Eternidad de los lazos familiares

Eternidad de los lazos familiares

por Joseph Fielding Smith

(Discurso pronunciado por radio el do­mingo 3 de diciembre de 1944 por la es­tación KSL de Salt Lake City).

El matrimonio fue instituido por el Señor para que se prolongase eter­namente. De la misma manera, como es natural, esto es respecto a la fami­lia. El plan dado en el Evangelio para el gobierno del hombre en la tierra es típico de la ley celestial. Me parece imposible imaginarme un estado de tristeza mayor que el de ser dejado en el mundo eterno sin poder recla­mar al padre y a la madre, esposa e hijos. Debe ser horrible ver a aque­llos que viven en unidad de familia donde prevalece el gozo, la paz y la unidad, y pensar que en la vida eter­na, esa sociedad será quebrantada y disuelta y los miembros forzados a vivir su eternidad fuera de ese círcu­lo familiar como extraños unos con otros; cuando menos con todos los sentimientos más finos que estimu­lan y unen a los miembros de la fami­lia, totalmente destruidos y los miem­bros estando en el mismo nivel como ahora consideran a sus amigos y des­conocidos. ¿Podría llamárseles “cielos” a tal condición? ¿Es razonable el creer que cuando el padre y la ma­dre al encontrarse, si son dignos de la salvación, deben encontrarse el uno al otro con el mismo sentimien­to con el cual se encuentran con aque­llos que les son desconocidos en la tierra? ¿Es razonable creer que no continuará en los corazones y senti­mientos de los padres y las madres, el mismo afecto y amor mutuo que cultivaron aquí, y que no continuará el mismo estado entre ellos y sus hi­jos? Para los Santos de los Últimos Días, tales pensamientos son contra­rios, fuera de pensarse, sin ningún semblante de misericordia, amor o justicia. Para ellos, un lugar tal co­mo este no puede ser “los cielos”.

El reino de Dios un gobierno

El reino de Dios es un gobierno. Es gobernado por oficiales debida­mente nombrados. Tiene un Rey que guarda el mando supremo; que go­bierna en misericordia y justicia. Es­tá escrito acerca de Él, “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fide­lidad ceñidor de sus riñones.” “Él es el Señor Omnipotente”; “El Dios de las Huestes”, cuyo centro es la recti­tud y la verdad y cuyo dominio es eterno. Pero no gobierna solo. Él ha nombrado oficiales a los cuales ha dado autoridad para gobernar y rei­nar. De estos oficiales que han sido nombrados para tomar posiciones im­portantes, el Rey ha dicho que ellos se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Habrá en este reino, Sacerdotes y reyes “hacia Dios y su Padre”, y así está escrito, y “ellos reinarán para siempre”.

En este mundo la familia es la uni­dad que forma el gobierno. Destrúyase a la familia y perecerá el go­bierno. Debe ser que en el gobierno de los cielos, siendo manejado por oficiales comisionados y sujetos a le­yes eternas, también debe existir la familia en unidad para que forme ese gobierno, igualmente deben ha­ber comunidades, ciudades y estados, porque la tierra es típica de los cie­los donde todas las cosas están orde­nadas. ¿Cómo podría haber una ley y orden con la familia destruida? Pensar en tal cosa en este mundo co­mo un gobierno progresivo, sin fa­milia, está más allá del dominio de la razón. Las leyes que gobiernan en el reino de Dios son leyes naturales, pues todas las leyes de la naturaleza son leyes de Dios. Un gobierno compuesto de individuos, sin obligacio­nes familiares no es ni será el plan del Señor. Los individuos, a la vista del Señor no son controlados por el estado.

Una creencia universal sobre una doctrina no la hace verdadera. Du­rante todos los años han existido re­ligiones falsas, filosofías, ideas con­cernientes a los mundos físicos y es­pirituales. El hombre moderno se de­leita al referirse al hombre primiti­vo porque este fué controlado por supersticiones, ignorancia, y privado de los sentimientos más finos. Tiende a jactarse de su gran superioridad y sabiduría. Cada era se considera a sí misma como moderna, progresiva, y más sabia que la anterior; ¿Pero no es posible que la era actual tam­bién mantenga a muchas naciones escasas de juicio que pueden ser ri­diculizadas por las generaciones ve­nideras? ¿Qué no será posible que esta idea de la desorganización de la familia y el hogar, en el reino de Dios, que rige, pueda ser una de ellas? ¿La hace verdad el hecho de que se enseña en muchas Iglesias? ¿No puede decirse que para cada pa­dre y madre, amoroso uno para con el otro y para con sus hijos, tal doc­trina es una idea temerosa? Cada madre verdadera quiere a su niño en la eternidad. Cada esposa devota quiere a su marido e igualmente cada marido fiel quiere a su familia. ¿Y por qué no? Es el instinto natural que el Señor les ha puesto en su co­razón, y no había de ser destruido. Pensemos en los discursos que han sido pronunciados, los poemas que se han escrito, todos llenos de esta es­peranza.

Doctrina de maldad

¿Dónde está la madre que haya depositado a un ser amado en la se­pultura que no haya anhelado y de­seado tenerle en sus brazos nueva­mente? ¿Le diremos a tal madre “Ha perdido a su niño para siempre?’’ ¿Le diremos a su esposa, “Su esposo que fué tan bondadoso y amoroso se ha ido para siempre? ¡Sus niños se han desparramado; no son suyos de aquí en adelante, pues no hay matri­monio, no hay organización familiar, más allá de la muerte! ¿Todos serán desconocidos en el mundo venidero?” ¿Hay esperanza y consolación en tal pensamiento? ¡De cierto que no! ¡Es mentira! ¡Nunca se ha enseñado una doctrina más absurda! Pensar que doctrina tan mala se enseña en el nombre de Jesucristo, que es la in­corporación del amor, está alejada de nuestra creencia. Esta enseñanza no es del hijo de Dios, sino de un fun­damento de maldad. La misión de Satanás es la de destruir, llevar a la miseria y el sufrimiento a todos los que se lo faciliten. Es él quien incul­có en el corazón de los hombres esta doctrina malvada.

El Señor le dijo a Juan: “El que venciere, poseerá todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo”. (Apoc. 21:7).

La familia en los cielos

Y de nuevo ha escrito Pablo, “Por esta causa doblo mis rodillas al Pa­dre de nuestro Señor Jesucristo, del cual es nombrada toda la parentela en los cielos y en la tierra”. Mientras que todos los que obedecen al Evan­gelio en su plenitud llegarán a ser herederos, en verdad coherederos con Jesucristo, luego han de llegar a ser miembros de esta familia. ¿Por qué debe haber tal cosa como la fa­milia en los cielos? ¿Ha de haber hijos sin familia? Las escrituras nos informan que somos del linaje de Dios. Los fieles serán los hijos de Dios. Se nos ha mandado que le lla­memos Padre. De esta manera ense­ñó Jesús a sus discípulos a orar. Uno de los pasajes más hermosos de las escrituras es la conversación del Se­ñor con María cuando resucitó.

“Dícele Jesús: Mujer, ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pen­sando que era el hortelano, dícele: Señor, si tú lo has llevado, dime dón­de lo has puesto, y yo Jo llevaré.”

“Dícele Jesús ¡María! Volviéndose ella, dícele: ¡Rabboni! que quiere de­cir, Maestro”.

“Dícele Jesús: No me toques: por­que aún no he subido a mi Padre: más ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. (Juan 20:15­17).

Que agradable y consolador es es­te pensamiento, que el Padre de Je­sucristo es en verdad nuestro Padre; que en verdad somos de su linaje, y esta es la doctrina de la Biblia. Dijo Pablo a los Griegos: “Porque en él vivimos, y nos movemos y somos; como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también”. (Hechos 17:28). Es enseñanza de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días el hecho de que todos vivimos en el mundo espiritual y en presencia de nuestro Padre antes de venir a esta tierra vestidos de cuerpos de carne y hueso. Él es nuestro Padre, y su hijo Jesucristo su hijo primogénito en espíritu, y el Único Engendrado en la carne. Pablo, al hablar a los santos en Roma dijo:

“Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados.

“Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. (Romanos 8:28-29). En los Salmos está escrito: “Yo dije: Vosotros sois Dioses, y hi­jos todos vosotros del Altísimo”. (Salmos 82:6). ¿Por qué no debería­mos aceptar estos y otros dichos semejantes con el valor que se expre­san en su primera apariencia? ¿Qué no es más digno pensar que en reali­dad somos, en lo que concierne a nuestra existencia espiritual, del linaje de Dios sus hijos e hijas, cohe­rederos con Jesucristo si le servimos, en vez de pensar que somos del lina­je de formas más bajas de vida? Di­jo Pablo en otra ocasión:

“Porque el mismo Espíritu da tes­timonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo; si empero padecemos junta­mente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. (R­manos 8:16).

Los Santos de los Últimos Días creen que no solamente tenemos un Padre Celestial, sino también una madre. ¿Por qué no tener una madre de igual manera que un Padre? ¿Hay blasfemia en esta enseñanza? Más aún creemos que es propósito del To­dopoderoso de coronar aquellos que guarden todos sus mandamientos, y perseveren hasta el fin, con todas las bendiciones del reino celestial. El reino celestial es el reino donde mo­ran Dios y Cristo. Aquellos que en­tran allí en exaltación llegan a ser hijos e hijas de Dios, y coherederos de Jesucristo. Y la promesa que tie­nen es que aquellos que están, casa­dos por el tiempo y la eternidad, y permanecen firmes en sus convenios, serán coronados con aumento eter­no. Llegan a ser dioses, hijos e hijas de Dios. Está escrito en la revelación, conocida como la visión, que todo el que recibe el testimonio de Jesús y que es obediente a sus mandamientos es lavado y limpiado de todo peca­do, y que sobreviene por la fe y es sellado por el Espíritu Santo de la pro­mesa.

“Ellos son los que pertenecen a la iglesia del Primogénito. Ellos son aquellos en cuyas manos ha dado el Padre todas las cosas, ellos son los que son sacerdotes y reyes, y han recibido de su plenitud, y de su glo­ria, y que son sacerdotes del Altísi­mo, según el orden de Melquisedec, que es según el orden del Unigénito Hijo. Por lo que como está escrito ellos son dioses, aun los hijos de Dios. Por lo tanto, todas las cosas son su­yas, sea vida o muerte, o cosas pre­sentes, o cosas futuras, todas son su­yas, y ellos son de Cristo, y Cristo es de Dios. Y vencerán todas las cosas”. (D. y C. Sec. 76).

De acuerdo con lo que ha sido re­velado por la restauración del poder de Elías para sellar, la bendición más grande es la restauración de las lla­ves, es la autoridad para sellar en la tierra y los cielos, a esposos y es­posas e hijos a los padres. Malaquías dijo que si no era restaurada esta au­toridad, el “Señor vendría y con des­trucción heriría la tierra”. Cuando Elías entregó su autoridad, dijo que el día grande y terrible del Señor estaba cerca, aún hasta las puertas. ¿Cuál sería la necesidad de que los corazones de los padres se tornaran a sus hijos y los corazones de los hijos a los de sus padres, si no habían de unirse en alguna unión eterna por el ejercicio de estas llaves? Es la organización eter­na de la familia de acuerdo con la ley de Dios, donde los miembros han afrontado el mundo con fe y se han limpiado de todos los pecados, por medio de la sangre de Jesucris­to, la cual salvará a la tierra de esta terrible maldición cuando el día grande y terrible del Señor venga. Las llaves están aquí por las cuales todos los que lo hagan pueden par­ticipar de las bendiciones, y perpe­tuar sus relaciones familiares. En el reino de los cielos el matrimonio es una parte de la vida eterna. Lógica­mente no puede haber ninguna fami­lia en el reino de Dios sin el matri­monio, e igualmente, ningún matri­monio sin la familia, porque se nos enseña que la continuación de “las semillas” es la gloria más grande.

La unidad de generaciones

De acuerdo con los propósitos eter­nos del Señor, habrá una unión de generaciones desde nuestros días hasta los de Adán en una familia grande, de todos los que sean dig­nos. José Smith ha dicho: “La doc­trina de Elías para sellar es como si­gue: Si usted tiene poder para sellar en la tierra y en los cielos, entonces debemos ser sabios. Lo primero que se hace es, ir y sellar en la tierra a sus hijos e hijas, y a sí mismo a sus padres en una gloria eterna.” El pre­sidente Brigham Young dió esta ins­trucción: “Entendemos que debemos ser hechos reyes y sacerdotes hacia Dios; ahora si yo fuese hecho el rey y dictador de mi familia, y si tengo muchos hijos, llegaré a ser padre de muchos padres, porque ellos tendrán hijos y los hijos de ellos tendrán hi­jos etc., de generación a generación, y de esta manera, llegaré a ser pa­dre de muchos padres o rey de mu­chos reyes. Esto constituirá a cada hombre como príncipe, rey, señor, o lo que el Padre vea adecuado de con­ferirnos”.

El Presidente José F. Smith dijo: “Nuestra asociación no está exclu­sivamente intencionada para esta vida, o sea temporal, como la distin­guimos de la eternidad. Vivimos tem­poralmente y por la eternidad. For­mamos asociaciones y relaciones tem­poral y eternamente. Nuestros afec­tos y nuestros deseos se encuentran adecuados y preparados no solamen­te para perseverar durante la vida mortal o temporal, sino por la eter­nidad. ¿Dónde se encuentran además de los Santos de los Últimos Días que abrazan la idea de que más allá de la tumba continuará la organización de la familia? ¿El padre, la madre, y los hijos reconociéndose unos a otros en relaciones que se deben y unos que son para otros? La orga­nización de la familia, siendo una unidad en la gran y perfecta organi­zación de la obra de Dios, está des­tinada a continuar temporal y eter­namente!”

La doctrina trae esperanza

Esta doctrina nos trae la esperanza de la vida eterna. Por medio del Profeta José Smith, el Señor amplió sus enseñanzas del Sermón del Monte como lo conocemos, con relación a la puerta recta y angosta en la cual po­cos han de entrar.

“Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado… Ancha es la puerta y amplio el ca­mino que lleva a la muerte; y mu­chos hay que entran por ella, porque me rechazan y no guardan mis man­damientos”. (D. y C. Sec. 132:24-25). De acuerdo con esta enseñanza, la vida eterna significa la continuación de la posteridad. La muerte eterna, quiere decir la negación de la poste­ridad la cual vendrá a aquellos que fracasen en su intento de entrar al reino celestial.

Nada parece causar más lástima que ver a una familia quebrantada, y falta de miembros, donde el espo­so y la esposa se hayan separados negando a los niños el cuidado nece­sario de sus padres. Son tristes los relatos que podrían hacerse. Pa­dres, sea que acepten o no la doctri­na como fue revelaba por José Smith, piensen en sus hijos. No dejen cre­cer las dificultades pequeñas, o ma­los entendimientos entre ustedes. Los niños tienen derecho perfecto a las bendiciones de vuestra unión sagra­da. El amor y la felicidad que propiamente le pertenece a la familia, es su heredad. Vosotros los que ha­béis sido casados en el templo, re­cordad que vuestros hijos tienen un derecho eterno sobre vosotros. No destruyáis ese derecho de manera que hagáis a vuestros hijos sufrir. Una separación tal como está por una causa menor, o acción escasa de jui­cio, es un crimen a la vista de Dios. ¿Qué hará el Señor de vosotros si sois culpables de esta ofensa? ¿Có­mo podréis recompensar a vuestros hijos? ¿Pensáis que estáis justifica­dos al hacer otro convenio, cuando no habéis cumplido con el primero, y lo habéis quebrantado por una cau­sa injusta? No llevéis sufrimiento sin límite sobre vuestros hijos lo cual no podréis remediar. No seáis engaña­dos; nuestro Padre Eterno no será burlado. No podemos ajar sus leyes sagradas y convenios bajo nuestros pies y eludir el castigo. ¿No será po­sible que nos encontremos privados de estas bendiciones eternas por cau­sa de nuestras acciones inferiores y nuestras maldades? Debemos guar­darnos de esto ya seamos miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o de al­guna otra Iglesia, o de ninguna igle­sia, de la forma en que guardamos este convenio sagrado del matrimo­nio y los derechos de la familia. Ven­drá un día de reconocimiento, pues cada alma será juzgada de acuerdo con sus obras.

Que el Señor les bendiga y les guíe, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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