Hogares celestiales, familias eternas

Hogares celestiales, familias eternas

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Reunión Mundial de Capacitación de Líderes “Apoyemos a la familia”
11 de febrero de 2006

“Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe”.
El servicio que llevemos a cabo en nuestras familias y en nuestros llamamientos de la Iglesia puede tener consecuencias eternas.


Con espíritu de humildad repre­sento a la Primera Presidencia como el último discursante de esta reunión. Hemos sido inspirados y edificados por las palabras del élder Bednar, del élder Perry y de la herma­na Parkin. Nuestros pensamientos se han centrado en el hogar y la familia, y se nos ha recordado que “el hogar es el fundamento de una vida justa y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales”1.

Un hogar es mucho más que una casa construida de madera, ladrillos o piedra. Un hogar se edifica con amor, sacrificio y respeto. Nosotros somos responsables del hogar que edifiquemos, y debemos edificar con sabiduría, ya que la eternidad no es un viaje corto. En él habrá tranquili­dad y viento, luz del sol y sombras, alegría y pesar, pero si de verdad nos esforzamos, nuestro hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra. Lo que pensemos, lo que hagamos, nuestro modo de vivir no sólo influ­yen en el éxito de nuestra jornada terrenal, sino que también señalan el sendero hacia nuestras metas eternas.

Algunas familias Santos de los Últimos Días están formadas por la madre, el padre y los hijos, todos viviendo dentro del seno del hogar, mientras que otras han visto alejarse primero a uno, luego a otro y a otro de sus miembros. A veces una sola persona constituye una familia; pero cualquiera sea su composición, con­tinúa siendo una familia, porque las familias son eternas.

Podemos aprender del Señor, el Supremo Arquitecto. Él nos ha ense­ñado cómo edificar, y dijo que “to­da casa dividida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). Más tarde, advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden. y no de confu­sión” (D. y C. 132:8).

En una revelación que se dio a José Smith en Kirtland, Ohio, el 27 de di­ciembre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119; véase también 109:8).

¿Dónde podríamos encontrar un diseño más apropiado para establecer sabia y adecuadamente nuestro ho­gar? Este diseño cumpliría con las es­pecificaciones descritas en Mateo, una casa edificada “sobre la roca” (Mateo 7:24, 25; véase también Lucas 6:48; 3 Nefi 14:24, 25), capaz de resistir las lluvias de la adversidad, los ríos de la oposición y los vientos de la duda que se encuentran presentes en todas par­tes del mundo cambiante y lleno de desafíos en el que vivimos.

Algunos podrían preguntarse: “Pero si esa revelación se dio como guía para la construcción de un templo, ¿se apli­ca a nosotros en la actualidad?”

Yo les respondería: “¿Acaso el apóstol Pablo no dijo: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?’ ” (1 Corintios 3:16).

Dejemos que el Señor sea el Arquitecto Maestro de nuestro pro­yecto de construcción. Entonces cada uno de nosotros será el constructor responsable de una parte vital de ese proyecto, y por esa razón todos po­dremos ser constructores. Además de edificar nuestro propio hogar, tam­bién tenemos la responsabilidad de edificar el reino de Dios sobre la tierra al servir de manera fiel y eficaz en nuestros llamamientos de la Iglesia. Quisiera brindar algunas pautas que provienen de Dios, de las lecciones de la vida y algunos puntos que debe­mos considerar a medida que empe­cemos a edificar.

Arrodillémonos a orar.

“Fíate de Jehová de todo tu cora­zón, y no te apoyes en tu propia pru­dencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6). Así habló el sabio Salomón, hijo de David, rey de Israel.

En el continente americano, Jacob, el hermano de Nefi, declaró: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe” (Jacob 3:1).

Este consejo divino nos llega hoy como llega el agua pura y cristalina a una tierra seca y sedienta, porque vivi­mos en tiempos difíciles.

Hace apenas unas cuantas genera­ciones, nadie se había imaginado el mundo en el que vivimos hoy día y los problemas que eso presenta. Nos rodea la inmoralidad, la pornografía, la violencia, las drogas y una infinidad de maldades que afligen a la sociedad moderna. Tenemos el desafío, e inclu­so la responsabilidad, no sólo de man­tenernos “sin mancha del mundo” (Santiago 1:27), sino también de guiar a salvo a nuestros hijos y a las perso­nas de quienes somos responsables, a través de los mares turbulentos del pecado que nos rodea, a fin de que un día podamos volver a vivir con nuestro Padre Celestial.

La guía de nuestra propia familia requiere nuestra presencia, nuestro tiempo y nuestros mejores esfuerzos. A fin de ser eficaces en nuestra ins­trucción, debemos ser firmes en el ejemplo que demos a los miembros de nuestra familia, y dedicar tiempo individual a cada uno de ellos, así co­mo tiempo para dar consejo y guía.

A veces nos sentimos abrumados por la tarea que tenemos ante noso­tros; sin embargo, siempre tenemos ayuda a nuestro alcance. Aquel que conoce a cada uno de Sus hijos contestará nuestra oración sincera y fer­viente a medida que suplicamos ayuda para guiarlos. Esa oración resolverá más dificultades, aliviará más sufrimiento, prevendrá más transgresión y traerá más paz y satis­facción al alma humana que lo que se podría lograr de ninguna otra manera.

Además de necesitar esa orienta­ción para nuestras familias, se nos ha llamado a puestos en los que somos responsables por otras personas. En calidad de obispo o consejero, líder de un quórum del sacerdocio o de las organizaciones auxiliares, ustedes tienen la oportu­nidad de influir en la vida de los demás. Tal vez haya personas que provengan de familias donde no to­dos sean miembros de la Iglesia o sean menos activos; que se hayan enemistado con sus padres, despre­ciando sus súplicas y consejos. Es muy posible que seamos el instru­mento en las manos del Señor para influir en la persona que esté en esa situación. Sin embargo, sin la guía de nuestro Padre Celestial, no podemos hacer todo lo que se nos ha llamado a hacer, y esa ayuda se logra mediante la oración.

A un destacado juez de los Estados Unidos se le preguntó qué podemos hacer los ciudadanos de los países del mundo para reducir el delito y la desobedien­cia a las leyes para que haya paz y tranquilidad en nuestra vida y en nuestras respectivas naciones. Seriamente contestó: “Yo diría que el volver a la antigua práctica de la oración familiar”.

¿No se sienten agradecidos uste­des de que la oración familiar no sea algo pasado de moda para nosotros? Realmente hay un gran significado en lo que se dice de que “la familia que ora unida permanece unida”.

El Señor mismo indicó que debíamos llevar a cabo la oración familiar cuando dijo: “Orad al Padre en vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas y vuestros hijos” (3 Nefi 18:21).

En calidad de padres, de maestros y de líderes en el desempeño de cualquier función, no podemos in­tentar realizar esta difícil jornada por la mortalidad sin contar con la ayuda divina que nos ayude a guiar a aquellos por quienes tenemos responsabilidad.

Al ofrecerle a Dios nuestras ora­ciones familiares y personales, hagá­moslo con fe y confianza en Él. Arrodillémonos a orar.

Servir diligentemente.

Para obtener un ejemplo de ello, acudimos a la vida del Señor. Al minis­trar entre los hombres, la vida de Jesús fue como un resplandeciente fa­ro de bondad. Devolvió la fuerza a las extremidades del paralítico, dio vista a los ojos del ciego, oído al sordo y vida a los muertos.

Sus parábolas predican poder. Con el buen samaritano enseñó: “Amarás a tu prójimo” (véase Lucas 10:30-35). Por medio de la bondad demostrada a la mujer adúltera, enseñó compasión comprensiva (véase Juan 8:3-11). En su parábola de los talentos nos ense­ñó a superarnos y a esforzarnos por lograr la perfección (véase Mateo 25:14-30). Es posible que nos haya estado preparando para la función de edificar una familia eterna.

Cada uno de nosotros, ya sea un líder del sacerdocio o un oficial en una organización auxiliar, tiene res­ponsabilidad para con su llamamien­to sagrado. Hemos sido apartados para la obra para la cual hemos sido llamados. En Doctrina y Convenios 107:99, el Señor dijo: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así co­mo a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”.

Al ayudar a bendecir y fortalecer a aquellos por quienes somos respon­sables en nuestros llamamientos de la Iglesia, en realidad estaremos bendiciendo y fortaleciendo a sus familias. Por tanto, el servicio que lle­vemos a cabo en nuestras familias y en nuestros llamamientos de la Iglesia puede tener consecuencias eternas.

Hace muchos años, cuando era obispo de un barrio grande y diverso de más de mil miembros, ubicado en el centro de Salt Lake City; hice frente a muchos desafíos.

Un domingo por la tarde recibí una llamada telefónica del propieta­rio de una farmacia que estaba den­tro de los límites del barrio; me indicó que esa mañana, un niño ha­bía entrado en la tienda y había com­prado un helado. Había pagado con dinero que había sacado de un sobre y que, al salir, había olvidado el so­bre. Cuando el propietario pudo exa­minarlo, descubrió que era un sobre de ofrendas de ayuno, con el nom­bre y el número de teléfono de nues­tro barrio. Cuando me describió al niño que había entrado a la tienda, de inmediato supe quién era; era un diácono de nuestro barrio que pro­venía de una familia menos activa.

Mi primera reacción fue una de asombro y de desilusión al pensar que uno de nuestros diáconos toma­ra fondos de las ofrendas de ayuno destinados para los necesitados, y se fuera a la tienda en domingo a com­prar una golosina con ese dinero. Decidí que esa tarde visitaría a ese niño para enseñarle en cuanto a los fondos sagrados de la Iglesia y su deber como diácono de recabar y proteger esos fondos.

Mientras me dirigía a ese domicilio, hice una oración en silencio para suplicar orientación en lo que debía decir para arreglar la situa­ción. Llegué y toqué a la puer­ta; la abrió la madre del niño, y me invitaron a pasar a la sa­la. A pesar de que la luz de la habita­ción era muy tenue, pude darme cuenta de que era un lugar muy pe­queño y escuálido. Los pocos mue­bles estaban desgastados y la madre tenía una apariencia de cansancio.

La indignación que sentía por las acciones de su hijo aquella mañana se desvaneció al darme cuenta de que era una familia muy necesitada. Sentí la impresión de preguntarle a la madre si había alimentos en la ca­sa; con lágrimas contestó y dijo que no tenía nada. Me dijo que desde ha­cía tiempo su esposo había estado sin trabajo y que necesitaban deses­peradamente no sólo comida, sino dinero para pagar el alquiler a fin de que no los desalojaran de la peque­ña casita.

No me atreví a mencionar el asun­to de los donativos de las ofrendas de ayuno, ya que me di cuenta de que lo más probable era que el niño habría tenido mucha hambre cuan­do se detuvo en la tienda. Más bien, inmediatamente hice los arreglos para dar ayuda a la familia, a fin de que tuviesen qué comer y un te­cho sobre su cabeza. Además, con la ayuda de los líderes del sacerdo­cio del barrio, pudimos conseguirle empleo al marido para que pudiese proveer de lo necesario para la familia.

Como líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, tene­mos derecho a recibir la ayuda del Señor al magnificar nuestros llama­mientos y cumplir nuestras responsabilidades. Busquen Su ayuda, y cuando reciban la inspiración, actú­en de acuerdo con ella para saber a dónde ir, a quién consultar, qué de­cir y cómo decirlo. Es posible que se nos ocurra una idea una y otra vez, pero sólo cuando actuemos según esa idea, podremos bendecir a los demás.

Ruego que seamos verdaderos pastores para aquellos por quienes somos responsables. John Milton es­cribió en su poema “Lícidas”: “Las ovejas hambrientas levantan la cabeza y no se les apacienta” (renglón 125). El Señor mismo le dijo a Ezequiel el profeta: “Ay de los pastores de Israel que… no [apacientan] a las ovejas” (Ezequiel 34:2-3).

Tenemos la responsabilidad de cuidar del rebaño, ya que esas queri­das ovejas, esos tiernos corderos, están por todas partes: en el hogar en nuestras propias familias, en los hogares de nuestros familiares, y esperándonos en nuestros lla­mamientos en la Iglesia. Jesús es nuestro Ejemplo; Él dijo:

“Yo soy el buen pastor; y co­nozco mis ovejas” (Juan 10:14). Tenemos la res­ponsabilidad de con­ducir a las ovejas.

Ruego que sirvamos diligentemente.

Ayudemos a los que van por mal camino.

A lo largo del camino de la vida se producen bajas. Algunos se alejan de las señales que conducen a la vida eterna, sólo para descubrir que el desvío escogido no conduce sino a un callejón sin salida. La indi­ferencia, la despreocupación, el ego­ísmo y el pecado cobran un elevado pago de vidas humanas. Hay quie­nes, por motivos inexplicables, mar­chan al compás de otra melodía, para más tarde descubrir que han seguido al flautista del dolor y del sufrimiento.

En 1995, la Primera Presidencia expresó su preocupación por los miembros que habían abandonado el redil de Cristo y emitió una declara­ción especial titulada: “Una invitación a regresar”. El mensaje contenía la siguiente súplica:

‘A aquellos que por alguna razón se encuentran fuera de la herman­dad de la Iglesia, les decimos: Regresen. Los invitamos a regresar y a participar de la felicidad que una vez conocieron. Encontrarán a muchas personas con los brazos abiertos para recibirlos, ayudarlos y darles consuelo.

“La Iglesia necesita su fuerza, amor, lealtad y devoción. El camino por el que la persona puede volver a participar de todas las bendiciones del ser miembro de la Iglesia es defi­nido y seguro, y estamos listos para recibir a todos aquellos que deseen hacerlo”.

Quizás una escena que se repite con frecuencia les ayudará a encon­trar la oportunidad de ayudar a los que van por mal camino. Demos una mirada a una familia que tiene un hi­jo llamado Jack, quien, desde muy temprana edad, ha tenido serias di­ferencias con su padre. Un día, cuan­do tenía diecisiete años, tuvieron una discusión muy violenta. Jack le dijo a su padre: “¡Ésta es la gota que colma el vaso; me voy de casa y jamás regresaré!”. Se fue a su habitación y empacó sus cosas. Su madre le rogó que se quedara, pero estaba demasiado enojado para escucharla, y la dejó llorando a la puerta de la casa.

Al salir del jardín y casi en el mo­mento que pasaba por el portón, oyó que su padre le llama­ba: “Jack, reconozco que en gran parte es mi culpa el que te vayas de casa, y sinceramente lo siento. Pero deseo que sepas que si alguna vez deseas volver a casa, siempre serás bienvenido. Trataré de ser un buen padre y quiero que sepas que te amo y que siempre te amaré”.

Jack no dijo nada, siguió hasta la terminal de autobuses y compró un pasaje hacia una ciudad distante. Mientras viajaba y contemplaba el paso de los kilómetros, pensó en las palabras de su padre. Se dio cuen­ta de todo el valor y el amor que habían sido necesarios para que su padre dijera esas palabras. Su padre se había disculpado; lo había invitado a regresar y en el aire de aquel verano resonaban sus palabras: “te amo”.

Jack se dio cuenta de que el próxi­mo paso lo debía dar él. Supo que la única forma de encontrar paz interior era demostrarle a su padre el mismo grado de madurez, de bondad y de amor que su padre le había demostra­do. Jack se bajó del autobús, compró un pasaje de regreso y emprendió el camino a casa.

Llegó poco después de la media­noche, entró en la casa y encendió la luz. Allí, en la mecedora, estaba su padre, con la cabeza inclinada. Al ver a Jack, se levantó y ambos se abalan­zaron a abrazarse. Más tarde, Jack di­jo: “Esos últimos años que viví en casa fueron unos de los más felices de mi vida”.

He aquí un padre que, superando su cólera y controlando su orgullo, decidió rescatar a su hijo antes de que se convirtiera en parte de ese “bata­llón perdido” que proviene de fami­lias divididas y hogares destrozados.

El amor fue el vínculo unificador, el bálsamo curativo; el amor que se sien­te tan a menudo pero que pocas ve­ces se expresa.

Desde el monte Sinaí retumba en nuestros oídos: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12), y más tarde, escuchamos de ese mismo Dios la orden de vivir “juntos en amor” (D. y C. 42:45).

Seguir el camino del Señor

Arrodíllense a orar; sirvan diligen­temente; ayuden a aquellos que van por mal camino. Cada uno es un componente vital del diseño prepara­do por Dios para hacer de nuestra casa un hogar, y de un hogar un cielo.

El equilibrio es la clave en nuestras sagradas y solemnes responsabilida­des en nuestros hogares y en nues­tros llamamientos en la Iglesia. Debemos tener sabiduría, inspiración y un buen criterio al velar por nues­tras familias y cumplir nuestros llama­mientos de la Iglesia, ya que ambos son de vital importancia. No podemos descuidar a nuestras familias y no debemos descuidar nuestros llama­mientos en la Iglesia.

Edifiquemos de la manera correc­ta, siguiendo Su diseño; entonces el Señor, que es nuestro inspector en esa construcción, nos dirá, como lo hizo cuando se le apareció a Salomón, constructor de otra época: “Yo he san­tificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estará mis ojos y mi corazón todos los días” (1 Reyes 9:3). Entonces tendremos hogares celestia­les y familias eternas y así podremos ayudar, fortalecer y bendecir a otras familias.

Ruego de manera muy humilde y sincera que cada uno de nosotros re­ciba esa bendición. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTA

  1. Carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999; véase Liahona, diciembre de 1999, pág. 1.

 

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