Doctrina del Evangelio

Capítulo 10

Gobierno familiar por medio del amor


El deber del esposo para con su esposa

Si hay hombre alguno que debiera merecer la maldi­ción de Dios Omnipotente, ha de ser aquel que abandona a la madre de sus hijos, la esposa de su seno, la que ha puesto como sacrificio su propia vida una y otra vez por él y por sus hijos. Desde luego, esto supone que su mujer es una madre y esposa pura y fiel (IE, diciem­bre de 1917, 21:105).

Esposas y esposos en la eternidad

Esperamos tener a nuestras esposas y esposos en la eternidad. Esperamos que nuestros niños nos reconozcan como sus padres y madres en la eternidad. Esto es lo que espero; no anhelo otra cosa; sin esto yo no podría ser feliz. El pensamiento o creencia de que se me nega­ría este privilegio en la otra vida me haría miserable desde este momento. No podría ser feliz otra vez sin la esperanza de que disfrutaré de la asociación de mis esposas e hijos en la eternidad. Si no tuviese esta espe­ranza, sería de todos los hombres el más desdichado, porque “si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hom­bres” (1 Corintios 15:19). Todos los que han gustado de la influencia del Espíritu de Dios y se ha despertado en ellos una esperanza de vida eterna, no pueden ser felices a menos que continúen bebiendo de esa fuente hasta quedar satisfechos, y es la única fuente de la cual pueden beber y quedar satisfechos (DWN, marzo de 1884, 33:131).

Importancia del afecto filial

No hagáis más pesada su carga [de vuestros padres] a causa de la negligencia, la extravagancia, o el mal com­portamiento. Permitid más bien que os sea cortada vues­tra mano derecha o sea arrancado vuestro ojo, antes que causar tristeza o angustia a vuestros padres por motivo de vuestro desafecto filial hacia ellos. Así, pues, hijos, recordad a vuestros padres. Después que os han nutrido durante los tiernos años de vuestra infancia y niñez; des­pués que os han alimentado y vestido y educado; después de haberos dado una cama para descansar y han hecho cuanto está de su parte por vuestro bien, no los abando­néis cuando se vuelven endebles y los agobia el peso de sus años. No os olvidéis de ellos, antes estableceos cerca de ellos y haced cuanto podáis en velar por su comodi­dad y bienestar (IE, diciembre de 1917, 21:105).

Gobierno familiar por medio del amor

He aprendido en mi niñez, como probablemente ha su­cedido con la mayor parte de los niños, en parte, por lo menos, que ningún amor en el mundo puede ser igual al amor de una madre verdadera.

No lo pensaba en esos días, y no lo puedo compren­der aún, cómo era posible que alguien amara a sus hijos más verdaderamente que mi madre. He pensado a veces, ¿cómo podrá aun el Padre amar a sus hijos más que a mi madre a los suyos? Era vida para mí; era fuerza; era aliento; era amor que engendró el amor o la simpa­tía dentro de mí. Yo sabía que me amaba con todo su corazón. Amaba a sus hijos con toda el alma; trabajaba, se empeñaba y se sacrificaba día y noche para lograr las comodidades y bendiciones temporales que escasamente podía dar a sus hijos como resultado de su propio tra­bajo. No había sacrificio, ya fuese de sí misma, de su propio tiempo, de sus momentos de reposo, placer u opor­tunidades para descansar que valiera un momento de consideración, cuando era comparado con su deber y su amor hacia sus hijos.

Cuando llegué a los quince años de edad y fui llama­da para ir a un país extranjero a predicar el evangelio —o para aprender cómo y aprenderlo para mí mismo— el ancla más fuerte que quedó establecida en mi vida, y que ayudó a conservar firmes mi ambición y mi deseo, a ponerme al nivel y a conservarme recto, fue ese amor que yo sabía que sentía por mí la que me había traído al mundo.

Un jovencito apenas, sin criterio maduro, sin la ven­taja de una educación, colocado en medio de las incita­ciones y tentaciones más grandes a que pudiera verse sujeto u hombre alguno —y sin embargo, cuando estas tentaciones llegaban a ser de lo más llamativo e incitan­te para mí, el primer pensamiento que surgía en mi alma era éste: Recuerda el amor a tu madre. Recuerda cómo se afanó por tu bienestar; recuerda su disposición de sacrificar su vida por tu bien. Recuerda lo que te enseñó en tu niñez y cómo insistía en que leyeras el Nue­vo Testamento, el único libro, con excepción de un corto número de libros escolares, que teníamos en la familia o que estaba al alcance de nuestros medios en esa época. Este sentimiento hacia mi madre llegó a ser una defensa, una barrera entre mí y la tentación, de modo que pude apartarme de la tentación y del pecado con la ayuda del Señor y el amor engendrado en mi alma hacia aquella que yo sabía que me amaba más que a cualquier otra persona en todo el mundo, y más de lo que pudiera amarme cualquier otro ser viviente.

Una esposa podrá amar a su marido, pero es diferente el amor de la madre por su hijo. La madre verdadera, la que tiene el temor de Dios y el amor de la verdad en su alma, jamás se escondería del peligro o del mal y dejaría a su niño expuesto a estas cosas. Al contrario, así como es natural que las chispas salten hacia arriba, tan natural como aspirar el aliento de la vida, si un peligro amenazara a su hijo, ella se interpondría entre el niño y ese peligro; defendería a su hijo hasta lo último. Su vida sería nada en comparación con la vida de su niño. Tal es el amor de la verdadera maternidad hacia los hijos.

Su amor por su marido sería diferente, pues si a él lo amenazara algún peligro, tan natural como el que ella se interpusiera entre su hijo y el peligro, sería su dispo­sición de colocarse más bien detrás de su esposo para que le diera protección; y ésa es la diferencia del amor de la madre por los hijos y el amor de la esposa por su marido. Hay una diferencia muy grande entre los dos.

He aprendido a considerar en alta estima el amor de la madre. Con frecuencia he dicho, y lo vuelvo a repetir, que el amor de una madre verdadera se aproxima más al amor de Dios que cualquiera otra clase de amor. El padre puede amar a sus hijos también; y en seguida del amor que la madre siente por su hijo, incuestionable y propiamente también, viene el amor que el padre siente por su hijo. Sin embargo, como aquí lo ha ilustrado el hermano Edward H. Anderson, el amor del padre es de una naturaleza o grado diferente del amor de la madre por su hijo. Esto queda manifestado en el hecho, por él relatado, de tener el privilegio de trabajar con su hijo, teniéndolo en su presencia, conociéndolo más íntimamen­te, entendiendo sus características con mayor claridad, familiarizándose y relacionándose más estrechamente con él, el resultado de lo cual fue que aumentó su amor por su hijo, y el del hijo por su padre, por la misma razón, meramente por motivo de esa asociación más íntima. En igual manera el niño aprende a amar mejor a su madre, por regla general, cuando ésta es buena, sabia, prudente e inteligente, porque el niño pasa más tiempo con ella; se familiarizan más y se entienden mejor el uno al otro (IE, enero de 1910, 13:276-278).

Conquistad a los niños por medio del amor

Bien, éste es el pensamiento que deseo expresar: Pa­dres, si queréis que vuestros hijos sean instruidos en los principios del evangelio, si queréis que amen la verdad y la entiendan, si deseáis que os obedezcan y se unan a vosotros, ¡amadlos!; mostradles que los amáis con toda palabra o acto relacionado con ellos. Por vuestro propio bien, por el amor que debe existir entre vosotros y vuestros hijos, pese a lo rebelde que sean, o lo sea éste o aquél, cuando les habléis, no lo hagáis con ira; no lo hagáis ásperamente con un espíritu condenador. Hablad­les con bondad; sometedlos y llorad con ellos si es nece­sario, y de ser posible, procurad que viertan lágrimas con vosotros. Suavizad sus corazones; procurad que se enternezcan hacia vosotros. No empleéis el látigo o la violencia, más bien discutid, o mejor dicho, razonad; tratad­los con la razón, con persuasión y amor no fingido. Si no podéis conquistar a vuestros hijos e hijas por estos medios, se os volverán rebeldes y no habrá manera en el mundo con que podáis conquistarlos. Pero procurad que sientan lo que vosotros sentís, que tengan interés en las cosas en que vosotros estáis interesados, que amen el evan­gelio como vosotros lo amáis, se amen el uno al otro como vosotros, los amáis y amen a sus padres como éstos aman a sus hijos. No hay otra manera de hacerlo; no se puede lograr por la aspereza ni tampoco por la fuerza; nues­tros hijos son como nosotros; no se nos pudo arrear; no lo permitimos ahora. Somos semejantes a algunos otros animales que conocemos en el mundo. Podemos inducirlos; podemos conducirlos, ofreciéndoles alguna incita­ción y hablándoles con bondad; pero no podemos arrear­los; no lo consentirán. Tampoco nosotros queremos que nos hostiguen; el hombre no está acostumbrado a ello; no fue creado para eso.

No es la manera que Dios, en el principio, tuvo por objeto emplear para tratar con sus hijos, es decir, por la fuerza. Todo se hace por amor gratis, por gracia libre. El poeta lo expresó en estas palabras:

El hombre tiene libertad De escoger lo que él será;
Pues Dios la ley eterna da,
Que El a nadie forzará
(William C. Clegg, Himnos de Sion, No. 92)

No podéis forzar a vuestros hijos e hijas a que entren en el cielo. Más bien podéis conducirlos al infierno em­pleando métodos ásperos en vuestro empeño por hacerlos buenos, cuando vosotros mismos no sois tan buenos como debíais ser. El hombre que se irrita con su hijo e intenta corregirlo cuando está dominado por la ira está come­tiendo el error más grave; es más digno de conmisera­ción y de condenación que el hijo que ha obrado mal. No podemos corregir a nuestros hijos sino por el amor, con humildad, por amor no fingido, la persuasión y la razón. Cuando yo era niño, hasta cierto punto distraído y desobediente —no una desobediencia intencional, pero me olvidaba de lo que debía hacer— me iba con mucha­chos juguetones, me ausentaba cuando debía estar en casa y olvidaba las cosas que se me habían mandado. Enton­ces volvía a casa, sentía mi culpa, sabía que era culpa­ble, que había desatendido mi deber y merecía un castigo.

En una ocasión, hice algo que no era propio, y mi madre me dijo: “Mira, Joseph, si lo vuelves a hacer, ten­dré que azotarte.” Bien, pasó el tiempo y me olvidé de esto, y volví a hacer algo semejante; y esto es algo que yo admiraba en ella, tal vez más que cualquiera otra cosa secundaria, y era que cuando prometía algo, lo cumplía. Nunca prometió, que yo sepa cosa alguna que no haya cumplido.

Pues bien, fui llamado a cuentas. Me dijo. “Ya te lo dije. Sabías que si hacías esto tendría que castigarte, por­ que dije que lo haría. Tengo que hacerlo, aunque no quie­ra. Me duele peor que a ti, pero debo castigarte”.

Pues bien, tenía lista ya una pequeña cuarta, y mien­tras hablaba o razonaba conmigo mostrándome cuanto merecía yo el castigo y cuán doloroso era para ella apli­carlo, yo sólo pensaba en una cosa, y ésta era: “Por lo que más quiera, castígueme; no razone conmigo”, porque el golpe de su justa crítica y amonestación me hería mil veces más que la cuarta. Sentía que al darme el azote, por lo menos habría pagado mi deuda en parte y expiado mi mala conducta. Sus razonamientos me herían hasta el alma; me llenaban de tristeza hasta lo más profundo de mi ser.

Podría haber soportado cien golpes con la correa, me­jor que una conversación de diez minutos, en la cual sentía y se me hacía sentir que el castigo que se me administraba era penoso para ella, a quien yo amaba: ¡un castigo sobre mi propia madre! (IE, enero de 1909, 13: 276-280).

El hogar y el niño

Pero, ¿qué estamos haciendo en el hogar para instruir a nuestros hijos? ¿Para iluminarlos? ¿Qué estamos ha­ciendo para alentarlos a convertir el hogar en su centro de diversiones y en un sitio al cual pueden invitar a sus amigos a estudiar o divertirse? ¿Tenemos buenos libros, música y piezas bien iluminadas y ventiladas para su comodidad y solaz? ¿Tenemos un interés personal en ellos y en sus asuntos? ¿Estamos proporcionándoles el conoci­miento físico, el alimento mental, el ejercicio sano y la purificación espiritual que les permitirá llegar a ser pu­ros y robustos en cuanto a sus cuerpos, ciudadanos inte­ligentes y honorables, fieles y leales Santos de los Últimos Días?

Frecuentemente pasamos por alto el hecho de darles in­formación alguna concerniente a su bienestar corporal. En nuestras ciudades parece que estamos proporcionando a nuestros jóvenes demasiado ejercicio mental sin diver­sión y trabajo físico, mientras que en las colonias del campo parece que los estamos sobrecargando de trabajo corporal y en muchos casos nada o muy poco hacemos por su desarrollo y recreo mentales. Por consiguiente, en una parte buscan sitios y placeres prohibidos por motivo de demasiado ejercicio mental; y en otra, por insuficien­cia del mismo.

Ahora bien, ¿estamos estudiando sus necesidades, co­mo lo hacemos con nuestros propios asuntos, nuestras granjas y nuestros animales? ¿Estamos velando por ellos y, si se hace necesario, yendo a la calle por ellos cuando están ausentes, y proporcionándoles en nuestros hogares las cosas que les hacen falta?, o ¿estamos abandonando en sumo grado estas cosas en el hogar y en la instruc­ción del hogar, considerando a nuestros hijos como de va­lor secundario junto a nuestros caballos y ganado y tierras?

Estos son puntos importantes que hay que considerar, y los padres y las madres deben estudiarlos sinceramen­te, y con la misma franqueza resolverlos a su propia sa­tisfacción. Bien podríamos invertir algunos de nuestros medios en el hogar para la comodidad, conveniencia, en­tretenimiento e instrucción de nuestros hijos. Bien podría­mos dar a nuestros hijos e hijas un poco de tiempo para recreo y diversión, y proporcionar algo en el hogar para satisfacer su anhelo de recreo legítimo, físico así como mental, el cual todo hijo tiene derecho, y el cual buscará en la calle o en lugares impropios si no se le proporciona en el hogar. Aparte de lo anterior y para complementar la instrucción en el hogar, se espera que nuestras orga­nizaciones, en cuanto les sea posible, hagan todo arreglo para facilitar diversión y recreo legítimos, físicos así como intelectuales, que servirán para atraer a nuestros jóvenes y conservarlos interesados, leales y conformes dentro de los linderos de nuestra propia influencia y or­ganizaciones (IE, febrero de 1908, 11:302, 303).

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