Antes creía ahora lo se

Antes creía ahora lo se

por Don L. Searle

Cuando los misioneros lo conocieron, en Ca­lifornia, Sigifredo Verano no les pareció una buena referencia; tenía el cabello largo y usaba barba, al estilo de algunos de los grupos rebeldes de la década de 1970. Trabajaba ocho horas por día para mantener a su familia y además estudiaba para prepararse a fin de conseguir un empleo mejor, y no le quedaba mucho tiempo disponible para escuchar a los misioneros.

La mayoría de los amigos que Sigifredo tenía en el trabajo eran ateos o agnósticos, y él no había asistido regularmente a ninguna iglesia por casi veinte años.

Cuando los misioneros conocieron a su esposa, Ana Lucía, ella les dijo que podían ir a hablar con él siempre y cuando no estuviera muy ocupado. Des­pués de unas cuantas visitas breves, Sigifredo dijo: “Bueno, sí, enséñenme esas charlas de una vez”.

Fue debido al amor y la dedicación de varios mi­sioneros y a la fe de sus hijos que Sig y Ana Verano empezaron por fin a asistir a las reuniones de la Iglesia; pero ha sido la diligente obediencia de los dos lo que les ha ayudado a adquirir y fortalecer el testimonio.

En el año 1963 Sig Verano emigró de su tierra na­tal, Colombia, en América del Sur, al estado de Ca­lifornia, en los Estados Unidos. Ana, en aquel enton­ces su novia, se quedó para esperar a que él lograra una posición económica estable en el nuevo país.

En Colombia, él sólo había ido hasta el tercer año de escuela y hablaba muy mal el inglés. Una vez en Los Angeles, California, comenzó a trabajar haciendo sombreros y percibiendo el salario míni­mo. Siempre buscaba en los avisos del periódico un trabajo que fuera mejor remunerado, y un día vio uno que ofrecía un curso de capacitación para “machínist” (mecánico de máquinas, en este caso), pen­sando que se trataba de un maquinista, o sea, un conductor de locomotoras. El sueldo era bueno y como en su país los maquinistas tienen un trabajo fijo, se anotó para tomarlo.

Le iba muy bien en el curso, y después de un tiempo preguntó cuándo iban a trabajar con las “máquinas grandes”, a lo que le contestaron que tu­viera paciencia, que lo harían más adelante. Pero ya estaban terminando la capacitación y Sig seguía sin haber visto una locomotora. Un día le preguntó a un compañero cuánto tendrían que viajar en los trabajos futuros.

“¿Qué tiene que ver el viajar con este trabajo?”, replicó su compañero. Después de un diálogo un tanto confuso, Sig le preguntó: “¿Podrías decirme exactamente qué es lo que estamos aprendiendo?”

Pero el nuevo empleo como mecánico le proveía los medios suficientes para mantener a Ana cuando se casaran; hasta entonces mantenían su noviazgo por correspondencia. En 1964 se casaron por poder y en 1965 ella emigró a los Estados Unidos. Su pri­mer hijo, Edison, nació en 1966, Julie en 1968 y Marbell en 1972.

Sigifredo continuó estudiando para adquirir una educación y mejorar su situación económica.

“Terminaba un curso para empezar otro”, dice su esposa. Y así se convirtió en un experto mecánico de autos, oficio en el que tenía mucho éxito.

Si bien Sig nunca había negado la existencia de Dios, ni cometido pecados graves, la religión no sig­nificaba mucho para él. Tampoco podía aceptar las filosofías de sus amigos ateos y agnósticos. En una oportunidad le hizo la siguiente pregunta a uno de ellos:

“Si fueras a convertirte a una religión, ¿cuál elegi­rías?” A lo que el hombre contestó: “Me haría mormón”, y le explicó que su preferencia se debía a que los Santos de los Últimos días eran gente muy buena.

De hecho, fue el buen ejemplo del único mormón que Sig había conocido, “el ejemplo de un buen hombre”, lo que lo persuadió a escuchar a los misio­neros.

Lo que ellos le dijeron le pareció verdadero; la Palabra de Sabiduría le causó un impacto tal que dejó de fumar y de beber alcohol; también comenzó a tener sus oraciones personales. A pesar de eso, no le era nada fácil asistir a la Iglesia porque hacía mu­cho que había perdido la costumbre de hacerlo; y pronto dejó de escuchar las charlas misionales.

Sin embargo, a sus hijos les gustaba mucho ir a la Primaria, que en ese entonces se realizaba por las tardes, en un día laboral. O Sig o Ana los llevaban hasta la capilla, pero una tarde, cuando estaban lis­tos para salir, el auto no arrancaba. “Bueno, no es culpa mía”, les dijo su papá, “Creo que hoy no po­drán ir”.

Una vez en la casa, Edison, de seis años no se dio por vencido. “Oremos”, dijo, y todos se pusieron de rodillas, oraron y regresaron al auto. Para sorpresa de Sig, éste arrancó de inmediato.

Después de esa experiencia todos asistían a la Iglesia, aunque después de un tiempo dejaron de hacerlo. Pero se suscitaron una se­rie de coincidencias que les re­cordaban la existencia de la Iglesia. Por ejemplo, la ma­dre de Ana, que había ido a visitarlos desde Colombia, siempre hacía comentarios positivos acerca de los jó­venes misioneros que se reunían cerca de la casa de ellos, por la pulcritud en el vestir y el aspecto sano que tenían. Por otro lado, un amigo colombiano, de la marina mercante, fue un día a visitarlos. Al sentarse a la mesa les pidió permiso para bendecir los alimentos. Por la forma de orar, Sig se dio cuenta de que era mormón. Este amigo era un converso que estudiaba fervientemente las Escrituras durante los largos viajes que tenía que hacer y, sin saber que sus amigos estaban investígando la Iglesia, les dio su testimonio.

Un tiempo antes de esa visita, Sig Verano les ha­bía dicho a los misioneros que podían ir a verlos co­mo amigos, pero no a enseñarles el evangelio. Uno de ellos estaba para terminar la misión y regresar a casa, y fueron a visitarlos y a invitarlos a conocer a los padres del misionero en una reunión de despedi­da que unos amigos habían preparado para él. Reci­bieron una impresión tan buena de los mormones que conocieron allí que volvieron a tomar las char­las misionales.

Pero Ana, fiel a las tradiciones de la iglesia de sus antepasados, asumió una actitud negativa cuando se dio cuenta de que su esposo estaba considerando se­riamente el bautismo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ella decía que no necesitaba volver a bautizarse, de modo que llegaron a un acuerdo:

Ya que a los niños les gustaba ir a la Iglesia Mormona, él mismo comenzaría a llevarlos des­pués de que se bautizara, y ella continuaría asis­tiendo a su iglesia.

Pero durante la semana previa al bautismo de Sig, Ana soñó, reiteradamente, con el bautismo del Sal­vador, realizado por Juan el Bautista, en las aguas del río Jordán. Entonces se dio cuenta de que esos sueños le estaban indicando lo que debía hacer.

Sigifredo y Ana se bautizaron en el mes de enero de 1974; a fines de año, su hijo Edison, después de haber cumplido los ocho años de edad, también se bautizó.

No obstante, la lucha no terminó allí, ni la amo­rosa dedicación de otros para hermanarlos.

Un buen maestro orientador, el hermano George Baker, les ayudó a mantenerse activos en la Iglesia. Como el hermano Verano no estaba acostumbrado a asistir a reuniones tres veces en el día domingo, co­menzando a las siete de la mañana con la reunión del sacerdocio, estaba a punto de dejar de ir. Él tra­bajaba desde la medianoche hasta las seis de la ma­drugada, y le era muy difícil asistir a las reuniones matinales. Pero el hermano Baker hizo arreglos para que alguien los fuera a buscar, porque él no podía hacerlo, para llevarlos a las reuniones y mantenerlos activos en la Iglesia.

Conforme asistían a las reuniones y obedecían los principios del evangelio, la familia progresaba espiri­tualmente. El hermano Verano fue llamado como presidente de la rama hispanohablante de la estaca, creada en 1978, y luego como obispo, cuando pasó a ser barrio, cinco años después.

La creación de la rama fue también una bendi­ción para Ana Verano, porque como sabía muy po­co de inglés, no podía participar mucho de las acti­vidades del barrio regular, donde sólo se hablaba ese idioma. Pero en la rama de español recibió llama­mientos y progresó prestando servicio a los demás, tal como lo hacía su esposo.

“Recibí un verdadero testimonio por medio del servicio en la Iglesia”, dice el hermano Verano. “El servicio constante es una de las cosas que fortalece el testimonio de una persona”.

El primer barrio de habla hispana de la estaca se dividió poco después de haberse creado, y el herma­no Sig fue llamado como miembro del sumo consejo. En la actualidad es secretario ejecutivo de la estaca para los tres barrios hispanohablantes de la Estaca Hollywood Norte, Los Angeles, California. Su espo­sa tiene un llamamiento en el programa (de habla inglesa) de extracción de nombres de la estaca.

Además de muchos cursos vocacionales que este hermano tomó, se preparó en la venta de bienes raí­ces, lo que le dio muy buenos resultados y la opor­tunidad de fortalecer su testimonio.

Al principio tuvo dificultades en su carrera de ventas. Una semana después de haber comenzado a trabajar lo despidieron cuando el dueño de la agencia de bienes raíces se enteró de la religión a la que pertenecía, por haberse negado a trabajar los domingos.

“El evangelio es tan importante en nuestra vida que el domingo está vacío si no podemos asistir a las reuniones de la Iglesia», explica el hermano Verano.

“Los mormones dedican demasiado tiempo a su Iglesia, de modo que no pueden tener éxito. Ve a buscar trabajo a una agencia chica donde el dueño no esté muy interesado en vender”, le dijo el dueño de la agencia.

Pero el hermano Verano tomó esta experiencia como un desafío y encontró trabajo en una agencia importante de bienes raíces; en 1979, trabajando só­lo parte del tiempo, fue el mejor vendedor del año. Siempre se ha negado a trabajar los domingos, y co­mo presidente de rama y obispo también ha dedica­do parte de los sábados a prestar servicio en la Igle­sia. Y aun así, por varios años, ha estado entre los cinco mejores vendedores de la agencia.

El hermano Verano dice que, por medio del ser­vicio en la Iglesia, ha adquirido el conocimiento de que el Señor vive, de que por El podemos ser redi­midos y de que ha puesto profetas en la tierra para guiarnos y orientamos. Aquellos que no estén muy seguros de la veracidad del evangelio pueden llegar a saber con certeza que es verdadero, tal como el hermano Verano lo ha llegado a saber, poniéndolo a prueba por medio de la obediencia a los manda­mientos y de prestar servicio a los demás.

“Cuando me bauticé en la Iglesia”, dice el herma­no Verano, “yo creía que el evangelio es verdadero; pero ahora lo sé”.

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