Agradecimiento por la expiación
Tad R. Callister
La Expiación Infinita
«Asombro me da el amor que me da Jesús»
Cuando Jesús entró en cierta aldea, vio a diez leprosos que venían de lejos. Su enfermedad, considerada una especie de muerte en vida, obligaba a los afligidos a gritar «¡Impuro! ¡Impuro!» (Levítico 13:45), al aproximarse a personas sanas. De manera semejante, cada uno de nosotros tiene —en una u otra medida— una forma de lepra espiritual: pecados que han empañado, desfigurado y roído nuestro bienestar espiritual. Semejante situación nos hace impuros en la presencia del Santo y, como los leprosos de la aldea israelita de la antigüedad, también nosotros debemos mantenernos en la distancia espiritual hasta el día de nuestra purificación. De forma muy parecida a los diez leprosos, nosotros gritamos: «¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!» (Lucas 17:13). Sabemos que no hay esperanza de purificarse por casualidad ni de una curación autoinducida. La única esperanza, la única cura, es buscar la misericordia y los poderes limpiadores que ofrece el Expiador.
El Salvador ejerció esos poderes sanadores sobre los diez leprosos y entonces les dio el mandato: «Id, mostraos a los sacerdotes» (Lucas 17:14). Cuando la limpieza se hubo completado, uno de los leprosos regresó y a gran voz glorificaba a Dios. Entonces cayó a los pies del Salvador «dándole gracias» (Lucas 17:16). El que momentos antes era una sombra de vida ahora tenía la vida en su plenitud. El Salvador planteó una pregunta que motivaba un examen de conciencia de repercusiones universales: «¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?» (Lucas 17:17). ¿No les corresponde a todos los mortales contar con los poderes sanadores de la Expiación? ¿No se ha pagado acaso el precio por todos? ¿Nos contamos entre los nueve que se alejaron sanados pero desatentos —quizá incluso ingratos—, como si no se hubiera producido el pago que lo hizo todo posible? Podríamos cantar una y otra vez la letra del himno «Asombro me da»:
Me cuesta entender que quisiera Jesús bajar del trono divino para mi alma rescatar. …
Comprendo que El en la cruz se dejó clavar. Pagó mi rescate; no lo podré olvidar.11
Nunca podemos olvidar. Las palabras de David deberían resonar siempre en nuestros corazones: «Oh Jehová, Dios mío, te alabaré para siempre» (Salmos 30:12).
No se habla de la Expiación con ligereza ni se expresa aprecio por ella superficialmente. Es el acontecimiento más sagrado y sublime de la eternidad. Merece nuestros pensamientos más intensos, nuestros sentimientos más profundos y nuestros hechos más nobles. Se habla de ella con tono reverencial; se contempla con veneración; se aprende de ella con solemnidad. Este acontecimiento destaca en solitario sobre todos los demás, ahora, y en toda la eternidad.
Cuando Ammón repasó sus éxitos entre los lamanitas, se glorió en el Señor, y entonces, reconocimiento humildemente su incapacidad para expresarlo todo adecuadamente, declaró: «no puedo expresar ni la más mínima parte de lo que siento» (Alma 26:16). De igual manera, las pasiones de mi propio corazón superan con mucho mis capacidades verbales. Me siento como el élder Marion G. Romney, quien dijo: «Meditar la Expiación (…) me mueve a la más intensa gratitud y al mayor aprecio que mi alma es capaz de abrigar».12 Con todo y con eso, me siento seriamente limitado.
He sido formado profesionalmente para ser un escéptico; es inherente a la experiencia jurídica. Sin embargo, en lo que al Salvador se refiere, soy como un niño pequeño. Creo todas y cada una de las palabras habladas y escritas de las que él es autor. Acepto todos los milagros «tal cual». Creo todos y cada uno de los aspectos de su divinidad, y me regocijo en cada ápice de su misericordia. Le doy gracias sin cesar por su sacrificio expiatorio, pero nunca es suficiente, ni lo será jamás. Su acto redentor se recordará y saboreará «para siempre jamás» (DyC 133:52). Estoy abrumado, incluso humillado, y asombrado por «el amor que me da Jesús».13 Me siento como Nefi, quien confesó, embargado de júbilo: «mi corazón magnifica su santo nombre» (2 Nefi 25:13).
Se espera que esta obra, con sus deficiencias, pueda servir de veraz y justo homenaje a quien merece todo lo que somos. En el proceso de escribir el presente libro, he sentido su espíritu gentil constantemente. Puedo testificar en verdad que Él vive. Y añado ahora mi testimonio a los numerosos testimonios que me preceden: ciertamente su sacrificio fue una Expiación infinita y eterna.
NOTAS
- Talmage, Essential James E. Talmage,
- Taylor, Mediation andAtonement,
- Roberts, The Truth, The Way, The Life,
- Roberts, The Seventy’s Course in Theology,
- Romney, «Resurrection of Jesús», 8.
- Journal of Discourses, 12:69.
- Journal of Discourses, 14:71, 72.
- Al contrario de lo expuesto en la conclusión anterior, algunos han afirmado que la Expiación no es el repago de una deuda. Su argumento se basa en el siguiente versículo: «id y no pequéis más; pero los pecados anteriores volverán al alma que peque» (DyC 82:7). Una vez se paga una deuda legal, argumentan, esta desaparece para siempre y, por lo tanto, no podrían regresar si la teoría del «repago de deuda» fuera correcta. Dicho de otra manera, si se ha aportado suficiente sufrimiento para pagar la deuda, entonces la deuda queda perdonada para siempre, para nunca volver a reaparecer.
En Derecho, sin embargo, existe un principio muy conocido que recibe el nombre de «condición resolutoria». Significa que puede formalizarse un contrato, pero si se produce un acontecimiento determinado con posterioridad, dicho contrato puede declararse nulo retroactivamente. (El diccionario de Derecho Ballentine define el término «condición resolutoria» [condition subsequent en inglés] de la siguiente manera: «una condición posterior a la ejecución y que se aplica para revocarla o anularla al incumplir después dicha condición cualquiera de las partes» [Ballentine, Law Dictionary with Pronunciations, 258].) Por ejemplo, un acreedor puede haber obtenido un fallo favorable contra un deudor por 1 000 000 $. Por cualquier razón, el acreedor puede acceder a resolver el conflicto objeto del fallo por un importe menor, como 200 000 $, siempre y cuando: (1) se abone la cantidad inmediatamente, y (2) el deudor se comprometa a no divulgar jamás las condiciones de la oferta de acuerdo. (Algunos abogados puede referirse a la obligación de confidencialidad con el término «covenant» [pacto, promesa o garantía] en lugar de «condición resolutoria» [condition subsequent en inglés]; en cualquier caso, el contrato puede redactarse a fin de que el resultado definitivo sea el mismo, a saber, que la cantidad menor del acuerdo se declare nula y la original de 1 000 000 $ sea reinstituida en caso de divulgarse los detalles del acuerdo).
Efectivamente, si el deudor da a conocer las condiciones de la oferta de acuerdo, al acreedor le corresponde solicitar la cantidad completa de 1 000 000 $ fijada en el fallo y las estipulaciones del acuerdo menor cesarán de ser vinculantes. En coherencia con esta teoría jurídica, el Señor diría: «He pagado tu deuda y ahora estás limpio, pero este contrato contiene una condición resolutoria; es decir, si vuelves a cometer el mismo pecado, la purificación quedará anulada retroactivamente». Dicho de otra manera, Cristo pagó el precio de nuestros pecados, pero la purificación sólo es permanente si nosotros no regresamos al estado anterior. Esta interpretación jurídica es coherente con el planteamiento escriturario según el cual el sufrimiento de Cristo pagó la deuda generada por nuestros pecados. - Matthews, A Bible!, 265-66.
- Ibid., 266.
- Charles H. Gabriel «Asombro me da», Himnos, núm. 118.
- Romney, «Resurrection of Jesús», 9.
- Gabriel, «Asombro me da», Himnos, núm. 118.

























Asombro me da el Amor que me da Jesús
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Creo en la Expiacion y en la Divinidad de su autor,el Señor Jesucristo,quien fue inmolado antes de la fundacion del mundo.
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Gracias Maravilloso!!!
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