Enseñemos la palabra a la generación que surge

Enseñemos la palabra a la generación que surge

Por el élder A. Theodore Tuttle
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, el 10 de julio de 1970)

Creo que ha llegado el día señalado en la sección 88 (versículo 73) de Doctrinas y Convenios. El Señor dijo: “He aquí, apresuraré mi obra en su tiempo.” Este parece ser el día en que el Señor apresurará su obra a fin de difundir su mensaje por todo el mundo, no sólo entre sus hijos que no comprenden el evangelio, sino también entre quienes lo comprenden.

¿Quién necesita ser enseñado? Uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras se encuentra en la sección 123 de Doctrinas y Convenios, donde dice que “es una obligación imperativa que tenemos para con la generación que va creciendo…” Hasta dónde puedo ver, esa es nuestra responsabilidad: enseñar y exhortar a la generación creciente y aumentar en el hogar la enseñanza del evangelio. Después el Señor dice: “Porque todavía hay muchos en la tierra, entre todas las sectas, partidos y denominaciones, que son cegados por la sutil astucia de los hombres que acechan para engañar, y no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla” (D. y C. 123:11, 12). En ocasiones lo anterior se aplica a la generación creciente que necesita que vosotros le enseñéis la verdad.

Estoy agradecido porque la obra se ha extendido hasta los hijos lamanitas de nuestro Padre y ha progresado entre ellos. Espero que todos vosotros quienes no estéis participando directamente en los seminarios indios, dediquéis tiempo y atención a los indios que asisten a vuestras clases. No necesito recalcar este punto, pero sí deseo invitaros a que os familiaricéis con ellos, que aprendáis sus nombres, los invitéis a participar en el programa, y os cercioréis de que tengan las mismas oportunidades que los demás por lo que respecta a su desarrollo y progreso mientras asisten a las escuelas donde vosotros servís. Necesitan esta atención adicional, y la merecen. Existe algo hermoso y purificador que entra en la vida de la persona que trabaja entre los lamanitas. Os doy mi testimonio de esto. Vosotros sabréis que esto es verdadero si dedicáis un poquito más de esfuerzo.

Me siento feliz de estar con vosotros esta mañana, como lo expresó el presidente William E. Berrett, supongo que nunca salí realmente de entre vosotros. Ahora tengo el privilegio de impartir una clase de instituto, y esto es una experiencia maravillosa. Lo mantiene a uno joven y al corriente de lo que los jóvenes piensan y sienten, y es un desafío continuo.

Ayer viví un incidente cuando salía de una tienda. Un joven llegó en su motocicleta, se detuvo para apearse, y pronunció unas palabras obscenas. El dependiente que me ayudaba a cargar las compras en mi coche, meneó la cabeza y dijo: “Bueno, supongo que vivimos en un país libre.” La solución a ese problema radica en el hogar de aquel muchacho. Ese hogar necesita de la ayuda de vosotros. De algún modo, hermanos, tendréis que rescatar a ese joven; de lo contrario, tal vez se pierda. En eso estriba vuestro potencial así como vuestra gran responsabilidad; ninguna otra organización, hablando de las auxiliares, tiene el poder que tenéis vosotros. Pienso en la frecuencia con la que os reunís con estos jóvenes y señoritas, en lo mucho que podéis acercaros a ellos, y en la influencia positiva que representáis en su vida. Deseo que nunca olvidéis esto; recordadlo, porque vosotros sois el baluarte que ayuda y auxilia a los padres a llegar hasta estos jóvenes, y pienso que éstos necesitan otro testigo.

El tema que me han asignado, por cuanto se refiere a los rumores y los misterios, trae a la mente el texto del encargo que Pablo hace a Timoteo. Me gustaría encargaros esa misma responsabilidad.

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

“Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelio, cumple tu ministerio” (2 Timoteo 4:1-5).

¿Por qué no consideráis esto como un encargo de predicar la palabra? Recordad: Enseñar no fábulas ni otras cosas —rumores, misterios, opiniones— sino la palabra.

Creo que todos habéis oído el dicho de que el rumor da la vuelta al mundo en el mismo tiempo que la verdad utiliza apenas para ponerse los zapatos. No vamos a vencer el rumor de una vez por todas; tendremos que contender con él porque siempre va a estar entre nosotros. Sin embargo, no formáis vosotros parte de él.

Mientras preparaba este discurso, leí nuevamente el libro de Nehemías. Para mí resulta interesante ver cómo una vez tras otra podemos encontrar sabiduría en los escritos antiguos. Recordaréis cómo Nehemías fue a Jerusalén con el único propósito de reconstruir los muros de la ciudad. Cuando llegó a ese lugar, se puso a examinar los muros entrando y saliendo de la ciudad. Al leer este relato nuevamente la semana pasada, por primera vez pude imaginar el aspecto que tendrían los muros. Pude ver en mi mente sus cuarteaduras. Las Escrituras nos dicen que las puertas estaban consumidas por el fuego, y pude imaginarlas en mi mente. Nehemías fue allí, examinó la situación, y llegó a la conclusión de que nunca podría vivir en paz y seguridad la gente en aquel lugar a menos que reedificaran los muros; así que comenzó con la reparación. No contaba con mucha ayuda, pero sí tenía mucha oposición. Sanbalat y Tobías representaban la oposición, e hicieron correr un rumor tras otro en el sentido de que Nehemías fracasaría. Los planes de aquéllos fallaron, pero el relato es interesante. Finalmente, trataron de conseguir que Nehemías se reuniera con ellos. Me gustaría leeros el versículo donde Nehemías responde a su invitación. Dijo: “Y les envié mensajeros, diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros” (Nehemías 6:3). Pensé en lo adecuado de esa respuesta por lo que respecta también a nuestra obra. ¿Por qué ha de cesar el trabajo de enseñar la palabra mientras hacemos incursiones en los misterios, rumores, opiniones y suposiciones y en todas esas cosas que nos desvían de nuestro objetivo principal de enseñar el evangelio? No podemos dejar nuestra función de dar a conocer los principios del evangelio por cosas de estas.

Según lo entiendo, vuestra responsabilidad y la mía consiste en enseñar con sencillez los principios del evangelio, de modo que la juventud, la generación creciente, los entienda. No debemos complicar; no debemos dificultar el aprendizaje; debemos simplificarlo. Me parece que uno de nuestros grandes desafíos consiste en enseñar sencillamente, de modo que no se malentienda. Con frecuencia se citan las palabras del presidente Harold B. Lee: “No enseñéis para que entiendan; enseñad para que no malentiendan.” Nuestro gran desafío consiste en simplificar las cosas para que puedan comprender las verdades sencillas del evangelio restaurado.

Todos vosotros sabéis (pues muchos servís en obispados, presidencias de estaca y otras organizaciones de la Iglesia) que la palabra oficial viene a través del orden establecido de la Iglesia. Recibimos la palabra oficial a través del profeta del Señor. Casi cualquier otra cosa que venga por un conducto diferente de éste se puede considerar como rumor. Seguramente vosotros los que servís en obispados y presidencias sabréis que habéis recibido numerosa correspondencia desde que se organizó la nueva Primera Presidencia. A nosotros también nos llega la copia de cada uno de esos comunicados. En los últimos meses, hemos tenido un verdadero alud de comunicaciones para establecer muchos asuntos que requieren del consejo de la Primera Presidencia. Debéis saber que podéis determinar si algo que se dice es un rumor con tan sólo preguntárselo a los oficiales de la Iglesia. Recurrid a vuestro obispo o a vuestro presidente de estaca y pedidle información sobre algunas de estas cuestiones de las que se habla tanto dentro como fuera del aula. No forméis parte del esparcimiento de rumores; vosotros debéis ser la solución.

Meditaba yo en la solución al problema del manejo de los misterios, y no pude menos que notar el gran ejemplo mostrado por un sabio maestro durante la reciente conferencia para presidentes de misión. Uno de los grandes maestros de la Iglesia, el presidente Harold B. Lee, daba instrucciones a todos los nuevos presidentes de misión que se disponían a partir hacia los diversos campos misionales. Se había pedido al presidente Lee que hablara sobre algunos asuntos delicados. Podría haber expuesto su opinión, pero destaca el método que empleó: citó las Escrituras durante todo el tiempo que habló. Cada vez que tenía que dar el punto de vista oficial de la Iglesia sobre algún asunto, citaba directamente de las Escrituras, o bien, citaba las palabras del Presidente de la Iglesia. Hermanos: si vosotros vais en busca de un método que os permita manteneros sobre suelo firme, os sugiero este sistema. No requiere de opinión; no permite que se entre fácilmente en los misterios y en las áreas donde cada quien tiene una opinión para expresar.

Pienso que los profetas son los mejores maestros de la Iglesia, después de todo. Permitidme daros tres ejemplos por vía de repaso. Recuerdo estas palabras que el presidente Berrett dijo entre los consejos que previamente nos dio: “Hermanos: cuando enseñéis, usad como fuente todos los libros canónicos de la Iglesia.” Es imperdonable enseñar un asunto recurriendo a otra fuente cuando aquel se explica cabalmente en uno de los libros canónicos, y es responsabilidad nuestra saber estas cosas. Por lo tanto, la primer sugerencia que os doy es que estudiéis las Escrituras. Sé que lo estáis haciendo; deseo, pues, que hagáis ambas cosas, es decir, que estudiéis las Escrituras y después consigáis que vuestros alumnos también lo hagan. Creo que hay poder y conocimiento derivados del estudio diligente de estos maravillosos depósitos de verdad, los cuales son insustituibles.

La segunda sugerencia es que oréis y meditéis. Recomendaría que tal vez empleemos este recurso más que los otros métodos apresurados de preparación. Como recordaréis, nuestro padre Lehi explicó su visión a todos sus hijos; sin embargo, fue Nefi quien nos da la interpretación. En el primer versículo del decimoprimer capítulo de 1 Nefi, leemos esto: “Pues sucedió que después que hube deseado conocer las cosas que mi padre había visto, y creyendo que el Señor podía hacérmelas saber, mientras estaba yo sentado reflexionando esto, fui arrebatado en el Espíritu del Señor, sí, hasta una montaña muy alta…” Y en ese lugar le fue dada la explicación, pues estaba en condición para recibirla. Vemos pues cómo es necesario orar y meditar lo que hemos estudiado. Entre los últimos consejos que el presidente McKay dio en una sesión del sacerdocio, tenemos éste: “Hermanos: dedicad tiempo a la meditación.” Este es buen consejo para los dirigentes de la Iglesia. Es buen consejo para los maestros de la Iglesia. Dedicad tiempo a la meditación.

Hermanos: debéis programar suficiente tiempo para este proceso del estudio y la meditación. Uno de mis pasajes favoritos se halla en la primera sección de Doctrinas y Convenios —maravillosa sección y maravilloso libro— donde se da tanto el testimonio de la divinidad de esta obra, como las instrucciones pertinentes. En el versículo 37, el Señor dice: “Escudriñad estos mandamientos.” [Desde que aprendí un poco de español], he comprendido mejor esto. En español no dice escudriñar; dice escudriñad, en el modo imperativo; no es opcional. Creo que este es el verdadero significado de lo que dijo el Señor; Él quería que realmente escudriñáramos, no que meramente leyéramos. “Escudriñad estos Mandamientos porque son verdaderos y fieles, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán.” Estamos bajo mandato de escudriñar las Escrituras. Este libro está lleno de maravillosas verdades relativas a la restauración del evangelio; así que estudiadlo y meditadlo. El Señor nos ha indicado cómo obtener un testimonio del Libro de Mormón: nos dice que hemos de leerlo, y después meditar sobre estas cosas.

Y yo os digo, no tan solo leedlo, sino haced lo. Creo que el abrir los libros canónicos produce una especie de visión mediante la cual adquirimos más conocimiento mediante el don y poder del Espíritu Santo que si escudriñamos la opinión de los demás. Aunque la opinión de los demás es valiosa, las Escrituras lo son aún más. He llegado a amar más y más las Escrituras. Tengo el privilegio de impartir una clase sobre Doctrinas y Convenios, y me he percatado de que dar una clase sobre las Escrituras constituye una rica experiencia.

¿Podéis sentir cuando llega la revelación? Permitidme compartir con vosotros esta experiencia. Yo sabía que llegaba la revelación, pero no sabía cómo podía definirlo sino hasta cuando recientemente el hermano Marion G. Romney nos relató una experiencia que vivió hace unos años. Él era ayudante de los Doce, y viajaba con dos de ellos. Ellos habían pasado a recogerlo en cierto lugar y viajaban a una ciudad cercana donde habrían de realizar una reunión esa tarde. Uno de los Doce dijo: “¿Por qué no pedimos al hermano Romney que hable en la reunión?”

El hermano Romney pensó que ellos eran los indicados para hacerlo, pues de lo contrario la gente se iba a sentir decepcionada. Sin embargo, como se lo estaban pidiendo a él, así lo hizo.

Por la noche, cuando viajaban de regreso a Salt Lake City, uno de los Hermanos hizo la siguiente observación: “Hermano Romney: usted habló hoy bajo la inspiración del Espíritu Santo.” El hermano Romney repuso: “Tiene usted razón, así fue. ¿Sabe usted cómo lo supe? Lo supe porque yo también aprendí algo que me era desconocido.”

Vosotros también habéis experimentado esto, hermanos. Os prometo que lo experimentaréis con más frecuencia si recurrís al procedimiento del estudio, la oración y la meditación. Así, cuando enseñéis, lo haréis mejor de cómo lo hacíais antes, pues contaréis con la inspiración del Espíritu Santo. Aprenderéis algo que os era desconocido; y esto sucederá mientras enseñáis.

Estoy seguro de que habéis vivido estas experiencias, por tanto, sabéis de qué hablo. A esto se le llama enseñanza inspirada. El Señor dijo que habríamos de llenar nuestra mente con las verdades del evangelio, y que en el preciso instante en que lo necesitemos, Él nos inspirará para que enseñemos a cada persona lo que ésta necesita recibir. Lo que tenemos que hacer es confiar en esa promesa.

Mi última sugerencia, hermanos, después de la de estudiar y orar, es que vivamos el evangelio. Hermanos: no podríais suponer que es posible enseñar lo que enseñáis si no vivís de modo que podáis tener una conciencia tranquila, una conciencia que no ahuyente los susurros del Espíritu. Todos vosotros sabéis que el Señor no grita; susurra. Cualquier inspiración que venga a nosotros llega con esa voz apacible. Viene cuando estamos escuchando; viene cuando estamos meditando, cuando estamos orando. Tenemos que aprender a escuchar mientras oramos. Tenemos que vivir de modo que esa comunicación sea clara, sin interferencia.

Debéis vivir en paz con vuestra esposa y en armonía en vuestro hogar. Incrementad esto. Así, cuando salgáis de casa, llevaréis una conciencia tranquila y una sensibilidad a los asuntos del Espíritu. Sed padres y esposos fieles; sed honestos con el Señor y con vuestros semejantes. No llevéis en vuestra vida la carga de algún problema no resuelto que pueda obstaculizar las indicaciones del Espíritu.

Cuando nos inmiscuimos en el área de la opinión y la especulación, creamos problemas tanto en la mente de los alumnos como en la nuestra. La mejor guía para resolver este problema consiste en aprender y usar el evangelio para contestar las preguntas, y mantenernos al corriente de lo que el profeta viviente ha dicho y dice en la actualidad.

Para concluir quiero mencionaros las dificultades que creamos entre las filosofías de los hombres y la religión, entre la “ciencia” y la religión. En estas áreas afrontamos en ocasiones serias dificultades mientras enseñamos a nuestros alumnos. Vosotros no podéis saberlo todo, por lo que respecta a la ciencia; no podéis saberlo todo en cuanto a las cosas relativas al resto del mundo. Pero en cambio, sí podéis saber mucho acerca de la doctrina del evangelio. Vosotros debéis manteneros dentro de esa área en vez de salir a incursionar. Comprendo que en ocasiones tenéis que hacerlo para dar respuesta a las preguntas de vuestros alumnos. Permitidme leeros unas palabras que el presidente Joseph Fielding Smith pronunció en la conferencia de octubre de 1952. Estad pendientes de las áreas de dificultad que hemos mencionado, y entonces permitid que esto os sirva de guía. El presidente Smith dijo:

“Por lo que respecta a la filosofía y la sabiduría del mundo, éstas no significan nada si no están de acuerdo con la palabra revelada de Dios. Cualquier doctrina, venga en nombre de la religión, la ciencia, la filosofía u otra cosa, fracasará si entra en conflicto con la palabra revelada del Señor. Puede tener la apariencia de verdad, puede seros presentada con un lenguaje atractivo e imposible de rebatir; puede aparecer como apoyada por una evidencia incontrovertible. Pero todo lo que vosotros debéis hacer es esperar; el tiempo determina todas las cosas. Descubriréis que toda doctrina y todo principio, no obstante la validez universal que se le atribuya, perecerá si no va de acuerdo con la palabra divina que el Señor ha dado a sus siervos. Tampoco es necesario que tratemos de exagerar la palabra del Señor en un intento inútil por hacerla concordar con estas teorías y enseñanzas. La palabra del Señor no pasará sin cumplirse, mas todas estas falsas doctrinas y teorías fallarán. La verdad, y sólo la verdad, quedará cuando todo lo demás haya perecido” (C.R.. oct. de 1952, pág. 60).

Os suplico que recordéis esto. Tratad de poner vuestra vida, vuestras enseñanzas y vuestra filosofía en armonía con ello. Existen cosas que no podemos contestar. Todos los que escucharon el discurso que el presidente Lee pronunció ante los maestros de seminario en 1958, aprendieron una buena respuesta a todas esas preguntas difíciles que hacen los jóvenes: “No sé.” Existen cosas que sí necesitamos saber, y el presidente Berrett ha dicho que no hay excusa para no conocer estas cosas. Pero existen algunas preguntas para las cuales no tenemos respuesta. Creamos problemas cuando queremos exagerar la palabra del Señor en un intento de cubrir todos esos terrenos, o cuando ponemos a un lado la palabra del Señor y aceptamos en su lugar las explicaciones verosímiles o lógicas de los hombres.

Finalmente, os sugiero que cuando afrontéis esta clase de situaciones apliquéis y también enseñéis el procedimiento que Moroni nos da como respuesta a estas preguntas. Él dijo:

“Pues he aquí, mis hermanos, os es concedido juzgar, a fin de que podáis discernir el bien del mal; y la manera de juzgar es tan clara, a fin de que sepáis con perfecto conocimiento, como la luz del día lo es de la obscuridad de la noche.

“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal; por tanto, os estoy enseñando la manera de juzgar; porque todo lo que invita a hacer lo bueno y persuade a creer en Cristo, es enviado por el poder y el don de Cristo; y así podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es de Dios. [Aquí se dan dos llaves. ¿No os inspira un deseo de hacer el bien esta doctrina, esta enseñanza, declaración y doctrina? ¿No os persuade a creer en Jesucristo?]

“Pero lo que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo [he aquí la clavel, y a negarlo y no servir a Dios, entonces podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo es como obra el diablo, porque él no persuade a los hombres a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles, ni los que se sujetan a él” (Moroni 7:15-17).

En ocasiones nos enfrentamos a problemas y preguntas para los cuales no tenemos respuesta. Apliquemos, pues, la prueba que indica Moroni y veamos si la doctrina nos conduce a hacer el bien, a creer en Jesucristo y a no negarlo.

Mis hermanos: os envidio. Estoy agradecido por estar entre vosotros. Os amo; hacéis mucho bien; tenéis mucho potencial. En ocasiones vosotros representáis los confidentes para los jóvenes, en vez de sus obispos. Ya sabéis lo que tenéis que hacer en estos casos: enviadlos a sus directores eclesiásticos. Vuestros alumnos os llegan a conocer y a amar, aprovechad ese gran poder; usadlo positivamente.

Supongo que jamás en la historia de la humanidad se habían afrontado los problemas que afrontamos ahora, Nunca antes había existido una juventud tan rebelde. Nunca antes habían andado buscando quienes buscan. Nunca antes habíamos tenido jóvenes tan finos en nuestras clases. Al mismo tiempo, el desafío nunca había sido mayor; tal vez esto se debe a la facilidad con que se comunican las cosas malas, perversas y viles. Los que nos afianzamos en la doctrina de Cristo casi estamos solos. A vosotros corresponde el desafío de enseñar la palabra, la doctrina pura. Mantened pura su doctrina; enseñad con las Escrituras; buscad el Espíritu y su guía, su ayuda y sus bendiciones.

Os doy mi testimonio de que Dios vive; que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor, nuestra esperanza. José Smith fue un profeta, y el presidente Joseph Fielding Smith es un profeta viviente, y en ocasiones no es comprendido por el mundo y por muchos miembros de la Iglesia. Vosotros sois la solución; corregid esto. Amo a este hombre. El Señor lo escogió para un propósito sabio y santo, y lo ha tenido aquí durante todos estos años. Sostened lo como yo lo sostengo a él y a sus grandes consejeros y a los Doce Apóstoles con todo mi corazón. Dirigen esta Iglesia. Sé que lo hacen bajo la inspiración de Dios. Los sostengo con todo mi corazón, y pido las bendiciones del Señor para todos vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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