Doctrina del Evangelio

Capítulo 8

El hogar ideal


La base de un hogar verdadero

Un hogar no es hogar, en lo que al evangelio concier­ne, a menos que exista perfecta confianza y amor entre el esposo y la esposa. El hogar es un sitio de orden, amor, unión, reposo, seguridad y confianza absoluta; donde no puede entrar el murmullo de la sospecha de infidelidad; donde el hombre y la mujer tienen confianza implícita en el honor y virtud de uno y otro (Segunda Convención de la Escuela Dominical).

El hogar ideal

¿Qué, pues, constituye un hogar ideal —un hogar mo­delo— tal como deben ambicionar establecer los Santos de los Últimos Días; y cual un hombre joven, comen­zando su vida, desearía edificar para sí mismo?. . . Es uno en el cual toda cuestión mundana es de importan­cia secundaria; uno en el cual el padre está consagrado a la familia con que Dios lo ha bendecido, considerán­dolos de importancia primordial, y en el cual los de su familia por su parte, le permiten vivir en sus corazones; uno en el cual hay confianza, unión, amor, devoción sa­grada entre el padre y la madre, entre hijos y padres; uno en el cual todo deleite de la madre está en sus hijos, apoyada por el padre, todos ellos morales, puros, temerosos de Dios. Así como se juzga el árbol por su fruto, igualmente juzgamos el hogar por los hijos. En el hogar ideal los padres verdaderos crían hijos amoro­sos, considerados, leales hasta la muerte hacia el padre, la madre y el hogar. Allí existe el espíritu religioso, por­  que tanto los padres como los hijos tienen fe en Dios y sus hechos concuerdan con esa fe; los miembros de la familia se hallan libres de los vicios y contaminaciones del mundo; son puros en cuanto a su moralidad, con corazones rectos que no admiten cohecho y tentaciones, que ocupan un lugar elevado en las exaltadas normas de hombres y mujeres. Paz, orden y contentamiento reinan en el corazón de sus moradores, sean ricos o pobres en cosas materiales. No hay remordimientos vanos ni expre­siones descontentas contra el padre, por parte de los hijos e hijas, en que dicen: “Si solamente tuviésemos esto o aquello, o fuésemos como tal o cual familia, o pudiése­mos hacer lo que fulano o mengano”, quejas que han causado a los padres muchos pasos inciertos, ojos llenos de lágrimas, noches de inquietud y ansiedad indecible. En su lugar hallamos esa amorosa consideración hacia el padre y la madre, con la cual los hijos y las hijas tra­bajan con el deseo y determinación de llevar parte de la carga que por tantos años ha agobiado a sus padres. Allí encontramos el beso para la madre, el cariño para el padre, el pensamiento de que han sacrificado sus pro­pias esperanzas y ambiciones, su fuerza, aun la vida misma en bien de sus hijos; hay agradecimiento en cali­dad de pago por todo lo que les ha sido dado.

En el hogar ideal el alma no está hambrienta, ni se ahoga el desarrollo y expansión de los sentimientos más nobles a cambio de placeres burdos y sensuales. La meta principal no es acumular bienes materiales, que general­mente apartan más y más de lo verdadero, lo ideal, la vida  espiritual;  sino  más  bien  consiste  en  producir ri­queza del alma, en estar conscientes de actos nobles, un derramamiento de amor y el deseo de ayudar.

No son las costosas pinturas, tapices, invalorables cu­riosidades, numerosos ornamentos, muebles lujosos, cam­pos, rebaños, casas y tierras lo que constituyen el hogar ideal, ni aun los deleites sociales y comodidad que mu­chos buscan tan tenazmente. Es más bien la belleza del alma; espíritus cultos, amorosos, fieles y leales; manos que ayudan y corazones que simpatizan; amor que no busca lo suyo; pensamientos y hechos que impulsan nues­tras vidas hacia resultados más refinados —estas cosas constituyen el fundamento del hogar ideal (IE, 1904- 1905, págs. 385-388).

El fundamento de toda cosa buena en el hogar

En el hogar debidamente ordenado se pone el funda­mento mismo del reino de Dios, de la rectitud, del pro­greso, el desarrollo, la vida eterna y el aumento eterno en el reino de Dios. No debe ser difícil considerar el hogar con la más alta reverencia y pensamientos exaltados, si puede fundarse sobre los principios de pureza, de cariño verdadero y rectitud y justicia. El hombre y la mujer que tienen perfecta confianza el uno en el otro, y determinan obedecer las leyes de Dios en sus vidas y cumplir la medida de su misión en la tierra no estarían, y nunca podrían estar contentos sin el hogar. Sus cora­zones, sus sentimientos, sus mentes, sus deseos se incli­narían naturalmente hacia el poner los cimientos de aumento eterno y poder, gloria, exaltación y dominio por los siglos de los siglos (JI, noviembre de 1916, 51: 734).

Sed dueños de vuestras propias casas

En los primeros años se estableció por regla entre los Santos de los Últimos Días dividir en tal forma las tie­rras, que cada familia pudiera tener una porción de terreno que pudiera llamar suyo; y este pueblo se ha apreciado en decir que entre ellos hay más dueños de casas que entre cualquier otro pueblo de igual número. Esta condición causó una buena tendencia, y pese a lo que los hombres decían de nosotros, el bogar era la primera consideración entre los miembros. Es este amor del hogar lo que ha dado fama a los miembros como colonizadores, fundadores de pueblos y rescatadores de los desiertos; pero parece que en las ciudades está entrando de moda la idea de que lo más novedoso es alquilar. Desde lue­go, este paso tal vez sea necesario como emergencia temporal, pero ninguna pareja joven debe establecerse con la idea de que esta situación, en lo que a ellos concier­ne, va a ser permanente. Todo hombre joven debe ambi­cionar poseer su propia casa; es mejor para él, para su familia, la sociedad, el estado y la Iglesia. Nada engen­dra la estabilidad, fuerza, poder, patriotismo, lealtad al país y a Dios como el ser dueño de su propia casa —un pedazo de tierra que vosotros y vuestros hijos podéis lla­mar vuestro. Además, son tantas las tiernas virtudes que se desarrollan con este dominio, que se hace doblemente fácil el gobierno de la familia a causa de ello. Como pueblo, continuemos siendo diferentes del mundo en este respecto. Espero que los miembros siempre sean dueños de casas, y que nunca se conviertan en trotamundos, inquilinos y arrendatarios. Tan apartados debemos mante­nernos de los conceptos prevalecientes en este respecto, como de algunas otras cosas. El pueblo de Sion tiene un destino más noble que el ser llevados de la nariz, como si fuera, por los caprichos del día. No es nuestra inten­ción dejarnos llevar por tendencias malas, sino más bien gloriarnos en ir nosotros mismos a la cabeza en todo lo que contribuye al bienestar y felicidad del hogar, el desa­rrollo de la Iglesia y la prosperidad del estado (IE, agos­to de 1904, 7:797).

No hipotequéis vuestras casas

Cuando llega el pánico o sobreviene una severa crisis económica por causa de condiciones monetarias, el pue­blo tiene ante sí una penosa lección objetiva sobre los perjuicios de hipotecar, especialmente sus casas y nego­cios.

Los hombres tienen la obligación hacia sus esposas e hijos de ser prudentes y conservadores cuando los asun­tos de los negocios llegan basta el hogar, y es de dudarse si realmente tienen el derecho moral de exponer a espo­sas e hijos inofensivos a las mercedes del prestamista. Los prejuicios son demasiado palpables para permitir que se hipotequen las casas que deben estar consagradas a las necesidades de quienes dependen de ellos.

Con frecuencia se ha advertido a los Santos de los Últimos Días, y en esta ocasión se les amonesta sincera­mente a no sacrificar sus casas, y con ellas a sus esposas e hijos, en aras de la especulación financiera.

Lo que se enseñó en los primeros días de nuestra his­toria en la región intermontañosa es igualmente cierto hoy, y todo Santo de los Últimos Días tiene el deber, en cuanto que le sea posible, de ser dueño de su propia casa, de poseer una herencia terrenal. Nos hemos pre­ciado de que entre los pueblos de todo el mundo, en ninguna parte puede encontrarse un porcentaje más ele­vado de personas que poseen el título de propiedad de la casa en donde viven. En lugar de menguar año tras año el número total de casas que son propiedad de los Santos de los Últimos Días, debe haber un aumento. El asunto de que los miembros posean el título de pro­piedad de sus casas va más allá de que si es mejor alqui­lar una casa o ser dueño de ella, es una cuestión de importancia vital a nuestra posición futura y fuerza rela­tiva en una tierra, a la cual tenemos derecho de acuerdo con toda regla de equidad y prudencia. Hay una virtud y seguridad y certeza en ser uno dueño de su casa, que nunca conocen aquellos que transitan de un lugar a otro sin ninguna posesión terrenal. La influencia en la vida de un niño, que viene de poseer y ser dueño del hogar familiar, es en sí misma razón suficiente para protegerlo de los perjuicios repetidos de la hipoteca. Los Santos de los Últimos Días tienen la obligación para consigo mis­mos y para con su Dios, de mantenerse firmes en la posesión de las tierras de las cuales han recibido sus es­crituras, bien sea por compra o por arreglo. El mal de hipotecar las casas en manos de hombres y compañías que no tienen más objeto que asegurar su libra de carne, va en aumento entre la gente, y especialmente entre los que viven en las ciudades más grandes. En lo pasado se ha advertido ampliamente a los miembros acerca de estas cosas. Si la necesidad obliga al marido a hipotecar la casa, hágalo de ser posible, por conducto de un amigo y no por medio de aquellos que pueden ser enemigos de los miembros. Si los Santos de los Últimos Días prestan atención a las prudentes amonestaciones y lecciones de lo pasado, pausarán frente a las incitantes tentaciones que por todas partes se manifiestan, de hipotecar sus casas, sus negocios, canales y granjas, a cambio de los medios para especular y hacerse ricos. Se espera, por tanto, que en los casos en que los miembros han hipotecado sus casas, éstos persistirán en sus esfuerzos por librarlas de todo gravamen, y se les aconseja que conserven intactos y fuera de peligro las escrituras de sus tierras.

Las amonestaciones aquí dadas se dirigen especialmen­te a los que tienden a hipotecar con fines especulativos, y no a aquellos que tengan necesidad de obtener casas por intermedio de sociedades constructoras u otras, a base de abonos mensuales u otros pagos periódicos. Esta últi­ma práctica puede conducir a hábitos económicos, mien­tras que las especulaciones con demasiada frecuencia en­gendran un espíritu de extravagancia (JI, diciembre de 1901, 36:722, 723).

Los perjuicios de la hipoteca

¡Qué condición tan bienaventurada resultaría en Sion, si se pudiera aclarar ampliamente a todo Santo de los Últimos Días, joven y anciano, el daño de endeudarse y de hipotecar su casa. Bueno sería, por cierto, si todo hom­bre que está pensando en empeñar su casa y tierra por dinero, pudiera sentir algo del peso de la hipoteca y sus aflicciones consiguientes, a fin de que comprendiese su esclavitud y terror en forma tan completa antes del hecho, como ciertamente los sentirá después. En tal caso, podría prevenírsele a tiempo a fin de evitar el paso fatal y des­pertar como si fuera de un sueño horrendo, para rego­cijarse en su liberación. Con pocas excepciones, la hipo­teca sobre la propiedad personal termina en desastre para el que la firma. . . ¿Qué pensaríamos de los hombres que pusieran en peligro la posición y el lugar del pueblo de Sion? La tierra de Sion es una herencia, y todo hombre que hipoteca su parte de esa herencia pone en peligro la tierra, de modo que no sólo se deshereda a sí mismo, sino comete un crimen contra la comunidad entera y con­tra la inteligencia y prudencia que debe distinguir al verdadero Santo de los Últimos Días. El resultado de este acto es aterrador, y el contemplar tal cosa causa es­panto a todo el que ama al pueblo de Dios, tanto más cuanto uno posee el conocimiento de lo mucho que se ha extendido esta maldad.

De modo que la hipoteca, examinada en su verdadero aspecto, no sólo es una carga y perjuicio personales, que pueden causar que la familia de un hombre sea echada de su casa, y sus propias habilidades, felicidad y talen­tos resulten destruidos o lamentablemente disminuidos, antes también constituye positivamente un crimen públi­co en una comunidad como la nuestra. Deshacerse de sus herencias en Sion es semejante en su naturaleza al hecho de que una persona arranque y venda por dinero las losetas de oro con que están pavimentadas las calles de la ciudad celestial. Es intolerable, cuando se examina su aspecto verdadero. Los antiguos proverbios de que quien pide prestado, angustia se ha buscado, y que la mentira va a cuestas de la deuda, deben hacer reflexionar a todo el que está pensando en hipotecar. Más si la amonesta­ción personal no es suficientemente fuerte, recuerde tal persona que su casa o granja probablemente se venderá por la mitad de su valor para liquidar su deuda, y que su familia que depende de él quedará sin abrigo y sus­tento adecuados; y si ninguna de estas dos razones es suficientemente fuerte para restringirlo, acuérdese de Sion y su herencia en ella, y clame a él su causa con la fuerza suficiente para hacerlo comprender el triple crimen que está a punto de cometer, a fin de que detenga su mano y se salve de la humillación, la zozobra, ansiedad y an­gustia que inevitablemente le sobrevendrán, a menos que se arrepienta (IE, diciembre de 1901, 5:147-149).

Nuestro primer deber es a nuestra casa

Quiero deciros que seremos sinceros con vosotros; opi­namos que el primer deber de los Santos de los Últimos Días es procurar por sí mismos y por sus pobres; y en­tonces sí podemos extenderlas a otros, y al grado que podamos, brindarles caridad y ayuda a otros que no son de nuestra Iglesia; creemos que es nuestro deber hacerlo. Sin embargo, velemos primeramente por los miembros de nuestra propia casa; el hombre que no provee para los suyos, como se dijo en la antigüedad, es peor que un incrédulo. (Véase 1 Timoteo 5:8.) (CR, abril de 1915, pág. 10).

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