¿Fue la expiación necesaria, o había otra manera?

La expiación Infinita:
¿Fue la expiación necesaria,
o había otra manera?

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


La necesidad absoluta de la expiación

Amulek enseñó sobre la necesidad imperiosa de la Expiación: «Porque es necesario que se realice una expiación; pues según el gran plan del Dios Eterno, debe efectuarse una expiación, o de lo contrario, todo el género humano inevitablemente debe perecer» (Alma 34:9; énfasis añadido; véase también Alma 42:15).

A la conclusión de la vida del Salvador, él mismo reafirmó la necesidad absoluta de la redención inminente. Cuando los sacer­dotes y los ancianos se enfrentaron a él en el Jardín, el Salvador le mandó a Pedro que envainara su espada y le recordó acto seguido su capacidad para convocar a «más de doce legiones de ángeles» si fuera necesario. Entonces, el Salvador aportó la razón de aquella contención: «¿Cómo, pues, se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?» (Mateo 26:53—54).

Aarón sabía que cuando un hombre pecaba, no podía levan­tarse espiritualmente por sí mismo, y enseñó: «en vista de que el hombre había caído, este no podía merecer nada de sí mis­mo» (Alma 22:14). Alma explicó que sin la redención «no habría medio de redimir al hombre de este estado caído» (Alma 42:12). El élder James E. Talmage compartió un testimonio semejante: «Afirmamos que el hombre está solo y en una necesidad absoluta de un Redentor, ya que por sus propios esfuerzos es totalmente incapaz de elevarse de un plano inferior a un plano superior».1 Hasta cierto punto, somos como el hombre incapaz de trepar fuera del foso que ha cavado él mismo hasta que adquiere una es­calera en primer lugar. Pero ahí está la «trampa»: ¿Dónde encon­trar la escalera? Sin importar la fuerza física o el ingenio, no hay esperanzas de que esta situación cambie si las cosas se dejan como están. El hombre debe confiar en que un tercero (en este caso, el Salvador) aporte los medios para escapar. La Expiación es esa es­calera espiritual. David cantó acerca de ese momento Mesiánico de rescate: «Pacientemente esperé a Jehová (…). Y me sacó del pozo turbulento, del lodo cenagoso; y puso mis pies sobre una roca y enderezó mis pasos» (Salmos 40:1-2).

Zeezrom debe de haber sentido el dilema del hombre, ya que le preguntó directamente a Amulek: «¿Salvará [Dios] a su pue­blo en sus pecados?» (Alma 11:34). Esta era una pregunta clave. Estaba preguntando si Dios, por decreto divino, puede perdonar a los pecadores —se arrepientan o no—, simplemente en vir­tud de su voluntad y deseo. Amulek fue directo en su respuesta: «no podéis ser salvos en vuestros pecados» (Alma 11:37; énfasis añadido). Algunos años antes, Abinadí había hablado de los que murieron «en sus pecados», y de su destino posterior, «ni tam­poco puede redimirlos; porque el Señor no puede contradecirse a sí mismo; pues no puede negar a la justicia cuando esta reclama lo suyo» (Mosíah 15:26, 27; énfasis añadido). Dicho de otra ma­nera, Dios no podía redimir a los hombres en sus pecados por­que las leyes de la justicia, que él obedece, no lo permiten. John Taylor ofreció la razón de este cumplimiento divino: «Sería im­posible para [Dios] incumplir la ley, porque al hacerlo atentaría contra Su propia dignidad, poder, principios, gloria, exaltación y existencia».2

El rey Benjamín habló de la Expiación y, entonces, en el len­guaje más riguroso posible, detalló la necesidad absoluta del sacrificio expiatorio: «Y este es el medio por el cual viene la salva­ción. Y no hay otra salvación aparte de esta de que se ha hablado; ni hay tampoco otras condiciones según las cuales el hombre pueda ser salvo, sino por las que os he dicho» (Mosíah 4:8; énfasis aña­dido).

El rey Benjamín estaba seguro en esta cuestión —no hay otro medio de salvación que el Salvador— ninguna otra condición, ni caminos alternativos. Algunos podrán sugerir que no hay vías alternativas únicamente porque Dios eligió este camino en la vida premortal (es decir, la Expiación). Si fallara la Expiación, dicen, Dios todavía podía recurrir a una de las demás opciones existen­tes en la vida premortal. El lenguaje del rey Benjamín, no obstan­te, parece no incluir la opción de un «plan B». Claramente afirma que, con la excepción del Salvador y su Expiación, no hay «otras condiciones según las cuales el hombre pueda ser salvo» (Mosíah 4:8). No parece que Dios eligiera la mejor alternativa; más bien, parece que esta era la única opción para la redención del hombre. En pocas palabras, no había ni un camino más sencillo, ni alter­nativa alguna a la Expiación de Jesucristo.

Pero, ¿por qué era necesaria una Expiación? Quizá fuera ne­cesaria para cumplir alguna ley inmutable (por ejemplo, una de esas leyes que siempre han existido y que permanece inmutable a lo largo de la eternidad). O quizá su necesidad estuviera dictada por los atributos perfectos de Dios. El sabía que había algo en ese acto, y solamente en ese acto, que maximizaría el progreso de sus hijos. Es un reflejo de su naturaleza esencial y, por lo tanto, obligatoria en ese sentido. B. H. Roberts aborda las primeras dos posibilidades: «La absoluta necesidad de la Expiación que se apre­cia actualmente tendría todavía más relieve en la confianza que uno tiene de que si se hubieran presentado medios más leves para responder como si de una Expiación se tratara, o si la satisfacción de la justicia se hubiera dejado de lado, o si la reconciliación del hombre con el orden divino de las cosas pudiera haberse lleva­do a efecto con un acto de pura benevolencia sin ninguna otra consideración, sin duda se habría hecho así; pues es inconcebi­ble que tanto la justicia de Dios como su misericordia exigieran  o permitieran un sufrimiento mayor del Redentor del absolu­tamente necesario para alcanzar el fin propuesto. Cualquier su­frimiento superior al absolutamente necesario constituiría una crueldad, pura y dura, e impensable en un Dios de justicia y mi­sericordia perfectas».3

El élder Roberts sugiere lo improbable de que Dios hiciera a su Hijo pasar por un sufrimiento tan extremo como ese, de ha­ber existido un camino más fácil. Semejante conclusión sugiere verdaderamente la inexistencia de una alternativa que fuera igual de viable, o Dios habría optado por ella, salvando así al Pastor sin sacrificar a las ovejas.

Algunos han propuesto una tercera posibilidad para explicar la necesidad de la Expiación. Sugieren que los espíritus que eligie­ron ser parte del reino de Dios pueden haber tenido un sentido de la moralidad similar al de Dios, y así, como El, «sintieron» la necesidad inherente de un acto expiatorio antes de que pudieran materializarse los poderes de purificación y exaltación. Quizá de alguna manera estos espíritus gemelos se unieron a Dios a la hora de sancionar la necesidad de la Expiación. Puede que haya sido parte de la ley de común acuerdo. Este concepto sugiere que el sentido de la equidad o justicia compartido por los integrantes del reino de Dios puede haber contribuido a respaldar las leyes de justicia en el universo.

La cuarta alternativa se centra en el componente motivador de la Expiación. Puede que este acontecimiento fuera necesario debido a que era el único evento del universo dotado del poder motivador necesario a fin de atraer a los hombres a la divinidad. Cualquier cosa inferior sencillamente habría sido insuficiente para lograr tal fin. La tasa de «abandono» habría sido incluso más monstruosa en ausencia de alguna fuerza cósmica que nos levan­tara en dirección al cielo. En consecuencia, Dios puede haber elegido la Expiación porque era el poder más persuasivo en el universo capaz de traernos de regreso al hogar. B. H. Roberts citó a Sabine Baring-Gould al respecto: «No había ninguna necesidad —según ciertos teólogos— de que Cristo muriera, pero como dice S. Bernard: ‘quizá ese método fuera el mejor, para que en una tierra de olvido e indolencia se nos recordara nuestra caída más poderosa y vivamente, mediante los exquisitos y variados su­frimientos del que puso remedio a ella’».4

Existe al menos una quinta posibilidad para la necesidad de esta Expiación. Puede haber sido el único acontecimiento con el suficiente atractivo de calado universal para atraer al sentido de equidad instintivo en los hijos de Dios, quienes podrían alegar de otro modo en virtud de las leyes de la justicia que algunos habían llegado a la exaltación sin haberse «ganado» sus tronos. Dicho de otra manera, era el único acontecimiento de tal magnitud per­suasiva capaz de promover la exaltación para los arrepentidos sin destruir el orden y la armonía entre los demás hijos de Dios.

Con la Expiación, parece que el Padre podía responder al rue­go del Hijo pidiendo misericordia sin que ninguno de los inte­grantes del reino presentara objeción alguna. ¿Y por qué? Porque ellos compartían un sentido moral similar y análogos sentimien­tos de compasión, los cuales pueden haberles hecho decir: ‘Es cierto que este hombre no ha merecido la salvación por sus pro­pias obras, sino por el incomparable sacrificio del Salvador a su favor, y por motivo de nuestro inmenso amor y reverencia hacia El, accederemos a su petición de clemencia’».

Si la Expiación es o no una «necesidad» por una o más de las razones descritas anteriormente, no lo sabemos. Por el momento parece existir un velo sagrado e impenetrable que impide nuestra irrupción en el infinito. Lo que sí sabemos, sin embargo, es que la Expiación es una «necesidad». Esa es la conclusión doctrinal subyacente y de mayor relevancia.

¿Era obligatorio un sacrificio?

Reconocido que una Expiación era necesaria de alguna forma, se nos plantea la siguiente pregunta: «¿Por qué era obligatorio un sacrificio en lugar de algún otro método alternativo?». Alma deja claro que el sacrificio anunciado no era meramente la me­jor opción; era la única posible. Alma dejó constancia de ello: «Porque es preciso que haya un gran y postrer sacrificio; sí, no un sacrificio de hombre, ni de bestia, ni de ningún género de ave; pues no será un sacrificio humano, sino debe ser un sacrificio in­finito y eterno. Y no hay hombre alguno que sacrifique su propia sangre, la cual expíe los pecados de otro. Y si un hombre mata, he aquí, ¿tomará nuestra ley, que es justa, la vida de su hermano? Os digo que no. Sino que la ley exige la vida de aquel que ha come­tido homicidio; por tanto, no hay nada, a no ser una Expiación infinita, que responda por los pecados del mundo.

»De modo que es menester que haya un gran y postrer sacrificio; y entonces se pondrá, o será preciso que se ponga, fin al derrama­miento de sangre; entonces quedará cumplida la ley de Moisés; sí, será totalmente cumplida, sin faltar ni una jota ni una tilde, y nada se habrá perdido» (Alma 34:10-13; énfasis añadido).

No cabe duda de que el sacrificio del Salvador entrañaba en­señanzas extraordinarias, amén de inmensas cualidades motiva- doras, pero lo que era más vital incluso era el hecho sencillo de que, sin un sacrificio infinito, no podía haber salvación alguna. Este sacrificio parece haber sido el único medio de pagar esas deudas contraídas como resultado de una ley quebrantada. Puede que el sufrimiento de Cristo fuera la única moneda legal en el universo capaz de pagar la deuda de la justicia y abrir la puerta de la misericordia al mismo tiempo. Su sacrificio se tomó en la recompensa (véase Mateo 9:28), la «cancelación» de la deuda, el precio de adquisición. El élder Marion G. Romney escribió: «Fue (…) por medio de actos de amor y misericordia infinitos que él pagó vicariamente la deuda de la ley transgredida y sa­tisfizo las demandas de la justicia».5 Esta deuda tiene una doble dimensión. Primeramente, se trata de la deuda adquirida a causa de la transgresión de la ley por parte de Adán. A esto se refería Brigham Young cuando dijo que el Salvador «ha pagado la deuda adquirida por nuestros primeros padres».6 En segundo lugar, está la deuda que vence cada vez que un hombre o una mujer desobe­dece una ley de Dios.

Brigham Young también habló de su deuda personal y el medio de pago: «Los hijos han contraído una deuda y el Padre demanda compensación. El les dice a sus hijos en esta tierra, quienes están sumidos en el pecado y la transgresión, ‘es impo­sible para vosotros devolver esta deuda. (…) A menos que Dios proporcione un Salvador para pagar esta deuda, nunca podrá pa­garse. ¿Puede acaso toda la sabiduría del mundo diseñar medios para redimirnos y volver a la presencia de nuestro Padre y nuestro hermano mayor, y morar con ángeles santos y seres celestiales? No; va más allá del poder y el conocimiento de los habitantes de la tierra, que viven ahora o que vivirán en el futuro, preparar o crear un sacrificio que pague esta deuda divina. Pero Dios lo proporcionó y su Hijo la ha pagado».7

Mormón enseñó que el Salvador «ha subido a los cielos (…) para reclamar del Padre sus derechos de Misericordia» porque «él ha cumplido los fines de la ley (…); por tanto, él aboga por la causa de los hijos de los hombres;» (Moroni 7:27-28). El Salvador pagó la deuda y por lo tanto poseía el derecho de re­clamar misericordia en nombre de cada deudor. En este sentido, Cristo fue el campeón de la causa de todos los hombres, siempre y cuando el hombre en cuestión tuviera fe en él y se arrepintiera.

Las Escrituras enseñan que fuimos «comprados por precio» (1 Corintios 6:20; 7:23) y que el Salvador dio «su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28; véase también 1 Timoteo 2:6). Su re­pago generoso abrió una nueva puerta, o, como enseñara Amulek, «[provee] (…) la manera de tener (…) arrepentimiento» (Alma 34:15). Ciertamente hemos de pagar el precio de nuestra propia insensatez —de la cual no hay escapatoria—, pero la Expiación nos proporciona un programa de pago alternativo basado en la misericordia, no en la justicia exclusivamente. Con la Expiación se nos presenta una elección. O pagamos el precio de la justicia, que es intransigente e inflexible en sus exigencias; o pagamos el precio del arrepentimiento, según lo ha definido el Salvador. Esto no im­plica que la persona que se arrepiente escapa a todo sufrimiento; más bien, que ahora tiene un nuevo acreedor, el Expiador, «[al] cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28).8

Sin duda, el sacrificio de Cristo era necesario para satisfacer las demandas de la justicia. Quizá otra razón de este sacrificio se encuentra en sus poderes inherentes para la motivación. Puede haber sido el medio máximo de «atraer [a Cristo] a todos los hombres» (3 Nefi 27:14).

Amulek también nos dejó una observación reveladora acerca de la finalidad del sacrificio expiatorio: «es el propósito [el obje­tivo] de este último sacrificio poner en efecto las entrañas de mi­sericordia» (Alma 34:15). Es decir, la magnitud del sufrimiento fue tan intensa, tan profunda, tan abrumadora e inclemente que quizá todos los espíritus del universo, incluso los más empeder­nidos, deben de haber gritado en un coro cósmico, «ya basta». El conjunto de los espíritus de las creaciones de Dios debe de ha­berse conmovido de tal manera, impresionado por la intensidad formidable de los suplicios de Cristo, que cedería a su petición de aceptar al arrepentido, no porque mortal alguno hubiera ganado semejante derecho, sino porque Cristo, y solamente él, lo había conquistado para ellos. El sacrificio expiatorio puede haber sido el único catalizador susceptible de llevar al hombre a un consenso de esa naturaleza. Cabe reiterar que este concepto se apoya en la posibilidad de que las leyes de la justicia y la misericordia en el universo sean dependientes —al menos parcialmente—, en un sentido de la equidad o la justicia común a los integrantes del reino de Dios.

¿Era el salvador el único cordero posible para el sacrificio?

Una última pregunta se centra en la cuestión de si el Salvador era o no el único, o si era sencillamente el mejor para desempe­ñar el papel de cordero expiatorio. Hace algunos años, Robert J. Matthews estaba debatiendo el asunto de si había habido o no un «plan alternativo, otro Salvador, un hombre de reserva». Dice que la siguiente conversación se desarrolló en un grupo de docen­tes, mientras se exploraba este asunto:

«Noté que ellos mantenían firmemente la opinión de que, si Jesús hubiera fallado, habría existido otro medio para lograr la salvación. Reconocían que cualquier otro método sería probable­mente más arduo sin Jesús, pero, según decían, el hombre podría haberse salvado a sí mismo a la larga sin Jesús, de haber fallado el Salvador. (…) Estos maestros estaban diciendo, en efecto, que Jesucristo era una comodidad, pero no una necesidad absoluta. Yo les contesté en sentido contrario citando Hechos 4:12, donde leemos estas palabras de Pedro: ‘Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos’. Su réplica fue que Pedro había dicho esto después de que la Expiación y la resurrección de Cristo fue­ran hechos consumados y que, por lo tanto, ahora no hay otro camino; pero que, si Jesús hubiera fracasado en llevar a cabo la Expiación, continuaron razonando, tendría que haber habido otra alternativa, y la habría habido».9

El hermano Matthews dijo que protestó contra sus conclusio­nes, pero no fue capaz de pensar en ese momento en una referen­cia de las Escrituras para refutarlas. Más tarde, siguió diciendo que habría sometido los siguientes pasajes a su consideración: «Encontramos en Moisés 6:52 la referencia más temprana que conocemos al hecho de que no hay otro nombre más que el de Jesucristo por el que se obtenga la salvación. (…) El Señor le dice a Adán que debe ‘ [bautizarse] en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito (…), el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres’ (cursiva añadida). (…)

»Y [tenemos] 2 Nefi 31:21: ‘no hay otro camino, ni nombre dado debajo del cielo por el cual el hombre pueda salvarse en el reino de Dios’ (cursiva añadida).

»Pero la expresión más clara de este concepto es la del rey Benjamín, que cita las palabras de un ángel del cielo: ‘no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo’ (Mosíah 3:17; cursiva añadida). (…)

»El valor de estos pasajes reside en que se pronunciaron antes de que se produjera la Expiación. Esta circunstancia les otorga más fuerza y concentración de los que tendrían si se hubieran registrado con posterioridad».10

El hermano Matthews se estaba limitando a ofrecer una muestra representativa de pasajes de las Escrituras que apoya­ban esta tesis. Más de ochocientos años antes del nacimiento de Cristo, el Salvador anunció su condición singular como el Redentor: «Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay quien salve» (Isaías 43:11). Lehi vio en el horizonte temporal, a seiscientos años de distancia, la época de la venida del Mesías: «todo el gé­nero humano se hallaba en un estado perdido y caído, y lo esta­ría para siempre, a menos que confiase en este Redentor» (1 Nefi 10:6; énfasis añadido). Poco después, un ángel confirmó que «to­dos los hombres vengan [al Salvador del mundo], o no serán sal­vos» (1 Nefi 13:40). En su sermón de despedida, Lehi le recordó a su familia nuevamente que «ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías» (2 Nefi 2:8). Jacob no lo podía haber dicho más claramente: «mi alma se deleita en comprobar a mi pueblo que salvo que Cristo venga, todos los hombres deben pe­recer» (2 Nefi 11:6).

Nefi profetizó que el día de la restauración de los judíos llega­ría solamente cuando estos «no esperen más a otro Mesías, (…) porque no hay sino un Mesías de quien los profetas han hablado, y ese Mesías es el que los judíos rechazarán» (2 Nefi 25:16, 18). El rey Benjamín les imploró a sus conciudadanos que tomaran sobre sí el nombre de Jesucristo. Y entonces les dio la razón: «No hay otro nombre dado por el cual venga la salvación» (Mosíah 5:8). Unos años antes, Abinadí expuso, con poder ferviente, ante Noé y sus depravados sacerdotes todo lo relacionado con el poder salvífico del Santo: «si Cristo no hubiese venido al mun­do, hablando de cosas futuras como si ya hubiesen acontecido, no habría habido redención» (Mosíah 16:6). Aarón predicó la misma verdad a los amalekitas: «que no habría redención para la humanidad, salvo que fuese por la muerte y padecimientos de Cristo, y la expiación de su sangre» (Alma 21:9). Amulek dio su testimonio de la venida de Cristo, y explicó acto seguido la nece­sidad de «un sacrificio infinito y eterno», porque «no hay hombre alguno que sacrifique su propia sangre, la cual expíe los pecados de otro» (Alma 34:10, 11). En tiempos modernos, el Señor ha confirmado su misión única como Redentor, «porque el Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador» (DyC 76:1; véase también DyC 109:4).

Uno puede buscar otro redentor; podrá especular en cuanto a otras posibilidades, pero todo será en vano. El Salvador no solo es el mejor candidato; él era mucho más: era el único candidato. La razón es muy sencilla: era el único de los hijos del Padre en venir a la tierra dotado de cualidades divinas infinitas, y, por lo tanto, poseía el poder infinito necesario para llevar a cabo el acto expiatorio. Cualquier otro carecía del poder y de los medios para vencer las dos muertes: la física y la espiritual.

Agradecimiento por la Expiación →


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3 Responses to ¿Fue la expiación necesaria, o había otra manera?

  1. Avatar de Elder Monroy Elder Monroy dice:

    Asombro me da el Amor que me da Jesús

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  2. Avatar de oscar oscar dice:

    Creo en la Expiacion y en la Divinidad de su autor,el Señor Jesucristo,quien fue inmolado antes de la fundacion del mundo.

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  3. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Gracias Maravilloso!!!

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