Evitemos el sectarismo

Evitemos el sectarismo

Por el élder Mark E. Petersen
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, el 22 de junio de 1962)


Ciertamente es un gran privilegio, oportunidad y placer estar reunidos hoy con vosotros, ya que vosotros constituís uno de los grupos más influyentes de la Iglesia, y quiero deciros que os apreciamos profundamente. Creo que el sistema de seminarios e institutos de la Iglesia es uno de los agentes más potentes con que contamos para la conversión de los Santos de los Últimos Días. Siempre me ha impresionado la importancia que tiene el que los jóvenes de la Iglesia se conviertan, y no veo dónde podrían ellos convertirse más al evangelio restaurado que en vuestras propias clases. Creo que vosotros sois, en gran medida, los responsables de que se efectúen matrimonios en el templo; que a vosotros se debe, en gran medida, la madurez de nuestros jóvenes que van a la misión. Seguramente es invaluable el mérito de vuestra labor, y os estamos muy agradecidos por todo lo que hacéis.

Como estamos en un medio educativo, tenemos un interés vital por el aprendizaje. Como vosotros sabéis, el Señor nos aconseja aprender de los mejores libros. “La gloria de Dios es la inteligencia”, y la gloria del hombre es la inteligencia. Debemos adquirir más conocimiento, debemos aplicar ese conocimiento; debemos desarrollar sabiduría junto con ese conocimiento. Si queremos llegar a ser perfectos como Dios, entonces nuestro aprendizaje debe continuar eternamente; debemos tener un deseo casi insaciable de adquirir más conocimiento y sabiduría. Pero, lo importante, es asegurarnos de que este conocimiento es bueno, que es un conocimiento ennoblecedor y está formado de hechos y no de teorías. Es importante conocer los hechos, porque si aprendemos conceptos equivocados podemos desviarnos; Sólo la verdad nos mantiene sobre el sendero; por tanto, tenemos que seleccionar muy bien los libros que leemos y las instrucciones que seguimos.

Debemos ser sumamente selectivos con respecto a los caminos que escogemos y el modo en que enseñamos a los demás. Los que obramos en el terreno educativo de la Iglesia, pertenecemos a una categoría distinta de quienes enseñan en otros campos, y debemos reconocerlo. Debemos reconocer también que somos diferentes de todos los demás maestros, aun distintos de Los otros maestros de la Iglesia. Es necesario comprender que pertenecemos a una categoría única.

¿A qué me refiero con eso? Concretamente a esto: si somos maestros de matemáticas o de idiomas, emplearemos los conocimiento del mundo. El Señor no nos ha revelado por medio de sus profetas cómo enseñar matemáticas, idiomas, geografía o historia. No ha dicho nada el Señor con respecto al poder atómico, los submarinos nucleares o la investigación espacial. El mundo sí ha desarrollado gran conocimiento en esos campos, y esa es nuestra única fuente de conocimientos de esta clase; por tanto, los empleamos. Podemos enseñar estas materias en nuestros colegios y universidades, basándonos en quienes tienen autoridad en dichos campos. Esto lo hacemos conforme al conocimiento de los hombres.

No es así con nuestro trabajo de seminario. Cuando enseñamos aquí, vosotros y yo tenemos que seguir las revelaciones dadas por Dios con respecto a la doctrina de la Iglesia. Él no ha dicho nada referente a la fuerza atómica, pero sí nos ha dado revelaciones sobre doctrina; por tanto, cuando enseñemos debemos seguir la palabra revelada de Dios. Es menester ser muy cautelosos con las enseñanzas de los hombres, para que su sabiduría y doctrinas no nos desvíen y nos metan en problemas.

En nuestro campo de trabajo, debemos evitar el sectarismo, eludir las filosofías y las doctrinas de esos hombres a quienes el Señor denunció en su primera visita al profeta José Smith. Nuestra avidez de aprendizaje no justifica que pasemos por alto alguna de las cosas que el Señor ha dicho y decidamos que algún clérigo mundano es una gran autoridad. Debemos recordar que la palabra de Dios es la mayor autoridad, y es necesario decidirnos a evitar que el sectarismo entre en nuestra institución. Esto es vital.

Durante la semana pasada, Khrushchev ha dado algunos discursos en Rumania y en otras partes atrás de la cortina de hierro. Los diarios del lunes o martes pasado declararon que Khrushchev dijo: “La bandera roja hondeará sobre América. Los rusos no tendrán que imponerla: los americanos se la impondrán solos.”

Esas palabras me impresionaron bastante, y, al escucharlas, acudió a mi mente lo que Abraham Lincoln dijo sobre el mismo tema. Os lo leeré:

“América no debe sentir temor del exterior. Todos los ejércitos de Europa, Asia y África combinados, comandados por un Bonaparte, jamás podrán beber del río Ohio, ni sus botas jamás podrán hollar las montañas Blue Ridge en el curso de mil años. Si el peligro algún día se cierne sobre los Estados Unidos, vendrá del interior. Como nación de hombres libres que somos, tendremos que vivir para siempre o matarnos a nosotros mismos.”

Lo mismo se puede decir sobre la infiltración sectaria entre nosotros. Las demás iglesias jamás podrán imponernos sus doctrinas. Si éstas invaden un día nuestro pensamiento y nuestras enseñanzas, será porque nosotros mismos las habremos introducido. Esto es lo que me causa tanto temor.

Muchos de nuestros educadores creen que para poder mantenerse al día con el mundo, tienen que aceptarlo. Esto constituye un grave error. Piensan que somos inferiores si no aceptamos las enseñanzas de éste.

Cuando los escritores de artículos en diarios y revistas dicen que los mormones son diferentes, lo dicen literalmente, como lo decimos también nosotros mismos. Si no somos diferentes, entonces hemos caído de la posición que debemos conservar en el mundo. Estamos en el mundo, pero no debemos pertenecer a él. Si nos hacemos del mundo, éste seguramente nos amará. La razón por la cual nos ha odiado y perseguido es porque nos hemos resistido a él en el pasado. Pero con todo esto, nunca debemos incorporarnos al mundo, seamos odiados o no.

Existen varias maneras mediante las cuales podemos ser “del mundo.” Una de ellas, por supuesto, consiste en renunciar a nuestro carácter e imitar al mundo: vestir, comer y beber como él; adoptar su moral, su modo de relaciones humanas y sus hábitos cotidianos.

Otra forma en la que podemos llegar a ser del mundo se refiere a nuestra doctrina y nuestras enseñanzas. ¡Y cómo desearía esto el mundo! Cómo le gustaría que repudiáramos nuestra posición. Cómo le gustaría que rechazáramos al profeta José Smith y el Libro de Mormón. Pero esto no lo conseguirá nunca.

No podemos ser del mundo en nuestras enseñanzas, principios y puntos de vista, como tampoco podemos serlo en nuestra moral. Tenemos que ser un pueblo peculiar: diferente del mundo, y muy por encima de él, tanto en nuestra moral y nuestra vida cotidiana, como en nuestras enseñanzas y principios. Como el agua y el aceite no se pueden mezclar, tampoco lo pueden hacer nuestra moral y la del mundo; no podemos servir a dos amos; no podemos llevar dos cargas; tampoco podemos mezclar nuestra doctrina con las de los hombres. Sus doctrinas son ajenas a nosotros en la misma medida que su moral está muy por abajo de los principios que el Señor nos ha dado.

Como maestros de esta gran Iglesia, tenemos que afianzarnos en nuestra premisa fundamental. Jamás debemos separarnos de ella. Tenemos que asimos a los conceptos únicos del evangelio; en ellos no puede haber variación. No podemos tomarnos libertades con ellos; ni tan sólo con el pretexto de la libertad académica, pues en la enseñanza del evangelio no existe la libertad académica. Repito: En la enseñanza del evangelio no existe la libertad académica. Sólo existe la doctrina ortodoxa fundamental y la verdad.

Nunca olvidemos que hemos recibido una nueva revelación de Dios. No es del hombre, bajo ningún concepto. Debemos obtener nuestro conocimiento de Dios y del evangelio únicamente por medio de esta nueva revelación que Dios nos ha dado en los tiempos modernos; la cual también aclara el significado de las revelaciones antiguas.

Comprendemos la Biblia mejor que cualquier otro pueblo. Esto no se debe a que seamos más inteligentes que ellos. Entendemos la Biblia mejor que el mundo, debido a la nueva luz que hemos recibido de los cielos en tiempos modernos. Esta iluminación adicional forma parte de las nuevas revelaciones que Dios ha dado a los Santos de los Últimos Días.

Así como José Smith, después de su primera visión sabía más de Dios que los más eruditos clérigos del mundo, también nosotros conocemos mejor la Biblia, por la misma razón.

Independientemente de lo brillante que puedan ser otros maestros religiosos, ellos no tienen la guía de la revelación. Ni siquiera creen en la revelación moderna; por tanto, no podemos ni debemos considerarlos como autoridades en la doctrina de la Biblia. Podrán realizar investigaciones en el campo de la historia y la geografía de la Tierra Santa, y podrán saber más sobre estos temas que los miembros de la Iglesia quienes no hayan hecho investigaciones de éstas. Estamos agradecidos por sus conocimientos, y creemos que de ellos se puede desprender mucha información que nos puede ser de gran utilidad si la aplicamos correctamente. Sin embargo, estos hombres no son autoridades en materia de doctrina; no debemos suponer que lo son, ni debemos dar preferencia a sus puntos de vista sobre doctrina por encima de los nuestros propios. Nuestra doctrina viene por revelación. Esos hombres no son inspirados. Podrán ser muy sabios en otras cuestiones, pero no se debe depender de ellos por lo que respecta a la interpretación de la doctrina de las Escrituras.

Algunos pueden suponer que nos mueve la egolatría cuando hablamos así, pero por supuesto que esto no es cierto. Es simplemente un caso donde se compara la sabiduría del hombre con la revelación de Dios. Simplemente no existe similitud entre las opiniones mundanas profanas de los hombres y la palabra real que Dios nos ha manifestado en la revelación moderna. Nosotros, como maestros de la Iglesia, tenemos que enseñar la palabra revelada de Dios. No necesitamos de las conjeturas profanas que los clérigos del mundo se hacen respecto de la doctrina de Cristo. Por eso no enviamos a nuestros hombres a los colegios religiosos, ni les aconsejamos que lo hagan. Algunos de ellos han ido por su cuenta, y han regresado descompuestos, según nuestra opinión, pues se han contagiado con tanto sectarismo, y, de hecho, su fe ha sido vapuleada en algunos casos. Por este motivo tenemos mucha más preferencia por nuestra instrucción relativa a la palabra revelada. Si un hombre conoce tan poco a Dios como para negar la revelación moderna, ¿podrá considerársele como una autoridad en las enseñanzas de Dios?

Os ilustraré de diversas maneras lo que estoy diciendo. Los ejemplos que mostraré ya os son conocidos, no es nada nuevo. Recordaréis que hace unos años, el libro más popular sobre la vida de Cristo era la obra de Papini. En todos lados fue proclamado; en todas partes fue usado. Algunos miembros de la Iglesia mostraron más predilección por esa obra que por las nuestras, pues supuestamente aquella era toda erudición con respecto a la vida de Cristo. Recuerdo que muchos miembros de la Iglesia me dijeron que la Historia de Cristo, de Papini, era infinitamente superior a Jesús el Cristo, de James E. Talmage. Qué tontos eran, y qué poco sabían. Yo tardé en comprar el libro. Cuando por fin lo hice y lo leí, sentí decepción y tristeza. La obra estaba tan llena de ficción, que temí que nuestra gente la estuviera leyendo y estuviera creyendo en ella. ¿Por qué tenemos que convertir las Escrituras en ficción? ¿Por qué no podemos permanecer dentro de la verdad?

Permitidme mostraros un ejemplo de la obra de Papini, la cual ilustra cómo ha convertido ese autor al Nuevo Testamento en ficción y la razón por la cual su obra, desde mi punto de vista, es literatura indeseable para nosotros y ciertamente no es saludable usarla como texto, ni tan sólo como material auxiliar en ninguna de nuestras clases. Esto que les voy a leer es la escena donde se hallan las mujeres en el jardín, inmediatamente después de la resurrección del Señor. Cito:

“Todas cuatro, temblando de espanto y de alegría, salieron de la gruta para correr al punto donde las mandaban. Pero cuando hubieron dado unos pasos, que ya estaban casi fuera del huerto, María de Magdala se detuvo, y las demás, sin esperarla, siguieron su camino hacia la ciudad. Ni ella misma sabía por qué se quedaba. Acaso las palabras del desconocido no la habían persuadido y no se había dado cuenta siquiera de si el recinto estaba de veras vacío; ¿no podía ser aquél un cómplice de los sacerdotes que quisiera engañarlas?

“De pronto se volvió y vio cerca de ella, destacándose sobre el follaje y el sol, a un hombre. Pero no lo reconoció ni aun al decirle: —Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

“María creyó que era el hortelano de José, que hubiera ido allí temprano a trabajar. ‘Lloro porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Si has sido tú, dime dónde lo has puesto y yo iré por él.’

“El desconocido enternecido por tan apasionado candor, por tan ingenua puerilidad, no respondió más que una sola palabra, un nombre, el de ella, pero con la voz conmovida e inolvidable con que otras veces la había llamado: ¡María!

“Entonces, como despertándose de pronto, reconoció al que lloraba como perdido:

“¡Raboni, Maestro!

“Y cayó a sus pies, en la hierba húmeda, y quiso estrechar en sus manos aquellos pies desnudos, que aún mostraban la doble llaga de los clavos.

“Pero Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo hacia mi Padre y vuestro Padre. A mi Dios y a vuestro Dios.

“Y al punto se separó de la arrodillada y se alejó entre los árboles, coronado de sol” [Exagerado, ¿no os parece? No os culpo por reíros, a mí también me causó risa.] (Giovanni Papini, Historia de Cristo, págs. 368-369).

Esto es lo típico en Papini; sin embargo, durante muchos años, algunos de nuestros maestros de Escuela Dominical y otros maestros de la Iglesia consideraron ese libro como la mejor obra relativa a Cristo. Os leeré un poco más. En esta parte del libro, las mujeres ya regresaron a los discípulos para decirles que el sepulcro estaba vacío. Cito nuevamente:

“Llegó en esto, anhelante por la carrera y la excitación, María de Magdala. Lo que habían dicho las otras era verdad en todo. Pero había más: ella misma le había visto con sus propios ojos, y le había hablado, y al pronto no le había reconocido; pero le reconoció luego, no bien la llamó por su nombre; había tocado sus pies con sus mismas manos, había visto las heridas de aquellos pies, era él, vivo como antes, y la había mandado, como el joven del sepulcro, que fuera en busca de sus hermanos, porque supiesen que había resucitado, como tenía prometido.

“Simón y Juan saliendo, al fin, de su estupor, se lanzaron fuera de la casa, y diéronse a correr hacia el jardín de José. Juan, que era el más joven, adelantó al otro, y llegó él primero al sepulcro. Y asomando la cabeza a la entrada, vio en el suelo vendas, pero no entró. Simón lo alcanzó anhelante, y se precipitó hacia la gruta. [De veras lo hace creíble, ¿verdad?]. También Juan entró y vio y creyó. Y sin decir palabra, volviéronse a casa a toda prisa, siempre corriendo, cual si esperasen hallar al Resucitado entre los demás que allí habían dejado” (Giovannj Papini, Historia de Cristo, pág. 369).

Recordarán que hace pocos años también proclamaron a Bruce Barton como uno de los más grandes escritores de la literatura cristiana. También su obra fue citada desde el púlpito de nuestros centros de reuniones. Pero también él expuso ideas mundanas, no inspiradas, que ciertamente no están contenidas en las sagradas Escrituras. Permitidme daros unos cuantos ejemplos de su literatura. En el libro intitulado The Man Nobody Knows (y no recomiendo este libro en lo absoluto), Bruce Barton dice lo siguiente:

“Algunos le habían visto encorvar sus fuertes y bien formados hombros para dar golpes poderosos; o le habían visto internarse en el bosque, hacha en hombro, y regresar al atardecer cargando un madero ásperamente tallado. [No sé de dónde sacó todo esto, pero sí que tiene buena imaginación; y son estas cosas imaginarias las que debemos apartar de nuestra enseñanza. No debemos convertir en ficción a las Escrituras. Sólo trato de ilustrar este punto.]

“Y ‘crecía y se fortalecía’, como nos dice la narración… Conforme crecía en estatura y experiencia, desarrollaba, junto con sus habilidades personales, una capacidad insólita para dirigir el trabajo de otros hombres; de modo que José le daba cada día mayor responsabilidad en el manejo del taller. Y esto fue una bendición para el día en que José, habiendo cortado y cepillado su última tabla, abandonaría para siempre el taller, y el manejo de aquel negocio descansaría sobre los hombros de ese muchacho que había aprendido tan bien el trabajo. [¿Habíais oído cosa más fantasiosa? Sin embargo, esta es la interpretación que hace Barton, y muchos de nuestros maestros citan este tipo de autores como si fueran autoridades en la materia. Es un error.]

“¿Acaso no es el momento justo para brindar mayor reverencie a ese callado y modesto José?… Debe haber sido amigable, paciente y fino; debe haberles parecido a sus hijos un padre casi ideal, pues cuando Jesús quiso dar a la humanidad una nueva concepción del carácter de Dios, no encontró vocablo más exaltado pare expresarla que la palabra “Padre”. [Y según Barton, Jesús encontró en José esta inspiración de “Padre”.]

“Pasaron treinta años. Jesús había cumplido con su deber; los niños menores habían crecido lo suficiente para sostenerse a sí mismos. [Habla de la familia de José.] La extra inquietud que había traído en su interior durante años, y que lo había apartado más y más de sus amigos, se cristalizó con las noticias del éxito de Juan. [Es decir, Juan el Bautista.] Llegó la hora de la gran decisión; colgó sus herramientas y abandonó el pueblo.

“¿Qué aspecto físico tenía aquel hombre el día en que apareció en la ribera del Jordán y solicitó el bautismo de Juan? ¿Cómo se reflejaban en su estatura y complexión los treinta años de labor pesada?” (The Man Nobody Knows [Indianápolis: The Bobbs-Merrill Co., 1925], págs. 39-42).

Aquí tenemos otro ejemplo. Cuando Bruce Barton habla de Pilato, nos lo describe así: “En el rostro del romano se veían líneas profundas y desagradables; sus carrillos regordetes reflejaban su glotonería; lucía el pálido color de la vida bajo techo. El joven alto que se irguió como gigante a escasos centímetros de él, era bronceado y duro, y puro como el aire del lago y la montaña que tanto amaba” (pág. 56).

¿Cómo supo Barton todo esto? ¿Entendéis lo que quiero decir cuando hablo de especular con las Escrituras? Sin embargo, los sectarios no vacilan en hacerlo. Mas nosotros no debemos nunca enfrascarnos en obras de éstas. Permitidme leeros algo más de la obra de Barton.

“Jesús llegó fresco del taller de carpintería y se unió al grupo de oyentes. ¿Hasta qué grado estaba influido? ¿Creía él también que el mundo estaba llegando a su final? ¿Se veía a sí mismo en un papel como el de Juan, una voz en el desierto profetizando destrucción?

“Existe alguna evidencia que nos indica que así fue. Se retiró del campamento de Juan y se escondió en el bosque durante cuarenta días y noches, y allí luchó con su problema. Pero al término de ese tiempo, su decisión había sido tomada. Había elegido un sitio entre sus compañeros. Durante un tiempo, su predicación llevó el mismo sello que la de Juan. También él hablaba de la inminencia del reino de los cielos, y les advertía a sus oyentes que quedaba poco tiempo. Pero poco a poco se fue extinguiendo esa nota de exhortación y aumentó el énfasis sobre la rectitud como forma de vida más satisfactoria y feliz. Dios dejó de ser el juez implacable y duro para convertirse en el Padre amoroso y amigable. Jesús mismo era menos y menos un profeta, y más y más un compañero” (Barton, The Man Nobody Knows, págs. 67-68).

Barton es uno de los muchos que creen que el cristianismo, junto con la religión hebrea antigua, sólo surgió de las supersticiones de los nómadas del desierto. Mientras tales supersticiones siguieron su curso, dieron origen a un concepto de Dios, y luego a otro, y finalmente evolucionaron en el concepto que Jesús dio. Así piensan estos hombres. Escuchemos como Barton nos describe cómo se desarrolló el concepto de Dios en los días del profeta Amós. Cito sus palabras:

“Pero si quieren ustedes conocer la dimensión exacta de esta contribución, recuerden qué dioses predominaban en los días de Amós: los dioses griegos, por ejemplo. Su jefe era Zeus, un viejo coquetón y malvado que descargaba su ira sobre los mortales que tenían la desgracia de intervenir en sus asuntos amorosos, y otorgaba su influencia a quienes ofrecían mejor paga. Su esposa e hijos no eran mejor que él. Tampoco fue mucho mejor el nivel de moralidad del Dios de los israelitas sino hasta cuando vino Amós. El de éstos [habla del Dios nuestro, el de Abraham, Isaac y Jacob] era un Dios de trueque que estaba presto a otorgar equis cantidad de victoria por equis cantidad de sacrificios, y que insistía en sus prerrogativas. Fue de Amós el gran privilegio de proclamar un Dios que no pudiera ser comprado, cuyos oídos fueran sordos a la súplica si la causa era injusta, y quien no mostrara discriminación en sus juicios entre fuertes y débiles, pobres y ricos. Fue una concepción estupenda, pero Amós logró persuadir a los hombres para que la aceptaran, y ha permanecido hasta formar parte de nuestra herencia espiritual” (Barton, The Man Nobody Knows, pág. 49).

Estos conceptos caracterizan a muchos de los grandes líderes religiosos de las iglesias sectarias de la actualidad. Creen que Dios evolucionó, habiendo surgido de las supersticiones de los nómadas del desierto ¿Pueden los miembros de la Iglesia aceptar tales conceptos cuando sabemos cómo es Dios por las enseñanzas del profeta José Smith? Nos estamos comparando con los paganos si aceptamos esa clase de doctrina proclamada por Barton y otros como él. Y por eso es tan peligroso, y del todo indeseable, que aceptemos los puntos de vista doctrinales de estos hombres, aunque nos impresionen con su sabiduría.

Barton repudia al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el mismo Dios de Moisés, y prácticamente lo clasifica en la misma categoría del Zeus de los antiguos griegos; y después atribuye a Amós el haber desarrollado un nuevo concepto de Dios para los israelitas, como si Dios no fuera eterno, el mismo ayer, hoy y para siempre.

Estas son las cosas que corrompen la mente de los hombres y los convierte en personas indeseables entre la cristiandad. Estas son las cosas que por desgracia ocasionalmente penetran en nuestras enseñanzas, y hacen que algunos de nuestros misioneros duden o yerren.

Barton es de los que no creen en los milagros de Cristo. En seguida os leeré su descripción del incidente en el que el Salvador calmó la tormenta cuando las aguas sacudían la barca a su arbitrio:

“Se irguió sin el menor indicio de alarma o prisa. Un solo vistazo rápido le bastó para entender completamente la situación. Expidió unas cuantas órdenes con voz tranquila, y al poco rato la barca amenazada entraba en las aguas tranquilas de la seguridad” (Barton, The Man Nobody Knows, pág. 53).

Un nuevo concepto, ¿no os parece? Allí rugía la tormenta, y todo lo que tuvo que hacer Jesús fue indicar al timonero que condujera la barca hasta aquella caleta, y esperar a que pasara la tempestad. ¿No os produce rabia ver cómo la gente hace trizas las cuestiones fundamentales de nuestra sagrada religión? Nosotros vemos estas cosas desde otro punto de vista porque contamos con revelación continua de Dios, y así habremos de verlas siempre. Debemos eludir los conceptos mundanos. Debemos apegamos estrictamente a lo que el profeta José Smith nos dio.

Basta de Barton. Ya lo cité lo suficiente para que veáis por qué pensamos como pensamos, por qué consideramos como serio error el tener a estos hombres por autoridades en las materias que enseñamos. Lo mismo sucede con Oursler y sus obras. Otros libros de ficción, como los de El manto sagrado y The Big Fisherman (El gran pescador), han sido citados en algunas de nuestras aulas como si fueran hechos y no ficción. Algunos toleran al reverendo Dr. Poling, pero ¿podemos dar crédito a sus dogmas? No podemos aceptar su doctrina, como tampoco aceptamos la de Peter Marshall, a quien se concede tanta honra.

Vosotros seguramente recordaréis el libro intitulado The Man Called Peter, se hizo también una película de esa obra. Recordemos que Peter Marshall fue un ministro presbiteriano y que los presbiterianos creen en el bautismo de infantes, y aceptan cualquier forma de bautismo, ya sea por aspersión, ablución o inmersión. Aceptan el bautismo efectuado en cualquier iglesia. Dicen que una iglesia es tan buena como cualquier otra y que hay tanta salvación en una como en la otra. Creen que Dios no tiene cuerpo ni forma. Creen que el hombre se asemeja a Dios sólo en un sentido moral o espiritual. Creen que la Trinidad es una sola substancia. ¿Puede un hombre así, aunque se llame Peter Marshall, convertirse en autoridad en doctrina para los miembros de la Iglesia? No importa cuánto nos impresionen los puntos de vista y la sabiduría de esos hombres preparados del mundo, si sus puntos de vista son contrarios a las verdades reveladas, ¡los tales están equivocados!

No podemos ceder nuestra posición ante las presiones de los hombres estudiados del mundo. No debemos asustarnos si alguien posee títulos académicos y ha investigado mucho, y por tanto sus puntos de vista son contrarios a los de la palabra revelada por Dios. ¿Qué hubiera sucedido si José Smith hubiera temido a los hombres de su época? ¿Qué si se hubiera acobardado ante los clérigos de su tiempo y hubiera transigido su posición? ¿Qué sería de nuestra religión si él hubiera puesto atención a los predicadores sectarios de su época? Seríamos exactamente como las demás iglesias. Seríamos una de ellas. Y es muy probable que el mundo nos amara.

Así como José Smith se negó a ceder, también nosotros debernos rechazar la sabiduría del mundo por lo que respecta a los asuntos doctrinales. Debemos ser tan fuertes como él en nuestra resistencia a la influencia de las doctrinas mundanas, y debemos proteger a nuestros estudiantes tal como él nos protegió a nosotros.

Todas estas consideraciones nos llevan nuevamente a la premisa de que contarnos con revelación continua de Dios. Dicha revelación no debe ser diluida con la sabiduría profana de hombres mundanos quienes se nutren de la sabiduría de otros hombres profanos. Debemos dar a nuestros estudiantes la doctrina pura de Cristo, sin diluir, sin adulteración, y libre de toda coloración producida por nuestros puntos de vista y prejuicios personales.

No hay necesidad de darle vueltas al asunto cuando enseñamos verdades reveladas. Nuestra responsabilidad es enseñar verdades reveladas y no lo que otros hombres piensan que es verdad. No debemos aceptar a estas personas mundanas en calidad de autoridades en materia de doctrina, no importa cuántos títulos ostenten o cuánta investigación hayan realizado. No conocen de doctrina. Si conocieran, estarían en la iglesia de Jesucristo. Por ese motivo sostienen a las iglesias del mundo. No conocen de doctrina, y por esta razón desmienten lo que nosotros enseñamos y se oponen a nosotros en todo sentido. ¿Los aceptaremos, pues, como autoridades?

Los religionarios cambian sus puntos de vista tanto, o casi tanto, como los científicos; la única diferencia entre ambos es que los primeros no tienen tan buenas bases corno los segundos. Admiro a los científicos. Cambian sus conclusiones cuando se presentan nuevas pruebas. Sin embargo, los clérigos del mundo cambian sus opiniones principalmente por motivos de conveniencia. Prefiero la palabra de un científico honesto que basa sus conclusiones en lo que él realmente cree que son hechos, a las opiniones vacilantes de hombres no inspirados, quienes, en muchos casos, realmente están robando a Cristo de su divinidad.

Resulta interesante ver cómo cambian las opiniones de la gente. Recuerdo a un profesorcito raro que tuve en la Universidad de Utah. Era de estatura baja —apenas si medía 1.50 mts—, estaba calvo y usaba una barba chistosa. Nunca olvidaré el día en que se paró frente a nosotros en una de nuestras clases de ciencias y nos desafío a creer en Dios. Nos dijo que la evidencia de la ciencia (y de esto hace cuarenta años) prueba de modo absoluto que Dios no existe, que nunca hubo una creación divina, y que es tonto creer en religión; que la religión no es sino una superstición. Nos lo dijo en la Universidad de Utah.

¡Cómo han cambiado las cosas! Recordaréis qué gran cambio se produjo en el pensamiento científico cuando se anunció el descubrimiento de los genes. Recordaréis que cuando se descubrieron los genes, se dio a conocer que estas partículas preservan la pureza de las especies, de manera que el maíz siempre es maíz; los caballos siempre son caballos; los leones, leones; y los seres humanos siempre son seres humanos. Tengo un diccionario publicado en 1927. Busqué en él la palabra genes. No la hallé. Busqué en una enciclopedia publicada en 1937. Tampoco ésta contenía la palabra. Pero los científicos honestos, cuando descubrieron la existencia de los genes, estuvieron dispuestos a hacer los ajustes necesarios en su pensamiento.

Recordaréis la infalibilidad que la gente atribuía al proceso de fechamiento por el método del carbón. Es interesante observar que este proceso continúa en tela de juicio actualmente. Cuando erais niños, casi estaba de moda la extirpación de las amígdalas. Ahora que se ha encontrado una relación entre dicha operación y la poliomielitis, la mayoría de los médicos en la actualidad vacilan en remover dichos órganos.

Recuerdo que el élder Albert E. Bowen, en alguno de sus escritos, habla de esta cuestión. Refiriéndose a algunos de los grandes hombres del mundo, dice:

“Fueron hombres de consecuencia, y sin duda alguna eran muy sinceros. Es clara la lección que encontrarnos en esta página de la historia. Si la opinión de estos inteligentes y sinceros hombres podía errar mucho, por lo que respecta a los asuntos de la vida cotidiana, ¿debemos inquietarnos tanto cuando hombres de inteligencia similar y de limitaciones finitas acometen contra la integridad del alma? Si yerran tan lastimosamente en las cuestiones terrenales, ¿cuánto menos competentes serán en el ámbito inmaterial e intangible del mundo del espíritu? ¿Hay necesidad de que la fe de una persona en las grandes enseñanzas de la religión se vea sacudida o destruida por la crítica de jueces tan obviamente falibles? Las conclusiones que éstos dictan hoy, bien pueden no constituir la sabiduría del mañana. Si los hombres en general conocieran la historia, se ahorrarían mucha inquietud mental, y el mundo se salvaría de esa inútil repetición de viejos errores.”

Los religionarios cambian de pensar tanto como los científicos, y no podemos depender de ellos como si fueran autoridades. Nuestra labor única como maestros estriba en convertir a nuestros alumnos al evangelio restaurado del Señor Jesucristo. No podemos convertirlos a este evangelio si recurrimos a la sabiduría mundana de los hombres que rechazan al profeta José Smith y el Libro de Mormón. Repito: Nuestra labor única consiste en convertir.

Los jóvenes que concurren a nuestras clases tienen gran confianza en nosotros, aun la misma confianza que tienen en su obispo. Vosotros como maestros, estáis en una posición desde la cual podríais perturbar la fe de esos muchachos más que cualquier otra persona, con excepción de su obispo. Sus mentes están completamente abiertas. Cuando asisten a sus clases laicas cotidianas, están en guardia contra todo lo que podría representar una oposición a su fe. Pero cuando vienen a vuestras clases, no están en guardia porque confían en vosotros. Saben que la Iglesia los ha nombrado como maestros de ellos, y tienen confianza en que se les enseñará la verdad. Por tanto, normalmente aceptan lo que vosotros decís. Creen que todo lo que vosotros decís es verdad; vienen a aprender y aceptan lo que se les enseña ¿Ven la gran responsabilidad que descansa en vosotros? No podemos defraudar a estos muchachos. Debemos enseñarles la doctrina pura y dulce del evangelio ortodoxo de Cristo y nada más.

Nuestros maestros en ocasiones han recurrido a ciertas declaraciones asombrosas en un intento de iniciar una discusión en clase. Después de dicha discusión, los alumnos se han percatado de que el maestro los engañó. Este tipo de artimañas son de lo más contradictorio que pueda existir en la enseñanza correcta de la Iglesia. Ninguno de nosotros tiene el derecho de declarar una falsedad como si fuera verdad sólo para iniciar una discusión en clase. De igual modo, ninguno tiene derecho a ser maestro en la Iglesia si se opone en lo más mínimo a la doctrina de la misma. Si hemos sido instruidos en las doctrinas de los hombres y creemos en ellas, entonces es preferible que renunciemos a nuestras posiciones y no enseñemos aquí, pues podemos desviar a algún pequeño. Nunca podré olvidar lo que el Señor dijo de quienes sirven de piedra de tropiezo para sus pequeños: que sería mejor que fueran sepultados en las profundidades del mar.

Ninguno de nosotros debe jamás convertirse en lobo vestido de oveja. No debemos jamás destruir la fe de alguien, ocultándonos bajo el disfraz del maestro de la Iglesia. Hace apenas una semana o dos, una señorita me contó cómo la habían sacudido mucho más las enseñanzas de un maestro de instituto, que las de sus profesores de la universidad. ¡Increíble! Uno de nuestros propios maestros perturbando la fe de una chica. No conozco cosa más inquietante. No es prudente poner ideas falsas en la mente de los jóvenes. No es buen recurso el emitir conceptos falsos sólo para iniciar un debate en clase. Debemos enseñar la verdad pura, y nada más que la verdad. Y esta ha de ser verdad revelada, tal como el profeta José Smith nos la ha dado en nuestra época. Nuestras autoridades son los cuatro libros canónicos. También lo son José Smith y los demás presidentes y líderes; son nuestra autoridad de biblioteca. Debemos enseñar como ellos; debemos eludir las doctrinas que ellos eluden, evitar las prácticas que ellos evitan.

Cito nuevamente las palabras del hermano Bowen; “Para el maestro —siendo una persona más informada y de mayor experiencia—, constituiría una ventaja cruel y ruin el abusar de la autoridad y prestigio inherentes a su posición al imponer sus prejuicios, ateísmo o cinismo personales sobre los menos experimentados y más susceptibles y confiados alumnos. Después de todo, el maestro puede estar equivocado.”

Hermanos y hermanas: recordemos que en nuestra labor de maestros, aunque estamos en el mundo, no podemos pertenecer al mundo. Recordemos la primera visión del profeta José Smith. Recordemos que los profesores de religión de aquella época fueron repudiados por el Señor Jesucristo, y los maestros de religión actuales en nada difieren de los de la época del profeta José Smith. Los maestros de religión mundanos son tan peligrosos para nuestro pueblo como lo fueron para el profeta José Smith cuando éste apenas tenía catorce años de edad y se internó en el bosque para orar.

Hemos recibido revelación continua de Dios. En ella está comprendida toda la doctrina que tenemos que enseñar. Enseñemos la palabra revelada de Dios y nunca la diluyamos con la sabiduría mundana profana de los clérigos del mundo. Recordemos que las verdades ortodoxas son las que convierten, y nuestra responsabilidad mayor es la de convertir a toda persona que asista a nuestras clases al evangelio restaurado de Jesucristo.

Nuevamente os expreso el gran aprecio que os tengo. Estoy seguro de que desarrolláis una gran labor de conversión en la Iglesia. Pero tenemos que ser cuidadosos, pues somos imperfectos aún. Por tanto, tenemos constantemente que recordarnos a nosotros mismos la importancia y necesidad de apegamos a la línea y no separarnos de la verdad revelada, y recordar que las autoridades en materia de doctrina en nuestra Iglesia son las Escrituras y las Autoridades Generales, no los clérigos del mundo.

Que Dios os bendiga y os haga prósperos, lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

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