Doctrina del Evangelio

Capítulo 13

Estimación propia


Modas indecorosas

En mi opinión, las modas de la actualidad son abo­minables, sugestivas de lo indecente, cuyo objeto es des­pertar las pasiones bajas y la impudicia y provocar la lascivia en el corazón de aquellos que siguen las modas y los que las toleran. ¿Por qué? Porque las mu­jeres están imitando las costumbres mismas de cierta clase de mujeres que han recurrido a ese medio para ayudarles a vender sus almas. Es vergonzoso; y espero que las hijas de Sion no se rebajen hasta aceptar estas maneras, costumbres y modas perniciosas, porque sur­ten un efecto desmoralizador y detestable (CR, octubre de 1913, pág. 8).

No deseo hacerme pesado a esta numerosa congre­gación hablando demasiado, pero tengo otro pensamiento que pesa sobre mí, y no se relaciona con los hombres, sino con las mujeres, y más particularmente tiene que ver con la manera en que se visten. Jamás, por lo menos dentro del período de mi vida —y ya he vivido en este mundo casi setenta y cinco años— jamás, vuelvo a de­cir, dentro del período de mi vida y experiencia he visto modas tan obscenas, sucias, impuras y sugestivas como las que veo hoy en los vestidos de las mujeres. Algunas son abominables. Levanto la voz contra estas prácticas audaces y modas descaradas, y ruego que vosotros que tenéis bijas en Sion las guardéis, si acaso podéis, de ir en pos de estas modas obscenas que, de seguirse, acaba­rán con el último vestigio de la verdadera modestia fe­menina, y las rebajarán al nivel de las cortesanas de las calles de París, donde proceden estas modas degradan­tes (CR, octubre de 1913, págs. 7,8).

Modas impropias

Suplico que deis a vuestras hermanas el ejemplo que Dios desearía que siguieran. Cuando enseñamos a los miembros a observar la ley de Dios y a honrar los dones que le son conferidos en los convenios del evangelio de Jesucristo, no queremos que vosotras las maestras, vayáis y deis a vuestras hermanas un ejemplo que destruirá su fe en nuestras enseñanzas. Espero que lo toméis en serio, porque tiene un significado. Estoy hablando a las que son maestras entre las hermanas. Llegan a nosotros periódicamente noticias de que algunas de las maestras que van a visitar a nuestras hermanas no solo no dan el ejemplo que debían, sino también les dan un ejemplo que no debían: por su ejemplo les enseñan a violar la Palabra de Sabiduría, más bien que obedecerla. Les enseñan a cercenar sus garments, más bien que conser­varlos santos y sin profanar, dándoles el ejemplo debido. No estoy reprendiendo; no deseo que se me interprete como que estoy criticando. Solamente estoy expresando una verdad solemne, y lamento que tenga que decirla, pero deseo que se entienda claramente. Vemos que algu­nas de nuestras buenas hermanas ocasionalmente vienen al templo adornadas con las últimas y más ridículas modas que jamás han deshonrado la divina forma hu­mana. Parece que no comprenden que vienen a la casa de Dios y tenemos que negarles la entrada o criticarlas, y se alejan afligidas y en ocasiones dicen que no es su intención volver. ¿Por qué? Porque vienen sin estar pre­paradas, como el hombre que descubrieron en la fiesta sin el vestido de boda, y al cual también se le negó la entrada (Mateo 22:1-14). Tenemos que negarles la en­trada ocasionalmente, porque no quieren escuchar el con­sejo que les ha sido dado (CR, octubre de 1914, pág. 130).

Clubes exclusivos entre los miembros de la Iglesia

No hay necesidad de tener clubes exclusivos entre los Santos de los Últimos Días. Se debe procurar que las muchas organizaciones auxiliares proporcionen toda di­versión legítima a los jóvenes, tanto pública como social; y además de las reuniones ordinarias de la Iglesia y los quórumes, deben hacer frente a toda necesidad religiosa, educativa y ética de nuestra comunidad (IE, febrero de 1909, 12:314).

Una lección para los jóvenes

La estimación propia, requiere que entre otras cosas, uno se comporte como un verdadero caballero en la casa de oración. Ninguna persona decorosa irá a una casa dedicada al servicio de Dios, para cuchichear, chismear y conversar: es nuestro deber, más bien, refrenamos a nosotros mismos, prestar atención completa al orador y concentrar la mente en sus palabras a fin de entender sus pensamientos para nuestro beneficio y provecho.

Una de las cosas que ayudan en gran manera a lo­grar la estimación propia, son la pureza personal y los pensamientos correctos, que forman la base de todo acto adecuado. Desearía que todos los jóvenes pudieran apre­ciar el valor incorporado en esta práctica y dedicar los días de su juventud al servicio del Señor. El crecimiento, el desarrollo, progreso, la estimación propia, respeto y admiración de los hombres, proviene, naturalmente, de seguir tal curso durante la juventud. El Salvador dio un ejemplo notable en este respecto, y en sus tiernos años se dedicó a los negocios de su Padre. No los dejó sino hasta en sus años maduros, pero ya para los doce años se había desarrollado a tal grado en estas cosas, que pudo instruir a hombres de sabiduría y doctores de conocimiento en el templo. El profeta Samuel se había preparado de tal manera por medio de una niñez pura y estimación propia, que podía sintonizar en forma perfecta con el susurro de Dios. El joven pastor, David, fue escogido sobre sus hermanos mayores para ocupar altos puestos en la causa del Maestro. También fueron seleccionados en los primeros años de su vida otros gran­des personajes que figuran en la historia, y los mejores hombres de todas las épocas ofrendaron su juventud al servicio de Dios, el cual nos honró abundantemente con su encomio y aprobación. En tiempos más modernos, el Señor escogió a José Smith en su tierna juventud para ser el fundador de la nueva y gloriosa dispensación del evangelio. Brigham Young apenas era un joven cuando determinó dedicar su vida a la Iglesia; John Taylor, Wilford Woodruff, y de hecho todos los primeros fun­dadores de la Iglesia, dedicaron su juventud y su edad viril a la causa de Sion. Hoy podemos ver a nuestro alrededor, y ¿quiénes son los que están dirigiendo a los miembros, sino aquellos que desde temprano y celosa­mente se consagraron a la fe? Y podéis predecir quiénes serán los directores observando a los jóvenes que mani­fiestan estimación propia y pureza, y son sinceros en toda buena obra. El Señor no escogerá a hombres de ningún otro grupo para elevarlos a la prominencia. El curso opuesto, eso de esperar hasta pasar sus mocedades antes de servir al Señor, es censurable. Siempre carece de algo el hombre que pasa su juventud en la maldad y el pecado, y entonces se vuelve a la rectitud en años posteriores. Desde luego, el Señor honra su arrepenti­miento, y es mucho mejor que el hombre, aun cuando tarde, se aparte de la maldad, más bien que continuar en el pecado todos sus días; pero es patente el hecho de que se ha desperdiciado la mejor parte de su vida y fuerza, y solo le queda un servicio defectuoso e interrum­pido para ofrecer al Señor. Hay pesares y remordimien­tos en arrepentirse de las imprudencias y pecados de la juventud en los años postreros de la vida, pero en el ser­vir al Señor en los vigorosos días de los primeros años de la edad viril hay consuelo y rico galardón.

La propia estimación, el respeto por las cosas sagra­das y la pureza personal son los orígenes y la esencia de la sabiduría. Las doctrinas del evangelio, y las res­tricciones de la Iglesia, son como ayos para conservar­nos dentro de la vía del deber. Si no fuera por estos ayos, pereceríamos y seríamos vencidos por el mal que nos rodea. Vemos a hombres que se han librado de las restricciones de la Iglesia y de las preciosas doctrinas del evangelio, que están pereciendo alrededor de nos­otros todos los días. Se precian de su libertad, pero son esclavos del pecado.

Permítaseme amonestaros a que permitáis que el ayo del evangelio os enseñe la estimación propia y os con­serve puros y libres de los pecados secretos que no sólo producen el castigo físico, sino una muerte espiritual segura. No se puede ocultar el castigo que Dios les ha fijado, un castigo que a menudo es peor que la muerte. Es la pérdida de la estimación propia es debilidad físi­ca; es insania; es indiferencia hacia todos los poderes que son buenos y nobles todas estas cosas acompañan al que peca en secreto y al incasto. Por otra parte, la in­moralidad no sólo impone su condena sobre el que peca, sino también extiende castigo seguro hasta la tercera y cuarta generación, destruyendo no sólo al transgresor, sino involucrando posiblemente veintenas de personas de su descendencia directa vínculos familiares, destrozando el corazón de padres y causando que un lúgubre río de tristezas inunde sus vidas.

De modo que una cosa tan aparentemente sencilla como la conducta correcta en la casa de oración conduce a buenos resultados en muchos respectos. El buen com­portamiento conduce a la estimación propia, de la cual proviene la pureza de pensamiento y de hechos. Los pen­samientos puros y los hechos nobles conducen a un deseo de servir a Dios con la fuerza de la edad viril y de ser dóciles a nuestros ayos; y éstos son las restricciones de la Iglesia y las doctrinas del evangelio de Cristo. (IE, febrero de 1906, 9:337-339).

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