Corrientes oceánicas e influencias familiares

Conferencia General Octubre 1974

Corrientes oceánicas
e influencias familiares

Spencer W. Kimball

por el Presidente Spencer W. Kimball


Yo recuerdo vívidamente mi primera vista de una montaña de hielo flotante (iceberg). En 1937, la hermana Kimball y yo hicimos nuestra primera travesía del Atlántico en un buque de vapor, saliendo de Montreal, Canadá, por el Río de San Lorenzo hasta el Atlántico Norte.

Un día, cuando ya estábamos muy dentro del océano, hubo excitación en el barco. Se había avistado un iceberg, la mayoría de los pasajeros corrieron a cubierta para contemplar este espectáculo. Podíamos verlo a la distancia, un objeto grande y blanco, destacando contra el mar obscuro y el azul del cielo.

Ahí flotaba quietamente en el agua, como el agudo pico de una alta montaña, una cosa de admirable belleza. Toda mi vida había oído acerca de ellos, y ahora, por primera vez, estaba allí ante mis ojos como un afilado pico de una montaña de hielo. Esto trajo a nuestra mente el trágico hundimiento del Titanic, trasatlántico de la línea White Star, en su primer viaje a través del océano. Un enorme iceberg chocó contra este gran barco nuevo en la noche del 14 de abril de 1912. Mil quinientas tres personas, muchas de ellas eminentes personalidades de Inglaterra y de los Estados Unidos perecieron ahogadas al hundirse el buque y sólo setecientos tres pudieron salvarse.

Hace cuatro años, volando de Inglaterra a los Estados Unidos, pasamos sobre Groenlandia y los vimos otra vez. Mucho de nuestro viaje lo hicimos sobre un manto de nubes, pero cuando volamos sobre Groenlandia, el cielo estaba claro y libre de nubes. El sol brillaba en todo su esplendor. Raramente el ojo humano puede ver tal belleza y grandiosidad. Extendiéndose en la distancia, la capa de hielo, de una milla (1,600 mt.) de espesor estaba sobre la gran isla en forma de cúpula. Vimos los gruesos ventisqueros arrastrándose lentamente a los valles y hacia el mar, donde ellos se apartan y al flotar se convierten en icebergs. Las desembocaduras de los ríos, coronadas de altos fiordos estaban llenas de montañas flotantes de hielo, deslizándose con rumbo al océano. Esta era la cuna de incontables icebergs como aquel que vimos 33 años antes.

Los icebergs producidos por la capa de hielo de Groenlandia, siguen un curso altamente predecible. Como la silenciosa corriente del río Labrador se mueve incesantemente hacia el sur a través de la Bahía de Baffin y el Estrecho de Davis, toma con ella estos montañosos icebergs, aun en contra de la fuerza de los vientos y de las olas y de las mareas, las corrientes tienen mucho más poder para controlar su curso, que los vientos en la superficie.

Y comparamos este conflicto de los poderes de la tierra con los resultados en nuestra propia vida, cuando la corriente de nuestra vida, definida y desarrollada en la vida de una familia por las enseñanzas justas de los padres, muchas veces controlan la dirección en que irán los hijos, a pesar de los vientos y las ondas de numerosas influencias adversas del mundo en error.

Fuera de nuestra vista, bajo las ondas del océano, hay fuerzas de tremendo poder con las cuales debemos contar, y ahí están esas fuerzas poderosas en nuestra propia vida.

El poderoso río Mississippi es un riachuelo en comparación con las grandes corrientes oceánicas. Una de las más espectaculares de todas se dice que es la corriente del Labrador. La segunda más poderosa es la corriente del Golfo, la cual lleva agua caliente desde la porción oriental del Golfo de México, paralela a la costa oriental de los Estados Unidos, hasta las costas de Europa, a través del Atlántico. La corriente del Golfo lleva tanta agua como un millar de ríos Mississippi juntos. Aunque de menor magnitud, la corriente del Labrador, año tras año lleva miles de icebergs, desde el lugar en que nacen en Groenlandia, fiel y fijamente, hasta que se desintegran o disuelven en las más cálidas aguas de la corriente del Golfo. Y fue en este lugar, donde la corriente del Labrador se encuentra con la corriente del Golfo, que el Titanic encontró su destino.

Esto se aplica a nosotros tanto como a los icebergs, pues nuestro curso está en importante medida, determinado por fuerzas que sólo parcialmente percibimos. También es verdad, sin embargo, que nos comparamos más a los barcos que a los icebergs. Nosotros tenemos nuestra propia fuerza motriz y, si conocemos las corrientes, podremos tomar ventaja de ellas.

De acuerdo con esto, si nosotros podemos crear en nuestra familia una corriente fuerte y permanente que fluya hacia nuestra meta de justicia y rectitud en nuestra vida, logramos que tanto nosotros como nuestros hijos progresemos a pesar de los vientos contrarios de penalidades, decepciones, tentaciones y modas.

La juventud y los adultos están sujetos a muchos torbellinos de viento, que a veces nos hacen preguntarnos si lograrán superar. Los vientos de la moda empujan a todos aquellos que se sujeten inseguros y que quisieran sentir que llevan los mismos pasos de la multitud. Los vientos de la tentación sexual lleva a algunos a destruir su matrimonio, lanzar prospectos triviales o degradarse ellos mismos. Las malas compañías, la adición a las drogas, la arrogancia de la profanidad, la ciénaga de la pornografía, todo esto actúa como influencia que nos empuja, si no estamos progresando a causa de una fuerte y firme corriente hacia la vida justa. La corriente de nuestra vida debe ser determinada y fortalecida por la vida de nuestros padres y de nuestra familia.

En cada uno de nosotros está la potencialidad de llegar a ser un Dios, puro, santo, verdadero, capaz de influir, poderoso, independiente de las fuerzas terrenales. Aprendemos de las Escrituras que cada uno de nosotros tiene existencia eterna, que nosotros estábamos en el principio con Dios. (Abraham 3:22.) Este entendimiento nos da un singular sentido de la dignidad del hombre.

He visto a los hijos de buenas familias, rebelarse, resistirse, extraviarse, pecar y aun luchar contra Dios. Con esto traen tristeza a sus padres que han hecho lo mejor para poner en movimiento una corriente y les han puesto el ejemplo con su vida. Pero repetidamente he visto a muchos de esos mismos muchachos, después de años de vagabundear, madurar y darse cuenta de todo lo que han estado perdiendo, se arrepienten y hacen grandes contribuciones a la vida espiritual de su comunidad. La razón por la que esto ocurre, creo, es que a pesar de todos los vientos adversos a los cuales esta gente ha estado sujeta, ellos han ,ido influenciados más pero mucho más de lo que ellos podrían darse cuenta, gracias a la corriente de vida con que fueron criados en su hogar.

Cuando, en años posteriores ellos sienten el anhelo de recrearse con su propia familia, la misma atmósfera que gozaron siendo niños, es la misma que estarán dispuestos a volver a tener por el beneficio que dio a la vida de sus padres.

No hay ninguna garantía, por supuesto, de que los padres justos tengan éxito siempre en conservar a sus hijos, y ciertamente los perderán, si no hacen todo lo que esté a su alcance para evitarlo. Los hijos tienen su libre albedrío.

Pero si nosotros como padres fallamos para influir en nuestra familia y colocarla en la senda recta y estrecha, entonces ciertamente las ondas, los vientos de la tentación y el alma llevarán a nuestra posteridad fuera del camino verdadero.

«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6). Lo que sí sabemos es que los padres justos que luchan por desarrollar sana influencia en sus hijos, serán tenidos sin culpa en el último día, y a su vez, tendrán éxito en salvar a la mayoría de sus hijos, o tal vez a todos.

La competencia por nuestra alma se describe en Mosíah:

«Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Espíritu Santo, se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, así como un niño se sujeta a su padre» (Mosíah 3:19).

El «hombre natural» es el «hombre terrenal» que ha permitido que sus rudas pasiones animales eclipsen sus inclinaciones espirituales.

Hace algunos años cuando visitábamos allende los mares, donde los niños están expuestos en fa escuela pública a una constante invasión de propaganda contra la religión, yo le pregunté a los dirigentes de la Iglesia cómo eran capaces de mantener a sus hijos en la Iglesia y en la fe. Ellos me contestaron: «Nosotros enseñamos meticulosamente a nuestros hijos en nuestro hogar, a distinguir la verdad del error, así que cuando van a la escuela, las filosofías de la inexistencia de Dios a las que están expuestos les entran por un oído y salen por el otro. Nuestros hijos nos aman y confían en nosotros, pues los vemos firmes en la fe.» Dios bendiga a estos padres fieles y desinteresados. Un buen principio es un matrimonio seguro donde hay un compromiso de hacer los ajustes personales para vivir juntos por siempre. Sobre esta sólida base nuestros hijos tendrán un sentimiento de paz.

Los analistas de nuestra época moderna señalan que en un mundo tan rápidamente cambiante, la gente sufre una especie de choque al perder el sentido de la continuidad (progreso). El propio reflejo de la sociedad significa que nuestros hijos son elevados de un lugar a otro y pierden contacto con la extensa familia de abuelos, tíos, primos y vecinos de mucho tiempo. También es importante para nosotros cultivar en nuestra propia familia el sentido de que nos pertenecemos los unos a los otros eternamente a pesar de cualquier cambio que ocurra fuera de nuestro hogar, por los aspectos fundamentales en nuestras relaciones que nunca cambiarán. Nosotros debemos animar a nuestros hijos a conocer  a sus parientes. Necesitamos hablar de ellos, hacer el esfuerzo por mantener correspondencia con ellos, visitarlos, participar de organizaciones familiares, etc.

¿Cuánto tiempo hace que no tomáis a vuestros hijos, cualquiera que sea su estatura, en vuestros brazos y les decís que los queréis y que estáis muy contento de que sean vuestros para siempre? ¿Cuánto tiempo hace desde que vosotros, esposos o esposas, comprasteis algún regalo barato como sorpresa para vuestro cónyuge, sin otra razón que el deseo de halagarle? ¿Cuánto hace desde que trajisteis a casa una rosa u horneasteis un pastel en forma de corazón o hicisteis cualquier otra cosa para hacer la vida más esplendorosa, llena de entusiasmo y afecto?

Si tenemos que dar alguna contribución al fondo de construcción o a la Cruz Roja, o emplear la mañana de un sábado en ayudar al quórum de élderes a pintar la casa de una viuda, asegurémonos de que los hijos se den cuenta de ello, y si es factible, permitámosles tomar decisiones y luego participar en la realización de esas decisiones. Toda la familia puede atender el bautismo, confirmación y la ordenación de algún miembro de ella. Toda la familia puede aplaudir a un hijo que está compitiendo en un partido de fútbol. Toda la familia debe reunirse en la noche de hogar, a la hora de comer y en la oración familiar. Toda la familia quizá puede pagar sus diezmos junta y cada uno de sus miembros aprende por precepto y por ejemplo este bello principio.

El hogar debe ser un lugar donde la confianza en el Señor es un asunto de experiencia común, no reservada para ocasiones especiales. Una manera de establecer esto es por la fervorosa oración de cada día. No es suficiente simplemente orar, sino que es esencial que nosotros realmente hablemos con el Señor, teniendo fe de que El nos revelará a nosotros como padres, lo que necesitamos saber y hacer para el bienestar de nuestra familia. Se ha dicho de algunos hombres que cuando ellos oran, un niño tal vez haya abierto sus ojos para ver si el Señor realmente estaba ahí; debido a lo personal y directa que fue su petición.

Un niño que por asistir a la escuela, se va a una ciudad lejana, u otro que se va a una misión, una esposa que sufre física o espiritualmente, un miembro de la familia que contrae matrimonio o que desea una guía para tomar una decisión importante, todas ellas son situaciones en las cuales el padre, en el ejercicio de su responsabilidad patriarcal, puede bendecir a su familia.

Y no debemos pasar por alto el hecho de que, particularmente en ausencia del padre, una madre puede orar con sus hijos para pedir que las bendiciones del Señor vengan sobre ellos. Ella no actúa por virtud de ningún sacerdocio conferido sobre ella, sino por virtud de responsabilidad, dada por Dios, de gobernar su casa en justicia.

Hay una manera importante en la cual somos diferentes de los icebergs. Tenemos fuerza motriz y, por tanto, somos capaces como los barcos de movernos por nosotros mismos a donde queramos. Si nosotros conocemos las corrientes, podemos tomar ventaja de ellas. Muchos grandes buques tanques petroleros y transportes de minerales, viajando de Sudamérica hacia puertos del Atlántico, se dice que cabalgan en la Corriente del Golfo, tanto como los aviones a reacción cabalgan en la corriente de vientos fuertes cerca de la troposfera.

O si deseáramos luchar contra la corriente, podemos hacerlo, pero la corriente inevitablemente tendrá sus efectos. Se dice que cuando el almirante Peary estaba navegando hacia el Polo Norte, se encontró sobre una gran masa de hielo flotante, tan grande como una isla y en tanto que él se movía rumbo al norte hacia el Polo con sus trineos y sus perros, la gran masa flotante lo iba llevando hacia el sur mucho más rápido, debido a la fuerza de la corriente.

Hermanos míos; el hogar es nuestra peculiaridad, la familia es nuestra base. Y esto hemos oído mucho a través de esta conferencia, vida familiar, vida hogareña, hijos y padres amándose unos a otros y dependiendo uno de otros. Esta es la forma que el Señor planeó que nosotros vivamos.

Ahora, como conclusión de esta gran conferencia, la cual se ha extendido por tres días y nos ha traído muchos pensamientos, bendiciones a todos estos hermanos que han contribuido, a todos aquellos que han hablado, que nos han traído tesoros de conocimientos, mucha información y gran inspiración para todos.

Al volver a nuestros hogares, hermanos, espero que no cerremos las puertas a esta conferencia, llevémosla con nosotros, a nuestra casa. Hablemos a nuestra familia acerca de ella, quizá algunos la mencionarán en reuniones sacramentales. Pero llevadla a vuestra familia y dadle el beneficio de cualquier inspiración que pudiera haberos llegado, cualquier determinación para efectuar un cambio en su vida, para hacerla más aceptable a nuestro Padre Celestial.

Al concluir esta conferencia os bendecimos y os traemos las bendiciones del Señor del cielo. Hermanos míos: Yo sé que ésta es la obra del Señor. Vosotros no habéis viajado grandes distancias para nada, pues esto es un gran alimento para vuestras almas.

Yo sé que el Señor vive, que el Dios estuvo con Adán, el Dios que vino a los bancos del río Jordán a declarar: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17), para presentar a su Hijo al mundo, de quien todos nosotros íbamos a depender tanto, vive también. Yo sé que fue el Dios que nosotros adoramos, quien vino al Monte de la Transfiguración y dijo nuevamente a aquellos siervos, Pedro, Santiago y Juan quienes iban a llevar adelante la obra del Señor, aun con las imperfecciones que tenían: «Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia» (Mateo 17:5). El mismo Dios de quién sabemos que El vive y existe, el mismo que vino al estado de Nueva York y dijo las mismas cosas que ya había declarado a los nefitas en otro tiempo declaradas ahora a un mundo que había estado caminando en la obscuridad por muy, pero muy largo tiempo- «Este es mi Hijo amado, escúchalo» (José Smith 2:17).

Yo sé que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Yo sé esto. Yo sé que el evangelio que estamos enseñando es el evangelio de Jesucristo y la iglesia a que pertenecemos es la Iglesia de Jesucristo; ella enseña sus doctrinas, y sus normas y sus programas. Yo sé que si todos nosotros vivimos el programa como nos fue dado y continuamos viviéndolo, todas las bendiciones prometidas serán nuestras. Ahora, Dios os bendiga y os dejamos estas bendiciones, con todo nuestro afecto y aprecio por vosotros en el nombre de su Hijo Jesucristo. Amén

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