. 93:1).

Se une a Job al declarar: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios» (Job 19:25-26).

Se une a Alma en su deseo:

«¡Ojalá fuese yo un ángel y pudiera realizar el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!

Sí, manifestaría a toda alma como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención, que deben arrepentirse y venir a nuestro Dios, para que ya no haya más dolor sobre toda la superficie de la tierra» (Alma 29:1-2).

Y finalmente toma con Nefi la resolución:

«Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado» (1 Nefi 3:7).

Agrego mi testimonio personal de que sé que soy un hijo de Dios, que vosotros sois individualmente hijos de Dios, y que este conocimiento implantado en nuestra vida nos elevará para volver a su presencia mediante el sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, Jesucristo, en cuyo nombre dejo este testimonio. Así sea. Amén.

‘Pope Alejandro, poeta y pensador inglés (1688- 1744).

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