La vida es Eterna

La vida es Eterna

Por el presidente Ezra Taft Benson
Liahona Abril 1992

Todos sentimos pesadumbre por la pérdida de seres queridos, pero también gratitud. Gratitud por la seguridad que tenemos de que la vida es eterna.


La vida es eterna. Somos seres eternos; antes de esta vida terrenal vivimos como espíritus inteligentes. Ahora estamos viviendo parte de la eternidad. Nuestro nacimiento terrenal no fue el comienzo; la muerte, que nos espera a todos, no es el fin.

Como seres eternos, tenemos en nosotros una chispa de divinidad y, habiendo viajado por casi todo el mundo, estoy convencido de que los hijos de nuestro Padre en todas partes son esencialmente buenos. Quieren vivir en paz, quieren ser buenos vecinos, aman sus hogares y sus familias, desean mejorar su nivel de vida desean hacer lo que es correcto y yo sé que Dios los ama.

Como Su siervo humilde, siento amor en mi corazón hacia los hijos de nuestro Padre dondequiera que vivan. Los he conocido en los llamados lugares elevados y en lugares bajos; he conversado con ellos en sus hogares y en sus campos, en sus pequeñas granjas, en sus tiendas, en los caminos de la tierra y en el aire. He tenido el privilegio de asociarme con ellos en reuniones grandes y pequeñas y adorar en sus iglesias.

A medida que viajamos por este mundo revuelto y pecador, lleno de tentaciones y problemas, nos sentimos humildes con la expectativa de la muerte, la incertidumbre de la vida y el poder y el amor de Dios. Todos sentimos pesadumbre por la pérdida de seres queridos, pero también gratitud. Gratitud por la seguridad que tenemos de que la vida es eterna; gratitud por el gran plan del evangelio que se nos ha dado a todos nosotros; gratitud porque tenemos la seguridad de que la vida es eterna; gratitud por el gran plan del evangelio, dado libremente a todos nosotros; gratitud por la vida, por las enseñanzas y por el sacrificio del Señor Jesucristo.

Gracias a Dios por la vida y el ministerio del Maestro, Jesús el Cristo, que rompió los lazos de la muerte, que es la luz y la vida del mundo, que dio el ejemplo, que estableció las normas que debíamos seguir y proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…” (Juan 11:25-26).

Sí, la vida es eterna; continuaremos viviendo después de la vida en la tierra, a pesar de que a menudo perdamos de vista esa gran verdad básica.

Muy a menudo ponemos ambiciosamente nuestro afecto en cosas que no valen la pena, en cosas perecederas. Los tesoros materiales de la tierra son únicamente para proveernos, por así decirlo, alojamiento y comida mientras estamos aquí en la escuela. A nosotros nos toca poner el oro, la plata, las casas, las acciones, las tierras, el ganado y otras posesiones terrenales en el lugar que corresponde.

Este es tan sólo un lugar de duración temporal. Estamos aquí para aprender la primera lección hacia la exaltación: obediencia al plan del Evangelio del Señor.

Existe siempre la expectativa de la muerte, pero en realidad no hay muerte, no hay separación permanente. La Resurrección es una realidad; las Escrituras están repletas de evidencias. Casi inmediatamente después de la gloriosa resurrección del Señor, Mateo registra:

“Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

“y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mateo 27:52-53).

El mundo espiritual no está lejos; algunas veces, el velo entre esta vida y la vida en el más allá es muy delgado. Nuestros seres queridos que han muerto no se encuentran lejos de nosotros.

El profeta Brigham Young preguntó: “¿Pero dónde se encuentra el mundo espiritual?” Y luego contestó su propia pregunta:

“Está aquí… ¿Van los espíritus más allá de los límites de esta tierra organizada? No, no lo hacen. Son traídos a esta tierra con el expreso propósito de habitarla por toda la eternidad…

“Cuando el espíritu deja su cuerpo, entra en la presencia de nuestro Padre y Dios; está preparado entonces para ver, oír y comprender las cosas espirituales… Si el Señor lo permitiera, y ésa fuera Su voluntad, podríais ver los espíritus que han salido de este mundo, tan claramente como ahora veis cuerpos con vuestros ojos…” (Journal of Discourses, volumen 3, págs. 367-369).

Sí, la vida es eterna. La muerte no es el fin. A las mujeres afligidas que se encontraban frente a la tumba, los ángeles proclamaron:

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado…” (Lucas 24:5-6).

No hay nada en la historia que se compare con esa dramática declaración: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Ninguna otra influencia ha tenido mayor impacto en esta tierra como la vida de Jesús el Cristo. No podemos imaginarnos lo que sería nuestra vida sin sus enseñanzas. Sin Él nos encontraríamos perdidos en un espejismo de creencias y adoraciones, donde gobierna lo sensual y lo materialista. Nos encontramos lejos de la meta que Él nos puso, pero nunca debemos perderla de vista; ni tampoco debemos olvidar que nuestro ascenso hacia la luz, hacia la perfección, no sería posible excepto por Sus enseñanzas, Su vida, Su muerte y resurrección.

Que Dios acelere el día en que la gente de todo el mundo acepte Sus enseñanzas, Su ejemplo y Su divinidad; sí, cuando acepten como una realidad Su gloriosa resurrección, la que rompió los lazos de la muerte para todos nosotros.

Debemos aprender una y otra vez que únicamente aceptando y viviendo el evangelio de amor, de la manera en que el Maestro lo enseñó, y que únicamente haciendo Su voluntad, podremos romper los lazos de la ignorancia y la duda que nos atan. Debemos aprender esta sencilla y gloriosa verdad a fin de que podamos experimentar los dulces goces del Espíritu ahora y eternamente. Debemos esforzarnos al máximo por hacer Su voluntad; debemos ponerlo en primer lugar en nuestra vida. Sí, nuestras bendiciones se multiplican cuando compartimos Su amor con nuestro prójimo

Actualmente, miles de fieles misioneros llevan este importante mensaje a todo el mundo: Jesús es el Cristo, el Salvador de la humanidad, el Redentor del mundo, el Hijo de Dios. Él es el Dios de este mundo, nuestro abogado ante el Padre.

En la actualidad, los misioneros, mensajeros de la verdad, y millones de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días testifican que Dios ha hablado desde los cielos, que Jesucristo ha aparecido de nuevo al hombre y que la resurrección es una realidad.

Testifico de la veracidad del mensaje del cual ellos son portadores y agrego mi testimonio solemne, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario