El testigo del Libro de Mormón

El testigo del Libro de Mormón

Por Joseph Fielding Smith

(Este discurso fué trasmitido por radio el domingo, 13 de agosto de 1944 a las 9:15 p. m. por la KLS de Salt Lake City, Utah).


Él Profeta Nefi escribiendo sobre la venida del Libro de Mormón dijo: “Por tanto, en ese día cuando el libro sea entregado al hombre de quien he hablado, será escondido de los ojos del mundo, para que nadie lo vea, salvo que tres testigos lo verán por el poder de Dios, además de aquél al que el libro será entregado; y ellos testificarán de la verdad del libro y de las cosas que contenga.

“Y nadie más habrá que lo vea, a menos que no sean unos pocos, según la voluntad de Dios, para dar testimo­nio de su palabra a los hijos de los hombres; porque el Señor Dios ha dicho, que las palabras de los fieles deberían hablar como si fuera de los muertos.

“Por tanto, el Señor Dios procederá a traer a luz las palabras del libro; y, por la boca de tantos testigos co­mo a Él le plazca, establecerá su pa­labra; y ¡ay de aquel que rechace la palabra de Dios!” (2 Nefi 27:12­14).

Y de nuevo escribió por profecía al hombre que daría a luz las pala­bras del libro:

“Por tanto, cuando hayas leído tú las palabras que te he mandado, y obtenido los testigos que te he pro­metido, entonces sellarás otra vez el libro, y lo esconderás para mí, para que pueda yo conservar las palabras que tú no hayas leído, hasta que vea en mi propia sabiduría, que sea opor­tuno el revelar todas estas cosas a los hijos, de los hombres.

“Porque, he aquí que soy Dios; y soy un Dios de milagros; y manifes­taré al mundo que soy el mismo ayer, hoy y para siempre; y no trabajo entre los hijos de los hombres, a me­nos que no sea de conformidad con su fe”. (2 Nefi 27:22-23).

CRITICA

Una de las críticas hechas contra José Smith y el Libro de Mormón, que ha encontrado apoyo entre los de mente superficial, aquellos que no piensan, es una crítica de las pala­bras que acabo de citar. Frecuente­mente me han presentado este dicho como si presentara un argumento sin contestación: “Si José Smith verda­deramente tuvo las planchas de oro conteniendo una historia de los pue­blos antiguos de América, entonces con gozo las habría presentado al mundo; no las habría guardado en un rincón, escondidas de los ojos de todos menos de uno o dos testigos”. Recuerdo lo que dijo un ministro: “Si las planchas de trabajo tan cu­rioso hechas de oro se hubieran pues­to en un museo donde pudieran ser examinadas por arqueólogos y cien­tíficos que pudieran haberlos endor­sado a ser lo que ustedes reclaman, entonces todo el mundo habría creído en José Smith. No pueden esperar que aceptemos la historia como us­tedes la relatan al mundo”.

La contestación a tales críticas es sencilla basada en la evidencia de la Biblia. Primero, el Señor dijo me­diante Isaías: “Porque mis pensa­mientos no son vuestros pensamien­tos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis cami­nos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vues­tros pensamientos”. (Isa. 55:8).

Todos vosotros conocéis el relato de Lázaro y el hombre rico como se registra en el capítulo dieciséis de Lucas. El hombre rico, después de morir, se encontró en un infierno. Rogó a Abraham que mandara a Lá­zaro hasta sus cinco hermanos para pararles de su vida de maldad, para que no llegaran al lugar de tormen­to en que estaba él. Abraham le di­jo:

“Moisés y a los profetas tienen: óiganlos”. El hombre contestó: “No, padre Abraham: mas si alguno fue­re a ellos de los muertos, se arrepen­tirán”. Abraham replicó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levanta­re de los muertos”.

Leemos más en la profecía de Nefi en cuanto a este registro antiguo:

“Y acontecerá que el Señor Dios os manifestará las palabras de un libro; y serán las palabras de los que han dormido.

Y he aquí, el libro estará sellado; y en él habrá una revelación de Dios, desde el principio del mundo, hasta su fin.

Por lo tanto, a causa de las cosas que están selladas, no se entregarán estas cosas selladas en el día de las maldades y abominaciones del pueblo. Por tanto, les será retenido el libro;”. (2 Nefi 27: 6-8).

Después que nuestro Redentor apareció al pueblo en este hemisfe­rio, Mormón registra lo siguiente:

“Y no puede escribirse en este li­bro la centésima parte de las cosas que verdaderamente enseñó Jesús al pueblo…

“Y estas cosas he escrito que son la menor parte de las que enseñó al pueblo; lo que he hecho con el inten­to de que vengan, por este medio, otra vez al conocimiento de este pueblo desde los Gentiles, según las pa­labras pronunciadas por Jesús,

“Y cuando habrán recibido esto, que es expediente que lo reciban pri­mero, para probar su fe, y, si fuere que crean estas cosas, entonces las cosas mayores les serán manifesta­das.

“Pero si sucediere que no las cre­yeren, entonces las cosas más gran­des les serán detenidas para su con­denación”. (3 Nefi 26:6, 8-10).

Esta es la manera en que el Señor obra con el ser humano, porque di­ce: “No trabajo entre los hijos de los hombres excepto sea de acuerdo con su fe”. Parece muy extraño que esta crítica se levante con tanta fre­cuencia contra el Libro de Mormón, y sin embargo estos mismos críticos nunca parecen realizar que el Señor siempre ha seguido el mismo procedimiento, según la historia en la Bi­blia. Es suficiente para nuestro pro­pósito mencionar uno o dos inciden­tes sobre este punto.

INCIDENTES RELATADOS

Cuando el Salvador ministró entre los hombres dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. (Mateo 15:24), y después de la resurrección él no les apareció al sumo sacerdote y los miembros del Sanedrín, para decirles: “Os dije que era el Hijo de Dios, y que me levan­taría de los muertos, y no me creísteis”. No le apareció a Pilato para decirle: “Cuando me preguntaste si yo soy el Rey de los Judíos, te con­testé, ‘Tú lo dices’, y ahora estarás convencido porque levantándome he de los muertos”. No le apareció a ninguno de sus enemigos; pero sí les apareció a sus discípulos y los comi­sionó y mandó a declarar al mundo que él se había levantado de los muertos. Fueron Pedro, Santiago, y Juan y los otros apóstoles quienes de­clararon a los Judíos, después de su resurrección: “Nosotros somos sus testigos”, y fueron mandados a testi­ficar a todo el mundo.

RAZONAMIENTO TONTO

A todos los que ofrecen su crítica contra José Smith por la manera en que trajo el Libro de Mormón, po­dríamos decir en la misma clase de crítica: ¿Por qué no les apareció nuestro Señor a los escribas y reyes de los Judíos después de su resurrec­ción para convencerles de que él era en hecho el Hijo de Dios? ¿Por qué no fué a Pilato para mostrarse y tra­erle al rebaño? Qué cosa tan mara­villosa habría sido esto. Entonces to­dos los enemigos se habrían conven­cido y su obra habría adelantado con rapidez, porque todo hombre hubie­ra creído. Esto es, como el relato de Lázaro muestra, razonamiento ton­to. No es la manera en que el Señor hace su gran obra. Desde el principio del tiempo siempre ha presentado su mensaje al mundo por medio de tes­tigos escogidos. El curso seguido por José Smith es consistente. Hizo lo que se le había mandado. Conforme al plan hecho antes de la fundación del mundo, que en esta vida mortal el hombre caminara por fe, no por vista, pero además, ayudado por la sagrada palabra que el Señor reve­laría a sus siervos los profetas. Está escrito: “Empero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. (Hebreos 11:6). Por otro lado, no hay galardón para aquellos que no tienen fe y que rehúsan el testimonio de los profetas que les son enviados.

OTRAS ESCRITURAS

También está escrito: “En la boca de dos o de tres testigos consistirá todo negocio”. (2 Cor. 13:1). Cuan­do Jesús se enfrentó a los Judíos con el dicho, “Yo soy la luz del mundo”, (Juan 8:12) los Fariseos le dijeron: “Tú de ti mismo das testimonio: tu testimonio no es verdadero”. (Juan 8:13). Jesús les contestó diciendo:

“Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; mas vosotros no sabéis de dónde vengo, y a dónde voy.

“Vosotros según la carne juzgáis; mas yo no juzgo a nadie.

“Y si yo juzgo, mi juicio es verda­dero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió.

“Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es ver­dadero.

“Yo soy el que doy testimonio de mí mismo: y da testimonio de mí el que me envió, el Padre”. (Juan 8:14­18).

Con estas palabras mostró que cumplió la ley divina en cuanto a los testigos. Su palabra siempre se ha proclamado por boca de testigos es­cogidos, que fueron escogidos para testificar de su obra. El Libro de Mormón no podía haber salido de ninguna otra manera y cumplir la ley. Sus profetas declararon que el Señor levantaría “tantos testigos co­mo a Él le plazca” (2 Nefi 27: 14) para establecer su obra que “habla­ría como si fuera de los muertos”.

Entre estos testigos habría dos cla­ses. La primera compuesta de tres testigos especiales además de José Smith; la otra, compuesta de ocho testigos. El primer grupo tendría el privilegio especial de recibir un tes­timonio en presencia de un ángel, el segundo testificaría después de exa­minar, voltear las hojas y tener en sus manos las sagradas planchas. Es­tos testimonios se encuentran en toda copia del Libro de Mormón, y son co­mo sigue:

TESTIMONIO DE TRES TESTIGOS

“Conste a todas las naciones, fa­milias, lenguas y pueblos a los quo llegue esta obra, que nosotros, por la gracia de Dios, el Padre, y de nues­tro Señor Jesucristo, hemos visto las planchas que contienen estos anales, que son una historia del pueblo de Nefi, y también de los Lamanitas, sus hermanos, y también del pueblo de Jared que vino de la Torre de la que se ha hablado. Y también sabe­mos que han sido traducidas por el don y poder de Dios, porque así su voz nos lo declaró, por lo que sabe­mos, con certeza, que la obra es ver­dadera. Y también testificamos ha­ber visto los grabados sobre las planchas, los que nos fueron mostrados por el poder de Dios, y no por el de ningún hombre. Y declaramos, con palabras de sinceridad, que un án­gel de Dios bajó del cielo, y trajo y puso, delante de nuestros ojos, las planchas, de manera que las vimos y’ también los grabados que contenían; y sabemos que fué por la gra­cia de Dios, el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, que vimos y testifi­camos que estas cosas son verdade­ras. Y es maravilloso en nuestra vista, sin embargo, la voz del Señor mandó que testificáramos, y, por lo tanto, para ser obedientes a los man­datos de Dios, testificamos de la ver­dad de estas cosas. Y sabemos que, si es que somos fieles en Cristo, nues­tros vestidos quedarán limpios de la sangre de todos los hombres, y sere­mos bailados sin mancha ante el tri­bunal de Cristo, y moraremos eterna­mente con Él en los cielos. Y sea la honra al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, que constituyen un solo Dios. Amén.

Oliverio Cówdery,

David Whítmer,

Martín Harris”.

TESTIMONIO DE OCHO TESTIGOS

“Conste a todas las naciones, fa­milias, lenguas y pueblos, a los que llegue esta obra, que José Smith, hi­jo, el traductor de ella, nos ha mos­trado las planchas de las que se ha hablado, las que tienen la apariencia de oro; y a tantas de las hojas como el referido Smith ha traducido, las hemos palpado con nuestras manos, y también vimos los grabados que contienen, todo lo cual tiene la apa­riencia de una obra antigua y de ma­estría curiosa. Y testificamos, con pa­labras solemnes, que el referido Smith nos ha mostrado las referidas planchas, porque las hemos visto y palpado, y, con certeza, sabemos que el referido Smith tiene en su poder las planchas de las que se ha habla­do. Y damos nuestros nombres al mundo en testimonio de lo que hemos visto. Y no mentimos, Dios siendo nuestro testigo.

Cristiano Whítmer, Jacobo Whítmer.
Pedro Whítmer, Hijo, Juan Whítmer,
Híram Page, José Smith, Padre,
Hyrum Smith, Samuel H. Smith”.

FORMACIÓN DEL TESTIMONIO

Tal formación de testimonio debe ser aceptable en cualquier corte de justicia. Estos testimonios deben ser suficientes para el convencimiento de todo honesto de corazón en toda tie­rra, toda nación, lengua y pueblo. Si estos testimonios son verdad, como miles testifican que los han puesto a prueba de acuerdo con las palabras de Moroni, entonces son obligatorios sobre todo ser humano a quienes lle­guen por el mundo. No deben ser ignorados por las personas que buscan salvación, porque el Señor ha dicho: “¡Ay de aquel que rechace la pala­bra de Dios!” (2 Nefi 27:14). Nefi dijo. “Por tanto, por las palabras de tres, dijo Dios, estableceré mis pala­bras. Sin embargo Dios envía más testigos, y prueba todas sus pala­bras”. (2 Nefi 11:3). Otra vez, el Señor ha dicho a sus siervos: “He aquí, os envié para testificar y amo­nestar al pueblo, y le conviene a ca­da ser que haya sido amonestado, amonestar a su prójimo. Por lo tanto, son dejados sin excusa, y sus peca­dos están sobre sus propias cabezas”. (D. y C. 88:81-82).

Que el Señor esté con todos voso­tros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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