Al servicio del Señor

Conferencia General Octubre 1987
Al servicio del Señor
por el élder Douglas J. Martin
del Primer Quórum de los Setenta

Douglas J. Martin“Tanto esos matrimonios misioneros como nosotros mismos vamos descubriendo un nuevo propósito y sintiendo mas satisfacción en nuestra vida.”

Mis queridos hermanos, hacen varios años, en una conferencia general, oí al presidente Spencer W. Kimball exhortar a los matrimonios mayores, ya con todos sus hijos casados o independientes, a despegarse un poco de ellos y de sus nietos por un año o dos para servir a nuestro Salvador Jesucristo en el campo misional. Eso me impresiono mucho y en cuanto llegue a mi casa, en Nueva Zelanda, se lo conté a mi esposa.

Al hacer nuestros planes para servir, decidimos que yo me jubilaría un poco antes de tiempo, o sea, cuando yo cumpliera sesenta años en abril de 1987. Se lo dijimos a nuestros hijos, quienes, si bien no dijeron mucho al respecto, acataron nuestros deseos y nos apoyaron. También informe a mis socios con tres a cuatro años de anticipación.

Al acercarse 1987, nuestros planes iban marchando bien. Yo esperaba dedicar unos meses a las agradables actividades con que había sonado desde hacia años, pensando que más adelante llegaría nuestro llamamiento a la misión.

Pero un día de fines de marzo de este año,  se me comunicó por teléfono que debíamos asistir a la conferencia general de Salt Lake City antes de la fecha de jubilación fijada en abril. [En esa fecha recibió el llamamiento al Quórum de los Setenta y mas adelante se lo llamo como consejero de la presidencia de área.]

¡Cuánto agradecemos haber prestado oído a la inspiración del Espíritu tras escuchar al presidente Kimball hace ya varios años.

Debe de haber en muchos países, en la lglesia en la actualidad, matrimonios de nuestra edad, de circunstancias parecidas o iguales a las nuestras que estén recibiendo la misma inspiración del Espíritu Santo. Al recibirla, recordad la promesa que recibió el profeta José Smith: “Y ahora, de cierto, de cierto te digo: Pon tu confianza en ese espíritu que induce a hacer lo bueno ‘ (D. y C. 11: 19).

Desde hace sólo un mes, mi esposa y yo estamos en el servicio del Señor trabajando en las islas de las Filipinas. Micronesia y Guam, y nuestra vida ha cambiado totalmente. Hemos pasado del invierno al verano en sólo doce horas. Del cordero de Nueva Zelanda al pescado delicioso que llaman lapu lapu. Aun nos resultaba distinto el delgado y moreno presidente de estaca filipino que me dijo: “Tengo la misma edad que usted, élder Martin”.

Poco después de llegar a las Filipinas, nos dirigimos a nuestra primera conferencia de estaca, a unos cien kilómetros hacia el norte. Por el camino, vimos la pobreza de muchas de esas encantadoras gentes, lo cual también era nuevo para nosotros y nos dio mucha tristeza. Nos hospedamos en un pequeño hotel de ese distante pueblo y no tardamos en descubrir que carecía de muchas de las comodidades a que estabamos habituados. Pero, después, cuando entramos en los inmaculados jardines de la capilla, recobramos nuestro animo. Los miembros, vestidos impecablemente, nos saludaron con cariñosos apretones de manos. Ya no éramos ”extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19) Poco después vería entre los filipinos un ejemplo inolvidable y maravilloso.

Al avanzar frente a la hilera de manos que nos saludaban, una mujer joven extendió tímidamente el brazo. Al saludarla, me di cuenta que no tenía manos intercambiamos una sonrisa y seguimos adelante. Después, volví a ver a esa hermana y a su marido cuando los invitaron a hablar. Esta joven pare ja se había casado hacia unos dieciocho meses en el Templo de Manila. Cuando ella se puso de pie, advertí que aparte de haber nacido sin manos, tenia una pierna artificial. Al dirigir la palabra, contaron la notable historia de sus vidas.

Supimos entonces que ella era hija del presidente de la estaca. Pese a lo que para otras personas hubiera sido un impedimento -pero que para ella solo fue una dificultad- esa joven había cumplido una misión proselitista Describió de un modo muy bello los sentimientos que experimentó al ir a casarse al Templo de Manila. En su discurso, puso de manifiesto una madurez en la comprensión del evangelio y una humildad en verdad extraordinaria.

Luego habló su esposo y contó que a los dos meses de estar en el campo misional le había escrito una carta a ella, su novia, y luego otra, hacia el fin de su misión, en la que le expresaba su deseo de casarse con ella en el Templo de Manila al volver a casa. No tuvieron ninguna duda ni habían cambiado de parecer al estar separados sino que, por el contrario, para ellos dos creció su comprensión del significado y bendición del matrimonio en el templo. Cuando con orgullo nos mostraron su bebé después de la conferencia y al considerar lo que había logrado cl joven matrimonio, recordé las palabras del Salvador: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”. (Lucas 11:28).

Desde entonces hemos visitado diversas islas y sitios de las Filipinas, y en todas partes encontramos matrimonios misioneros, algunos de los cuales son mayores que nosotros. Hay allí un matrimonio de Fremont, California, que trabaja en lejana Vigan; son los Johnson, que se bautizaron en la Iglesia hace sólo unos pocos años. En Vigan, el carabao, o búfalo de la India,  y los triciclos motorizados son prácticamente los únicos medios de transporte, pero los Johnson tienen una excelente actitud.

Cada vez que conozco a matrimonios misioneros, me lleno de amor y respeto s hacia ellos por su humildad y deseos de ayudar a los miembros filipinos. Todos ellos consideran su misión una de las grandes oportunidades de servir al Maestro Siempre nos preguntan cuantos nietos tenemos. Les decimos que tenemos ocho, número que queda empequeñecido cuando nos dicen “Nosotros tenemos 16 ó 23, ó 27” y casi siempre añaden: ”Y hay dos que no conocemos aun”. Aunque echan de menos a sus familiares y a sus nietos, no se quejan, sino que están contentos ante la expectativa del reencuentro Mientras tanto, recién todo el amor que pueden absorber de los fieles miembros filipinos.

Tanto esos matrimonios misioneros como nosotros mismos vamos descubriendo un nuevo propósito y sintiendo mas satisfacción en nuestra vida. La sección 4 de Doctrina y Convenios va adquiriendo mas significado para nosotros. Esta dice:

”De modo que, si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra; pues mirad el campo, blanco esta ya para la siega; y he aquí, quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí, de modo que no perece, sino que trae salvación a su alma ” (D. y C. 4:3-4.)

Ruego que los matrimonios que ya no tengan hijos en casa presten atención y obedezcan al Espíritu que insta a prepararse para servir al Señor en el campo misional. Sé que esta es la Iglesia del Señor, que José Smith fue un profeta de Dios, que el presidente Ezra Taft Benson es el Profeta de Dios en la tierra hoy en día. Estoy agradecido por ser miembro de la Iglesia y por todas las bendiciones que el serlo ha traído a mi vida y a la de mi familia.

En el sagrado nombre de Jesucristo Amén.

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