La expiación infinita – La bendición del arrepentimiento

La expiación infinita
La bendición del arrepentimiento

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Otra demostración de poder inmenso

Una de las bendiciones notables de la Expiación surge del po­der de Cristo de redimir de la muerte espiritual. La muerte espi­ritual es una forma de distanciamiento espiritual o disolución de la relación con la deidad. Pero es más que un destierro geográfico de la presencia de Dios. Así como el cuerpo físico se debilita por los estragos de la enfermedad, parece que del mismo modo noso­tros flaqueamos espiritualmente con cada pecado que abrazamos. Quizá perdamos nuestra capacidad, o voluntad, de absorber la luz y la verdad. Quizá, como cuando tenemos un músculo lasti­mado, perdemos fuerza y resistencia cuando se trata de encarar cada tentación nueva. Sea como sea la mecánica del proceso, la muerte espiritual parece derivar de una forma de degeneración o entropía espiritual. Como sucede con la muerte física, tiene que haber algún poder para revertir el proceso de decadencia, para curar nuestras heridas espirituales, para fortalecer nuestra fibra espiritual. Nuevamente, la Expiación es la fuente de ese poder revocador, esa fuente a la cual los hombres «han de acudir para la remisión de sus pecados» (2 Nefi 25:26).

El salmista cantó acerca del bálsamo curativo del Salvador: «Confortará mi alma» (Salmos 23:3). Y Helamán testificó: «Y ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados» (Helamán 5:11). El Salvador indagó: «¿Acaso se ha acortado mi mano para no redimir? ¿No hay en mí poder para librar?» (Isaías 50:2; véase también Alma 7:13). El respondió más tarde a su propia pregunta: «el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados» (Mateo 9:6). Con poder, «dio vida» a quienes estaban «muertos en [sus] deli­tos y pecados» (Efesios 2:1). Ese acto de dar vida era una sanación de nuestro ser espiritual. En las palabras del Salvador mis­mo «[volved] a mí ahora, y [arrepentios] de vuestros pecados, y [convertios] para que yo os sane» (3 Nefi 9:13). Mediante este proceso curativo, El «nos ha librado del poder de las tinieblas» (Colosenses 1:13). Verdaderamente, Satanás fue vencido por la «sangre del Cordero» (Apocalipsis 12:11).

Una y otra vez, las Escrituras revelan que la Expiación es la fuente definitiva de poder redentor. Jacob llegó a esta conclusión, y enseñó acerca de la redención «de la muerte eterna por el po­der de la expiación» (2 Nefi 10:25). Tal alcance tiene este poder para salvar a los perdidos espiritualmente que, al hablar de los que participarán en la primera resurrección, Juan afirmó de for­ma concluyente: «la segunda muerte no tiene poder sobre estos» (Apocalipsis 20:6).

Una limpieza con el arrepentimiento como condición

No cabe duda de que la Expiación generó el poder suficien­te para restaurar y limpiar el alma descarriada. Pero, ¿cómo se lleva esto a efecto, y quién reúne las condiciones para obtener los beneficios de un poder tan bendito? ¿Cómo puede cualquie­ra que haya pecado limpiarse lo suficiente como para regresar a la presencia de Dios y disfrutar de su compañía nuevamente? A diferencia de la resurrección, esta parte de la Expiación no fue universal; fue individual, es decir, el sufrimiento de Dios, el cual hizo posible el proceso de purificación, se hizo eficaz solamente para aquellos que se arrepientan. Aunque «el Señor, no [puede] considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia», ha prometido, no obstante, que «el que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor será perdonado» (DyC 1:31-32).

Esta naturaleza condicional de una limpieza espiritual se le re­veló al profeta José: «El Señor vuestro Redentor (…) sufrió el dolor de todos los hombres (…) para traer a todos los hombres a él, mediante las condiciones del arrepentimiento» (DyC 18:11- 12). Samuel el Lamanita también enseñó que la Expiación «lle­va a efecto la condición del arrepentimiento» (Helamán 14:18). Dicho de otra manera, de no haberse efectuado una Expiación, no habría oportunidad de arrepentimiento. Los hombres podrían sentir pesar; podrían modificar su comportamiento de acuerdo a ciertos parámetros; pero no estaría en funcionamiento nin­gún proceso divino de rehabilitación. En pocas palabras, sin la Expiación, no habría purificación del alma del pecador, indepen­dientemente de sus acciones, fueran estas cuales fueran.

Con la Expiación, esa purificación puede llegar; pero solamen­te si nos arrepentimos. Así lo predicó el rey Benjamín: «Porque a ninguno de estos viene la salvación, sino por medio del arrepen­timiento» (Mosíah 3:12). El élder Marion G. Romney subrayó la naturaleza condicional de esta fase de la Expiación: «él pagó la deuda de tus pecados personales y de los pecados personales de toda alma viviente que haya morado en la tierra o que morará en ella en la vida mortal. Pero esto lo hizo de manera condicio­nal. Los beneficios de este sufrimiento por nuestras propias no lo obtendremos incondicionalmente, tal y como sucederá en la resurrección, sin importar lo que hagamos. Si participamos de las bendiciones de la Expiación en lo que a nuestras transgresiones individuales respecta, hemos de obedecer la ley».1

El presidente David O. McKay declaró: «Todo principio y or­denanza del evangelio de Jesucristo es significativo e importante (…), pero no hay ninguno más esencial para la salvación de la familia humana que el principio operativo eternamente: el arre­pentimiento. Sin él, nadie puede salvarse. Sin él, nadie puede progresar».2 Pero, ¿por qué? Porque es la llave que desbloquea el poder purificador de la Expiación. Eso es exactamente lo que enseñó Helamán: «Y [Cristo] ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados por motivo del arrepentimiento» (Helamán 5:11; énfasis añadido).

El arrepentimiento no es un principio negativo. Muy al con­trario, es positivo y glorioso. No fue obra de un padre enojado y dominante, sino del Padre más amoroso de todos. No es para los malos únicamente, sino que también se aplica a todas las per­sonas buenas y excelentes que quieren mejorar. Es para todas las personas que no hayan alcanzado la perfección todavía. Es el úni­co camino que conduce a la paz mental, al perdón del pecado y, en última instancia, a la divinidad misma.

¿Qué es el arrepentimiento?

¿En qué consiste, entonces, el arrepentimiento genuino y cómo se relaciona con la Expiación? Es mucho más que un proceso de cinco o siete etapas en virtud del cual avanzamos mecánicamente. Es más que la mera interrupción de la mala conducta, el paso del tiempo, o la expresión del pesar. Ninguno de estos aspectos por sí solo constituye el arrepentimiento verdadero. Alma hijo descri­bió lo que es el arrepentimiento auténtico cuando se dirigió a los habitantes de Zarahemla. En su relato, narró la vida de su padre, Alma, quien había sido uno de los sacerdotes inicuos del rey Noé. Un día, el profeta Abinadí entró en escena. Algo en el mensaje de Abinadí penetró el corazón y el alma de su padre. Según Alma hijo: «Y según su fe, se realizó un potente cambio en su corazón». Alma añadió a continuación: «[Mi padre] predicó la palabra a vuestros padres, y en sus corazones también se efectuó un poten­te cambio». Y entonces el sermón llegó a su punto culminante: «Y ahora os pregunto, hermanos míos de la iglesia, (…) ¿Habéis recibido su imagen en vuestros rostros?» (Alma 5:12-14).

Eso es el arrepentimiento genuino. Es un proceso de deshielo, ablandamiento y refinado que da lugar a un potente cambio del corazón. Se manifiesta en todos los que dan un paso adelante con corazones quebrantados y espíritus contritos. Es una determina­ción férrea de reconciliación con Dios, cueste lo que cueste. Un cambio de esta naturaleza implica no tener «más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente» (Mosíah 5:2). Un cambio así se produjo en Lamoni y sus siervos. Al despertar de su sopor espiritual, «todos declararon al pueblo la misma cosa: Que había habido un cambio en sus corazones, y que ya no te­nían más deseos de hacer lo malo» (Alma 19:33).

¿Y qué decir de los que no viven este cambio, pero obtienen una recomendación para el templo de todas maneras? ¿Qué su­cede con aquellos que ha cometido pecados graves y evitan la amonestación o las medidas disciplinarias, o un tercero en cir­cunstancias similares ha llevado su cruz? El presidente Harold B. Lee abordó directamente esta cuestión con estas palabras: «No hay pecadores de éxito».3

Hace años, un padre compartió conmigo algunas inquietudes que albergaba con respecto a su hija adolescente. Ella les había comunicado sus planes. Quería «vivir la gran vida» por una tem­porada, practicar sexo activamente, y poner sus asuntos en orden tres meses antes de contraer matrimonio y obtener una recomen­dación para el templo. Este padre estaba enormemente decepcio­nado y con razón. Cabría plantear una pregunta muy apropiada: «¿Es este un ejemplo de un corazón quebrantado y un espíritu contrito, de una firme decisión de reconciliarse con Dios a cual­quier precio?». ¿Acaso creía de verdad esa joven que un obispo o un presidente de estaca firmaría una recomendación para una persona con una actitud semejante? Incluso si lo hiciesen, no se­ría una bendición para ella. Su actitud reflejaba la mentalidad de los fariseos y los saduceos cuya concepción de la ley judaica era una larga lista de reglas mecánicas: un máximo de pasos, un tiem­po determinado. Se había convertido en una cuestión de forma y no de sustancia. Ezequiel nos dio la clave de la verdad: «Echad de vosotros todas vuestras transgresiones que habéis cometido (…) haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (Ezequiel 18:31). Los nefitas obtuvieron finalmente la santificación «que viene de entregar el corazón a Dios» (Helamán 3:35). De forma reiterada, en las Escrituras se asocia el arrepentimiento con el corazón. Es un corazón nuevo, un corazón roto, un corazón cambiado, un corazón contrito.

El élder Spencer W. Kimball dijo de Holman Hunt, el artista, que un día le mostró a un amigo el cuadro de Cristo llamando a la puerta. Súbitamente, el amigo exclamó:

—Le falta un detalle a su cuadro.

—¿Cuál es?— preguntó el artista.

—La puerta a la cual Jesús está llamando no tiene tiradorreplicó su amigo.

—Ah —respondió el Sr. Hunt—, pero no es un error. Es que esta puerta es la puerta al corazón humano. No se puede abrir sino desde dentro.

El élder Kimball continuó: «Y así es. Jesús puede llegar y lla­mar. Pero cada uno de nosotros decide si vamos a abrirle».4 Los líderes del sacerdocio pueden advertir, aconsejar, disciplinar y animar amorosamente, pero todo esto será en vano a menos que en algún momento, en algún lugar, haya un cambio de corazón.

¿Arrepentimiento o autojustificación?

¿Cómo se produce este cambio en el corazón? En primer lugar, debe haber un reconocimiento sincero, incondicional, y no una autojustificación de nuestros pecados. Alma le aconsejó de ma­nera brillante a su hijo Coriantón: «No trates de excusarte en lo más mínimo a causa de tus pecados» (Alma 42:30). Qué contras­te con la filosofía de Korihor: «no era ningún crimen el que un hombre hiciese cosa cualquiera» (Alma 30:17), o con la creencia de los lamanitas que «suponían que todo lo que hacían era justo» (Alma 18:5). Uno debe escoger en última instancia entre estas doctrinas conflictivas. No pueden coexistir el arrepentimiento y la autojustificación. Esta última es la respuesta del mundo al pecado; el arrepentimiento, la del Señor. Son dos caminos di­vergentes con destinos opuestos. Robert Frost nos cuenta de su llegada a una bifurcación en el camino que recorría. Se planteó qué camino debía seguir y entonces escribió cuál fue su opción:

Lo diré con un suspiro
En algún lugar, de aquí a una eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en la espesura, y yo seguí el menos transitado,
Y eso ha marcado por completo la diferencia,5

Cada vez que pecamos nos encontramos en una encrucijada espiritual. Podemos intentar justificar el pecado racionalmente o arrepentimos de él. El camino «no elegido» marcará «toda la diferencia».

En tiempos del Libro de Mormón existía un estrecho paralelis­mo entre las leyes morales y las leyes civiles. Hoy en día no se da tal coincidencia. La ley civil no castiga muchos delitos morales, como el adulterio o el aborto. Oímos las excusas que se ofrecen para dichos pecados como el «libre albedrío» o «todo el mundo lo hace», o «nadie se va a enterar». Sin embargo, no hay defensa, ni excusa adecuada, ni coartada posible para la violación de las leyes de Dios. Así se lo confirmó el Señor a José Smith: «no hay justificación para tus transgresiones» (DyC 24:2). Cuando lo re­conocemos honradamente, estamos en el camino que conduce al arrepentimiento.

La principal barrera que nos separa del arrepentimiento es siempre el yo. Thomas Carlyle lo expresó de esta manera: «El mayor de los defectos es no ser consciente de tenerlos».6 Esta es la advertencia que Alma estaba procurando transmitirle a su hijo rebelde, Coriantón: «reconoce tus faltas y la maldad que hayas cometido» (Alma 39:13). Por el contrario, aquellos que optan por una vida de negación, que eligen una actitud defensiva frente a la ley de Dios, descubrirán la cruda verdad: «vuestros pecados han ascendido hasta mí y no son perdonados, porque procuráis aconsejaros [justificaros] de acuerdo con vuestras propias mane­ras» (DyC 56:14).

La autojustificación es la droga intelectual que anestesia el aguijón de la conciencia. Mormón fue testigo de esta sobredosis letal cuando su pueblo se encontró sin «principios y han perdido toda sensibilidad» (Moroni 9:20). Nefi vio las señales de peligro en las vidas de Lamán y Lemuel cuando afirmó: «[Dios] os ha hablado con una voz apacible y delicada, pero habíais dejado de sentir» (1 Nefi 17:45). Comparemos estas palabras con el lamen­to posterior del propio Nefi: «¡Oh, miserable hombre que soy! (…) mi corazón gime a causa de mis pecados; no obstante, sé en quién he confiado» (2 Nefi 4:17, 19). Cuesta imaginar estas palabras en boca de un profeta de Dios. La vida de Nefi era ejem­plo de devoción y obediencia; sin embargo, era muy consciente de la distancia que aún restaba por recorrer antes de alcanzar la perfección. Cuanto mayor es la espiritualidad del hombre, más sensible se vuelve a sus imperfecciones. Cuanto más se mejora, más cuenta se da uno de lo malo que fue.

Puesto que todos nosotros, como Nefi, hemos pecado, de lo que se trata no es solamente de si hemos hecho algo malo; la cuestión es si, habiendo hecho algo malo, estamos ahora dispues­tos a arrepentimos. John Donne se refirió a la eficacia del arre­pentimiento:

Enséñame a arrepentirme; pues tan valioso es
como ver sellado mi perdón con tu sangre [la de Cristo].7

La finalidad de esta vida terrenal es servir de estado de proba­ción, para comprobar si nos arrepentimos y seguimos a Cristo. El señor le fijó «al hombre los días de su probación» (DyC 29:43). De hecho, el Señor dispuso que la descendencia de Adán «no [muriese], en cuanto a la muerte temporal, hasta que yo, Dios el Señor, enviara ángeles para declararles el arrepentimiento y la redención» (DyC 29:42). Lehi enseñó esto mismo con claridad: «los días de los hijos de los hombres fueron prolongados (…) para que se arrepintiesen mientras se hallaran en la carne» (2 Nefi 2:21). Igualmente, Alma enseñó que si no hubiera existido «un tiempo para arrepentirse (…) habría sido vana la palabra de Dios, y se habría frustrado el gran plan de salvación» (Alma 42:5).

La iniquidad por sí sola rara vez ha sido, si es que se puede encontrar un caso, el motivo de la destrucción del hombre; la tragedia más pavorosa es la maldad combinada con la negativa a arrepentirse. La destrucción predicha de los inicuos habitantes de Nínive se frenó porque demostraron su disposición de volver a Dios. La gente de la época de Melquisedec «había aumentado en la iniquidad» (Alma 13:17), pero evitaron la destrucción porque «se arrepintieron» (Alma 13:18). Alma padre hizo «muchas cosas abominables a la vista del Señor» (Mosíah 23:9), y a los hijos de Mosíah se los conoció como a «los más viles pecadores» (Mosíah 28:4); no obstante, en ambos casos se encontró el ímpetu nece­sario para corregir el rumbo. En cada una de estas situaciones brillaron las ascuas del arrepentimiento. Para los que dejaron que se extinguieran los rescoldos del arrepentimiento, el Señor rea­firmó las consecuencias: «y al que no se arrepienta, le será quita­da aun la luz que haya recibido; porque mi Espíritu no luchará siempre con el hombre» (DyC 1:33). Fue el mismo mensaje que el Señor transmitió a los malvados habitantes de Ammoníah: «si persistís en vuestra iniquidad» y «si no os arrepentís», entonces «vuestros días no serán prolongados sobre la tierra» (Alma 9:18). Era una lógica sencilla. La razón de ser de esta vida mortal es proporcionar un período de prueba en el que arrepentirse; si un hombre se negaba a hacerlo después de habérsele ofrecido todas las oportunidades razonables, perdía su derecho a permanecer. En ese punto, estarían, como lo expresan las Escrituras «maduros para la destrucción» (Helamán 13:14).

En un momento Oliver Cowdery se separó de la Iglesia. José estaba deseoso de que se arrepintiera y regresara. El profeta le solicitó a su secretario: «Me gustaría que le escribieras a Oliver Cowdery y le preguntaras si no lleva ya demasiado tiempo co­miendo algarrobas».8 La autojustificación y la procrastinación producen las algarrobas de la vida, mientras que el arrepenti­miento reporta un fruto apetecible.

La tristeza según dios

Aquellos en los que se produce un cambio de corazón mani­fiestan pesar; no una simple tristeza, sino el pesar según Dios. El pesar según el mundo y el pesar según Dios están separados por una enorme sima. Pablo hizo la siguiente distinción entre ambos: «Ahora me regocijo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento, porque habéis sido contristados según Dios (…) Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación» (2 Corintios 7:9-10). No todos los pesares son idénticos. Existe el pesar mun­dano, un reconocimiento intelectual del error cometido. Es el pesar del delincuente sorprendido en su delito. Es el pesar de la joven inmoral cuando descubre que está embarazada. Es el pesar del pecador al ver que sus malvados designios no se han hecho realidad. El profeta Mormón fue testigo de esta clase de triste­za. Era el general de los ejércitos nefitas. Debido a su maldad, muchos habían perecido en el campo de batalla. Su corazón se regocijó súbitamente cuando vio sus lamentos y su duelo ante el Señor. Pero las Escrituras añaden acto seguido: «Pero he aquí, fue en vano este gozo mío, porque su aflicción no era para arrepen­timiento, (…) sino que era más bien el pesar de los condenados, porque el Señor no siempre iba a permitirles que hallasen felici­dad en el pecado» (Mormón 2:13). En sentido contrario, Alma le rogó a su hijo: «deja que te preocupen tus pecados, con esa zozobra que te conducirá al arrepentimiento» (Alma 42:29).

El pesar según Dios tiene una calidad infinitamente trascen­dental. No hay necesidad de presiones externas. La transforma­ción se origina en el interior. Puede que se derramen las lágrimas. Habrá un dolor que desgarrará el alma; a veces será un sufri­miento casi insoportable. Puede que nos haga «[humillarnos] hasta el polvo» (Alma 42:30). Incluso los justos, de cuando en cuando, podrán exclamar: «¡Oh, miserable hombre que soy!» (2 Nefi 4:17). Los hijos de Mosíah conocían el proceso: «padecie­ron mucha angustia de alma (…), sufriendo mucho, y temiendo ser rechazados para siempre» (Mosíah 28:4). Alma admitió que su pasado de hombre pecador le «ocasionó angustioso arrepen­timiento» (Mosíah 23:9). Habrá reservas de compasión nuevas para los que todavía pueden haber sufrido; quizá haya una ver­güenza irresistible, y finalmente, y siempre, un deseo de someterse a lo que sea necesario —una disculpa, la confesión, las me­didas disciplinarias, o cualquier otra exigencia divina—, a fin de reconciliarse con Dios. Habrá una ausencia de excusas, de coar­tadas, de asignación de culpas a terceros. Habrá una aceptación completa de la responsabilidad por nuestras actitudes y acciones, así como una resolución inquebrantable de volver a restablecer los lazos con Dios. En resumidas cuentas, el arrepentimiento nos lleva a un momento de total integridad intelectual, emocional y espiritual, a poder decir que hemos hecho nuestro por completo el consejo de Polonio: «Sé fiel ti mismo».9

El Señor enseñó que, si no nos arrepentimos, tendremos que sufrir como él sufrió. Ello no quiere decir, empero, que no habrá ningún sufrimiento si nos arrepentimos. De hecho, el presiden­te Kimball enseñó que el sufrimiento propio «es una parte im­portantísima del arrepentimiento. Una persona no ha empezado a arrepentirse hasta que ha sufrido intensamente por sus peca­dos».10 A lo que el presidente Kimball agregó: «Si una persona no ha sufrido, no se ha arrepentido (…); tiene que pasar por un cambio en su ser que conlleve sufrimiento y entonces el perdón es una posibilidad».11 Este sufrimiento, por intenso que sea, es sustancialmente menor para el alma del penitente que para el que rehúsa arrepentirse. El Salvador «se queda» parte de la carga de los que se arrepienten de este modo. Este principio lo ilustra un relato que B. H. Roberts gustaba de compartir con los santos:

«Se dice de Lord Byron que, cuando era un muchacho en la escuela, un compañero suyo se granjeó el desagrado de un aco­sador cruel y despótico, quien le pegaba despiadadamente. Por casualidad, Byron estuvo presente, pero siendo consciente de la inutilidad de recurrir a una pelea con el acosador, intervino y le preguntó cuánto tiempo tenía pensado seguir pegando a su amigo. ‘¿Y a ti qué te importa?’ preguntó el brabucón. ‘Porque’ replicó el joven Byron con lágrimas en los ojos, ‘yo aguantaré el resto de la paliza, si le dejas marchar’».12

El Salvador aguanta «lo que queda de la paliza» por aquellos que someten sus voluntades a la suya. Isaías profetizó que Él se­ría «herido fue por nuestras transgresiones» y prometió entonces que «por sus heridas fuimos nosotros sanados» (Isaías 53:5; véase también 1 Pedro 2:24). Una sanación de esta naturaleza es el fruto de las raíces medicinales de Getsemaní.

El élder Vaughn J. Featherstone cuenta la historia de un jo­ven que se sentó con él para una entrevista misional. El élder Featherstone le preguntó al joven con respecto a sus transgresio­nes. Con altivez, el joven replicó: ‘No hay nada que no haya he­cho’. El élder Featherstone solicitó más información acerca de los pormenores: castidad, drogas, etcétera. Nuevamente, la respuesta fue: ‘Se lo acabo de decir: lo he hecho todo . El élder Featherstone preguntó: ‘¿Y qué le hace creer que va a poder ir a la misión?’. ‘Me he arrepentido’, fue la respuesta. ‘No he hecho nada de esto durante un año’. El élder Featherstone miró al joven que se sen­taba frente a él, al otro lado del escritorio: veinte años de edad, sarcástico, altanero, con una actitud muy alejada de lo que es el arrepentimiento sincero. ‘Querido amigo’, dijo, ‘Siento decír­selo, pero no va a ir a la misión. (…) No tendrían que haberle ordenado élder y en realidad deberían haberle juzgado para exco­mulgarle de la Iglesia. Sus actos constituyen una serie de trans­gresiones monumentales. Usted no se ha arrepentido; solamente se ha limitado a dejar de hacer ciertas cosas. Algún día, cuando haya ido a Getsemaní y haya regresado de allí, entenderá lo que es el arrepentimiento’». En ese momento, el joven rompió a llo­rar. Aquello se prolongó unos cinco minutos. No se pronunció palabra alguna, solo hubo silencio. Entonces, el joven salió del despacho del élder Featherstone.

Habían transcurrido cerca de seis meses cuando el élder Featherstone se encontraba discursando ante un grupo de ins­tituto en Arizona. Al término de la reunión, vio cómo ese mis­mo joven se dirigía hacia él desde el auditorio y las circunstan­cias de su entrevista meses atrás pasaron por su mente en rápida sucesión. El élder Featherstone se inclinó desde el estrado para estrechar la mano del joven. Cuando el joven miró hacia arriba, el élder Featherstone pudo ver que algo maravilloso le había suce­dido. Las lágrimas surcaron las mejillas del joven y un brillo casi sagrado emanaba de su rostro. «Ha estado allí, ¿verdad?», fue la pregunta del élder Featherstone. Pese a las lágrimas el joven res­pondió, «Sí, obispo Featherstone, he estado en Getsemaní y ya he regresado». «Lo sé», replicó el élder Featherstone. «Se percibe en su rostro. Ahora creo que el Señor le ha perdonado».13

El pesar según Dios implica unirse al Salvador en la tristeza de Getsemaní. Es un pesar que engendra un corazón y un espíritu nuevos.

Una renuncia absoluta

Pero el arrepentimiento exige más que pesar. El verdadero arrepentimiento implica un abandono absoluto. Dante habló de un alma que fingió el arrepentimiento, y cuyas promesas se veían desmentidas por los hechos. Creyendo que las promesas solemnes lo salvarían, alegó ser merecedor de una corona celestial. Justo antes de producirse la ascensión que él esperaba, no obstante, un «querubín negro» apareció en escena. La trágica figura de Dante, ahora en el infierno, recuerda el encuentro y las palabras condenatorias del intruso infernal:

«No te lo lleves, que me harás entuerto.
Bajar debe a mi centro maldecido,
(…) no hay perdón sin final arrepentimiento,
arrepentirse y reincidir no es dado:
contradicción no admite el argumento.
¡Pobre de mí!, cuál me sentí apenado,
cuando al asirme, dijo: «¡Ciertamente,
que tan lógico fuera no has pensado!».14

Incluso los siervos del inframundo sabían que no podía haber perdón sin renuncia.

El élder Matthew Cowley nos brinda la seguridad reconfor­tante de que es posible abandonar cualquier pecado: «No hay ninguna persona en la tierra que no sea superior a sus pecados, más grande que sus debilidades y sus faltas».15 Esa es la verdad. A menudo se repite la pregunta: «¿Durante cuánto tiempo he de renunciar?». «¿Cuánto tiempo ha de pasar antes de volver a ser miembro de la iglesia nuevamente o poder rebautizarme?». Y la respuesta es invariablemente la misma: cuando se produzca un potente cambio en el corazón y una mente nueva haga de la voluntad del Señor el centro de nuestra vida, a pesar de nuestros deseos fervientes; cuando poseamos una determinación a toda prueba para dejar atrás nuestros caminos pasados. Hay una vara de medir, pero es cuestión de actitud y no de tiempo.

Bjorn Borg, considerado uno de los mejores tenistas de su época, fue, según la revista Time, «imperturbable en la pista, competidor cortés que rara vez discutía las decisiones del juez de línea, hacía aspavientos, lanzaba las raquetas o golpeaba las pelotas, presa de la rabia. ‘Iceborg’ le llamaban». El artículo prosi­gue: «Controla sus emociones de tal manera que, si llega a fruncir el ceño en la pista, tanto sus fans como los demás jugadores se quedan boquiabiertos». Pero no siempre fue así. Time revela una faceta oscura del jugador antes de que se produjera un cambio extraordinario en él:

«Cuando contaba once años de edad, el joven Bjorn juraba como un carretero, arrojaba la raqueta, intimidaba a los jueces y renegaba en cada jugada dudosa. ‘Estaba loco, era un demente en la cancha. Era terrible. Entonces el club al que pertenecía me expulsó durante cinco meses y mi madre tomó mi raqueta y la guardó bajo llave en el armario. Cinco meses, tuvo mi raqueta guardada con llave. Después de aquello, jamás volví a abrir la boca en la pista de tenis. Desde que regresé al término de ese pe­riodo de expulsión, pasara lo que pasara, me he portado como es debido en la cancha’».16

Cuando tenemos la determinación de abstenernos de una con­ducta determinada, sin importar lo que suceda, el arrepentimien­to está en marcha. Hemos renunciado al pecado cuando hemos dominado el hábito en cualquier circunstancia que se ponga en nuestro camino. No se trata del paso del tiempo; lo esencial es un cambio de corazón.

Restitución

El arrepentimiento exigió una restitución completa en el espí­ritu de Zaqueo, quien dijo: «si en algo he defraudado a alguno, (…) se lo devolveré cuadruplicado» (Lucas 19:8; véase también Levítico 6:4). Cuando el élder Spencer W. Kimball recibió el llamamiento al apostolado, irradiaba este mismo espíritu. ¿Qué ocurre con la gente que puede haber ofendido? ¿Sentirían ran- cor hacia él? Visitó a todos y cada uno de los hombres con los que había mantenido relaciones empresariales para explicarle la situación. «‘Me han llamado a servir en puesto muy elevado en mi Iglesia. No puedo servir con una conciencia limpia a menos que mi vida haya sido honorable. (…) Si se ha cometido algu­na injusticia, quiero reparar el daño ocasionado y he traído mi chequera’. La mayoría se limitaron a estrecharle la mano y no quisieron saber nada más. Dos hombres, [sin embargo] opinaban que, para ser justos, tendrían que haber obtenido unos cientos de dólares más en ciertas ventas. El [élder Kimball] extendió los correspondientes cheques».17 La restitución puede adoptar diver­sas formas. Puede consistir en la devolución de sumas de dinero, una disculpa, oraciones ofrecidas a favor de la parte perjudicada, la compensación de años de servicios perdidos redoblando nues­tros esfuerzos, o corrigiendo las actitudes negativas con palabras y actos positivos. El espíritu de arrepentimiento demanda una restitución de todo lo que sea posible y esté en nuestra mano.

El pueblo de anti-nefi-lehi comprendía este principio. Antes de escuchar el Evangelio, en su estado oscurantista habían cometido numerosos asesinatos y transgresiones contra los nefitas. En un intento sincero de restitución, el penitente rey de los lamanitas le hizo un ofrecimiento a Ammón: «seremos [esclavos de los nefi­tas] hasta compensarlos por los muchos asesinatos y pecados que hemos cometido en contra de ellos» (Alma 27:8; véase también Helamán 5:17). Este rey humilde sabía que su pueblo no podía devolver a la vida a los nefitas que habían matado, pero ardía en su corazón un deseo de hacer todo lo posible para reparar los males cometidos. El rey y su pueblo servirían a los que habían agraviado y, de ser necesario, serían incluso sus esclavos. Este era el espíritu de la restitución. Este era el espíritu que ardía en los corazones de los hijos arrepentidos de Mosíah, quienes salieron por el país «esforzándose celosamente por reparar todos los daños que habían causado a la iglesia» (Mosíah 27:35).

La confesión

El arrepentimiento verdadero, sin embargo, es un capataz seve­ro; exige mucho más de lo antedicho. Moisés enseñó: «Y será que cuando peque en alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó» (Levítico 5:5; véase también Números 5:6-7; Nehemías 9:3). David prometió: «declararé mi iniquidad» (Salmos 38:18). Los que buscaban el bautismo de manos de Juan acudían a él «confesando sus pecados» (Mateo 3:6). Y el Señor le declaró al profeta José, «otra vez te mando que te arrepientas (…) y que confieses tus pecados» (DyC 19:20). Más tarde aconsejó: «Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará» (DyC 58:43). Samuel Taylor Coleridge, a través de las palabras del marino de la anti­güedad, transmite un conocimiento perfecto de las punzadas que causan los secretos sin divulgar:

En el acto, mi mente se estremeció con penosa agonía,
forzado así a comenzar mi relato;
y entonces me dejó libre.
Desde entonces, a una hora incierta, esa agonía regresa:
y hasta que finalice mi espantoso relato,
En mi pecho arderá este corazón.18

Afortunadamente para el que se arrepiente de corazón, y a di­ferencia de lo que ocurría en el caso del marino de la antigüedad, no es necesario que confiese sus pecados una y otra vez cuando se ha producido una confesión honrada al correspondiente líder del sacerdocio. Sin embargo, hasta que se lleve a cabo dicha con­fesión, cómo puede arder un corazón. El Señor ha dicho con cla­ridad meridiana que «El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona alcanzará misericordia.» (Proverbios 28:13). Cuando Alma le preguntó al Señor qué ha­cer con ciertos transgresores en la Iglesia, recibió la siguiente res­puesta: «si confiesa sus pecados ante ti y mí, y se arrepiente con sinceridad de corazón, a este has de perdonar, y yo lo perdonaré también» (Mosíah 26:29; véase también DyC 64:7). Pero si no confesaban, sus nombres eran «borrados» (Mosíah 26:36); es de­cir, se los excomulgaba.

¿Cuándo hay que confesarse? Cuando el pecado es de tal mag­nitud que puede dar lugar a un proceso disciplinario o perma­nece en nuestras mentes y nos priva de la paz. David entendía este segundo supuesto, tal y como se puso de manifiesto cuando admitió «mi pecado está siempre delante de mí» (Salmos 51:3). Si no confesamos en estos casos, nuestros horizontes espirituales quedan limitados. Es como estar rodeado de un muro circular e impenetrable. En tales circunstancias, tenemos cierta libertad de movimientos, pero estamos atrapados. Buscaremos en vano un resquicio por el que introducirnos a duras penas, una abertura por la que salir, un punto que podamos sortear. Pero no exis­ten puntos que rodear, ni puertas ocultas, ni pasadizos secretos. Los años de servicio acumulado no eximen de una confesión; los años de abstinencia no borran su necesidad; una lucha en solita­rio ante el Señor no la sustituye. A la larga y de alguna manera, tendremos que ponernos frente a la pared, cara a cara, y trepar por ella. Eso es confesar. Cuando lo hacemos, nuestros horizon­tes espirituales se ensanchan.

Oscar Wilde tenía presente esta verdad cuando narró la histo­ria de Dorian Gray. Un día, Dorian vendió su alma a cambio de la promesa de la juventud eterna. Wilde describe el descenso a plomo de Dorian, desde su inocencia de juventud hasta conver­tirse en un asesino despiadado. Finalmente, no queda nada de él salvo el semblante sórdido de un pobre desgraciado. Incluso en este estado de patente desazón moral, en la conciencia de Dorian titiló una postrera lumbre de esperanza: «Con todo, era su de­ber confesar, sufrir el escarnio público, y expiar ante la sociedad. Había un Dios que solicitaba de los hombres que contaran sus pecados tanto a la tierra como al cielo. Nada podría purificarle hasta que hubiera contado su propio pecado».19

Y de la misma manera, cuando sea necesario, no hay nada que nos aporte la limpieza deseada como deseamos, a menos que haya una confesión sincera a los que el Señor ha designado para ello en la tierra.

¿Con qué espíritu hacemos una confesión como esta? El Señor nos da la clave: «porque yo, el Señor, perdono los pecados y soy misericordioso con aquellos que los confiesan con corazones hu­mildes» (DyC 61:2). Ese es el espíritu. No hay espacio para el fingimiento ni el engaño, ni para maquillar los hechos, ni para divulgar el 99 por ciento a la vez que se escamotea el uno por ciento restante. Es una revelación de toda la verdad y nada más que la verdad. El padre de Lamoni dio muestras de tener el es­píritu adecuado: «abandonaré todos mis pecados para conocerte» (Alma 22:18; énfasis añadido). La confesión y el arrepentimiento comportan el acto de desnudar el alma por completo, un some­timiento incondicional del yo. Fluye de manera voluntaria; no es el resultado de la presión ejercida por las circunstancias externas. Una de las almas condenadas de Dante descubrió por las malas que la confesión en el lecho de muerte nunca invocaría el proceso de purificación:

Cuando hube entrado en los maduros años que
a vela aferrar y atar el cable,
hacen al hombre, tristes desengaños,
lo que antes me agradó, fue detestable;
y contrito y confeso, mi deseo
de remisión llenara ¡miserable!20

La resistencia a la confesión se da incluso entre los santos bue­nos. Pueden sentir vergüenza o bochorno. Quizá crean que la imagen que sus líderes del sacerdocio tienen de ellos se desmoro­nará cuando se destape el pecado. Hay que recordar que los obis­pos y demás líderes del sacerdocio son amigos que están desean­do desesperadamente ayudarnos y aligerar nuestras cargas. Son humanos que han cometido errores, pero quieren mejorar. Cada uno es el padre de su grey. Con total sinceridad puedo afirmar que, en calidad de líder del sacerdocio, jamás cambió mi concep­to de un hombre o de una mujer que acudieron, voluntaria y hu­mildemente, a confesarse. Al contrario, me regocijé al constatar que procuraban poner sus vidas en orden. En cada caso, creo que los lazos de hermandad se hicieron más fuertes, no se debilitaron.

Cuando Mahatma Gandhi era un muchacho de quince años de edad le robó algo a su hermano. Este llevaba una pepita de oro macizo en el brazo. A Gandhi le resultó fácil separar un fragmen­to para quedárselo. Según él mismo, sintió tales remordimientos que tomó la firme decisión de nunca volver a robar. Tras saldar la deuda con su hermano, Gandhi cuenta que se decidió por con­fesárselo también a su padre, pero tenía miedo de hacerlo, no porque su padre fuera a golpearlo, sino por el dolor que la noti­cia podía ocasionarle. Finalmente, dijo: «Sentí que era un riesgo que había que correr; que no habría purificación sin una franca confesión». Gandhi decidió confesarse por escrito. Y así lo hizo, confesando su culpa, prometiendo que jamás volvería a robar y pidiendo un castigo apropiado. Concluyó la nota solicitándole a su padre que no se mortificara por lo que él —Gandhi— había hecho. Por aquel entonces, el padre de Gandhi se encontraba enfermo y postrado en una cama que consistía únicamente en una tabla de madera. Gandhi, temblando, le entregó la confesión a su padre, y a continuación se sentó frente a él esperando una respuesta angustiado. Reproducimos a continuación su propia descripción del encuentro:

«La leyó de principio a fin, y las lágrimas le surcaban las meji­llas como perlas, humedeciendo el papel al caer. Por un momen­to cerró los ojos, inmerso en sus pensamientos; entonces rompió el papel. (…) Podía ver la agonía que sentía mi padre. Si fuera pintor, podría dibujar hoy mismo un cuadro de la escena com­pleta. Tan vivamente grabada la tengo en la mente.

«Aquellas lágrimas de perla purificaron mi corazón y limpiaron mi pecado. Solamente el que ha sentido un amor como este sabe lo que es; (. . .) transforma todo lo que toca. Este poder no tiene límites.

»Esta clase de perdón sublime no era natural para mi padre. Yo había pensado que se enojaría, me dedicaría palabras duras y se golpearía la frente. Sin embargo, se comportó con tal maravillosa serenidad… Y creo que esto se debe a la franqueza de mi con­fesión. Lina confesión sincera, combinada con una promesa de nunca volver a cometer el pecado nuevamente, cuando se ofrece al que tiene el derecho de recibirla, es el arrepentimiento más puro que existe. Sé que mi confesión hizo que mi padre sintiera una total seguridad con respecto a mí, y aumentó su afecto por mí».21

Qué observación más bella. La confesión sincera incrementa, no disminuye, el afecto de un líder del sacerdocio por el alma arrepentida.

El élder Marión G. Romney dijo: «Mis hermanos y hermanas, hay entre nosotros muchos cuya angustia y cuyo sufrimiento se prolongan innecesariamente porque no completan su arrepenti­miento con la confesión de sus pecados».22 Naamán el leproso acudió al profeta Eliseo queriendo ser sanado. Elíseo le dijo a Naamán que fuera a lavarse siete veces al río Jordán. Cabe pre­guntarse qué habría sucedido si Naamán el Sirio se hubiera su­mergido tres veces en las aguas de río Jordán para abandonar después la causa. ¿Se habría limpiado su cuerpo en la misma pro­porción, tres de siete? O, ¿qué habría sucedido si lo hubiera he­cho seis veces y abandonado al sexto intento? ¿Le habría faltado una séptima parte de la ansiada sanación? Sabemos la respuesta. La limpieza se produjo después de la séptima zambullida, una vez se materializó la sumisión total a la palabra de Dios. Y entonces se produjo una purificación extraordinaria. Según las Escrituras: «su carne se volvió como la carne de un niño» (2 Reyes 5:14). Y otro tanto sucede con el pecador, el leproso espiritual. Debe existir una total sumisión a la voluntad del Señor, un corazón quebran­tado y un espíritu contrito, incluida la confesión —si fuera ne­cesaria—, a fin de completar la séptima inmersión, y entonces el espíritu queda limpio «como el espíritu de un niño». ¿Por qué exige el Señor la confesión? Es tan sumamente difícil… Quizá se deba a que no hay ningún acto que nos humille de esta for­ma, hasta las profundidades mismas de la humildad. Hablando al respecto del proceso de arrepentimiento, Alma declaró: «permite que esto te humille hasta el polvo» (Alma 42:30). Pero, oh, la promesa a los que lo hacen: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Por otra parte, el Señor ha advertido: «El que encubre sus pecados no prosperará» (Proverbios 28:13). Lo que un hombre es en realidad siempre saldrá a la superficie. Cualquier disfraz, cualquier farsa, cualquier subterfugio, puede durar días, semanas, meses, o quizá años, pero a la larga la natu­raleza real de un hombre se manifestará en sus palabras, la reve­larán sus acciones y se reflejará en su semblante. Es mucho mejor divulgar voluntariamente la verdadera naturaleza de uno antes de que la descubran involuntariamente. La confesión es un medio de cerrar la brecha.

Un poder purificador

Los frutos del arrepentimiento nos limpian. Isaías declaró: «aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve se­rán emblanquecidos» (Isaías 1:18). En el Israel antiguo, el Día de la Expiación simbolizaba las consecuencias del verdadero día de la Expiación. En las Escrituras leemos: «porque en este día se hará expiación por vosotros para limpiaros; y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová» (Levítico 16:30; véase también Levítico 23:27-28). Esto era posible únicamente por el día de redención futuro del Salvador. Mediante esa Expiación, el Señor ha prometido que los «vestidos [de los justos serán] hechos blancos mediante la sangre del Cordero» (Eter 13:10; véase tam­bién Alma 13:11).23

David le imploró al Señor: «Lávame por completo de mi mal­dad y límpiame de mi pecado». Entonces describió el milagro: «Purifícame (…) y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve» (Salmos 51:2, 7). No existe un penitente de color crema o con lunares. De las aguas del bautismo no emerge ninguna mar­ca negra; ninguna mancha sobrevive a los rigores del arrepenti­miento. El alma penitente se vuelve blanca como la nieve. Para un santo así, será como si el acto pecaminoso nunca se hubiera cometido.24 Ese es el milagro del arrepentimiento. Como dijera el élder Matthew Cowley: «Creo que cuando nos arrepentimos se produce algún borrado allí arriba para que cuando lleguemos allí seamos juzgados tal y como somos, por lo que somos y quizá no por lo que fuimos una vez». Y añadió: «Eso lo que me gusta de todo esto: el borrado».25 Pero para los impenitentes no habrá tal borrado. El Señor advirtió: «he aquí, mi sangre no los limpiará si no me escuchan» (DyC 29:17).

El Señor ama a sus hijos y anhela perdonar a todos y cada uno de ellos. Si tan solo se arrepienten, «[él] será amplio en perdonar» (Isaías 55:7). Pedro explicó que el Señor «no [quiere] que ningu­no perezca, sino que todos lleguen al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). Incluso Acab, el monarca réprobo de Israel, tuvo un ins­tante transitorio de arrepentimiento que recibió su galardón por parte del Señor: «Pues por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus días» (1 Reyes 21:29). Es como si el Señor quisiera bendecirnos por cada intento —por insignificante y tí­mido que parezca—, de poner nuestras vidas en sus manos. A los que se arrepienten de todo corazón, el Señor ha prometido «He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más» (DyC 58:42). Ezequiel nos tran­quilizó a propósito de la misma verdad extraordinaria: «No se le recordará ninguno de sus pecados que había cometido» (Ezequiel 33:16; véase también Ezequiel 18:22). Es un pensamiento glo­rioso: el Señor nos juzgará por aquello en lo que nos hayamos convertido, no por lo que fuimos. Si nos arrepentimos, él juzgará al hombre nuevo; no al antiguo. Este fue el ruego de David: «De los pecados de mi juventud y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad, oh Jehová» (Salmos 25:7).

El perdón del Señor es total e incondicional, una vez nos he­mos arrepentido. Samuel el lamanita les dijo a los nefitas que el Salvador, en virtud de su Expiación, posibilitó «la condición del arrepentimiento» (Helamán 14:18). El Señor le transmitió al profeta José su parecer acerca de este principio divino: «Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo» (DyC 19:16-17). El élder Neal A. Maxwell lo resumió a la perfección: «¡Acabaremos teniendo que elegir entre la forma de vivir del Señor o su forma de sufrir!».26 Cuando optamos por su forma de vivir, vencemos la muerte espiritual, gracias a los milagrosos poderes purificadores de la Expiación.

La bendición de la paz mental →


Notas

  1. Conference Report, octubre de 1953, 35.
  2. McKay, Gospel Ideáis,
  3. Lee, Stand Ye in Holy Places,
  4. Kimball, El milagro del perdón, 212-13.
  5. Frost, «The Road Not Taken», 105.
  6. In McKay, Gospel Ideáis,
  7. Donne, «Holy Sonnets VII», 249.
  8. Smith, Doctrinas de salvación, 1:227.
  9. Shakespeare, Hamlet, Acto I, escena III, 78.
  10. Kimball, Teachings of President SpencerW. Kimball,
  11. , 99.
  12. Roberts, Gospel and M an’s Relationship to Deity,
  13. Featherstone, Generation of Excellence, 156-59.
  14. , Divina comedia, 159.
  15. Smith, Matthew Cowley,
  16. Phillips, «The Tennis Machine», 56-57.
  17. Kimball and Kimball, Spencer W. Kimball,
  18. Coleridge, «The Rime of the Ancient Mariner», en Williams, Immortal Poems, 287; énfasis añadido.
  19. Wilde, Picture of Dorian Gray, 176; énfasis añadido.
  20. Dante, Divina comedia,
  21. Gandhi, Autobiography, 23-24; énfasis añadido.
  22. Conference Report, octubre de 1955, 124.
  23. El poeta John Donne se refirió elocuentemente a la sangre expiatoria de Cristo y su poder asombroso para transformar al pecador en santo:

La gracia, si te arrepientes, no faltará; pero ¿quién te concederá esagracia de partida?
Oh, tórnate negra en luto santo, y enrojecidas tus mejillas, por tu pecado; o limpíate en la sangre de Cristo, que esta virtud tiene; siendo como la grana, tiñe las almas de blanco.
(Donne, «Holy Sonnets IV», 248)

  1. Incluso cuando nos arrepentimos, sin embargo, puede que suframos toda­vía a causa de las consecuencias del pecado que hayamos cometido: opor­tunidades perdidas, relaciones rotas, etcétera.
  2. Smith, Matthew Cowley,
  3. Maxwell, «Overeóme . . . Even As I Also Overcame», 72.
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