Doctrina del Evangelio

Capítulo 21

Enseñanzas falsas


El conocimiento del diablo

El diablo conoce al Padre mucho mejor que nosotros. Lucifer, el hijo de la mañana, conoce a Jesucristo, el Hijo de Dios, mucho mejor que nosotros; pero en él este conocimiento no redunda ni puede redundar en vida eterna; porque sabiendo, todavía se rebela; sabiendo, es desobediente aún; no quiere recibir la verdad; no quiere permanecer en la verdad. De modo que es perdición, y no hay salvación para él. La misma doctrina se aplica a mí, a vosotros y a todos los hijos e hijas de Dios dotados de juicio y conocimiento, y pueden razonar entre la cau­sa y el efecto, y discernir lo bueno de lo malo y el bien del mal, y tienen la capacidad para ver la luz y distin­guirla de las tinieblas. Este, pues, es el evangelio de Jesucristo, conocer al único Dios verdadero y viviente, y a su Hijo al cual ha enviado al mundo, y este cono­cimiento viene por medio de la obediencia a todos sus mandamientos, fe, arrepentimiento del pecado, bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo por la imposición de manos mediante la autoridad divina y no por la voluntad del hombre (CR, abril de 1916, págs. 4,5).

El enemigo de la verdad continuamente está en orden de batalla

Desde el día que el profeta José Smith declaró su vi­sión por primera vez, hasta el día de hoy, el enemigo de toda justicia, el enemigo de la verdad, de la virtud, el honor, la rectitud y pureza de vida, el enemigo del único Dios verdadero, el enemigo de la revelación direc­ta de Dios y de la inspiración que viene de los cielos al hombre, ha estado dispuesto en orden de batalla contra esta obra (CR, abril de 1909, pág. 4).

Por qué es aborrecida la verdad

¿Por qué han de sentir rencor los hombres contra vos­otros por causa de esto, por causa de vuestra creencia en José Smith? ¿Por qué deben convertirse en enemigos vuestros por motivo que declaráis vuestra fe en una re­velación nueva del Padre y del Hijo al género humano para la orientación de éstos? ¿Por qué? Permítaseme deciros: Precisamente por la misma razón que los ren­corosos e incrédulos fariseos e hipócritas de la época del Salvador persiguieron al Redentor de la tierra; por la misma razón que más tarde hicieron morir a los discí­pulos de Jesucristo a quienes Él ordenó como sus após­toles y testigos especiales, los cuales dieron testimonio de Él y del evangelio a todas las naciones de la tierra. Les mataron uno por uno, algunos de ellos de la manera más cruel sencillamente porque predicaban a Jesucristo, y a Él crucificado y resucitado de los muertos, y subido a los cielos y sentado con toda gloria, y poder, y majes­tad, y dominio, a la diestra de su Padre, Dios. El mundo se sintió ofendido por causa de esto. ¿Por qué Porque estas cosas ponían el hacha a la raíz del árbol del error, de la superstición, y la tradición, la falta de fe y la incredulidad. Ponían el hacha a la raíz del árbol de la maldad en el mundo, y de la falta de conocimiento de Dios y de sus principios y del plan de vida y salvación; y el mundo aborreció a los discípulos por tal razón, y por tal motivo aborreció al Hijo de Dios y lo crucificó. Aborreció a los discípulos por esta causa y los hizo morir. Por eso es que os aborrecen; por la misma razón; es decir, aquellos que os aborrecen, aquellos que han ejercitado suficientemente el poder de su voluntad y de sus pensamientos o mentes, para estar llenos del espíritu de persecución y odio contra la luz y la verdad (CR, octubre de 1911, pág. 5).

Sólo quienes niegan la fe contienden

Encontraréis el espíritu de contención únicamente en­tre los apóstatas y aquellos que han negado la fe; aque­llos que se han apartado de la verdad y se han hecho enemigos de Dios y su obra. Allí encontraréis el espíritu de contención, el espíritu de la disputa. Allí los halla­réis queriendo “discutir el asunto” y disputar con vos­otros todo el tiempo. Su alimento, su comida y su bebida, es la contienda, la cual es abominable a los ojos del Se­ñor. Nosotros no contendemos; no somos contenciosos, porque si lo fuésemos, ofenderíamos al Espíritu del Se­ñor y se apartaría de nosotros, tal como lo hacen y siempre lo han hecho los apóstatas (CR., abril de 1908, pág. 7).

Guardaos de los falsos maestros

Sé que ésta es la obra de Dios, y que El la está des­empeñando. El honor de triunfar del error, del pecado y la injusticia corresponderán a Dios, y no a vosotros o a mí ni a ningún otro hombre. Habrá algunos que querrán limitar el poder de Dios al poder del hombre, y tenemos entre nosotros algunos de éstos, y los ha ha­bido entre nuestros maestros. Quisieran haceros dudar de los acontecimientos inspirados de las Escrituras, de que los vientos y las olas están sujetos al poder de Dios; quisieran haceros creer que no es más que un mito la afirmación del Salvador de poder echar fuera demonios, resucitar a los muertos, o efectuar actos milagrosos tales como la curación del leproso. Quisieran haceros creer que Dios y su Hijo Jesucristo no aparecieron en persona a José Smith; que fue sencillamente un mito; pero nos­otros tenemos un conocimiento mejor; el testimonio del Espíritu ha testificado que esto es verdad. Y os digo, guardaos de los hombres que vienen a vosotros con he­rejías de que las cosas existen de sí mismas por las leyes de la naturaleza, y que Dios no tiene poder. Doy gra­cias que son pocos en el mundo los hombres que afirman tales cosas, y espero que lleguen a ser menos numerosos todavía Logan Journal, 7 de abril de 1914).

Donde pueden encontrarse las doctrinas falsas

Entre los Santos de los Últimos Días, hay dos clases de personas, de quienes se puede esperar la predicación de doctrinas falsas, disfrazadas como verdades del evan­gelio, y prácticamente sólo de estas provienen. Son:

Primero. —Los irremediablemente ignorantes, aque­llos cuya falta de inteligencia se debe a su indolencia y pereza, los que, cuando mucho sólo hacen un débil esfuerzo por mejorarse por medio de la lectura y el es­tudio; aquellos que padecen de esa enfermedad terrible que puede tornarse incurable— la pereza.

Segundo.—Los soberbios y los que se engrandecen a sí mismos, que leen a la luz de la lámpara de su propia vanidad, que interpretan según reglas por ellos mismos formuladas, que han llegado a ser una ley para sí mis­mos y se hacen pasar por únicos jueces de sus propios hechos. Estos son más peligrosamente ignorantes que los primeros.

Guardaos de los perezosos y de los vanidosos; en am­bos casos es contagiosa su infección; mejor será para ellos y para todos cuando se les obligue a poner a la vista la señal de peligro, a fin de que sean protegidos los sanos y los que no han sido infectados (JI, marzo de 1906, 41:178).

Es innecesario el conocimiento del pecado

Muy sabiamente se ha dicho que “el conocimiento del pecado incita a cometerlo”.

De cuando en cuando se ha dicho que la curiosidad malsana de un misionero lo lleva a sitios sospechosos, y el único pretexto que ofrece para visitar estos antros de vicios es que desea ver la otra clase de vida en algu­nas de nuestras ciudades grandes, a fin de que sepa por sí mismo. Quiere ver a “París de noche”, a fin de poder saber algo de la vida que realmente llevan un gran nú­mero de sus semejantes. Tal conocimiento no puede sur­tir un efecto benéfico en los sentimientos o pensamientos del misionero que lo busca. No lo fortalece en los debe­res de su llamamiento, antes es una rara especie de co­nocimientos que incita los sentimientos e imaginaciones, y en cierto grado tiende a degenerar el alma.

No es necesario que nuestros jóvenes conozcan la ini­quidad que se está practicando en determinado sitio. Es­te conocimiento no eleva, y hay buena probabilidad de que más de un joven señale como el primer paso de su caída esa curiosidad que lo condujo a lugares sospecho­sos. Eviten los jóvenes de Sion, bien sea que estén en una misión o vivan en casa, todo antro de vicio. No es necesario que sepan lo que está sucediendo en tales luga­res. Ningún hombre llega a ser mejor o más fuerte con este conocimiento. Recuerden que el conocimiento del pe­cado tienta a cometerlo, y eviten las tentaciones que con el tiempo pueden poner en peligro su virtud y posición en la Iglesia de Cristo (JI, mayo de 1902, 37:304, 305).

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