El espíritu de Perdón

El espíritu de Perdón

Por el presidente George Albert Smith

(Tomado de «The Improvement Era» 1945)

Hay una cosa que bien podríamos tratar de cultivar, y eso es, la disposición de perdonar el uno al otro sus traspasos. El espíritu de perdón es una virtud sin la cual nunca realizaremos las bendiciones que esperamos recibir. Algunas veces algún hermano en la autoridad ha ofendido, en alguna manera, a uno de los miembros de la Iglesia, quizá, sin darse cuenta, y ese hijo de nuestro Padre silenciosamente continúa sintiéndose lastimado, en vez de hacer como el Señor ha mandado : de ir al hombre ofendido y decirle, en amor, los sentimientos de su corazón, y dar a ese hermano la oportunidad de decir, «Siento mucho haberle ofendido y espero que me perdone», El resultado es que a veces encontramos un espíritu resentido existente que ha sido instigado por Satanás. Tenemos que ponernos en una condición donde podamos perdonar a nuestros hermanos.

Relacionado con este asunto, me refiero a dos versículos del capítulo dieciocho de San Mateo empezando con el verso veintiuno. Parece que los apóstoles estaban con el Señor en esta ocasión, y que Pedro vino a Él y dijo:

Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que pecare contra mí? ¿Hasta siete?
Jesús le dice: No te digo hasta siete, más aún hasta setenta veces siete» (Mateo 18: 21-22)

Entonces el Señor les contó una parábola de dos hombres, uno de los cuales debía a su Señor una cantidad enorme de dinero, y vino a él y le dijo que no podía pagarle lo que le debía, y pidió que le perdonara la deuda. El señor del dinero se movió por compasión y le perdonó la deuda. Inmediatamente salió el deudor perdonado y encontró a otro sirviente que le debía una pequeña cantidad y demandó su pago. El pobre hombre no pudo pagar su deuda y también pidió que le perdonara la deuda. Pero no fué perdonado; al contrario fué llevado a la cárcel por el que ya había sido perdonado por su señor. Cuando los demás siervos vieron lo que se había hecho, fueron al señor y le contaron lo que había pasado. El señor se enojó en grande manera y mandó al que había perdonado al tormento, hasta que pagara todo lo que se debía. Su alma no era suficiente grande para apreciar la misericordia que le habían mostrado, y por esa falta de caridad perdió todo.

De vez en cuando encontramos pequeñas dificultades entre nosotros, y nos olvidamos de la paciencia que nuestro Padre Celestial ejerce para con nosotros, y magnificamos en nuestro corazón alguna insignificancia que nuestro hermano o hermana haya hecho o dicho de nosotros. No siempre vivimos la ley que el Señor desea que observemos concerniente a estos asuntos olvidamos el mandamiento que dio a los apóstoles en las palabras de la oración, en que se les dijo que oraran para que fueran perdonadas sus deudas así como perdonaban sus deudores.

En el libro de Doctrinas y Convenios hallamos la referencia que hace Dios a este asunto, en la que el Señor da un mandamiento:

«no obstante, él ha pecado; mas de cierto os digo, que yo, el Señor, perdono los pecados de aquellos que los confiesan ante mí y piden perdón, si no han pecado de muerte.
En la antigüedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad.
Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.
Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.
Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos». (D. & C. 64: 7-11).

Si nuestras vidas fueran tales que, cuando tenemos diferencias con nuestro vecino, podríamos, en lugar de ponernos como jueces uno contra el otro, hablar honestamente y concienzudamente al Padre Celestial y decir, «Señor, juzgue entre mí y mi hermano; Tú conoces mi corazón; Tú sabes que no tengo sentimiento de enojo con él; ayúdanos para que veamos iguales, y danos sabiduría para que tratemos justamente el uno al otro», que poquitas diferencias habría, y que gozo y bendiciones vendrían a nosotros. Pero pequeñas dificultades se levantan de vez en cuando en nuestras vida diarias que molestan el equilibrio de nuestras vidas, y continuamos siendo infelices porque guardamos una influencia indebida, y no tenemos caridad.

Estaremos en este mundo por sólo un corto tiempo. Los más jóvenes y más fuertes de nosotros estamos sencillamente preparándonos para otra vida, y antes que entremos en la gloria de nuestro Padre y gocemos de las bendiciones que esperamos recibir por nuestra fidelidad, tendremos que vivir las leyes de paciencia, y ejercer perdón para con aquellos que cometan traspasos en contra de nosotros, y mover de nuestro corazón todo sentimiento de odio hacia ellos.

“Y además, si vuestro enemigo os hiere por segunda vez, y no injuriáis a vuestro enemigo, mas lo soportáis pacientemente, vuestra recompensa será cien tantos más;
y además, si os hiere por tercera vez, y lo soportáis con paciencia, vuestra recompensa os será cuadruplicada;
y estos tres testimonios acusarán a vuestro enemigo si no se arrepiente, y no serán borrados.» (D. & C. 98:25-27).

Que tengamos en nosotros el espíritu del Maestro para que perdonemos a todo hombre como Él ha mandado perdonarlos, no tan solamente de labios pero con lo más profundo de nuestro corazón, cada traspaso que se haya cometido en nuestra contra. Si hacemos esto por toda nuestra vida, las bendiciones del Señor morarán en nuestro corazón y en nuestros hogares.

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