Razones para mantenerse puros

Razones para mantenerse puros

Por el Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Las bendiciones de la obediencia son hermosas, mientras que la desobediencia es un tullimiento espiritual. El poder de escoger es de ustedes.

El amor verdadero es el atributo principal del primer y del segundo gran mandamiento. El malinterpretar la verdadera naturaleza del amor equivale a malinterpretar la vida. El faltar a la castidad en el nombre del amor es destruir algo hermoso.

Intentaré abordar de forma algo distinta el conjunto básico de normas asociadas con la castidad antes del matrimonio y con la fidelidad después del mismo, todas las cuales son parte del severo pero dulce séptimo mandamiento, quizás el menos favorito de los Diez Mandamientos.

Un tema que no se suele mencionar en la actualidad, el séptimo mandamiento es una de las leyes de Dios menos obedecida pero más necesaria, pues con tal de que la gente dé la apariencia de un proceder admirable en los demás aspectos, al mundo le importa muy poco la observancia de este mandamiento. Una vez que abandonan sus principios, muchos se conforman con ser “prácticos”. ¡Pero la inmoralidad no es nada práctica!

Como discípulos, no podemos ceder de esta forma. Se nos han dado los mandamientos sobre la castidad antes del matrimonio, la fidelidad después del mismo y el evitar la homosexualidad. Se nos ha instruido en cuanto a los peligros de la falta de castidad mental (véase Mateo 5:28). Las tendencias de una época determinada no pueden alterar las leyes eternas de Dios, ni nosotros podemos darnos por vencidos.

La eternidad comienza ahora

Por mucho tiempo he creído que en el fondo de las doctrinas más difíciles de observar, muy en el fondo, residen algunas de las verdades más grandiosas y algunos de los principios más preciados. Mas éstas no se descubren de forma casual o irreverente. En realidad, la obediencia proporciona tanto bendiciones como conocimiento adicional, tal como prometió Pedro; la obediencia a los principios correctos acelera la adquisición de este conocimiento (véase 2 Pedro 1:8). Así sucede con el séptimo mandamiento.

Por ejemplo, Alma dice que debemos refrenar nuestras pasiones para que podamos “[estar llenos] de amor” (Alma 38:12).

Si tales pasiones fueran en realidad amor verdadero, no habría necesidad alguna de reemplazarlas con amor. El Señor, en una revelación dada en 1839 al profeta José Smith, enlazó la “caridad para con todos los hombres” con el dejar que la virtud engalane nuestros pensamientos incesantemente (D. y C. 121:45).

En la parábola del sembrador, Jesús se refiere a aquellos que podrían cambiar para bien pero no lo hacen porque las codicias de otras cosas terminan por “[ahogar] la palabra” (Marcos 4:19). Este ahogamiento ocurre como consecuencia del centrar la atención en las cosas carnales, lo que limita profundamente las cosas del alma.

Al meditar en el séptimo mandamiento, logramos ver que también tratamos con consideraciones de carácter espiritual o eterno. Leemos en Proverbios: “Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento;

Corrompe su alma el que tal hace” (Proverbios 6:32; cursiva agregada). Hay algunas consecuencias de la inmoralidad que somos incapaces de sopesar plenamente, pero son muy reales, aunque no se las vea. Pablo escribió sobre las cosas que no se ven y que son eternas (véase 2 Corintios 4:18).

Francamente, hermanos y hermanas, debiéramos estar preparándonos ahora para vivir en un mundo mejor. Esta vida es tan crítica, pero a la vez tan breve; y si estamos demasiado prestos a adaptarnos a los modos de este mundo fugaz e imperfecto, ese mismo ajuste desajustará nuestra vida futura, ¡una vida que será eterna! Sobra decir que los que quebrantan este mandamiento son “[faltos] de entendimiento”.

Tres buenas razones

Hay, naturalmente, ciertas preocupaciones relacionadas con el séptimo mandamiento en las que coincidimos con el mundo. Tanto en el reino como en el mundo, hay el deseo de evitar la enfermedad que con frecuencia acompaña a la falta de castidad y la infidelidad.

Un segundo punto de coincidencia es el de evitar los embarazos de madres solteras. Lamentablemente, la “solución definitiva” del mundo es el aborto, el cual, al igual que la falta de castidad, genera, como escribió Jacob de forma tan elocuente al respecto, condiciones en las que muchos corazones perecen, “traspasados de profundas heridas” (Jacob 2:35). Atiendan al dolor que se percibe en las preguntas que me hizo una señorita que se había sometido a dos abortos:

“Me hago preguntas sobre los espíritus de los bebés a los que he abortado: si se encontraban presentes, si sufrieron dolor. Cada feto estaba de tres meses, pero una madre percibe la vida antes de notar el movimiento.

“Me pregunto si están perdidos y solos.

“Me pregunto si alguna vez tendrán un cuerpo.

“Me pregunto si alguna vez volveré a tener la oportunidad de hacer que esos espíritus vuelvan a ser míos”.

¡Ay!, hermanos y hermanas, “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).

Una tercera preocupación de alguna forma compartida entre nosotros y el mundo es que la inmoralidad sexual afecta negativamente al matrimonio y a la vida familiar, e incrementa el índice de divorcios.

Afortunadamente, las razones que el reino tiene para guardar el séptimo mandamiento van mucho más allá de estas tres preocupaciones, a pesar de lo real que son.

Las mejores razones

La razón principal de obedecer todas las leyes de castidad es guardar los mandamientos de Dios. José entendía esta razón con claridad cuando se resistió a los intentos de la predadora esposa de Potifar (véase Génesis 39:9). José, que hizo constar sin duda alguna su lealtad a su amo, Potifar, concluyó: “…¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?”. La obediencia de José fue un acto de lealtad a muchas personas: a sí mismo, a su futura familia, a Potifar, a Dios y, sí, ¡aun a la esposa de Potifar!

Otra razón importante para acatar la ley es que el quebrantar el séptimo mandamiento expulsa al Espíritu Santo de nuestra alma. Perdemos el gran valor de Su compañerismo porque Él no puede morar en un alma pecadora, y sin Su ayuda, llegamos a ser menos útiles, menos perceptivos, menos capaces y seres humanos menos amorosos.

El amor verdadero

La inmoralidad sexual también es peligrosa porque nos roba la sensibilidad afectiva. ¡La lascivia puede, irónicamente, llevar a las personas que se regocijan, equivocadamente, en su capacidad de sentir, hasta el punto de perder por completo esa capacidad!, y, en palabras de tres profetas diferentes de tres dispensaciones diferentes, se convierten en seres faltos de “toda sensibilidad” (véase Efesios 4:19; 1 Nefi 17:45; Moroni 9:20).

La Expiación se llevó a cabo mediante la obediencia y la caridad, y no a través de una forma menor de amor. Fue el acto más desinteresado e importante de toda la historia de la humanidad, mientras que la inmoralidad, por otro lado, refuerza implacablemente el egoísmo (el cual existe ya en proporciones descomunales en el mundo). El amor verdadero es el atributo principal del primer y el segundo gran mandamiento, de los cuales depende toda la ley. Por tanto, el malinterpretar la verdadera naturaleza del amor equivale a malinterpretar la vida.

El faltar a la castidad en el nombre del amor es destruir algo hermoso para poder celebrar, de forma incorrecta, su existencia. Si perdemos nuestra capacidad de sentir, es porque hemos destruido las papilas gustativas del alma.

Otra razón que fundamenta la necesidad de obedecer el séptimo mandamiento es que la falta de castidad disminuye la propia estimación, porque en realidad estamos pecando contra nuestra naturaleza y contra quienes somos en realidad (véase 1 Corintios 6:18, 19). En mi opinión, también estamos violando promesas pasadas que realizamos en el mundo preterrenal. La falta de castidad también afecta gravemente a otras personas.

Las decenas de miles de jóvenes que viven juntos sin estar casados representan un gran peligro para la vida familiar tradicional. Las penosas consecuencias de esta violación en nuestro entorno social se percibirá en las generaciones futuras.

El ser libres

Éstas y otras preocupaciones sobrepasan las preocupaciones del mundo por las enfermedades y los embarazos; pero la Iglesia debe tener la firme determinación de ser, como dijo Pablo, “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).

A la Iglesia también le preocupa una de las dimensiones primordiales de la libertad: el ser libres de pecado. Pablo dijo: “…donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). Jesús dijo: “…la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Al pensar en esta constelación interconectada de razones, podemos entender por qué no son simplemente palabras vanas, dado que profetas, como Mormón, observan que la pérdida de la castidad equivale a la pérdida de aquello que es más precioso que todas las cosas (véase Moroni 9:9). Y, ¿por qué tantas veces en la historia los autores de las Escrituras, al observar la decadencia de su propio pueblo, equipararon el madurar en la iniquidad a la propagación de la fornicación y el adulterio (véase Helamán 8:26)?

El hallarnos a nosotros mismos

Al negarnos por completo ciertos apetitos, al gobernar otros y al perdernos en el servicio al prójimo, terminamos por hallarnos (véase Alma 39:9; 3 Nefi 12:30). Simplemente no podemos tener una influencia positiva alguna en el mundo si somos como la gente perdida del mundo. ¡Recuerden: si la sal se desvaneciere… (véase Mateo 5:13)!

Debemos resistir las modas incorrectas del mundo. ¡El decimotercero Artículo de Fe no dice que creemos en todas las cosas populares, que estén de moda, que sean feas y sensuales, ni que aspiramos a ese tipo de cosas! Más bien dice: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres” (Artículos de Fe 1:13). Y estos atributos dependen unos de otros.

Otra de las consecuencias de la deplorable inmoralidad sexual y de su compañera, la falta de sensibilidad, es que comienza a despojar a la gente de su esperanza, y cuando una persona carece de esperanza, la desesperación ocupa rápidamente su lugar, pues tal como dijo un profeta: “…la desesperación viene por causa de la iniquidad” (Moroni 10:22).

Diez advertencias

Mi consejo final se encuentra en estas diez observaciones adicionales:

  1. Resistan la retórica del mundo y descubrirán que, si permanecen firmes, otros lo harán también (y algunos de una forma sorprendente). Como dijo Pablo: “…donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). Ninguna mujer ni ningún hombre puede ser verdaderamente libre si, debido a su comportamiento, pierde el compañerismo del Espíritu.
  2. Dado que no dejamos que la gente entre y camine por nuestra casa con los pies llenos de barro, no permitan tampoco que caminen enlodados por sus mentes.
  3. Edifiquen un fuerte eslabón personal en una cadena de castidad y fidelidad familiar que vaya de abuelos a padres a hijos y a la posteridad de éstos. El estar tan firmemente vinculados es, naturalmente, estar unidos en la clase más fuerte de lazo y afirmar, por medio de los hechos, que creen en los mandamientos a pesar de lo que suceda a nuestro alrededor en el mundo.
  4. No se relacionen con fornicadores, no porque sean ustedes demasiado buenos para ellos, sino porque no son lo bastante buenos. Recuerden que las malas situaciones pueden acabar aun con la gente buena. José, al huir de la esposa de Potifar, tuvo tanto buen juicio como buenas piernas.
  5. Al igual que el típico varón predador y egoísta, hay ahora una mujer predadora y egoísta. Ambos, motivados por sus apetitos, tienen un falso sentido de libertad, pero se trata, lamentablemente, de la misma clase de libertad vacía que tenía Caín (después de haber quebrantado un mandamiento al asesinar a Abel) cuando, irónicamente, dijo: “…Estoy libre” (Moisés 5:33).
  6. Si se han cometido errores, recuerden que tenemos el glorioso Evangelio de arrepentimiento. El milagro del perdón aguarda a todo el que sienta pesar verdadero y siga los pasos necesarios. Sin embargo, tengan presente que hay situaciones en las que el alma debe ser escaldada por la vergüenza, pues sólo mediante una limpieza real puede tener lugar una curación real; no obstante, el sendero del arrepentimiento de verdad está ahí.
  7. Cuando sientan el impulso a obrar mal, opongan resistencia a ese impulso mientras aún sea débil y la voluntad de ustedes sea fuerte. Los devaneos con este tipo de tentaciones debilitan la voluntad y fortalecen el impulso. Existe una ley de Parkinson para la tentación: La tentación se expande hasta abarcar el tiempo y el espacio disponibles para ella. Manténganse “anhelosamente consagrados” (D. y C. 58:27) a hacer obras buenas.
  8. Dado que las normas de comportamiento de nuestra Iglesia son diferentes de las del mundo, relacionen este hecho con lo que diversos profetas nos han dicho en cuanto a que debemos llegar a despreciar la desaprobación del mundo; no debemos sentir desprecio por la gente del mundo, sino amarla; mas sí debemos sentir desdén por la desaprobación del mundo ya que, al final, poco importa.
  9. Recuerden, los que están en error no deben determinar la manera de vivir de ustedes, pues los que alardean de sus conquistas sexuales sólo alardean de aquello que a ellos les ha conquistado. Podemos sentir lástima por aquellas personas que simplemente hacen lo que ven hacer a los demás sin pensar las cosas por sí mismas, pero no las envidiamos.
  10. Mis jóvenes amigos, en su preocupación por la justicia, ¡sean justos con ustedes mismos! Hay un versículo muy certero en el Libro de Mormón que describe con las siguientes palabras a un antiguo líder político: “Y obró rectamente con el pueblo, mas no consigo mismo, por motivo de sus muchas fornicaciones” (Éter 10:11).

Consecuencias y bendiciones

He intentado describirles algunas de las consecuencias que acompañan a la inmoralidad: antibióticos en lugar de abstinencia; píldoras en vez de hijos, compañeros en vez de matrimonio; hijos cuyos padres no están casados y antiguas perversiones disfrazadas de emociones nuevas.

Sin embargo, ahora debo decir que, en lo que al severo pero dulce séptimo mandamiento se refiere, la obediencia es también la puerta de entrada. Al evitar los males y las consecuencias de la falta de castidad, abrimos esa puerta y logramos acceso a las bendiciones que siempre acompañan a los que guardan los mandamientos. Moisés prometió al antiguo Israel que si guardaban los mandamientos, “vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán” (Deuteronomio 28:2).

Las bendiciones que se mencionan a continuación, y otras más, “vendrán sobre [ustedes]… y [les] alcanzarán” si observan el séptimo mandamiento:

  1. Observar el severo séptimo mandamiento en todo el sentido de la palabra les proporcionará las bendiciones de estar en armonía con la ley divina y con el Señor.
  2. De igual modo, la obediencia nos dará la bendición de descubrir quiénes somos en realidad al estar en armonía con nuestro propio potencial. El Evangelio nos ayuda a valorarnos no sólo por lo que somos, sino también por lo que tenemos el potencial de llegar a ser.
  3. Obedecer el séptimo mandamiento les bendecirá con una autoestima específica y merecida.
  4. La observancia de este mandamiento nos bendice al vernos libres de la tiranía de nuestros apetitos, la cual puede ser la más opresora de todas las tiranías.
  5. Recibirán también la bendición de verse libres de la corrosiva culpa con sus gastados racionamientos acompañados de la egoísta autoconmiseración, en lugar de pensar en los demás y en prestar un servicio genuino.
  6. También llegamos a conocer la bendición del desarrollo de nuestro albedrío al aprender a actuar con prudencia por nosotros mismos en vez de ser meramente movidos por el apetito, una dimensión vital del albedrío (véase 2 Nefi 2:26).
  7. También está la importante bendición del progreso personal que siempre se logra cuando ponemos en práctica el método de tomar decisiones y rechazamos el mal y escogemos el bien. No basta con simplemente dejar de obrar mal una vez que deja de causarnos placer el pecado, sino que debemos tener hambre y sed de rectitud.
  8. Además, está la bendición inmensamente importante de la integridad del alma, la cual conduce a la entereza personal y a no tener miedo a ser completamente abiertos y sinceros. ¿Cómo podemos llegar a ser “una sola carne” (Mateo 19:5) en el matrimonio si, al entrar en ese vínculo, hay elementos discordantes en nuestra propia vida? La castidad, la integridad y la serenidad son bendiciones interdependientes e indescriptibles.

Mis jóvenes amigos, el desviarse de los mandamientos de Jesucristo debilita nuestro cristianismo personal, por lo que parte de ser un verdadero cristiano consiste en guardar el séptimo mandamiento.

Cuando Dios el Padre presentó a Su Hijo Jesucristo al joven profeta José Smith, Sus primeras palabras fueron: “…Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (JS—Historia 1:17). Esta Iglesia y sus profetas le han estado escuchando desde entonces, ¡incluso lo que tiene que decir sobre la castidad y la fidelidad!

Adaptado de un artículo de la revista Tambuli de abril de 1981.

El amor verdadero es el atributo principal del primer y del segundo gran mandamiento. El malinterpretar la verdadera naturaleza del amor equivale a malinterpretar la vida. El faltar a la castidad en el nombre del amor es destruir algo hermoso.

Razón 1: La bendición de estar en armonía con la ley divina y con el Señor.

Razón 2: La bendición de estar en armonía con nuestro propio potencial.

  • Resistan la retórica del mundo. Si permanecen firmes, otros lo harán también.
  • Dado que no dejamos que la gente entre y camine por nuestra casa con los pies llenos de barro, no permitan tampoco que caminen enlodados por sus mentes.

Razón 3: La bendición de una autoestima específica y merecida.

Razón 4: La bendición de ser libres de la tiranía de nuestros apetitos.

  • Los que viven motivados por sus apetitos tienen un falso sentido de libertad, pero se trata de una libertad vacía.
  • Si se han cometido errores, recuerden que tenemos el glorioso Evangelio de arrepentimiento. El milagro del perdón aguarda a todo el que sienta pesar verdadero y siga los pasos necesarios.

Razón 5: La bendición de verse libres de la corrosiva culpa.

Razón 6: La bendición del desarrollo de nuestro albedrío al aprender a actuar con prudencia por nosotros mismos en vez de ser meramente movidos por el apetito.

  • Cuando sintamos el impulso a obrar mal, opongan resistencia a ese impulso mientras aún sea débil y la voluntad de ustedes sea fuerte.

Razón 7: La importante bendición del progreso personal siempre se logra cuando ponemos en práctica el método de tomar decisiones, y rechazamos el mal y escogemos el bien.

Razón 8: La bendición de la integridad del alma, la cual conduce a la entereza personal y no tener miedo a ser abiertos.

  • Debemos llegar a despreciar la desaprobación del mundo. Los que alardean de sus conquistas sexuales sólo alardean de aquello que a ellos les ha conquistado.
  • Edifiquen un fuerte eslabón personal en una cadena de castidad y fidelidad familiar que abarque a toda su posteridad.
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