La fe: La fe precede al milagro

La fe
La fe precede al milagro

por Spencer W. Kimball
La fe precede al milagro


En la Iglesia de Jesucristo encontramos miles de santos fieles que han consagrado sus vidas y esfuerzos al servicio del Señor, motivados por la seguridad de agradarlo a Él en esa forma.

Por otro lado, es lamentable descubrir que existen muchos otros miembros que no están dispuestos a confiar en el Señor —ni a confiar en su promesa que dice: “Probadme en esto y veréis.” A menudo me pregunto por qué es que el hombre no quiere poner su confianza en el Creador, a pesar de que Él ha prometido toda bendición a cada uno de sus hijos de acuerdo con su fidelidad. Sin embargo, el inconstante hombre pone su confianza en el’ ‘brazo de la carne” y prescinde de la ayuda de Aquel que tanto podría hacer por él.

El Señor nos ha pedido que le pongamos a prueba:

Probadme… si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. (Malaquías3:10.)

El profeta Moroni, en el Libro de Mormón, inesperadamente suspendió su relación para agregar sus propios comentarios sobre el tema de la fe:

Quisiera mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe. (Éter 12:6.)

Nuestro padre Adán tenía un entendimiento claro de este principio primordial:

Un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó. (Moisés 5:6.)

Adán mostró tener una fe inquebrantable en el Señor, y ya que es un hecho que el testimonio y el milagro vienen después y no antes de la fe, el ángel procuró iluminarlo con mayor conocimiento, diciéndole:

Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre. . . . (Moisés 5:7)

Es cuando plantamos con fe la semilla, que pronto vemos el milagro de su florecimiento. Pero el hombre muchas veces no ha entendido esto y ha alterado el orden del proceso. El desearía tener la siega antes de la siembra, la recompensa antes del servicio, el milagro antes de la fe. Ni siquiera los más exigentes sindicatos de obreros se atreverían a pedir el salario sin antes realizar el trabajo indispensable. No obstante, a muchos de nosotros si nos gustaría gozar de toda fuerza y vigor sin observar las leyes de la salud; de una prosperidad procedente de las abiertas ventanas de los cielos sin cumplir con el pago de los diezmos. Quisiéramos gozar de una estrecha comunión con nuestro Padre sin siquiera observar el ayuno y la oración; o tener lluvia en la estación debida y paz sobre la tierra sin preocuparnos de guardar el Día de Reposo ni obedecer los otros mandamientos que Él nos ha dado. Quisiéramos cortar la rosa antes de plantar sus raíces; o recoger el grano antes de sembrarlo y cultivarlo.

Oh, si tan sólo pudiéramos comprender lo que explica el profeta Moroni:

Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos . . .

Y en ningún tiempo ha obrado alguien milagros sino hasta después de su fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios. (Éter 12:12, 18.)

El apóstol Juan declaró:

Pero a pesar de que [Jesús] había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él. (Juan 12:37.)

El Señor ha puesto en claro que la fe no se desarrolla por medio de los milagros.

Pero he aquí, la fe no viene por las señales, más las señales siguen a los que creen. (DyC 63:9.)

A los escribas y fariseos, que eran aquellos que exigían señales sin antes haber ejercido la fe y realizado las obras necesarias, el Señor dijo:

La generación mala y adúltera demanda señal. . . (Mateo 12:39.)

Aun en nuestros tiempos modernos encontramos elocuente evidencia en cuanto a esto. Sidney Rigdon no pudo retener sus derechos como miembro del reino, aun cuando, junto con el profeta José Smith, había presenciado señales maravillosas. ¿Es que no había él participado en aquella gran visión* y recibido muchas revelaciones? Y aun así, después de recibir todas estas manifestaciones de nuestro Padre Celestial, no permaneció dentro del reino.

Oliverio Cowdery también vio muchas señales. El palpó las sagradas planchas; vio personalmente a Juan el Bautista; recibió el sacerdocio mayor de manos de los apóstoles Pedro, Santiago y Juan; y aun fue bendecido con muchos otros milagros, pero estas cosas no lo mantuvieron firme en la fe.

La acumulación de evidencia en forma de señales, obras y milagros no logró conmover los endurecidos corazones de las ciudades galileas:

Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo:

¡Ay de ti, Corazón! ¡Ay de ti, Betsaida! . . .

Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades

[infierno] serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. (Mateo 11:20-21,23.)

El apóstol Pablo, dirigiéndose a los hebreos, dijo:

Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase . . . (Hebreos 11:7.)

En vista de que no había señales ni de lluvia ni de diluvio, la gente empezó a burlarse del profeta Noé y a llamarlo loco. Su predicación fue infructuosa, pues los hombres de aquella época se hicieron de oídos sordos y consideraron sus amonestaciones como locuras.

Ningún antecedente existía de lo que él anunciaba; nunca antes se había oído decir que un diluvio pudiera inundar la tierra. Qué absurdo parecía construir un arca en tierra seca, cuando el sol brillaba en todo su esplendor y la vida transcurría normalmente. Pero el tiempo de gracia se acabó y se terminó la construcción del arca. Entonces vino el diluvio y los rebeldes y desobedientes se ahogaron. El milagro del arca tuvo lugar después de la fe manifestada al construirla.

Nuevamente, Pablo nos dice:

Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido.

Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar. (Hebreos 11:11-12.)

Tan absurdo parecía que una anciana pudiera concebir hijos a tan avanzada edad, que la misma Sara, esposa de Abraham, dudó al principio. Más la fe de la noble pareja prevaleció y nació el hijo del milagro para engendrar numerosas naciones.

Extraordinaria fue la fe que Abraham mostró cuando se le presentó la suprema prueba de ofrecer a su joven “hijo de promesa” para ser sacrificado en el altar de holocaustos. Era un mandato de Dios, ¡pero parecía tan contradictorio! ¿Cómo podía su hijo, Isaac, ser el padre de una incontable posteridad cuando se le iba a dar fin a su vida mortal a tan temprana edad? ¿Por qué debía él, Abraham, ser llamado a llevar a cabo tan repugnante acto? ¡Era algo irreconciliable, imposible! No obstante, Abraham creía en Dios, y una fe resuelta lo llevó, con el corazón partido de dolor, hacia el Monte Morían, con su joven hijo que lejos estaba de imaginarse la terrible agonía por la que su padre debió haber estado pasando. El padre y el hijo, llevando consigo el fuego y la leña, subieron hasta el monte donde tendría lugar el holocausto.

“He aquí el fuego y la leña,” dijo Isaac a su padre; “mas, ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Qué corazón más acongojado, y qué voz más triste y afligida debe haber sido la que respondió: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío …” (Génesis 22: 7-8.)

Ya el sitio localizado, el altar construido, el fuego encendido, y el joven muchacho, enterado para entonces del plan —más lleno de confianza y de fe— listo para ser inmolado, alzó el padre su brazo con el cuchillo en la mano. En ese momento, se escuchó una imperativa voz:

No extiendas tu mano sobre el muchacho . . . porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. (Génesis 22:12.)

Y en tanto que el casi perfecto profeta encontró un carnero trabado en un zarzal y lo inmoló en lugar de Isaac, escuchó la voz de Dios, que le decía:

En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz. (Génesis 22:18.)

Este grande y noble Abraham:

Creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes . . .

Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara.

Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios,

plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. (Romanos 4:18-21.)

Nuestro padre Abraham y nuestra madre Sara sabían — sabían que la promesa se cumpliría. ¿Cómo? No lo sabían ni tampoco reclamaban saberlo. Definitivamente Isaac viviría para ser el padre de una numerosa posteridad. Ellos sabían que así sería, aun cuando para ello tuviera que morir. Creían que su hijo todavía podía ser levantado de entre los muertos para que así se cumpliese la promesa, y aquí la fe precedió al milagro.

Hablando a los hebreos, Pablo también dijo:

Por la fe (los hijos de Israel) pasaron el Mar Rojo como por tierra seca . . . (Hebreos 11:29.)

Tanto los israelitas como Faraón y sus ejércitos se habían dado cuenta de la realidad, tal como se expresa en la escritura, “Encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado.” (Éxodo 14:3.)

Y cuando el poderoso ejército de Faraón se acercaba con toda la caballería y los carros de Egipto, la multitud en fuga se vio acorralada por los pantanos, los desiertos y el mar. Ya no existía recurso humano que los pudiera salvar de la ira de sus perseguidores, por lo que en su terror acusaron a Moisés de la siguiente manera:

¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? . . .

Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto. (Éxodo 14:11-12.)

¡Toda esperanza de liberación estaba perdida! ¿Qué podía salvarlos ahora? Los ufanos ejércitos egipcios daban por atrapados a los hijos de Israel, y éstos se sentían perdidos. Más Moisés, su inspirado caudillo, sabía, con toda la fe de su alma, que Dios nunca los habría llamado a realizar tal éxodo simplemente para exterminarlos al final de todo. El profeta estaba seguro de que el Todopoderoso les proveería una salida. En aquel momento él no se imaginaba cómo, pero confiaba en que así sería.

Entonces Moisés mandó a su pueblo:

No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis.

Jehová peleará por vosotros . . . (Éxodo 14:13-14.) Pero los poderosos combatientes avanzaban prestamente. Para ese entonces los atemorizados e incrédulos israelitas debieron haber abandonado toda esperanza de escape. Sólo podían ver desolación, desierto, mar —¡el infranqueable mar! No contaban ni con botes, ni balsas, ni puentes, ¡ni con tiempo para construirlas! Sus corazones deben haberse sentido presos de desesperación, miedo y angustia.

Y en ese momento ocurrió el milagro, nacido de la inefable fe de su indómito dirigente. Fue una nube la que los escondió de sus enemigos. Un fuerte vendaval del oriente sopló toda la noche; las aguas se dividieron; el lecho del mar se secó, e Israel atravesó el mar y pasó entonces a un mundo diferente, viendo cómo el bravo mar envolvió y destruyó a sus acechadores. Los hijos de Israel estaban ya a salvo. Se vio recompensada la fe, y Moisés justificado. La casi sobrehumana fe del caudillo había dado nacimiento a un inexplicable e increíble milagro que habría de convertirse, por siglos, en el tema principal de muchos sermones y amonestaciones de Israel y sus profetas.

El pueblo de Israel se preparó más tarde para entrar en la Tierra Prometida, cuya belleza y fertilidad deben haberse apreciado desde los montes más elevados. ¿Y cómo habrían de llegar hasta allá?, si no había puentes ni tenían barcas para atravesar el caudaloso río Jordán. Pero Josué, un noble profeta, fue inspirado por el Señor para dirigir una nueva gran obra, y como resultado de su gran fe, tuvo lugar otro impresionante milagro.

Cuando … los pies de los sacerdotes que llevaban el arca fueron mojados a la orilla del agua. . . .

las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un montón … y las que descendían … se acabaron, y fueron divididas . . .

. . . hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán; y todo Israel pasó en seco. (Josué 3:15-17.)

… las plantas de los pies de los sacerdotes estuvieron en lugar seco, las aguas del Jordán se volvieron a su lugar, corriendo como antes sobre todos sus bordes. (Josué 4:18.)

Los elementos de la naturaleza pueden ser controlados por el ejercicio de la fe. El viento, las nubes, y aun los mismos cielos obedecen la voz de la fe. Fue por causa de la fe de Elias (tisbita) que aquella sequía que había devastado al pueblo de Israel por tres largos años por fin cesó al mostrar ellos su arrepentimiento.

Tanto habían hecho para provocar al Señor, que la escritura registra:

Haciendo así Acab más que todos los reyes de Israel que reinaron antes que él, para provocar la ira de Jehová Dios de Israel. (1 Reyes 16:33.)

Por tanto, el profeta Elias proclamó:

… no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra. (1 Reyes 17:1.)

Los arroyos se secaron; los ríos dejaron de correr; los forrajes escasearon, el hambre sobrevino en toda esa tierra; y un rey y su pueblo imploraban misericordia —un pueblo que se había perdido en la adoración del dios Baal. Entonces tuvo lugar en el Monte Carmelo la contienda de poderes. En respuesta a la orden de Elias, descendió fuego desde los cielos y se consumió aquel holocausto, causando así la admiración de todos los adoradores de Baal y haciéndolos una vez más postrarse arrepentidos.

El milagro siguió a la fe nuevamente, y no obstante los cielos estaban todavía despejados y no había señales de lluvia en aquella sedienta tierra, el profeta advirtió al rey Acab:

Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje. (1 Reyes 18:44.)

Con el rostro entre sus rodillas, postrado sobre el Monte Carmelo, Elias envió a su criado siete veces a subir y mirar hacia el mar. Las primeras seis veces que subió, vio los cielos despejados y el mar calmado, pero a la séptima vez anunció: “Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar . . .” (1 Reyes 18:44.)

Y aconteció que los cielos se oscurecieron y se nublaron, y el viento empujó las nubes hacia Palestina, y “hubo una gran lluvia”, Y aquella tierra seca y árida fue empapada totalmente. Una vez más el milagro de la fe fue testimonio de la validez de las promesas del Señor.

También fue la suprema fe de los tres hebreos la que los libró del ardiente horno de fuego de su rey, Nabucodonosor. Vino entonces el rey, y preguntó:

¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey.

Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses. . . .

Y se juntaron . . . para mirar a estos varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían. (Daniel 3:24-25, 27.)

Ahora bien, si vamos a descontar todos estos milagros del Antiguo Testamento, ¿cómo es posible, entonces, que aceptemos el Nuevo Testamento? La misma dificultad encontraríamos en aceptar a Pablo y a los otros apóstoles, y aun al Señor Jesucristo mismo, pues ellos también han confirmado y documentado todos esos milagrosos acontecimientos.

¿Cómo podemos hacer que estos relatos de fe se hagan hoy una realidad en nuestras propias vidas? Hoy más que nunca necesitamos ejercer ese tipo de fe. Es poco lo que podemos ver en el presente, y no sabemos qué nos depara el mañana. Los accidentes, las enfermedades, y aun la muerte misma parecen acosarnos continuamente. Nunca sabemos cuándo pueda so-brevenirnos uno de éstos.

Se requiere fe —una fe ciega— para empezar desde joven a enfrentar la responsabilidad de criar a una familia cuando hay tanta incertidumbre financiera. Requiere fe el que una joven madre prefiera dedicarse a criar a su familia, en lugar de aceptar una oferta de empleo, especialmente en los casos en que el joven esposo todavía no termina su carrera. Se requiere una verdadera fe para observar el Día de Reposo cuando existen una y mil oportunidades para trabajar y ganar dinero, o para hacer buenos negocios en este día. Asimismo, se requiere mucha fe para pagar diezmos cuando los ingresos son escasos y las demandas mayores. Se requiere fe para ayunar, hacer las oraciones familiares y observar la Palabra de Sabiduría. El mismo tipo de fe se necesita para hacer las visitas de orientación familiar, el trabajo misional y cualquier otro servicio para el cual hay que sacrificarse. De igual manera, es por causa de la fe que se sirven misiones regulares para el Señor. Pero sabed que todos estos actos son los que constituyen la siembra, mientras que las familias devotas y fieles, la seguridad espiritual, la paz y la vida eterna son el fruto de la siega.

Recordad también que Abraham, Moisés, Elías, y muchos otros, no tuvieron desde el principio una visión clara de lo que habría de suceder al final. Ellos también tuvieron que andar por la fe y no la vista.

Recordad nuevamente que no había ninguna puerta abierta; ni Labán estaba ebrio; ni se justificó esperanza humana alguna en el momento en que Nefi ejerció su fe y se puso en camino para ir a rescatar las planchas de bronce de Labán.

Recordad que el cielo estaba totalmente despejado y que no contaba con ningún higrómetro* el profeta Elías cuando le prometió al pueblo un paro inmediato de la sequía que los había aquejado por tanto tiempo.

Aun cuando Josué probablemente haya presenciado el milagro del Mar Rojo, por ningún medio mortal pudo percibir que también el caudaloso Jordán fuera a detenerse y secarse precisamente en el momento y por el tiempo exacto que Israel necesitaba para atravesarlo, y que luego regresara a su cauce hacia el Mar Muerto.

Recordad, pues, que no había nubes en el cielo, ni evidencia de lluvia, ni precedente de un diluvio, cuando Noé construyó el arca tal y como se le había mandado. No había ningún carnero en el zarzal cuando Isaac y su padre se fueron al Monte Morían para el sacrificio. Y no olvidéis tampoco que no existían ni pueblos ni ciudades, ni granjas ni huertas, ni hogares estables ni almacenes, ni desierto floreciente en Utah, cuando los perseguidos pioneros atravesaron las montañas.

Tened presente que no había ningún ser celestial en Palmyra, ni en el río Susquehanna, ni en el cerro Cumora, cuando el alma sedienta de José Smith lo llevó silenciosamente al bosque, y lo hizo arrodillarse a la orilla del río y subir por las faldas de la sagrada colina.

Sabed, pues, que así como la fe tenaz ha sido capaz de cerrar las bocas de los leones, apagar las llamas ardientes, abrir calzadas de tierra seca entre los ríos y mares, proteger contra los diluvios y sequías, y producir manifestaciones celestiales en respuesta a las súplicas de los profetas, de la misma manera puede obrar hoy la fe en nuestras vidas, para sanar a los enfermos, traer consuelo a los que lloran, fortalecer la determinación de resistir las tentaciones, librarnos de la esclavitud de los malos hábitos, fortalecernos en nuestro cometido de arrepentimos y de cambiar nuestras vidas, y llevarnos a un conocimiento seguro de la divinidad de Jesucristo. Una fe osada puede ayudarnos a vivir los mandamientos con sinceridad de corazón y, por ende, traernos bendiciones innumerables, aun la paz, perfección y la exaltación en el reino de Dios.

Esta entrada fue publicada en Comunión con Dios, Fe, José Smith, La fe precede al milagro, Oración y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s