Conferencia General Octubre 1975
Convenios y bendiciones
Por el élder William H. Bennett
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana
Mis hermanos; desde tiempos antiguos hasta el presente, nuestro Padre Celestial ha hecho con sus hijos convenios, por los cuales ha prometido bendecir a aquellos que sean fieles. Mi mensaje hoy será sobre algunos de esos convenios y bendiciones.
De las escrituras aprendemos que antes de nacer en la carne, existíamos como espíritus, hijos literales de nuestro Padre Celestial. No todos alcanzaron la misma inteligencia y algunos fueron más fieles y obedientes que otros, y como resultado de esto, fueron elegidos para recibir bendiciones especiales y misiones importantes en la tierra. (Véase Abraham 3:11-12, 14, 16-19, 22-23.)
Miguel el Arcángel, fue elegido para ser Adán, el primer hombre sobre la tierra, para actuar bajo la dirección del Padre y el Hijo a la cabeza de la familia humana.
Otros de los elegidos fueron: Set, el más fiel de los hijos de Adán, quien nació después de la muerte de Abel; Enoc, a quien el Señor prometió que a través de su linaje nacerían Noé y el Mesías y que su posteridad permanecería en la tierra mientras ésta existiera. Noé, escogido como segundo padre de la raza humana después del diluvio; Sem, selecto hijo de Noé; y Abraham, Isaac y Jacob. (Véase Abraham 1:3; Moisés 1:34, 6:8, 22, 45-46; Lucas 3:8.)
En medio de la idolatría, Abraham adoró al verdadero Dios y probó su fidelidad en cada prueba que el Señor le dio. Por lo tanto, Jehová hizo un sagrado convenio de bendecir a Abraham y su posteridad fiel hasta la última generación. Abraham, llegó a ser «Heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, con el derecho que pertenecía a los patriarcas» (Abr. 1:2). Este derecho al sacerdocio ha continuado a través del linaje de los fieles «conforme a lo que Dios había señalado a los patriarcas, relativo a la simiente» (Abraham 1:4; D. y C. 84:14- 16).
Podemos preguntarnos. . . ¿Por qué fueron algunos los elegidos para poseer el sacerdocio y representar a Dios en la tierra como sus ministros especiales? Alma nos da una convincente respuesta a esto: «Y esta es la manera conforme fueron ordenados. . . fueron llamados y preparados desde la fundación del mundo por causa de su gran fe y buenas obras, habiéndoseles concedido primeramente escoger el bien o el mal; y por haber escogido el bien y ejercido una fe sumamente grande, son llamados con una santa vocación,. . . y de conformidad con ella, se dispuso para tales seres» (Alma 13:3-4).
Por lo tanto, debido a la fidelidad premortal de Abraham, se le autorizó a nacer en la tierra a través del linaje de padres fieles, también poseedores del sacerdocio. Además de su excelente actuación previa, habiendo probado su sublime fidelidad en todas las aflicciones que pasó en la tierra, el Señor hizo con él este solemne convenio tal como está registrado en Abraham 2:8-9 y 11.
«Me llamo Jehová, y conozco el fin desde el principio; por tanto, mi mano te cubrirá. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones; y bendeciré a los que te bendijeren, y maldeciré a los que te maldijeren; y en tu simiente, serán bendecidas todas las familias de la tierra, aun con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, aun de vida eterna.»
El Señor renovó este convenio con Isaac, el fiel hijo de Abraham; y confirmó las bendiciones de Abraham e Isaac sobre Jacob; llamó a Jacob Israel y su posteridad ha sido conocida como los hijos de Israel, el pueblo elegido del Señor. Su misión especial es la de poseer el sacerdocio y mantener vivo en el mundo el conocimiento del verdadero Dios y el verdadero evangelio. (Véase Gén. 17:19-21; 24:60; 25:11; 26:1-4.)
El convenio de Dios con Abraham incluía la promesa de que además de sus descendientes directos, todo el que de ahí en adelante recibiera el evangelio, también pertenecería a la simiente de Abraham por adopción y su sangre se mezclaría entre las naciones para bendecirlas con los privilegios del evangelio.
En nuestros días el Señor ha revelado: «Porque vosotros sois hijos de Israel y de la simiente de Abraham» (D. y C. 107:17). Por la virtud de esa descendencia y por la obediencia a las ordenanzas del evangelio, es que tenemos derecho a las bendiciones de nuestros antepasados: Abraham, Isaac y Jacob.
Como legítimos poseedores del sacerdocio, debemos esforzarnos en llevar una vida justa y poner nuestra fuerza en el poder del sacerdocio y en llevar a cabo nuestra misión salvadora en todo el mundo.
El sacerdocio es más valioso para nosotros que cualquier otra posesión. Nosotros, los que lo poseemos tenemos dos misiones: predicar el evangelio y suministrar sus ordenanzas. Nuestra misión es la de lograr felicidad nosotros mismos, y llevarla a nuestra familia y a la humanidad, aplicando los principios del evangelio en nuestra vida diaria; nuestra gran mira es obtener la vida eterna.
En la sección 86 de Doctrinas y Convenios el Señor establece: «De modo que, así dice el Señor a vosotros con quienes ha permanecido el sacerdocio por el linaje de vuestros padres—Porque sois herederos legales, según la carne,. . . por tanto, ha continuado vuestra vida y el sacerdocio, y tienen que perdurar por medio de vosotros y vuestro linaje hasta la restauración de todas las cosas proferidas por las bocas de todos los santos profetas desde que comenzó el mundo. Así que, benditos sois si perseveráis en mi bondad, siendo una luz a los gentiles, y por medio de este sacerdocio, salvador a mi pueblo Israel. . .» (D. y C. 86:8-11).
Los derechos y la autoridad del sacerdocio traen consigo convenios obligatorios. Aquellos que sean ordenados en el Sacerdocio Aarónico deben observar las obligaciones de su oficio tal como se especifican en Doctrinas y Convenios (D. y C. 20:46-60; 107:13- 14, 85-88). Los que hayan sido ordenados en el Sacerdocio de Melquisedec o Sumo Sacerdocio, entran dentro del convenio sagrado que les abre el camino para heredar todo lo que el Padre tiene (D. y C. 84:33-41).
El nuevo y eterno convenio es la plenitud del evangelio y abarca toda promesa y acuerdo con el plan divino de vida y salvación, por medio del cual el verdadero creyente puede ser admitido en la familia celestial de Cristo para heredar todo lo que el Padre tiene.
El Libro de Mormón contiene la plenitud del evangelio de Jesucristo, y la ley y la doctrina que encierra, comprometen a aquel que las recibe haciéndolo responsable de cumplirlas. Por el convenio del bautismo se recibe la promesa de la vida eterna condicionada a nuestras acciones; el convenio nos abre la puerta, pero tendremos que probar que somos dignos antes de recibir la bendición.
La ley del día de reposo se dio al pueblo de Dios a través de sus propias generaciones como un convenio perpetuo que lleva implicadas promesas tanto espirituales como temporales (Éxodo 31:16; D. y C. 59:9-20).
Por medio de la ordenanza del sacramento los miembros renuevan sus convenios con el Señor y reciben otra vez la seguridad de que, por su fe y dignidad, tendrán el Espíritu Santo consigo para bendecirlos y guiarlos a la vida eterna (D. y C. 20:77, 3 Nefi 18:7,11; Moroni 4:3; 5:2).
Aun la Palabra de Sabiduría se ha dado como principio, con una promesa (D. y C. 89:18-21).
En nuestros templos aprendemos acerca de las grandes verdades del evangelio. La investidura del templo provee información concerniente a la historia del hombre en la tierra y el significado y los métodos por medio de los cuales pueden obtenerse la dicha en la tierra y la exaltación en los cielos; también instruye en forma especial acerca de la conducta que debe seguir una persona para disfrutar el resultado del progreso y lograr su destino. Se enseña a hombres y mujeres a mantenerse libres de pecado; deben ser castos, virtuosos, verídicos y generosos. Además, se les enseña que deben dedicar su persona y todo lo que tienen o puedan tener a la gran causa de la verdad, enseñando a sus semejantes el evangelio eterno.
Aquellos que reciben su investidura y tienen este gran conocimiento, hacen convenios con Dios de que observarán las instrucciones que se les dan y las pondrán en práctica en su vida diaria.
También se les explica que si no cumplen con las promesas hechas en el templo, vendrá sobre ellos el castigo de Dios, pero que si aceptan la verdad, la practican y llevan una vida digna recibirán las más grandes bendiciones.
Quizás una de las ordenanzas más gloriosas del templo sea aquella en que se sellan esposos e hijos por tiempo y eternidad. De acuerdo con el evangelio, el matrimonio no cesa necesariamente con la muerte; por el contrario, continúa más allá de la tumba. Tal unión o sella- miento por tiempo y eternidad puede llevarse a cabo sólo con la autoridad especial, que posee únicamente el Presidente de la Iglesia. Él puede delegar esa autoridad a los trabajadores del templo para que puedan realizar estos matrimonios en los templos de Dios.
Los templos son el medio por el cual cada miembro de la Iglesia, con edad suficiente y si lleva una vida justa, puede recibir la investidura y guardar vivido en su memoria el gran plan que nuestro Padre nos ha dado para que podamos alcanzar nuestra salvación y exaltación.
Hermanos, permitidme concluir resaltando la importancia de no descuidar la sagrada y eterna naturaleza de los convenios que hacemos en el templo. Lamentablemente, algunas personas no han sido completamente sinceras cuando se les ha entrevistado para recibir su recomendación y, lamentablemente también, algunos élderes del sacerdocio no han sido tan cuidadosos como deberían durante esas entrevistas; por ese motivo, hay quienes han ido al templo en forma indigna. Al hacer esto, han puesto en peligro su vida eterna.
Permitidme compartir con vosotros un mensaje que es muy significativo. Tiene que ver con un hermano que se enamoró de una hermosa joven y la llevó al templo donde fueron sellados por tiempo y eternidad. Entonces él se descuidó, cayó en seria transgresión y fue excomulgado de la Iglesia, después de lo cual la pareja se divorció. Más tarde, su ex esposa solicitó una cancelación del sellamiento en el templo para poder sellarse a otro y así se pusieron en contacto con él para ver si consentía u oponía alguna objeción a dicha cancelación. Como respuesta, el joven escribió una larga carta de varias páginas que comenzaba así: «Si’, doy mi consentimiento. ¿Por qué? Porque quiero ver que mi ex esposa obtenga la felicidad que merece.» En las siguientes páginas continúa elogiando las virtudes de la joven y más adelante dice: «¿Por qué hice lo que hice a mi esposa e hijo? Solamente porque me descuidé, oí la voz de la tentación y ésta fue más fuerte. No creo que pueda ser perdonado alguna vez por lo que hice a mi familia». Finaliza la carta de esta manera: «Un hombre con el corazón destrozado», y más abajo está la firma.
Ahora bien, hermanos, nosotros tenemos nuestro libre albedrío, pero ninguno de nosotros tiene la libertad de elegir las consecuencias de lo que hacemos, porque seremos responsables por nuestros actos.
Os dejo mi testimonio de que esta Iglesia es conducida por un Profeta de Dios que tiene a su lado otros que han sido sostenidos como profetas videntes y reveladores. Oigamos la voz de nuestro Profeta. Que seamos fieles y verídicos a los convenios que hacemos, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

























